Mi alcaldesa favorita 9. Fuera del término municipal
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9. Fuera del término municipal

Fuera del término municipal

El miércoles, a las ocho y veinte, Alicia llevaba tres cambios de ropa y seguía sin tener claro qué ponerse.

No le faltaban opciones, pero después de tantas semanas atendiendo la cafetería con camisetas cómodas y el pelo recogido, la idea de arreglarse para salir le resultaba extrañamente aparatosa.

Contempló el vestido extendido sobre la cama, lo devolvió al armario y eligió unos vaqueros con una blusa negra.

Su hermana llevaba un rato escribiéndole.

¿Ya estás preparada?

Más o menos.

Foto.

Alicia se fotografió frente al espejo y recibió una respuesta inmediata.

Guapísima. ¿Y qué vas a hacer con lo de las obras?

Había cometido el error de explicarle que la mujer con la que iba a cenar era la alcaldesa del pueblo donde acababa de abrir su negocio. Desde entonces, su hermana encontraba la manera de relacionar cualquier noticia sentimental con el expediente de terraza.

Hoy voy a cenar, no a pedir una licencia.

Ya, mujer. Era por preguntar.

Alicia guardó el teléfono con una sonrisa.

Habían quedado directamente en el restaurante porque prefería llevar su propio coche.

Beatriz se había ofrecido a recogerla, pero aún se conocían poco y le gustaba poder decidir a qué hora regresar.

Antes de salir comprobó las ventanas del piso, donde seguían esperando dos cajas sin abrir.

De una sobresalía una lámpara comprada en un mercadillo que probablemente nunca funcionaría; tendría que ocuparse de ella otro domingo.

Sonrió al darse cuenta de que aquella cita la ilusionaba más de lo previsto.

El restaurante estaba en una calle tranquila de Comillas, detrás de una fachada de piedra con macetas junto a la puerta.

Alicia llegó unos minutos antes de las nueve y encontró a Beatriz esperándola fuera.

Llevaba un pantalón beige, una camiseta oscura y una chaqueta fina, con el pelo suelto sobre los hombros.

No parecía ni la invitada de la boda ni la alcaldesa a la que Alicia había visto en reuniones y despachos, aunque le resultó igual de atractiva.

—Hola. ¿Llevas mucho esperando?

—Acabo de llegar.

Se dieron dos besos en las mejillas y Alicia pensó que le habría gustado recibir uno de otra clase, pero apenas acababan de saludarse.

—Bonito sitio —comentó, mirando la entrada—. ¿Vienes mucho?

—No. Estuve hace tiempo y recuerdo que cenamos bien.

—¿Con alguna exnovia?

Beatriz la miró con sorpresa.

—Con Nuria y su marido. Pero puedo inventarme algo más interesante, si quieres.

—No hace falta. Era curiosidad.

Entraron riéndose. El comedor era pequeño, con mesas de madera, paredes claras y una puerta abierta hacia un patio interior.

La camarera las llevó hasta una mesa junto a la ventana y les entregó las cartas.

Durante los primeros minutos hablaron de la carretera y del restaurante, asuntos inofensivos con los que Alicia intentó disimular un nerviosismo que no había previsto.

Hasta aquella noche siempre habían coincidido rodeadas de otras personas o con algún trámite de por medio; ahora estaban allí únicamente porque deseaban conocerse mejor.

Decidieron compartir una ensalada de tomate y unas croquetas, y pedir pescado después.

Renunciaron al vino porque ambas conducían.

Alicia se sorprendió deseando causar una buena impresión, como si en la boda no hubieran hablado ya durante horas.

Cuando la camarera se alejó, le preguntó por su semana.

—¿Quieres la versión corta? —respondió ella.

—La que no me obligue a levantar acta.

—He tenido dos reuniones pesadas, una visita a las instalaciones deportivas y una discusión sobre unas farolas que iluminan las ventanas de varios vecinos.

