Mi alcaldesa favorita 2. Señora alcaldesa
6%

2. Señora alcaldesa

Señora alcaldesa

Beatriz llevaba buena parte de la mañana intentando averiguar quién había autorizado la compra de doce papeleras cuando las seis adquiridas en primavera seguían en el almacén municipal.

No era la cuestión más urgente de su agenda, pero después de seis años como alcaldesa sabía que los pequeños descuidos tenían la desagradable costumbre de convertirse en problemas caros.

—Son para el paseo marítimo —explicó Tomás, sentado frente a ella.

—En el paseo ya hay papeleras.

—Faltan en el tramo nuevo.

—Para eso compramos las seis de marzo, que todavía no han salido del almacén.

Tomás se quitó las gafas y volvió a examinar la factura, como si el papel pudiera ofrecerle una explicación que se les escapaba a los dos.

—Habla con Mantenimiento antes de que nos entreguen otras doce —pidió Beatriz—. Y que cuenten las que tenemos, por favor.

—Ya sabes cómo son estas cosas.

Lo sabía, aunque le habría gustado no saberlo tan bien. Tomás, concejal de Urbanismo, era uno de los pocos miembros de su equipo que no proponía convocar una reunión cada vez que surgía un contratiempo.

—Esta tarde te paso el informe de la plaza —añadió mientras recogía sus documentos—. Han modificado otra vez el calendario.

—¿Otra vez? La última modificación nos retrasó un mes.

—Precisamente quieren recuperar ese tiempo.

Beatriz iba a preguntarle de dónde pensaban sacarlo, pero Tomás le recordó que al día siguiente tenían una reunión para revisar el proyecto. Discutirlo en la puerta no serviría de nada.

Cuando se quedó sola, abrió el correo. Su madre quería saber si iría a comer el domingo; el responsable de las fiestas había enviado dos mensajes y una vecina preguntaba por qué habían retirado un banco de la calle de la Iglesia.

Estaba redactando la respuesta a esta última cuando Marta, la administrativa de Alcaldía, llamó a la puerta.

—La chica de la cafetería está esperando. Ha llamado esta mañana por una terraza.

—¿La de la plaza?

—Sí, Alicia Romero.

Beatriz reconoció el nombre, aunque no lo relacionó de inmediato con la solicitud que había visto entre los expedientes pendientes.

—Dile que pase.

Apartó la factura de las papeleras y dejó sobre la mesa únicamente el ordenador, un vaso de agua y una carpeta municipal. Oyó a Marta hablar en el pasillo y levantó la vista cuando apareció la visitante.

Era Alicia.

En la boda llevaba un vestido negro, el pelo suelto y una copa de vino en la mano.

Ahora vestía vaqueros, una camiseta blanca y una chaqueta ligera; se había recogido el pelo y sostenía una carpeta contra el pecho.

El cambio no impedía reconocerla, ni hacía que Beatriz la encontrase menos atractiva.

Se reprochó pensar en aquello antes siquiera de saludarla.

—¿Alicia?

—No me lo puedo creer.

Marta las miró desde la puerta, interesada de pronto por una visita que hasta entonces había parecido rutinaria.

—¿Os conocéis?

—Coincidimos en una boda —respondió Beatriz.

—Qué casualidad —comentó Marta antes de retirarse.

Alicia señaló la placa del despacho.

—Así que eres la alcaldesa. Podrías haberlo mencionado.

—¿En la boda? Creo recordar que hablamos de bastantes cosas.

Habían hablado durante horas, aunque Beatriz recordaba mejor la risa de Alicia, los zapatos que se había quitado durante la cena y aquel rato junto a la terraza, lejos de la música. También recordaba que habían intercambiado los números y que ninguna había escrito después.

—Bueno, pues yo venía a quejarme —anunció Alicia, dejando la carpeta sobre la mesa.

—Eso me han dicho. Siéntate y cuéntame qué ha pasado.

Mientras Alicia ordenaba los justificantes, Beatriz se obligó a concentrarse.

Aquella mujer, con la que había estado a punto de besarse quince días antes, necesitaba una respuesta administrativa; la coincidencia podía resultar desconcertante, pero no cambiaba sus obligaciones.

Le incomodó descubrir que, mientras Alicia buscaba un papel entre los justificantes, ella estaba pendiente de si la miraría como en la boda.

No era una buena manera de atender una reclamación legítima.

Alicia explicó las llamadas, los plazos y la falta de información, apoyándose en una copia de cada documento presentado. Hablaba deprisa, sin perder el hilo, y tenía las fechas perfectamente anotadas.

—¿Cuándo abres?

—El lunes. Pedí la terraza el dieciocho de junio y todavía no sé si podré poner cuatro mesas.

Beatriz revisó el registro de entrada.

—Entiendo que te preocupe.

—No es solo preocupación. He calculado los ingresos contando con ellas y nadie me ha dicho hasta hoy que hubiera un problema.

—La autorización depende de un informe técnico y no puedo saltármelo.

Alicia se echó hacia atrás en la silla, molesta.

—No te estoy pidiendo eso. Quiero saber qué está pasando.

Tenía razón. Beatriz buscó el expediente en el ordenador y comprobó que la solicitud estaba completa, pero el informe seguía pendiente porque la remodelación podía cambiar la distribución de las terrazas.

—Están estudiando cómo quedarán los espacios después de las obras —explicó—. Eso no significa que vayan a denegártela.

