11. Una mujer ocupada
Una mujer ocupada
El viernes por la tarde, Beatriz salió del ayuntamiento pensando únicamente en llegar a casa, quitarse los zapatos y pasar unas horas sin contestar preguntas.
Había empezado el día con una reunión en Santander que se prolongó más de lo previsto y llevaba otras tres horas revisando documentos con la secretaria municipal.
Todavía tenía que comprar algo para cenar y recoger un paquete en la papelería, pero estaba dispuesta a arreglarse con lo que encontrara en la nevera.
No había llegado al coche cuando oyó que la llamaban. Julián, el dueño de la ferretería, cruzó la acera con una carpeta de plástico bajo el brazo.
—Bea, espera. Quería enseñarte una cosa de las obras.
—¿No puede esperar al lunes?
—Es un momento.
Beatriz miró el reloj: casi las siete. Conocía demasiado bien la elasticidad de aquella expresión, pero Julián ya estaba extendiendo una fotocopia del plano sobre el capó de un coche.
Señaló la zona donde pensaban trasladar los contenedores y le explicó que, si los colocaban allí, su proveedor no podría descargar sin bloquear la salida de un garaje.
—Tienes razón, así no se puede dejar —admitió Beatriz después de examinar el dibujo—. Preséntalo por registro con esta copia y el lunes hablaré con Tomás para que lo revisen los técnicos.
—¿No puedes dárselo tú directamente?
—Puedo avisarle, pero necesito que quede constancia de lo que solicitas.
Julián guardó el plano sin demasiado entusiasmo y prometió pasar por el ayuntamiento. Beatriz agradeció que hubiera detectado el problema antes del comienzo de las obras, aunque al sentarse por fin al volante tuvo que resistir las ganas de apoyar la frente en el volante.
Seguía gustándole su trabajo. Habían ampliado la biblioteca, reformado el polideportivo y conseguido ayudas que permitían a algunas personas mayores continuar viviendo en sus casas.
Eran logros que justificaban muchas jornadas agotadoras.
Lo que empezaba a pesarle era no poder ir de un sitio a otro sin que alguien le planteara una cuestión pendiente, por razonable que fuera.
Buscó el móvil y encontró un mensaje de Alicia.
Hoy hemos vendido la última porción de tarta de queso a las doce. Estoy pensando en pedir el doble.
Beatriz sonrió y le preguntó cómo había seguido el día. Alicia respondió que bien, salvo por una factura que llevaba media hora intentando cuadrar, y quiso saber si ella había terminado.
Acabo de salir del ayuntamiento. Estoy agotada.
Pues vete a casa. Yo haré lo mismo en cuanto encuentre de dónde salen estos números.
Le gustó aquella respuesta. Alicia no esperaba que estuviera disponible a todas horas y tenía preocupaciones propias, un negocio que sacar adelante y planes que no giraban alrededor de ella.
Desde la cena del miércoles apenas habían hablado más que por mensajes, pero Beatriz seguía recordando la conversación en Comillas y, sobre todo, el beso junto a los coches.
No le apetecía perder aquella ilusión entre las obligaciones de la semana.
El sábado fue a casa de su madre para ayudarla a vaciar el trastero. Marisa había encontrado dos ventiladores averiados, una máquina de coser que nadie utilizaba y varias cajas de las que ninguna de sus hijas parecía acordarse.
—Todo esto es tuyo —anunció al verla entrar, señalando tres cajas de cartón.
Beatriz abrió una y encontró cuadernos del instituto, dibujos y una colección de discos compactos que no recordaba haber comprado.
—¿Llevas guardando estas cosas desde que tenía dieciocho años?
—Las dejasteis vosotras. Yo solo he tenido que convivir con ellas.
Pasaron la mañana separando lo que podían tirar de lo que merecía la pena conservar.
Aparecieron una agenda de 1998, cartas de antiguas amigas y una raqueta de tenis de Isabel que Beatriz decidió fotografiar antes de adjudicársela a su hermana.
Marisa, sentada en una silla plegable, revisaba adornos de Navidad y discutía con ella sobre el destino de cada caja.
—El otro día me llamó Clara —comentó de pronto.
Beatriz dejó unos cuadernos a un lado. Clara, fisioterapeuta y su pareja durante casi cinco años, seguía viviendo en el pueblo. Después de separarse habían necesitado cierta distancia, pero ahora podían saludarse y conversar sin incomodidad.
—¿Qué quería?
—Preguntarme por la espalda. Dice que debería hacer más ejercicio y me ha recomendado unos estiramientos.
—Eso te lo llevo diciendo yo meses.
—Ya, pero ella sabe de lo que habla.
Beatriz soltó una carcajada. Su madre continuó colocando adornos y, tras un momento, añadió que Clara también había preguntado por ella.
—Le he dicho que estabas bien, trabajando demasiado, como siempre. ¿Te molesta que sigamos hablando?
—No, mamá. Le tengo cariño, igual que tú.
