Mi alcaldesa favorita 3. La boda de Paula
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3. La boda de Paula

La boda de Paula

Un par de semanas antes de entrar en el despacho de la alcaldesa, Alicia había conocido a Beatriz en una boda a la que estuvo a punto de no asistir.

Quería mucho a Paula, con quien había trabajado casi siete años, pero dedicar un fin de semana a una celebración le parecía un lujo cuando todavía discutía presupuestos con el electricista y esperaba la entrega de media cafetería.

El sábado por la mañana, además, descubrió una mancha junto a la cremallera del vestido que pensaba ponerse.

Intentó quitarla con agua y jabón y consiguió extenderla.

Llamó a su hermana, que escuchó la desgracia con bastante menos preocupación de la esperada.

—Ponte el otro.

—El otro es negro.

—¿Y qué pasa?

—Que voy a una boda.

—Alicia, estamos en 2026. Puedes ir de negro.

Terminó poniéndose el negro, aunque tardó demasiado en decidir qué zapatos combinar con él.

La celebración era en una finca a las afueras de Santander, una casa rodeada de jardines que Paula había elegido después de visitar, según decía, todos los lugares de Cantabria donde casarse no implicaba hipotecar a los padres.

Habían instalado una carpa junto a los árboles y dispuesto mesas para el cóctel.

Alicia llegó a tiempo de felicitar a los novios y descubrir que conocía a menos invitados de los que suponía; muchos antiguos compañeros habían acudido en pareja y parecían encantados de hablar de la agencia que ella había dejado atrás.

—¿De verdad ya no trabajas allí? —le preguntó Rubén.

—Hace dos meses que me fui.

—Pensaba que igual te habías arrepentido.

—Todavía no, Rubén.

Él empezó a contarle los problemas de una cuenta que Alicia había gestionado durante años.

Lo escuchó por educación hasta que se descubrió opinando sobre una presentación para un cliente al que ya no tenía por qué dedicar otro minuto.

Aprovechó que Rubén encontró a otro interlocutor junto a los quesos y fue a buscar una bebida.

Allí conoció a Beatriz, que examinaba una bandeja de tartaletas con una concentración impropia de un aperitivo.

—¿Has probado estas? —le preguntó, señalando una.

—No. Parecen de cebolla.

—Eso pensaba de la anterior y era de pera.

—Siempre puedes preguntarle al camarero.

—Se acaba de ir.

Alicia cogió una, la probó y confirmó que era cebolla. Beatriz le dio las gracias como si acabara de resolverle un inconveniente importante y ambas se apartaron para dejar pasar a otros invitados. Podría haber quedado en aquel intercambio, pero volvieron a coincidir junto a una mesa alta.

—¿Vienes por Paula o por Sergio? —preguntó Beatriz.

—Por Paula. Trabajábamos juntas. ¿Tú?

—Sergio es primo mío. Nos vemos casi siempre en bodas y funerales, así que esta vez prefería una boda.

Alicia se rio. Beatriz tenía una voz algo grave y hablaba con una calma que contrastaba con las conversaciones sobre ascensos que había soportado desde su llegada.

Llevaba un traje azul oscuro de pantalón, una blusa clara y el pelo castaño suelto hasta los hombros.

Era guapa, pero sobre todo parecía cómoda consigo misma, sin necesidad de convencer a nadie de lo interesante que era.

—¿Y tú a qué te dedicas? —preguntó.

—Hasta hace poco, a la publicidad. Ahora estoy montando una cafetería.

—Vaya cambio.

—Eso me dicen todos. Algunos ponen la misma cara que si hubiera decidido criar cabras.

Beatriz soltó una carcajada que hizo que Alicia quisiera seguir hablando con ella.

—¿Dónde vas a abrirla?

—Por la costa, cerca de aquí. Estoy acabando de cerrar unos detalles.

No añadió el nombre del pueblo. Había repetido tantas veces sus planes que estaba cansada de tener que defenderlos, y le gustó que Beatriz no insistiera ni le preguntara cuánto miedo le daba fracasar. En lugar de eso, quiso saber si prepararía ella misma los pasteles.

—Me gusta cocinar, pero una cosa es abrir una cafetería y otra trabajar dieciséis horas diarias —contestó Alicia.

—Parece un límite razonable.

—Ya veremos si consigo respetarlo.

Beatriz le dijo que trabajaba en política. Alicia imaginó alguna institución regional y no preguntó más; aquella conversación le interesaba demasiado como para convertirla en una entrevista profesional.

Durante la cena las sentaron en mesas distintas.

Alicia quedó rodeada de antiguos compañeros y, aunque se alegró de verlos, en un momento buscó a la mujer del traje azul.

La encontró tres mesas más allá, escuchando a un hombre que le enseñaba algo en el móvil.

Beatriz levantó la mirada y ambas intercambiaron una sonrisa antes de regresar a sus respectivas conversaciones.

Cuando comenzó el baile, Alicia ya llevaba dos copas de vino y se había quitado los tacones. Patricia, otra antigua compañera, intentaba convencerla de que aceptara encargos mientras despegaba la cafetería.

—Podrías hacer campañas pequeñas, algo por tu cuenta.

—Me he ido precisamente para dejar de hacer campañas.

—Pero eras buena.

—También era buena discutiendo con mi casero y no quiero seguir haciéndolo.

Patricia se echó a reír y acabó marchándose a buscar a su marido. Alicia fue a por agua y se encontró de nuevo con Beatriz.

—¿Qué tal la cena?

—He hablado más de publicidad que durante los dos últimos meses. ¿Y tú?

—Mi tía me ha tenido un buen rato escuchando sus quejas sobre el aparcamiento de su calle.

—¿Puedes hacer algo?

—Por desgracia, sí.

