Mi alcaldesa favorita 4. Pili tiene una teoría
12%

4. Pili tiene una teoría

Pili tiene una teoría

El miércoles, Alicia comprobó que en Puerto de Lúa era bastante más fácil encontrar a alguien que supiera arreglar una persiana que conseguir que le dijera cuánto iba a cobrar.

El hombre había llegado a las nueve, había subido y bajado varias veces la del almacén y se había marchado en busca de una pieza, asegurando que volvería antes de comer.

Dos horas después, Alicia seguía sin saber cuánto costaría la reparación ni cuándo regresaría exactamente.

Como esperar no iba a adelantar nada, cerró la cafetería y cruzó la plaza hacia la panadería que Pili le había señalado el día anterior.

El establecimiento ocupaba un bajo de fachada azul, con un toldo descolorido y un olor a pan recién hecho que le recordó que llevaba desde las siete alimentándose casi exclusivamente de café.

Había dos clientas junto al mostrador. Pili guardaba barras en bolsas de papel mientras discutía con alguien desde la trastienda.

—Pues dile que venga él a buscarlo, que yo no puedo dejar la tienda.

Una voz masculina respondió algo que Alicia no entendió.

—Ya lo sé, pero no puedo —repitió Pili antes de cobrar a una de las mujeres.

Al levantar la vista reconoció a Alicia y la saludó con la familiaridad de quien llevaba años viéndola entrar.

—¡Hombre, la nueva! ¿Ya has abierto?

—El lunes.

—Ah, pues todavía tienes tiempo.

Alicia habría agradecido compartir aquella tranquilidad.

Esperó a que se marcharan las clientas y explicó que necesitaba pan para tostadas, algunas barras y posiblemente cruasanes.

Llevaba las cantidades apuntadas en una libreta, aunque cualquier cálculo anterior a la apertura tenía algo de apuesta.

Pili se puso las gafas y consultó un cuaderno que guardaba junto a la caja.

—El pan lo hacemos aquí. Los cruasanes me los trae mi sobrino, que tiene un obrador en San Vicente. ¿Cuántos quieres?

Alicia le mostró sus previsiones y preguntó si podían repartirle el pedido.

—Estando en la plaza, te lo llevo yo. Mi marido sale con la furgoneta a las seis y media, pero no voy a mandarlo a dar una vuelta para volver aquí al lado.

Los precios eran algo superiores a los de su distribuidor de Santander, aunque recibir el pan cada mañana sin depender de una furgoneta que atravesaba media costa compensaba buena parte de la diferencia. Acordaron empezar con cantidades pequeñas y ajustarlas durante la primera semana.

—Prueba este —ofreció Pili, sacando un cruasán de una caja—. Es de ayer, pero así te haces una idea.

—Está bueno.

—Pues los de hoy están mejor.

Pili apuntó el nombre de La Esquina y pidió el apellido de Alicia, que tuvo que deletreárselo dos veces. Mientras buscaba una grapadora para unir la lista de precios, empezó a hacer preguntas que ya no tenían relación con el pedido.

—¿Y has venido tú sola al pueblo? ¿No tienes familia por aquí?

—He venido sola. Conozco a algunas personas de Santander, pero aquí todavía a poca gente.

—Hay que tener ganas de abrir un negocio sin conocer a nadie.

—También es una forma de conocer gente.

—Eso desde luego. Aquí vas a conocer a todo el mundo.

La seguridad con la que lo dijo hizo que Alicia empezara a preguntarse si aquello era una promesa o una advertencia.

—¿Y tu marido se ha quedado en Madrid? —continuó Pili.

—No tengo marido.

—Ah, perdona, hija. Como has dicho que has venido sola…

—He venido sola porque estoy soltera.

Pili aceptó la respuesta sin dramatismo y regresó a las condiciones del suministro.

Prefería cobrar por transferencia al final de la semana y necesitaba conocer los cambios antes de las seis de la tarde.

Alicia agradeció la precisión después de tantos profesionales incapaces de concretar una hora o un presupuesto.

Estaban terminando cuando entró una mujer con un perro pequeño en brazos.

—Pili, dame una barra de las de siempre.

—Ahora te la doy, Rosa.

Rosa miró a Alicia y enseguida la identificó como la nueva propietaria del local de la plaza. Tenía una mercería cerca y sabía, según explicó, lo que costaba sacar adelante un comercio.

—Sobre todo ahora. ¿Has visto lo de las obras?

—Precisamente fui ayer al ayuntamiento.

—Pues ya me contarás qué te dicen. A mí me llevan dando largas desde mayo.

—No empecéis otra vez —intervino Pili mientras envolvía la barra—. Tengo bastante con escuchar lo de la plaza en casa.

—Tú no tienes la tienda allí —replicó Rosa.

—La tengo a dos calles. Si levantan media zona, también me afecta.

—No es lo mismo.

Pili no discutió. Le cobró el pan y la despidió mientras Rosa acomodaba al perro sobre su brazo y salía con el mismo disgusto con el que había entrado. Alicia guardó la lista de precios, consciente de que acababa de presenciar una conversación que probablemente se repetía desde hacía meses.

