6. Asuntos municipales
Asuntos municipales
Beatriz llegó al centro cultural diez minutos antes de la reunión y encontró a Tomás agachado junto al proyector, intentando convencer al ordenador de que mostrara los planos de la plaza.
—¿No funciona?
—Esta mañana funcionaba.
—Me dejas mucho más tranquila.
Tomás no respondió. Llevaba nueve años en el ayuntamiento y tenía paciencia para casi todo, salvo para los aparatos electrónicos y quienes le hablaban mientras trataba de arreglarlos.
Beatriz dejó el bolso en una silla y examinó la sala.
Habían preparado cuarenta asientos frente a una mesa larga, y en la pared del fondo colgaban fotografías de las fiestas del año anterior.
Varios comerciantes conversaban ya en pequeños grupos, a pesar de que todavía faltaban unos minutos para las siete.
Rosa, la propietaria de la mercería, ocupaba la primera fila con una libreta sobre las rodillas. A su lado, el dueño de una ferretería asentía con expresión sombría. Beatriz no necesitaba acercarse para adivinar el tema de conversación.
—¿Cuántos han confirmado? —preguntó.
—Veintisiete.
—Pues no me extrañaría que acabáramos siendo cuarenta.
En aquel momento apareció por fin la imagen en la pantalla y Tomás se incorporó, satisfecho.
—Se había soltado el HDMI.
—Menos mal que contamos contigo para resolver las grandes crisis municipales.
Beatriz fue a saludar a los asistentes. La remodelación llevaba cuatro años pasando de una mesa a otra.
El pavimento estaba deteriorado, las pendientes dificultaban el paso a las personas con movilidad reducida y los charcos aparecían junto a los soportales cada invierno.
Había costado conseguir financiación y, cuando por fin la tuvieron, llegaron los problemas con el calendario.
Aplazar otra vez las obras no arreglaría nada, aunque entendía que los comerciantes temieran perder clientes durante tres meses.
Estaba hablando con Rosa cuando vio entrar a Alicia, que llevaba una camisa de rayas, vaqueros y el pelo recogido en una coleta.
Se detuvo a leer un documento junto a la puerta antes de buscar asiento.
Beatriz sintió ganas de acercarse, pero Rosa reclamó de nuevo su atención.
Le pareció extraño que unos días atrás pudiera hablar con Alicia sin pensar en quién estaba mirando y que ahora le preocuparan hasta las sonrisas.
La presencia de Alicia no debía alterar ni las preguntas ni las respuestas que estaba dispuesta a dar.
—¿Es verdad que vais a cerrar todo el paso en septiembre?
—No está previsto. Se trabajará por sectores y habrá accesos peatonales a los locales.
—Eso dijeron cuando arreglaron la calle Nueva.
—Es una obra diferente, Rosa.
—Las vallas eran iguales.
Beatriz prefirió no discutir sobre una reforma anterior a su llegada a la alcaldía y se dirigió a la mesa cuando llegó la hora de empezar.
Tomás explicó las fases del proyecto con ayuda de unos planos bastante claros. Habló de canalizaciones, pavimento y accesibilidad, aunque algunas miradas empezaron a perderse en cuanto aparecieron términos técnicos. Después Beatriz resumió el calendario y las decisiones que aún estaban pendientes.
—Nuestra intención es empezar en octubre, con una duración prevista de tres meses. La obra se hará por zonas para reducir las molestias y queremos escucharos antes de cerrar los detalles de ejecución.
Rosa levantó la mano inmediatamente.
—¿Cómo vais a reducirlas? Porque a mí me traen mercancía dos veces por semana y no puedo cargar cajas desde la otra punta de la plaza.
Tomás señaló en el plano los pasos que permanecerían abiertos y explicó que estaban estudiando una franja horaria para las entregas.
—¿A qué hora? —insistió Rosa.
—Todavía tenemos que concretarlo.
