8. El número que no llamé
El número que no llamé
Beatriz llevaba media hora buscando una factura cuando encontró entre los papeles del escritorio la tarjeta de un restaurante al que no iba desde hacía casi un año. La apartó para seguir revisando carpetas, aunque se quedó pensando en ella más tiempo del necesario.
Era domingo por la tarde y había vuelto a llevarse trabajo a casa, a pesar de prometerse cada viernes que aquel fin de semana sería distinto.
Tenía que preparar una reunión con la Diputación, responder dos correos y revisar unas cifras que Tomás le había enviado el jueves.
Nada era urgente, pero tampoco conseguía concentrarse y, a las seis, todavía no había terminado ninguna de las tres cosas.
Fue a preparar café y descubrió que no quedaba leche.
En la nevera tampoco había yogures; solo encontró un trozo de queso envuelto en papel de aluminio que examinó con desconfianza antes de decidir que todavía podía comérselo.
Su madre decía que era capaz de gestionar un presupuesto municipal, pero no una compra semanal.
Beatriz consideraba injusto el comentario, aunque reconocía que solía entrar al supermercado sin lista y salir con todo menos con lo que necesitaba.
El móvil vibró sobre la encimera. Era Marisa.
—¿Estás en casa? —preguntó su madre.
—Sí, trabajando un poco.
—Pues ven a cenar. Voy a hacer merluza.
—Son las seis, mamá.
—He dicho que vengas a cenar, no que salgas ahora mismo. A las nueve, que hoy estamos solas.
Beatriz aceptó y creyó que la conversación había terminado, pero Marisa quiso saber cómo había ido la comida de la asociación.
—Bien. Estuvo animada —respondió.
—La chica de la cafetería me cayó muy bien. Parece que tiene las cosas claras.
—Mamá…
—¿Qué? No he dicho nada.
Beatriz conocía aquel tono y prefirió no darle más oportunidades.
—Pili está insoportable —añadió Marisa—. Le he dicho que os deje tranquilas.
—Gracias.
—Aunque tampoco hacía falta que te marcharas tan deprisa ayer. Apenas hablamos.
—Tenía cosas que hacer.
—Siempre tienes cosas que hacer, hija.
Beatriz no discutió porque su madre tenía razón. Se despidieron y dejó el teléfono junto a la cafetera, pero ya no consiguió regresar a los documentos sin pensar en Alicia.
La comida del sábado había sido agradable a pesar de las maniobras de Pili, y Beatriz se había quedado con ganas de seguir hablando cuando se despidieron junto a La Esquina.
Alicia le había contado cosas de su trabajo en Madrid, de su hermana y de las dificultades de poner en marcha el negocio, pero Beatriz quería conocer también esa parte de su vida que no cabía entre una reunión municipal y otra.
Le interesaba saber cómo pasaba un día libre, qué echaba de menos de Madrid o si alguna vez había querido regresar con su última pareja.
Preguntas que no iba a hacerle con su madre sentada enfrente.
Recordó entonces el comentario de Alicia al despedirse: no le habría importado que Beatriz hubiera intervenido para sentarlas juntas. Le había dado tiempo a entender lo que significaba, aunque no a responder antes de verla entrar en la cafetería.
Volvió a coger la tarjeta del restaurante.
Era un local pequeño de Comillas donde había cenado con Nuria y su marido.
Recordaba que se comía bien y que tenía un patio interior tranquilo, además de un servicio bastante lento que en una cita quizá no importara tanto.
Dejó la tarjeta junto al móvil y se preguntó por qué seguía esperando.
Había pensado en escribirle después de la boda y varias veces durante las semanas siguientes.
Primero creyó que la distancia haría difícil conocerse y después apareció Alicia en su despacho con un expediente de terraza sin resolver.
Ahora vivían a pocos minutos andando y, después de lo ocurrido el sábado, resultaba difícil fingir que la atracción no era mutua.
La licencia seguía pendiente y las obras podían perjudicar seriamente el negocio de Alicia.
Beatriz no quería que su vida privada influyera en las decisiones municipales ni que alguien pudiera interpretar que una relación con la alcaldesa servía para conseguir ventajas.
Tampoco le parecía justo renunciar a conocer a una mujer porque hubiese presentado una solicitud al ayuntamiento.
Había una diferencia entre apartarse de un asunto cuando correspondiera y comportarse como si su cargo le prohibiera tener pareja, pero todavía no sabía cómo encontrar ese equilibrio.
Terminó preparándose el café sin leche y regresó al escritorio, donde avanzó menos de lo que habría querido.
A las nueve menos cuarto llegó a casa de su madre, que vivía encima de una farmacia, a cinco minutos de la playa.
Marisa había comprado aquel piso con su marido cuando Beatriz todavía estudiaba y se había negado a mudarse después de enviudar.
Cada vez que sus hijas le proponían buscar algo más pequeño, preguntaba dónde iban a meter entonces la aspiradora. Habían acabado por dejarla tranquila.
