7. Una mesa para dos
Una mesa para dos
El sábado, a las dos y cuarto, Alicia cerró la caja y descubrió que faltaban seis euros con treinta céntimos.
Revisó los pagos con tarjeta y las anotaciones de Diego, pero el dinero no apareció, así que apuntó la diferencia y decidió ocuparse de ella el lunes.
Su primera semana al frente de La Esquina le había enseñado que intentar resolver cada contratiempo de inmediato era una buena manera de no terminar nunca la jornada.
También había descubierto que ningún cliente entendía lo mismo por un café cargado y que quienes anunciaban que solo iban a tomar algo rápido podían pasar una hora junto a la ventana.
Las cosas, en conjunto, habían ido mejor de lo previsto.
El viernes incluso tuvo que rechazar a seis clientes por falta de sitio, aunque prefirió no calcular cuánto habría facturado con las cuatro mesas de terraza que seguían pendientes de autorización.
Guardó el dinero, limpió la barra y estaba colocando la última silla cuando Pili llamó al cristal.
—¿Te has olvidado de algo? —preguntó Alicia al abrir.
—Yo no. Tú —respondió la panadera, señalando las mesas que varios voluntarios preparaban en la plaza—. La comida.
Alicia se había apuntado el miércoles, después de que Pili le explicara que la asociación cultural organizaba cada año una comida antes de las fiestas de septiembre.
Le había parecido una buena oportunidad para conocer vecinos, pero después de seis madrugones consecutivos la perspectiva de tumbarse en el sofá resultaba bastante más atractiva.
—Estoy agotada, Pili.
—Pues comes y te vas. No tienes que quedarte hasta mañana. Además, te he guardado sitio.
Alicia iba a preguntar qué significaba exactamente aquello, pero Pili consultó el reloj y le recordó que empezaban a las tres.
Prometió acudir, cerró el local y se quitó el delantal.
Tenía una pequeña mancha de café en el bajo de la camiseta; decidió que después de la semana que llevaba nadie iba a exigirle una presentación impecable.
La plaza parecía otra bajo los toldos y las sombrillas.
Habían dispuesto tres filas de mesas con manteles de papel, mientras unos voluntarios repartían agua y descargaban grandes fuentes de comida.
Alicia reconoció a Rosa conversando con Elena, la vecina que había intervenido en la reunión sobre las obras, y se acercó a saludarlas.
—Ya he ido dos veces a desayunar —le dijo Rosa—. La tortilla está muy buena, pero deberías poner algo en la ventana. El jueves por la tarde entraba un sol insoportable.
Alicia agradeció el comentario y recordó los estores que todavía no había encargado.
Elena quiso saber si había novedades sobre la terraza y las tres acabaron hablando de la lentitud de los trámites municipales.
Antes de despedirse, Alicia invitó a Elena a comprobar si la distribución de las mesas de la cafetería era cómoda para alguien que utilizaba silla de ruedas.
—Me paso la semana que viene y de paso desayuno —prometió Elena.
Pili apareció entonces para conducirla hasta una mesa central. Alicia se encontró frente a una mujer mayor que se presentó como Marisa; a su lado estaban un hombre de la frutería y Nuria, la concejala de Cultura, ocupada en impedir que su hijo deshiciera una servilleta en pedazos.
—Mi hija me ha hablado de ti —comentó Marisa.
—¿Tu hija?
—Beatriz.
Alicia apenas había tenido tiempo de reaccionar cuando Pili intervino, con una satisfacción que no se molestó en disimular.
—Y mira qué casualidad, que Bea también viene a comer aquí.
Marisa levantó la vista hacia su amiga.
—Pili.
—¿Qué? —preguntó la panadera antes de alejarse con una botella de agua.
Nuria escondió una sonrisa mientras ayudaba a su hijo, y Marisa suspiró.
—Lleva toda la semana preocupándose por la vida de los demás. Parece que la suya no le da bastante trabajo.
Alicia estaba acostumbrada a que algunas amistades trataran su soltería como un problema que necesitaba solución, pero le sorprendía la rapidez con que aquel pueblo había empezado a organizarle el futuro.
Miró la silla vacía a su lado. Lo curioso era que Beatriz no le había parecido una mujer necesitada de ayuda para conocer gente y ella tampoco se había mostrado especialmente desesperada por encontrar pareja.
Le habría gustado preguntárselo a Pili, aunque sospechaba que solo conseguiría darle más motivos para intervenir.
—¿Beatriz sabe que se sienta aquí?
—Me parece que todavía no —respondió Marisa.
Diez minutos después llegó Beatriz, algo retrasada porque había visitado a un vecino recién operado cuya esposa insistió en enseñarle fotografías familiares.
Saludó a varias personas de camino y, cuando Nuria le indicó el sitio libre junto a Alicia, miró a su madre y después hacia el extremo de la plaza donde estaba Pili.
—Ya entiendo —murmuró.
—Siéntate, hija, que van a servir —ordenó Marisa.
—Hola, Alicia.
—Hola, alcaldesa.
—No empieces.
—Yo no he organizado nada —replicó Alicia, incapaz de contener la sonrisa.
Nuria se levantó para acompañar a su hijo al baño y Marisa fue a saludar a una conocida. En medio del bullicio, las dos quedaron momentáneamente solas.
—Pili me ha dicho que los sitios están organizados para que nadie se quede descolgado —explicó Alicia.
—Qué considerada. A veces se entusiasma demasiado.
—Tu madre, por lo menos, parece bastante sensata.
—Lo es, normalmente —respondió Beatriz, y ambas rieron cuando la vieron regresar a su asiento.
Sirvieron ensalada de tomate y bonito, seguida de unas fuentes de patatas con carne.
