Mi alcaldesa favorita 5. La alcaldesa también desayuna
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5. La alcaldesa también desayuna

La alcaldesa también desayuna

El lunes, a las siete y cuarto de la mañana, Alicia había vendido dos cafés, una tostada y un zumo de naranja.

También había descubierto que la caja registradora emitía un chirrido cada vez que se abría, aunque decidió dejar aquel problema para otro día: bastante tenía con recordar dónde había guardado las cucharillas.

Diego, el chico que había contratado para las mañanas, colocaba los cruasanes en la vitrina.

—¿Has puesto los doce? —preguntó Alicia.

—Los doce que pediste.

—Quizá sean demasiados.

—Podemos quitar algunos, si quieres.

Alicia contempló la bandeja durante un instante y negó con la cabeza. Llevaba meses haciendo previsiones, pero ahora que tenía clientes de verdad le costaba confiar hasta en las decisiones más sencillas.

Había pasado el domingo terminando de organizar el local y peleándose con una impresora que se negaba a conectarse al wifi.

Había conseguido sacar las cartas de desayunos, aunque una conservaba una raya gris que ya había decidido considerar parte del diseño.

Después de casi un año buscando locales, negociando presupuestos y reuniendo permisos, La Esquina estaba abierta.

Sentía una alegría difícil de separar del vértigo de tener un empleado al que pagar y un frigorífico lleno de productos que había que vender.

—¿Has desayunado? —preguntó Diego.

—Un café.

—Pues come algo.

—No empieces tú también.

Él no preguntó quién más se lo decía y dejó un cruasán sobre un plato junto a la cafetera. Alicia se propuso comérselo en cuanto hubiera un hueco, aunque llevaba toda la mañana aplazando cosas que, al llegar al local, había considerado imprescindibles.

A partir de las ocho empezaron a entrar clientes.

Dos trabajadores del puerto pidieron cafés para llevar; una mujer que buscaba leche sin lactosa terminó sentándose a desayunar, y tres hombres se instalaron junto a la ventana para comer tostadas, aunque uno cambió de opinión al ver pasar una tortilla recién hecha.

Alicia preparaba las bebidas mientras Diego atendía las mesas, y ambos descubrieron que ensayar el servicio con el local vacío no servía de mucho cuando llegaban varios pedidos a la vez.

—La cuatro quiere otro café —avisó Diego.

—La de la ventana es la tres.

Diego examinó el plano pegado junto a la máquina y señaló la numeración.

—Pues lo hemos puesto mal.

Tenía razón, y Alicia sintió una envidia inesperada al verlo regresar al comedor sin darle mayor importancia. A él no le había dado tiempo a imaginar durante seis meses todas las maneras posibles de que aquella mañana saliera mal.

A las nueve apareció Pili con una bolsa de pan y un hombre que llevaba el nombre de la panadería bordado en la chaqueta.

—Te traigo cuatro barras más, por si acaso —anunció.

—Pero si me has dejado el pedido hace dos horas.

—Es el primer día. Nunca se sabe.

El hombre, que resultó ser su marido, explicó que podían ajustar las cantidades al día siguiente. Cuando Alicia fue a buscar dinero, Pili le recordó que arreglarían cuentas el viernes y examinó las mesas ocupadas con evidente satisfacción.

—Aquí hacía falta un sitio para desayunar desde que cerró el de Manolo.

Su marido se marchó después de saludar a un conocido. Pili se quedó a preguntar por las tartas y pidió un café con leche, que Alicia estaba preparando cuando sonó la campanilla de la puerta.

—Buenos días.

Reconoció la voz antes de levantar la cabeza. Beatriz acababa de entrar con unos pantalones oscuros, una camisa azul y un bolso grande al hombro. Llevaba el pelo recogido y parecía haber salido de casa con prisa, y sonrió al encontrarse con la mirada de Alicia.

—Veo que has abierto —dijo Beatriz al acercarse.

—Esa era la intención.

—¿Puedo pedir un café o necesito presentar antes un formulario?

—Depende. ¿Vas a ocupar la terraza?

—No pensaba.

—Entonces no habrá problema.

Pili levantó la cabeza al reconocerla y la invitó a sentarse con «nosotras», aunque Alicia, que estaba trabajando, no supo muy bien qué parte de la conversación debía atender y cuál de los pedidos podía permitirse descuidar.

—Solo tengo diez minutos antes de ir al ayuntamiento —respondió Beatriz.

Pidió un café con leche y una tostada con aceite.

Mientras Alicia los preparaba, Pili le preguntó por Marisa, por su hermana y por un libro que su amiga todavía no le había devuelto.

Beatriz contestó con la paciencia de quien conocía aquella conversación desde niña.

Pili terminó su café y pagó, aunque tardó todavía un rato en abandonar el local porque había descubierto a una conocida en una mesa.

—Te ha quedado muy bonito —dijo Beatriz, observando el comedor.

