10. La mañana siguiente
La mañana siguiente
Beatriz se despertó a las seis y media, diez minutos antes de que sonara el despertador, y alargó la mano hacia el móvil.
No había recibido ningún mensaje nuevo. Le hizo gracia descubrirse pendiente de Alicia cuando se habían despedido apenas unas horas antes y ya se habían escrito para confirmar que habían llegado bien a casa.
Se levantó y fue a ducharse mientras repasaba mentalmente la jornada.
Tenía un pleno extraordinario a mediodía, una reunión con el interventor y varios documentos por firmar.
Le faltaba revisar una modificación presupuestaria de las instalaciones deportivas, un asunto poco complicado sobre el papel que seguramente daría pie a preguntas ajenas al orden del día.
Conocía el expediente casi de memoria, pero prefería llegar con las cifras revisadas porque bastaba una cantidad mal anotada para que una sesión tranquila se convirtiera en una discusión interminable.
Aun así, mientras se lavaba el pelo terminó recordando la cena en Comillas, la facilidad de la conversación y el beso junto a los coches.
Había salido con otras mujeres desde que terminó su relación con Clara, pero hacía mucho que no regresaba de una cita con tantas ganas de repetirla.
Con Alicia se había sentido cómoda incluso en los momentos en que ninguna tenía nada especial que decir.
Aquella tranquilidad le gustaba tanto como la manera en que la había besado.
Desayunó café y una tostada mientras consultaba su calendario.
El viernes debía ir a Santander y el sábado había prometido ayudar a su madre con unas cajas del trastero.
El domingo figuraba libre, aunque después de seis años en el ayuntamiento había aprendido a desconfiar de los espacios en blanco de la agenda.
Pensó en escribir a Alicia, volvió a mirar la hora y decidió que podía esperar hasta llegar al despacho.
No necesitaba convertir una buena cita en una competición por ver quién enviaba el primer mensaje.
A las ocho y cinco, Marta la recibió en el ayuntamiento con una carpeta y dos recados. El responsable de Deportes necesitaba hablar con ella antes del pleno y el concejal de Medio Ambiente también quería verla, aunque ninguno había explicado para qué.
—Empezamos bien —comentó Beatriz.
—El de Deportes parecía preocupado.
—Entonces mejor lo llamo primero.
Subió a su despacho, encendió el ordenador y, antes de ocuparse de las llamadas, escribió a Alicia.
Buenos días. Espero que hayas conseguido levantarte después de acostarte tan tarde.
Envió el mensaje y abrió los documentos del pleno. Por una vez, se descubrió capaz de dejar el teléfono apartado sin perder del todo las ganas de volver a mirarlo.
A las nueve y media apareció Tomás con una carpeta bajo el brazo.
—Tenemos novedades sobre las terrazas.
El técnico había revisado las solicitudes pendientes. Tres podían resolverse, pero otras dos afectaban a la zona cuyo pavimento se modificaría durante la primera fase de las obras; una de ellas correspondía a La Esquina.
—Propone autorizaciones temporales cuando se cumplan las condiciones de seguridad —explicó Tomás—. Antes de que empiecen las obras habrá que revisarlas. En el caso de la cafetería, necesitamos comprobar las medidas porque la fachada coincide con uno de los pasos peatonales previstos.
—¿Cuándo puede ir el técnico?
—Mañana.
Beatriz asintió, pero no cogió la hoja que él le ofrecía. La noche anterior había hablado de aquel asunto con Alicia, y no quería que una cuestión personal enturbiara algo que debía seguir su procedimiento habitual.
—Tomás, necesito comentarte otra cosa. He empezado a quedar con Alicia Romero.
Él levantó la vista.
—¿La de La Esquina?
—Sí. Quiero consultar con Secretaría cómo gestionar cualquier posible conflicto de intereses. No voy a intervenir en decisiones que la afecten directamente y prefiero que quede documentado desde el principio.
Tomás tardó poco en responder. Anotó el asunto en su agenda y aseguró que hablaría con la secretaria municipal; el expediente continuaría su tramitación normal.
No le pidió detalles sobre la relación ni intentó averiguar desde cuándo se veían.
Aquella discreción le permitió a Beatriz concentrarse en lo importante: que Alicia recibiera exactamente el mismo trato que cualquier otra persona, sin ventajas ni obstáculos añadidos.
Beatriz agradeció que no hiciera comentarios, aunque la tranquilidad duró hasta que él empezó a guardar los papeles.
—¿Es la mujer con la que hablaste en la boda de Sergio?
—¿También te has enterado tú?
—Sergio lo contó en una comida. Yo no sabía que era la de la cafetería.
—Me tranquiliza muchísimo, Tomás.
Él se marchó sin averiguar si lo decía en serio. Beatriz regresó al escritorio y encontró un mensaje de Alicia.
He llegado a las siete y media y Diego ya atendía a tres personas. Empiezo a pensar que podría abrir la cafetería sin mí.
Eso parece una buena noticia.