—Pues es comprensible que protesten. ¿Siempre termina todo en tu mesa?

—No todo, aunque hay gente convencida de que sí. Una vez me llamaron un sábado por la noche porque se había escapado una cabra y nadie encontraba al dueño.

Beatriz contó que acabó buscando el teléfono de un ganadero mientras sus amigas la esperaban para entrar al cine. El animal estaba a quinientos metros de su casa y regresó sin problemas; ella se perdió el principio de la película.

—Por lo menos alguien tuvo un final feliz —comentó Alicia.

—La cabra, desde luego.

Con las croquetas llegaron conversaciones que no tenían nada que ver con el ayuntamiento.

Beatriz quiso saber cómo había acabado en publicidad y qué echaba de menos de Madrid.

Alicia habló de sus amigos y de algunas costumbres, pero también de aquellos veranos de infancia en un apartamento de Laredo que pertenecía a unos tíos suyos.

Sus padres trabajaban casi todo agosto y ella pasaba las vacaciones con sus primos, bajando a la playa y regresando a casa con arena hasta en los bolsillos.

—No era un apartamento especial, pero lo recuerdo con muchísimo cariño. Supongo que de ahí me vienen las ganas de vivir cerca del mar.

—¿Todavía vais?

—Lo vendieron hace años, después de que muriera mi tío. Mi tía ya no quería ocuparse de él.

Beatriz le preguntó por los primos, en vez de volver a interesarse por las cuentas de la cafetería, y Alicia agradeció poder hablar de su mudanza sin tener que justificarla. Después quiso saber cómo había sido crecer en Puerto de Lúa.

—A los dieciocho estaba deseando marcharme —admitió Beatriz—. Estudié en Bilbao, trabajé en Santander y regresé por una oportunidad laboral. La política vino después.

—¿Y te gusta ser alcaldesa?

—Sí, mucho. Aunque no todos los días me gusta lo mismo.

Alicia comprendió la respuesta. Ella también había querido su trabajo durante años antes de darse cuenta de que ya no deseaba dedicarle toda su energía.

Siguieron hablando hasta terminar el pescado, sin notar apenas que el comedor iba quedándose más tranquilo.

Beatriz preguntó por la agencia sin exigir justificaciones y Alicia pudo interesarse por su vida sin recibir un discurso político.

La conversación ya no les exigía ningún esfuerzo.

Pidieron una tarta de queso para compartir. Alicia probó el primer trozo y levantó las cejas.

—Está buenísima. Voy a tener que traer a mi pastelera.

—Podríamos organizar una reunión de trabajo.

—Contigo todo acaba convertido en una reunión de trabajo.

Beatriz sonrió, aunque dejó el tenedor sobre el plato y se puso a doblar una esquina de la servilleta.

—Precisamente quería hablarte de eso. De nosotras, quiero decir.

Alicia apartó el plato para prestarle atención.

—Me apetece seguir viéndote —continuó Beatriz—. Si no, no te habría invitado. Pero, si empezamos una relación, tendré que apartarme de las decisiones municipales que te afecten directamente.

—Lo entiendo.

—Quiero que tengas claro que no conseguirás nada por salir conmigo, pero tampoco voy a exigirte más que a otros comerciantes para demostrar que no hay favoritismos. Habrá otras personas que se ocupen del expediente cuando corresponda.

—Te agradecería especialmente lo segundo —respondió Alicia, y consiguió que Beatriz relajara los hombros—. Yo tampoco quiero complicarte el trabajo. He venido a abrir una cafetería, no a pelearme con el ayuntamiento para siempre.

—Espero que no tengas que hacerlo.

Quedaba un trozo de tarta entre ambas. Alicia lo observó mientras pensaba que hablar de licencias en una primera cita no era precisamente romántico, pero prefería aquella claridad a descubrir después que las dos habían evitado un asunto importante.