La encontró dando la vuelta a unas patatas.
—Lávate las manos, que ya está —le dijo a modo de saludo.
Cenaron merluza en la mesa de la cocina.
Marisa habló de una salida al teatro con sus amigas y de la recomendación del médico de caminar más; después discutieron un rato sobre los horarios del autobús a Santander, que parecían cambiar cuando alguien necesitaba utilizarlos.
Recogieron juntas y Beatriz se quedó secando los vasos mientras su madre preparaba dos infusiones.
Estaban acostumbradas a compartir esos ratos sin tener que llenar cada silencio.
—¿Te gusta de verdad Alicia? —preguntó Marisa de pronto.
Beatriz dejó un vaso en el escurridor.
—La conozco poco.
—No te he preguntado si vas a casarte con ella.
Beatriz sonrió, vencida por la precisión de su madre.
—Sí, me gusta.
—Pues invítala a salir.
—No es tan sencillo.
Marisa dejó de ocuparse de la tetera y esperó una explicación. Beatriz le habló de las cuatro mesas de terraza, del proyecto de la plaza y de las decisiones que todavía estaban pendientes. Su madre preguntó lo necesario para entender el problema, sin interrumpirla con consejos.
—Eso sí es complicado —admitió—. ¿No puedes dejar esos asuntos en manos de los demás?
—Si surge un conflicto de intereses, puedo apartarme de las decisiones que la afecten directamente. Pero tampoco quiero que empecemos a salir sin haber pensado qué puede pasar.
—Entonces háblalo con ella. Alicia es mayorcita y también tendrá algo que decir.
Beatriz miró a su madre, que había regresado a la tetera como si acabara de resolver un problema doméstico.
—¿Eso es todo? Esperaba una conversación más larga.
—Mañana madrugo —respondió Marisa, sin conseguir contener la sonrisa.
Le sirvió la infusión y se sentó frente a ella.
—Llevas mucho tiempo sola, Bea. No es que eso tenga nada de malo, pero desde lo de Clara apenas has querido conocer a nadie.
Si esta mujer te gusta, queda con ella y averigua si merece la pena.
Las dificultades ya las hablaréis cuando toque, que parece que quieres resolverlas todas antes de pedirle una cena.
Beatriz removió la infusión. Era un consejo bastante evidente, parecido al que habría dado ella misma a una amiga, aunque seguramente después de enumerar todas las razones por las que podía salir mal.
—Gracias, mamá.
—Y si ves a Pili, dile que deje de llamarme para preguntar cosas.
—Eso tendrás que decírselo tú.
—Ya se lo he dicho.
—Pues vuelve a intentarlo.
Cuando Beatriz regresó a casa, cerca de las once, abrió una ventana del salón.
Llegaban voces de una terraza próxima y el aire fresco le ayudó a despejarse, aunque estaba demasiado inquieta para acostarse.
Se sentó con el móvil y buscó el contacto de Alicia.
Seguían sin haberse escrito ningún mensaje.
Empezó con un saludo en el que aclaraba que era Bea, pero lo borró enseguida porque Alicia tenía su número. Probó después a preguntarle qué tal el domingo y tampoco quedó satisfecha: no quería iniciar una conversación intrascendente para acabar proponiéndole una cena veinte mensajes más tarde.
Al final escribió: «Hola, Alicia. Me lo pasé muy bien ayer. ¿Te apetece que vayamos a cenar una noche de esta semana? Conozco un sitio en Comillas que está bastante bien».
Lo leyó una vez más y lo envió antes de encontrar otra excusa para cambiarlo. Dejó el móvil en el sofá y fue a buscar agua, intentando convencerse de que Alicia estaría descansando después de su primera semana de trabajo y no tenía por qué contestar de inmediato.
Estaba cerrando la ventana cuando el teléfono vibró.
«Hola, Bea. A mí también me gustó mucho la comida. Aunque sospecho que Pili se va a llevar una alegría si se entera».
Beatriz sonrió, y antes de que pudiera responder llegó otro mensaje: «Me apetece. ¿El miércoles? Los martes cierro por la tarde, pero tengo que hacer pedidos y ponerme al día».
«El miércoles perfecto. ¿A las nueve?».
«Sí. Pero el restaurante no será de alguien que conoces desde el colegio, ¿no?».
Se rio sola en el salón mientras escribía que no, al menos que ella supiera. Alicia respondió enseguida: «Entonces tenemos una cita».
Beatriz se quedó mirando aquellas palabras con una alegría que le sorprendió. No era su primera cita ni hacía tanto desde la última, pero había algo reconfortante en que Alicia hubiera despejado todas las dudas sin darle más vueltas.
«Sí, la tenemos», contestó.
Recogió los papeles del escritorio y los metió en el bolso. El lunes tendría que hablar con Tomás, preparar la reunión con la Diputación y seguir atendiendo los problemas de la plaza, exactamente igual que antes de llamar a su madre.
Cuando apagó las luces, todavía estaba sonriendo.