Alicia no entendió del todo la respuesta, pero le hizo gracia.

Cuando Beatriz le propuso bailar, aceptó sin pensarlo mucho.

Bailaron con unos primos de Sergio, compartieron otra ronda y terminaron sentadas en unos sillones junto a los jardines, donde la música llegaba lo bastante amortiguada como para poder conversar sin gritar.

Allí Beatriz le habló del pueblo donde vivía, de los años que había pasado trabajando fuera y de lo difícil que a veces le resultaba desconectar.

Le contó que su madre seguía tratándola como si necesitara que alguien vigilara sus horarios, que tenía una hermana en Valladolid y que echaba de menos a la perra que había muerto el año anterior.

Alicia fue dejando de pensar en las cajas que la esperaban en casa mientras le contaba sus quince años en la misma agencia y cómo, mucho antes de dimitir, había empezado a sentirse fuera de lugar en una vida que desde fuera parecía funcionar perfectamente.

—¿No te da miedo empezar de cero? —preguntó Beatriz.

—Muchísimo, pero hoy estoy en una boda y no mirando mi cuenta bancaria.

Beatriz no le ofreció consejos ni le dijo que todo saldría bien. Alicia agradeció aquella forma de escuchar, porque durante meses había tenido la sensación de que cada conversación sobre su mudanza terminaba obligándola a justificarse.

Hablaron también de sus relaciones anteriores.

Alicia llevaba casi dos años sin vivir con su última pareja; la relación más larga de Beatriz había terminado tres años atrás y desde entonces había salido con algunas mujeres sin llegar a establecer nada serio.

Ninguna tuvo que aclarar qué significaba «pareja».

Alicia acabó apoyando los codos en los brazos del sillón, sin darse cuenta de cuánto se había acercado a Beatriz.

Cuando miró el reloj eran más de las dos y media.

—Debería irme. Mañana vienen a medir la encimera de la cafetería.

—¿Un domingo?

—El carpintero solo podía entonces. Todavía no sé si me está haciendo un favor enorme o se ha olvidado de qué día es.

Beatriz se levantó para acompañarla y acabaron deteniéndose en la terraza de la casa.

En el jardín apenas quedaban invitados y, al otro lado de las puertas, un grupo seguía bailando con un entusiasmo que Alicia ya no podía compartir.

Se apoyó en la barandilla para ponerse los zapatos mientras Beatriz la esperaba.

—Ha sido una noche estupenda —dijo al incorporarse—. No esperaba conocer a nadie interesante, aunque eso suene fatal.

—Un poco, sí.

—Quería decir que había venido por Paula.

—Ya te había entendido.

Beatriz se acercó lo suficiente para que sus brazos se rozaran al apoyarse en la barandilla. Alicia no se apartó y Beatriz tampoco, de modo que siguieron allí, mirando sin demasiado interés a dos invitados que intentaban arrastrar a un tercero de vuelta a la pista.

—¿Volverás por aquí? —preguntó Beatriz.

—Voy a vivir en la zona.

—Eso me has dicho, pero sigues sin contarme dónde.

Alicia estaba a punto de responder cuando la puerta se abrió de golpe y apareció Sergio, con la chaqueta desabrochada y la corbata metida en un bolsillo.

—¡Bea! ¿Has visto las llaves de mi coche?

—No. ¿Has mirado en los bolsillos?

—Sí, pero no están.

—Prueba en el otro.

Sergio palpó el pantalón, sacó las llaves y se quedó mirándolas con sorpresa.

—Ah, pues sí.

—¿Para qué las quieres? —preguntó Beatriz.

—Para nada. Quería saber dónde estaban.

Después de soportar unos segundos la mirada de su prima, Sergio anunció que se iba y desapareció por la misma puerta.

Alicia se dobló de la risa contra la barandilla y Beatriz terminó riéndose con ella.

Cuando se serenaron, la cercanía seguía allí, pero había perdido la espontaneidad del instante anterior.

—Ahora sí tengo que irme —dijo Alicia, mirando la hora.

Beatriz la acompañó hasta la entrada, donde varios invitados aguardaban sus taxis. Intercambiaron los números y Alicia comprobó que había anotado correctamente el suyo.

—Me gustaría volver a verte —dijo Beatriz, mirándola de frente.

—A mí también.

Alicia pensó en besarla allí mismo, sin importarle demasiado quién pudiera verlas, pero llegó un coche y una pareja se despidió antes de subir.

Cuando comprobó que no era su taxi y volvió hacia Beatriz, esta se había metido las manos en los bolsillos.

Se abrazaron al despedirse, durante algo más de lo habitual, sin decidirse ninguna a prolongar aquel momento.

De camino a casa, Alicia abrió varias veces el contacto nuevo. Podía enviarle un mensaje de agradecimiento o preguntarle si Sergio había conseguido conservar las llaves hasta el final de la noche, pero estaba cansada y decidió escribir al día siguiente.

El domingo, después de recibir al carpintero y colocar cajas durante toda la mañana, escribió: «Me encantó conocerte ayer.

¿Qué tal acabó la boda?». Releyó el mensaje y terminó borrándolo.

Beatriz tenía su número y había dicho que quería verla; si le apetecía hablar, también podía dar el primer paso.

Los días siguientes llegaron cargados de proveedores, muebles y contratiempos.

Alicia recordó a Beatriz algunas veces, sobre todo cuando vio fotografías de la boda, aunque acabó suponiendo que aquello no tendría continuidad.

Le había gustado mucho y lo había pasado bien, pero no todas las conexiones acababan convirtiéndose en algo más.

No podía imaginar que, poco después, volvería a verla al otro lado de una mesa, discutiendo por una terraza de cuatro mesas, ni que aquella mujer tranquila tendría tanta capacidad para complicarle la vida.