Beatriz tampoco parecía estar buscando una salida elegante a la conversación; la miraba con una seriedad que Alicia reconoció de su encuentro en el despacho, aunque ahora no había una mesa municipal entre las dos.

—Y hay otra cosa —añadió Beatriz—. Aquí se habla mucho de la vida de los demás. No tengo ningún problema con que sepan que salgo con una mujer; hace años que lo saben. Me preocupa más que tú te sientas observada por estar conmigo.

—Pili ya me ha dado un curso intensivo sobre la vida en el pueblo. No me entusiasma que todo el mundo sepa con quién ceno, pero tampoco pienso esconderme.

—Ni yo.

—Entonces iremos viendo qué hacemos cuando toque.

Beatriz asintió y Alicia, al comprobar que no quedaba nada más que aclarar aquella noche, se adjudicó el último trozo de tarta.

—Necesito investigar a la competencia —explicó.

Después tomaron café y hablaron de libros abandonados a medias, de la pésima cocina de la hermana de Alicia y de un viaje de Beatriz a Portugal.

Descubrieron que a ambas les gustaba caminar, aunque Alicia prefería salir sin rumbo y Beatriz consultaba antes los kilómetros y el desnivel.

Era una diferencia pequeña, pero les dio bastante juego para bromear.

Alicia imaginó a Beatriz deteniéndose a consultar una ruta mientras ella proponía desviarse hacia cualquier camino que tuviera buenas vistas, y pensó que quizá no estuviera mal tener que negociar alguna vez el destino de un paseo.

Salieron cerca de medianoche. El aire había refrescado y las calles estaban casi vacías, así que caminaron despacio hacia los coches, prolongando una conversación que ninguna tenía prisa por terminar.

—Me ha gustado mucho la cena —dijo Alicia—. Y gracias por escoger un sitio donde nadie te ha preguntado por las farolas.

—Eso también me ha gustado a mí.

El coche de Alicia estaba aparcado junto a una pared cubierta de hiedra, a pocos metros del de Beatriz.

Al detenerse recordó la despedida de la boda, el momento interrumpido por Sergio y todas las veces que había pensado en lo que podría haber ocurrido aquella noche.

Ahora estaban solas y Beatriz parecía tan poco dispuesta como ella a marcharse.

—¿Puedo besarte? —preguntó Beatriz.

—Sí.

Beatriz le acarició la mejilla antes de acercarse. El beso fue tranquilo, sin prisas, y Alicia apoyó una mano en su cintura para atraerla un poco más. Cuando se separaron, Beatriz mantuvo la mano junto a su cara, como si tampoco tuviera demasiadas ganas de poner distancia entre ellas.

—Tenía ganas de hacer eso —confesó.

—Yo también.

Alicia volvió a besarla, esta vez sin necesidad de que se lo preguntara. Permanecieron abrazadas unos minutos, hasta que Beatriz miró la hora y recordó que debía estar en el ayuntamiento a las ocho.

—Yo abro a las siete —dijo Alicia—. Será mejor que nos vayamos.

Se besaron otra vez y prometieron verse pronto. Beatriz esperó a que Alicia entrara en su coche antes de dirigirse al suyo.

Durante el camino de regreso, Alicia condujo con la ventanilla entreabierta.

No pensaba en las obras ni en el permiso pendiente, y tampoco necesitaba averiguar cómo terminaría aquella historia.

Había cenado con una mujer que le gustaba, hablado de cosas importantes y de bastantes tonterías, y terminado besándola en una calle de Comillas.

Le parecía suficiente para un miércoles.

Al llegar a casa encontró un mensaje de Beatriz.

Avísame cuando llegues.

Ya estoy. Espero que tú también.

Acabo de entrar. Buenas noches, Alicia.

Buenas noches, Bea.

Dejó el móvil cargando y fue a lavarse los dientes. Cuando se metió en la cama, volvió a leer el último mensaje antes de dejar el teléfono en la mesilla.