—Es normal que estén preocupados —dijo Pili—. Hay negocios que van muy justos y llevamos años diciendo que hay que arreglar esa plaza, pero ahora que parece que va en serio nadie quiere que empiecen.

—Yo tampoco quiero que la dejen como está. Solo necesito saber cuándo van a ponerse con ella.

—Ya, eso también lo dice Rosa.

Pili se quitó las gafas y la miró por encima del mostrador.

—¿Hablaste con Bea?

Alicia tardó un instante en entender que se refería a la alcaldesa.

—Sí, ayer. Me dijo que estaban revisando los plazos y que me avisaría cuando supieran algo.

—Pues te avisará. Bea, para esas cosas, cumple.

Alicia recordó el despacho y la manera en que Beatriz se había negado a prometerle una solución fácil. Había salido sin el permiso, pero al menos con la impresión de que alguien la había escuchado.

—Eso espero.

—¿La conocías de antes? —preguntó Pili mientras recogía el mostrador.

—¿Por qué?

—Como has dicho «Bea» con tanta confianza…

—La has llamado Bea tú.

—Ah, sí. Es verdad.

Alicia no supo si la pregunta había sido inocente y, quizá porque prefería evitar más rodeos, explicó que habían coincidido en una boda dos semanas atrás.

—¿En la de Sergio Salcedo? —preguntó Pili al oír los nombres—. Claro, el primo. Su padre tenía el taller de barcos, aunque se jubiló hace dos años. ¿Y hablaste con Bea?

—Un rato.

Pili adoptó una expresión que Alicia conocía de su madre: la de alguien que acababa de encontrar una información prometedora y estaba buscando la forma de conseguir el resto.

—Es muy buena chica y muy trabajadora, aunque siempre anda liada. Marisa se queja de que apenas la ve. Hay gente que la llama a cualquier hora; el otro día uno le escribió a las once de la noche porque no le habían recogido un colchón.

—Supongo que tendrá a alguien que se ocupe de esas cosas.

—Claro, pero la llaman a ella. Y está soltera.

Alicia levantó la vista de su bolso.

—¿Quién?

—Bea. Hace tiempo que no tiene pareja, que yo sepa.

Alicia buscó una manera educada de regresar a los cruasanes. La información le interesaba más de lo que quería reconocer, aunque no pensaba compartir aquel detalle con una mujer a la que acababa de conocer.

—Bueno, yo tampoco tengo pareja —respondió, esperando dar el asunto por cerrado.

—¿Novio tampoco?

—No. Mi última pareja era una mujer.

Lo dijo con la misma naturalidad con la que habría mencionado su antiguo piso de Chamberí. A los cuarenta y un años no estaba dispuesta a enredarse en explicaciones innecesarias para hablar de su vida.

—Ah, mira —respondió Pili, y bajó la vista al cuaderno—. ¿Te pongo los cruasanes desde el lunes?

—Sí, doce para empezar.

Pili anotó la cantidad y le entregó la hoja del pedido con una profesionalidad repentina. Alicia le dio las gracias, compró una empanadilla y regresó a La Esquina comiéndosela por el camino. Allí encontró al hombre de la persiana esperándola junto a la puerta.

—He conseguido la pieza —anunció.

—Estupendo. ¿Cuánto te debo?

—Ahora lo vemos.

Alicia abrió y decidió que, si conseguía terminar la semana sin perder la paciencia, se merecería unas vacaciones.

Pili esperó a que desapareciera calle abajo antes de coger el móvil.

Primero atendió a otro cliente, recogió unas monedas y comprobó en la trastienda si su marido había preparado el pedido de un restaurante.

Después llamó a Marisa, su amiga desde la infancia y madre de Beatriz.

Habían ido juntas al colegio, sus maridos habían jugado en el mismo equipo de veteranos y Pili conocía a Bea desde que aparecía por la panadería con las rodillas llenas de raspones.

—Dime —contestó Marisa al cuarto tono.

—¿Estás ocupada?

—Estoy tendiendo. ¿Qué pasa?

—Ha venido la chica nueva de la cafetería. Muy maja, de Madrid, cuarenta y tantos. Abre el lunes.

—Pili, ¿me llamas para contarme eso?

—No, mujer. Resulta que conoce a Bea, de la boda de Sergio.

—Ah, sí. Mi hija me dijo que había conocido allí a una chica.

Pili dejó de ordenar los papeles.

—¿Y qué te contó?

—Que hablaron. No le hice un interrogatorio.

—Pues ahora vive aquí. Y está soltera.

Marisa suspiró, como si acabara de confirmar una sospecha.

—No empieces.

—Yo no he empezado nada. Solo digo que parece estupenda.

—Llevas cinco minutos hablándome de alguien que acabas de conocer. Déjalas tranquilas.

—¿He dicho que vaya a hacer algo?

—No hace falta que lo digas.

Marisa se despidió porque tenía la ropa tendida a medias y parecía que iba a llover.

Pili guardó el teléfono y volvió al mostrador, extrañada por aquella desconfianza.

No pensaba organizar ninguna cena ni meterse donde no la llamaban, aunque recordó que Beatriz solía pasar por la panadería los viernes.

Quizá le preguntaría qué tal había ido la boda, por conversar.