Rosa lo anotó en su libreta con una expresión que dejaba claro cuánto le satisfacía aquella respuesta.
A continuación, el ferretero preguntó por el aparcamiento, una comerciante quiso saber qué ocurriría con los contenedores y otra se preocupó por el polvo.
Beatriz respondió cuando pudo y dejó los aspectos técnicos en manos de Tomás.
Al cabo de casi una hora, la lista de preguntas pendientes era tan larga como la de asuntos resueltos.
Entonces Alicia levantó la mano.
—Quería preguntar por las terrazas. Abrí una cafetería el lunes y llevo esperando desde junio una autorización para cuatro mesas. Me han dicho que el expediente está pendiente porque todavía no se conoce la distribución definitiva de la plaza.
Tomás consultó sus papeles.
—Hay varias solicitudes en esa situación.
—¿Cuántas?
—No tengo aquí el número exacto.
—Lo pregunto porque necesito saber si podré contar con esas mesas en septiembre o si debo hacer las previsiones sin ellas. Incluso una denegación me permitiría organizarme mejor que seguir esperando.
Algunos comerciantes asintieron. Alicia miraba a Tomás con atención, sin elevar la voz, y Beatriz reconoció la misma determinación con que había entrado en su despacho días antes.
—No queremos conceder ocupaciones que tengamos que modificar en cuanto empiecen las obras —explicó el concejal.
—Lo entiendo, pero mientras lo decidís nosotros estamos tomando decisiones económicas sin saber con qué espacio contamos.
Beatriz intervino antes de que Tomás volviera a explicar el procedimiento.
—Vamos a priorizar la revisión de esas solicitudes y os comunicaremos una fecha de respuesta. No puedo garantizar que todas se autoricen, pero sí que recibiréis una contestación.
—¿Y se podrían instalar terrazas provisionales en las zonas que queden libres? —preguntó Alicia.
—Habrá que estudiar los accesos y la seguridad —respondió Tomás—. En algunas partes no será posible.
—Me parece bien que lo estudiéis, siempre que no esperéis a tener las máquinas delante para hacerlo.
Beatriz tomó nota. La observación era razonable y, además, les obligaba a concretar una cuestión que había quedado demasiado tiempo en segundo plano.
Durante los veinte minutos siguientes se sucedieron nuevas preguntas, algunas repetidas y otras ajenas al proyecto. Un hombre quiso aprovechar su turno para protestar por dos aparcamientos eliminados cerca de la iglesia, hasta que Tomás tuvo que recordarle que estaban hablando de la plaza.
También intervino Elena, una vecina que vivía allí y utilizaba silla de ruedas.
—Comprendo que los negocios estén preocupados, pero llevo años dando la vuelta por la calle de atrás porque no puedo entrar bien por los soportales. Si volvéis a retrasar las obras, para mí tampoco es una solución.
La sala guardó silencio unos instantes.
—Nadie está diciendo que no haya que arreglarla —respondió Rosa.
—Lo sé. Solo quiero que os acordéis de quienes necesitamos que la arreglen.
Beatriz le dio las gracias. Hasta entonces las intervenciones habían girado casi exclusivamente alrededor de las pérdidas que podía ocasionar la obra, y convenía recordar que mantener la plaza como estaba también tenía consecuencias.
La reunión terminó cerca de las nueve. Tomás había llenado varias páginas de notas y Beatriz se comprometió a publicar una actualización del calendario cuando confirmaran los detalles.
No habían solucionado todas las dudas, pero al menos sabían cuáles debían resolver antes de poner las primeras vallas.
Mientras recogía la documentación, vio a Alicia hablando con Rosa junto a la puerta. La mercera gesticulaba con su libreta y Alicia la escuchaba sin interrumpirla. Tomás apareció a su lado con los cables del proyector.
—Mañana revisamos las licencias —dijo Beatriz—. Y lo del reparto de mercancías. Rosa tiene razón en que no podemos dejarlo sin concretar.