Lo es, aunque dice que tengo demasiadas cosas en la carta.
¿Y tiene razón?
Probablemente. Pero hoy no pienso reconocérselo.
Beatriz sonrió antes de desearle un buen día.
Le agradaba imaginar a Alicia detrás de la barra, discutiendo con Diego por una carta demasiado larga y preocupándose por detalles que solo a ella le parecían urgentes.
No era una imagen espectacular, pero quizá por eso mismo deseaba formar parte de más mañanas como aquella.
El pleno empezó a las doce y terminó pasadas la una y media.
Hubo una discusión sobre partidas presupuestarias, otra sobre las actividades deportivas de otoño y varias preguntas que habrían podido resolverse directamente con los departamentos correspondientes.
Cuando Beatriz salió de la sala, Nuria la alcanzó junto a las escaleras.
—¿Vas a comer o piensas sobrevivir con el café de la máquina?
—Tengo que terminar un par de cosas.
—Pues las terminas y bajamos al bar de Rafa. Hoy hay lentejas.
Beatriz aceptó porque necesitaba salir del edificio, aunque solo fuera durante media hora.
Encontraron una mesa junto a la ventana; Nuria pidió lentejas y ella merluza con patatas.
Mientras esperaban, hablaron de las actividades infantiles de septiembre y de un monitor que había renunciado cuando ya estaba casi todo organizado.
Solo después de que les sirvieran la comida, Nuria preguntó por la cena del miércoles.
—Bien —contestó Beatriz.
—¿Solo bien?
—Muy bien, si quieres saberlo.
Nuria sonrió y siguió comiendo, sin intentar sonsacarle nada. Aquella falta de insistencia terminó por animar a Beatriz a contarle que Alicia le gustaba mucho, más de lo que había esperado después de la boda.
—Entonces, ¿qué te preocupa? —preguntó su amiga.
Beatriz le explicó lo de la licencia y la conversación de esa mañana con Tomás. Nuria escuchó con atención; habían sido amigas antes de trabajar juntas y podía confiar en que sabría distinguir una inquietud personal de un problema del ayuntamiento.
—Has hecho bien en consultar con Secretaría —dijo—. Si la relación continúa, mejor dejar claras las responsabilidades. Pero tampoco tienes que decidir hoy si vais a vivir juntas.
—No estoy pensando en eso.
—Entonces disfruta un poco, Bea.
Era casi lo mismo que le había dicho su madre, y Beatriz empezó a sospechar que para los demás resultaba mucho más fácil administrar su vida sentimental que para ella.
Prefirió preguntar por Mateo, el hijo de Nuria, y por los problemas que tenían para organizar sus desplazamientos a las actividades de la tarde.
El resto de la comida hablaron del instituto, de las vacaciones y de horarios familiares imposibles.
Le sentó bien escuchar preocupaciones que no requerían ninguna actuación suya.
Nuria terminó contándole que Mateo había decidido cambiar de actividad dos veces en una semana y que ahora quería apuntarse a algo para lo que ni siquiera sabían si quedaban plazas.
Beatriz se rio y prometió no ofrecerle ninguna solución municipal.
A las siete, Alicia estaba terminando de limpiar la barra cuando recibió un mensaje de Beatriz. Había pasado la tarde revisando facturas y hablando con proveedores mientras Diego reorganizaba las estanterías del almacén, así que agradeció tener una excusa para sentarse un momento.
¿Qué tal ha terminado el día?
Bien. Hemos vendido casi todo y Diego ha convencido a dos clientes para que probaran las tartas. Lo voy a ascender.
¿Ya?
Esperaré a ver cómo va el viernes.
Beatriz le contó que el pleno se había alargado y que se marchaba a casa a cenar algo y descansar.
Alicia imaginó el cansancio detrás de aquellas palabras y recordó la noche anterior: la conversación sin prisas, la mano de Beatriz en su mejilla y la forma en que se habían despedido sin convertir una primera cita en una promesa de futuro.
Le gustaba que ambas tuvieran ganas de verse y, al mismo tiempo, cosas importantes que hacer por separado.
«¿Te apetece que nos veamos este fin de semana?», escribió.
La respuesta llegó enseguida.
Mucho. ¿El domingo?
Perfecto. Cierro los domingos por la tarde y podemos hacer algo sin mirar el reloj.
Me vendrá bien. Esta semana está siendo bastante larga.
Pues el domingo es nuestro.
Alicia dejó el móvil sobre la barra y acabó de recoger.
Fuera, los vecinos cruzaban la plaza camino de sus casas y la luz empezaba a desaparecer detrás de los edificios.
Seguían pendientes el permiso de terraza, las facturas y una lista de asuntos que no iba a resolver aquella noche, pero cerró La Esquina de mejor humor que de costumbre.
Beatriz recibió su último mensaje mientras ponía una lavadora. Lo leyó otra vez antes de guardar el teléfono y continuar separando la ropa. Acabó de cargar la lavadora y, antes de pulsar el botón de inicio, recordó que debía tender la colada del día anterior.