Alicia, que había llegado pensando en marcharse pronto, descubrió que estaba hambrienta y disfrutó de la comida mientras escuchaba las conversaciones.
Cada vez que intentaba averiguar de quién se estaba hablando, aparecía un parentesco nuevo o una historia que todos parecían conocer desde hacía años.
Le costaba seguir el hilo, pero agradeció que nadie le exigiera ponerse al día antes de hacerla partícipe de las bromas.
Nuria contó que su hijo empezaría el instituto en septiembre y llevaba todo el verano pidiendo permiso para ir solo en bicicleta; Marisa preguntó por la familia de Alicia y su adaptación al pueblo, sin hacer ninguna referencia a su vida sentimental.
Beatriz no tuvo tanta suerte. Un hombre sentado cerca aprovechó buena parte del almuerzo para explicarle un problema con una parcela heredada, y Alicia observó cómo dejaba el tenedor sobre el plato mientras la carne se enfriaba.
Cuando el hombre se levantó en busca de vino, Beatriz se volvió hacia ella.
—Perdona, ¿qué me decías de tu hermana?
—Que viene el mes que viene para ver la cafetería y comprobar que sigo viva. Mi familia cree que el mar me ha trastornado un poco.
—Es un cambio importante.
—Lo sé, pero me está gustando.
Beatriz sonrió y no intentó convencerla de que había tomado una buena decisión.
Alicia agradeció aquel silencio: llevaba meses explicando por qué había dejado Madrid y cada vez soportaba peor que le pidieran defender una elección que era suya.
Le resultaba curioso que Beatriz, cuyo trabajo consistía en dar explicaciones a medio pueblo, supiera cuándo no hacía falta pedir ninguna.
Después del café, los comensales empezaron a dispersarse. Marisa se marchó con unas amigas y Nuria recibió una llamada de su marido, que venía a buscar al niño. Alicia y Beatriz continuaron sentadas, aprovechando una tranquilidad que parecía improbable en mitad de la plaza.
—Creo que nos han puesto juntas a propósito —comentó Alicia.
—¿Tú crees? Mi madre lleva una semana preguntándome cómo eres.
—Pili me contó que estabas soltera.
—A mí me dijo que eras muy trabajadora. Según ella, eso es fundamental para una relación duradera.
Se rieron, aunque Beatriz enseguida adoptó una expresión más seria.
—Llevo media vida aquí y todavía no consigo que entiendan que puedo organizarme sola. No me molesta que sepan con quién salgo, pero a veces parece que tienen derecho a opinar sobre cualquier cosa que haga. Hay días en que solo quiero comprar leche.
Alicia comprendía esa sensación, aunque todavía estaba descubriendo hasta dónde llegaba la curiosidad de los vecinos.
—En Madrid podía pasar una semana sin cruzarme con nadie del edificio. Aquí una señora me preguntó si vivía sola mientras elegía tomates y, cuando le dije que sí, me recomendó un cerrajero.
—También tiene ventajas —respondió Beatriz—. Si necesitas algo, siempre hay alguien que sabe a quién llamar.
—Eso ya lo he comprobado.
Alicia miró el reloj y se sorprendió al descubrir que llevaba casi dos horas allí sin pensar en los pedidos del lunes ni en la persiana del almacén.
Al ver a los voluntarios recogiendo, propuso ayudar.
Llevaron platos y vasos hasta una mesa donde dos muchachos los separaban en cubos y se pusieron a plegar un mantel que terminó rasgándose cuando Alicia tiró demasiado fuerte.
Había conseguido pasar toda la comida sin mancharse la camiseta más de lo que ya estaba, pero parecía incapaz de participar en una tarea sencilla sin causar algún pequeño desastre.
—Perdón.
—Es de papel —dijo Beatriz, divertida—. Creo que sobreviviremos.
Caminaron juntas hasta La Esquina, mientras la plaza recuperaba poco a poco su tranquilidad. Cerca de la puerta, Beatriz se detuvo con las manos en los bolsillos, como si quisiera prolongar la conversación y no supiera cómo hacerlo delante de los vecinos.
—Gracias por venir —dijo.
—Me apunté antes de saber que tú estarías, pero me lo he pasado muy bien.
—Yo también.
Alicia habría querido preguntarle si aquella indecisión tenía algo que ver con lo que había ocurrido en la boda, pero no le apetecía conversar sobre ellas a pocos metros de quienes conocían a Beatriz desde pequeña.
Se despidió y buscó las llaves; entonces Beatriz dio un paso atrás y volvió a llamarla.
—Alicia, que sepas que yo no he tenido nada que ver con lo de los sitios.
—Ya me lo imaginaba. Aunque tampoco me habría importado que lo hubieras tenido.
La sorpresa en la cara de Beatriz le hizo sonreír, y Alicia entró antes de empezar a arrepentirse.
A través del cristal la vio alejarse, detenerse para hablar con un vecino y continuar hacia la calle del ayuntamiento.
Pensó en el gesto de sorpresa que había provocado su comentario y se alegró de haberlo dicho, aunque después no hubiera tenido valor para quedarse a escuchar una respuesta.
Había conocido gente, descubierto que Marisa era bastante menos entrometida que Pili y pasado una tarde estupenda con Beatriz. Lo de la terraza podía esperar hasta el lunes.
Cuando llegó a casa, se duchó y se tumbó en el sofá, encontró un mensaje de su hermana preguntándole por el fin de semana. Le contó que había trabajado por la mañana y después había ido a una comida popular.
¿Has conocido a alguien interesante?, preguntó su hermana.
Alicia respondió que sí y, por una vez, no añadió ninguna explicación.