Él asintió antes de marcharse hacia el almacén. Cuando Beatriz se volvió, Alicia se estaba acercando a la mesa.
—Hola. ¿Qué te ha parecido? —preguntó.
—Interesante.
—Eso puede significar muchas cosas.
—He entendido mejor por qué son necesarias las obras. No sabía que hubiera tantos problemas de accesibilidad. También he comprobado que os quedan bastantes cosas por decidir.
—Las dos cosas son verdad.
Alicia recogió su carpeta y miró hacia la pantalla, que Tomás había dejado apagada.
—Por cierto, los planos estaban muy bien explicados. En publicidad he visto presentaciones de proyectos mucho más sencillos que parecían hechas para que nadie preguntara nada.
—Se lo diré a Tomás. Le hará ilusión, aunque no se le note.
Beatriz aprovechó para preguntarle por la cafetería. Alicia le contó que la primera semana estaba yendo mejor de lo previsto, aunque había calculado mal el pedido de pan y Diego había tenido que salir a comprar más.
—Eso parece buena señal —dijo Beatriz.
—Si seguimos así, igual hasta consigo pagar la luz.
Se rieron y durante unos segundos la conversación dejó de parecerse a las que habían mantenido en el ayuntamiento.
Beatriz se dio cuenta de que desde la boda solo habían coincidido para hablar de obras, licencias y problemas de una cafetería que ella aún no conocía fuera del horario de desayuno.
Había imaginado de otra manera el momento en que volvieran a verse.
—Me alegra que hayas venido —dijo.
—Tenía que venir. Me afecta bastante.
—Ya, me refería a la reunión.
—Lo había entendido, Bea.
Beatriz notó que se ruborizaba. Podía defender un presupuesto ante una sala llena sin perder la calma, pero Alicia conseguía que dudara de frases que, pronunciadas por cualquier otra persona, le habrían parecido completamente normales.
Nuria, la concejala de Cultura, apareció cargando una caja de botellas vacías.
—¿Puedes cerrar tú cuando terminéis? Tengo que recoger a mi hijo.
Beatriz asintió y Nuria se despidió de las dos.
—Te dejo trabajar —dijo Alicia, encaminándose hacia la salida.
Antes de cruzar la puerta se volvió para darle las gracias por haber escuchado la cuestión de las terrazas.
—Es parte de mi trabajo —respondió Beatriz.
—Ya, pero no todo el mundo escucha igual.
Alicia se marchó sin esperar una contestación. Beatriz terminó de ordenar los documentos, cerró las ventanas y apagó las luces, todavía pensando en lo que acababa de decirle.
Fuera refrescaba. Camino del coche repasó las cuestiones que tendría que tratar con Tomás al día siguiente, aunque también recordó la intervención de Alicia.
Alicia había llevado preguntas difíciles y había escuchado respuestas todavía más incómodas sin perder los nervios.
Beatriz no estaba segura de haberlo hecho igual de bien en su lugar.
Se sentó al volante y recordó que aún debía contestar a su madre, comprar detergente y llamar al fontanero por una fuga bajo el fregadero. Antes de arrancar abrió el teléfono y buscó el contacto de Alicia. Seguía sin haber mensajes entre ellas, y volvió a guardarlo sin escribir ninguno.
No sabía si Alicia querría verla fuera de aquel contexto, ni si era sensato empezar una relación mientras el ayuntamiento decidía asuntos que afectaban directamente a su negocio.
Pero cada vez le costaba más conformarse con encontrársela por casualidad.
Lo que la frenaba no era lo que pudieran pensar los vecinos, que siempre encontraban algo de lo que hablar, sino la posibilidad de que Alicia llegara a confundir una atención personal con una ventaja municipal.
No quería que ninguna de las dos tuviera que preguntarse por qué se había tomado una decisión.