—Gracias. Ayer pensé que no iba a terminar nunca, y hoy llevo dos horas trabajando sin enterarme de la mitad de lo que hago.

—Pues no se nota.

Alicia le sirvió el café y preguntó si prefería llevárselo, pero Beatriz eligió una mesa pequeña junto a la pared.

Le llevó la tostada antes de regresar a la barra, donde se habían acumulado tres pedidos.

Hubiera querido hablar con ella, aunque tampoco le desagradó que Beatriz pudiera verla allí, detrás de la máquina, ocupada en algo que llevaba tanto tiempo preparando.

En la boda le había hablado de su proyecto; ahora podía enseñarle que había dejado de ser una carpeta de presupuestos y planes.

Durante un buen rato no tuvieron ocasión de acercarse.

Beatriz desayunaba mientras consultaba el móvil y saludaba a quienes entraban.

Una mujer quiso saber cuándo arreglarían las escaleras del paseo y un hombre le preguntó por las clases de natación para mayores.

Respondió a los dos con amabilidad, aunque al segundo tuvo que recomendarle que llamara al polideportivo.

Alicia había supuesto que la alcaldesa sería conocida, pero no que le resultara imposible terminar una tostada sin atender asuntos municipales.

Cuando por fin se despejó la barra, se acercó a recoger el plato.

—¿Siempre te preguntan por el ayuntamiento mientras desayunas?

—Depende del día.

—¿Y hoy qué tal?

—Hoy va bastante bien.

Alicia miró el reloj. Eran las nueve y cuarenta y cinco, y Beatriz pareció sorprenderse al comprobar cuánto tiempo llevaba allí.

—Dijiste que tenías diez minutos —le recordó Alicia.

—Eso era antes de que apareciera el asunto de las escaleras.

Beatriz se levantó para pagar. Mientras buscaba la tarjeta, miró hacia la plaza y recordó que Tomás le había confirmado el viernes el envío de una comunicación a los comerciantes, con el calendario provisional de las obras y las medidas previstas para mantener los accesos.

—¿Y las terrazas? —preguntó Alicia, dejando de ordenar los tickets.

—Siguen pendientes de los informes. Sé que tu solicitud está incluida, pero todavía no tengo una fecha de resolución.

Alicia había conseguido pasar la mañana sin pensar en las excavadoras que algún día ocuparían la plaza. Agradecía la información, aunque le habría gustado escuchar algo que le permitiera hacer planes.

—Bueno, al menos sabremos más de las obras. Gracias por avisarme.

Beatriz pagó y se colgó el bolso al hombro, pero se quedó frente a la caja unos segundos más.

—Quería venir a verte —dijo finalmente.

—¿A ver la cafetería?

—También.

Alicia volvió a recordar la boda, la terraza de la finca y una despedida en la que ninguna había terminado de atreverse a dar el primer paso. Habían pasado más de dos semanas sin llamarse y ahora Beatriz estaba allí, mirándola de una manera que no tenía nada que ver con los permisos municipales.

—Me alegro de que hayas venido —respondió.

Desde una mesa alguien levantó la mano.

—¡Bea! Antes de que te vayas, ¿sabes algo de las plazas de aparcamiento de la calle Nueva?

—Lo lleva Tráfico, Manuel. Pregunta en el ayuntamiento.

—Ya, pero quería saber si…

—Manuel, que llego tarde.

El hombre se disculpó y Beatriz volvió a mirar a Alicia, entre divertida y resignada.

—Me parece que no vas a conseguir llegar —comentó Alicia.

—Si consigo salir por la puerta, todavía tengo posibilidades.

Se despidieron sin concretar cuándo volverían a verse. Alicia la observó cruzar la plaza, detenerse junto a una mujer con un carrito de la compra y continuar después hacia el ayuntamiento.

Diego apareció a su lado con una bandeja vacía.

—¿Esa era la alcaldesa? Mi padre dice que trabaja mucho, pero también que las obras van a ser un desastre.

—Esperemos que en lo segundo se equivoque.

Alicia se comió por fin el cruasán que Diego había dejado preparado.

Estaba algo seco, pero le supo estupendamente.

El resto de la mañana pasó entre tostadas y cafés, hasta que Diego tuvo que ir a la panadería a comprar más pan.

Dos clientes preguntaron si podían sentarse fuera y Alicia explicó que todavía esperaba el permiso de terraza; uno se quedó dentro y el otro prefirió llevarse el café.

Cuando pudo consultar el teléfono, encontró un mensaje de su hermana preguntándole por la apertura. Le envió una fotografía del local lleno y añadió:

Ha venido a desayunar la mujer de la boda.

¿La del traje azul?, respondió su hermana enseguida.

Esa.

¿Y?

Alicia consideró contarle que Beatriz era alcaldesa, que había un problema con las obras y que acababan de pasar una hora en el mismo local sin poder hablar apenas a solas. Al final escribió:

Muy simpática. Y resulta que es la alcaldesa.

¿Perdona?

Alicia dejó el móvil sobre la barra con una sonrisa.