No era una respuesta para tranquilizarla.
Beatriz y Clara habían compartido años felices y no necesitaban convertir la ruptura en una enemistad.
Habían empezado a querer vidas diferentes y tardado más de la cuenta en reconocerlo, pero aquello no borraba lo vivido.
Marisa pareció satisfecha y volvió al asunto de las cajas.
—Pues dile a Isabel que se lleve lo suyo cuando venga. Estoy harta de guardar cosas que no usa nadie.
Beatriz envió a su hermana una fotografía de la raqueta y otra de los apuntes que habían encontrado. «Mamá amenaza con tirarlo todo», escribió. Isabel respondió que podía tirarlo, decisión que Marisa recibió como una pequeña victoria.
Terminaron cerca de la una, con el trastero mucho más despejado y algunas cajas que su madre, pese a todo, se negaba a tocar.
Subieron a comer alubias con verduras y pescado.
Mientras recogían, después de hablar de la familia y de una vecina hospitalizada, Marisa le preguntó si tenía planes para el domingo.
—He quedado con Alicia.
—Ah, qué bien. ¿Y cómo fue la cena?
—Muy bien.
—Me alegro.
Marisa siguió colocando platos en el lavavajillas sin pedir más detalles. Beatriz, que había esperado algún comentario, acabó preguntando si no quería saber nada más.
—¿Qué quieres que te pregunte? —repuso su madre—. Anda, ayúdame con los vasos.
No supo si aquella discreción era deliberada o si Marisa había decidido que por una vez podía organizarse sola. En cualquier caso, se lo agradeció.
El domingo amaneció nublado y Beatriz se levantó sin despertador. Preparó café y se instaló junto a la ventana con una novela que había empezado semanas atrás. Apenas había avanzado unas páginas cuando, a las once, llamó Tomás.
—Perdona que te moleste en domingo. Hay una filtración en el almacén del polideportivo. Ha entrado agua por una ventana y se han mojado unas cajas de material.
Beatriz cerró el libro y preguntó si había daños importantes o peligro para las instalaciones. Tomás le explicó que el conserje había aislado la zona, Mantenimiento estaba avisado y el lunes revisarían la ventana. No parecía necesario hacer nada más por el momento.
Al colgar, miró la carpeta que había llevado del ayuntamiento el viernes.
Podía ponerse a revisar los documentos y aprovechar que estaba despierta, pero ninguno era urgente.
Llevaba toda la semana esperando un rato para sí misma y había quedado con Alicia a las cinco.
Guardó la carpeta en el bolso antes de que la costumbre pudiera más que sus buenas intenciones.
Poco después recibió un mensaje.
Buenos días. ¿Sigue en pie lo de esta tarde?
Claro. ¿Te apetece caminar por la costa si no llueve? Conozco un paseo bonito desde el puerto.
Perfecto. Yo llevo algo para merendar. Han sobrado unos trozos de bizcocho.
¿Has conseguido no venderlo todo?
No te acostumbres. Ha sido un accidente.
Beatriz sonrió y volvió al libro. Esta vez consiguió leer sin mirar el teléfono cada pocos minutos, aunque de vez en cuando levantaba la vista hacia el cielo para comprobar si seguía aguantando la lluvia.
A las cuatro y media salió con zapatillas cómodas y una chaqueta ligera.
Llegó al aparcamiento del puerto unos minutos antes de la hora y esperó junto a la barandilla.
Varias familias caminaban por el paseo, unos niños circulaban en bicicleta y el mar tenía el color gris verdoso de los días cubiertos.
Alicia apareció con una mochila pequeña y el pelo recogido. Beatriz sintió que el cansancio de los últimos días cedía un poco al verla acercarse; se había pasado el fin de semana ocupada en otros asuntos, pero estaba deseando aquel momento desde que lo acordaron.
—Hola —saludó Alicia.
Esta vez Beatriz se inclinó para besarla en los labios, sin la vacilación de la noche en Comillas. Alicia le devolvió el beso y después levantó la mochila.
—Traigo bizcocho y agua. Si quieres café, habrá que comprarlo.
—Creo que podemos sobrevivir una tarde sin café.
—Eso lo dices porque no llevas una semana levantándote a las seis.
Empezaron a caminar junto al puerto y, antes de llegar al primer recodo del paseo, Alicia le cogió la mano. Beatriz entrelazó los dedos con los suyos mientras seguían hablando de la semana y de un perro enorme que acababa de meterse en el agua, pese a las llamadas desesperadas de su dueño.
Había pensado muchas veces en lo difícil que sería conocer a alguien viviendo en Puerto de Lúa, donde cualquier paseo podía convertirse en una conversación con tres vecinos y una consulta sobre el ayuntamiento.
Aquella tarde, sin embargo, las personas con las que se cruzaban continuaban a lo suyo.
Cuando un vecino le levantó la mano desde la otra acera, lo saludó sin soltar a Alicia.