—Tampoco que vayan a concedérmela.

—No, todavía no.

Alicia juntó los papeles, aunque no cerró la carpeta.

—He visto el cartel de las obras al entrar. Cuando alquilé el local me dijeron que empezarían el año que viene.

—El calendario no es definitivo, pero estamos intentando comenzar la primera fase en otoño.

—¿Durante cuánto tiempo?

—La previsión es de tres meses, aunque puede haber modificaciones.

—Estupendo —respondió Alicia, con una expresión que decía justamente lo contrario—. Abro una cafetería y me levantáis la plaza delante.

Beatriz conocía bien aquella reacción: era la de quien recibía una noticia perjudicial y descubría que nadie podía ofrecerle una solución inmediata.

—Las obras se harán por zonas y habrá que mantener accesos peatonales.

—¿De qué anchura? ¿Podré tener una terraza provisional cuando trabajen en otra parte?

—Todavía no puedo darte esas respuestas.

Alicia se recogió un mechón que se había soltado del pelo.

Beatriz comprendía su inquietud: La Esquina dependía del movimiento de la plaza, y abrir con vallas delante podía comprometer unos ingresos todavía inciertos.

Pero también conocía los adoquines levantados, las dificultades de las personas mayores para cruzar y las filtraciones que reaparecían cada vez que llovía con fuerza.

Llevaban demasiado tiempo retrasando unas obras necesarias.

Había defendido el proyecto incluso ante quienes preferían aplazarlo otros dos años.

—Mañana revisaremos el calendario con Urbanismo —dijo—. Pediré que aclaren las solicitudes pendientes y que informen a los comerciantes sobre los accesos. Esa información debería haberos llegado antes.

—¿Y mi licencia?

—El técnico tendrá que emitir el informe. Puedo pedir que te comuniquen en qué punto está y cuándo esperan resolverlo, pero no prometer una autorización que no me corresponde decidir.

Alicia bajó la mirada hacia el justificante del registro.

—Supongo que es lo que toca.

—Es lo que puedo hacer, aunque entiendo que te sepa a poco.

Desde el pasillo llegó el ruido de la fotocopiadora y una voz que buscaba las llaves de la sala de juntas.

Beatriz bebió un poco de agua mientras intentaba decidir si era adecuado cambiar de tema; no quería que Alicia interpretase su interés personal como una manera de quitar importancia al problema.

—En la boda dijiste que estabas pensando en mudarte al norte —comentó finalmente—. ¿Ya estás instalada?

—Llevo casi tres semanas aquí.

—¿Y qué tal el pueblo?

—El pueblo me gusta. El ayuntamiento, de momento, bastante menos.

Beatriz aceptó la pulla con una sonrisa.

—Podría ser peor. Podrías haber venido a pagar una multa.

—No me des ideas, que todavía estamos a tiempo.

Alicia empezó a guardar la documentación, pero se detuvo antes de cerrar la carpeta.

—¿Sabías que iba a abrir aquí?

—No. Me dijiste que querías montar algo cerca del mar, pero nunca mencionaste Puerto de Lúa.

—Y tú me dijiste que trabajabas en política. Me imaginé que estabas en un partido, en Santander o algo así.

—Trabajo en política —repuso Beatriz—. Solo que mi despacho está encima del registro civil y frente a una fotocopiadora que se atasca tres veces al día.

Alicia se rio, y por un instante Beatriz volvió a reconocer la complicidad que habían tenido aquella noche. No le había mentido sobre su trabajo, pero tampoco había querido pasar una boda explicando proyectos municipales a alguien que acababa de conocer y con quien prefería hablar de otras cosas.

—En fin, no te robo más tiempo —dijo Alicia, levantándose.

Beatriz la acompañó hasta la puerta, agradecida de que la conversación hubiera terminado sin una discusión y algo contrariada porque terminara tan pronto.

—Te llamaré cuando tenga información concreta. Aunque sea para avisarte de que seguimos esperando.

—Eso ya sería más de lo que he conseguido hasta ahora. Gracias, Bea.

Marta apareció con una carpeta cuando Beatriz abrió la puerta.

—Te he dejado lo de las subvenciones y está esperando el presidente de la asociación de pescadores.

—Ahora voy.

Alicia había empezado a alejarse, pero se volvió desde el pasillo.

—Oye, lo de la boda…

Al advertir que Marta seguía allí, miró su carpeta y cambió de idea.

—Bueno, nada. Ya hablaremos.

—Claro —contestó Beatriz, aunque se quedó con ganas de saber qué iba a decirle.

Marta esperó a que Alicia desapareciera por las escaleras.

—¿Esa es la chica de la que me habló Sergio?

—¿Qué te contó Sergio?

—Que estuviste hablando mucho rato con una mujer de Madrid en su boda.

—Había bastantes personas de Madrid.

—Ya —respondió Marta, de esa manera que hacía inútil cualquier explicación.

Beatriz regresó al despacho y abrió el expediente de la terraza.

Anotó que debía revisarse junto con las demás solicitudes afectadas por las obras y avisó a Tomás para que llevara la documentación a la reunión del día siguiente.

Después consultó su agenda: todavía le quedaban cuatro reuniones, una visita a las instalaciones deportivas y una llamada sobre el alumbrado público.

Cuando cogió el móvil para comprobar si su madre había vuelto a escribirle, encontró entre los contactos un nombre que había guardado un par de semanas antes, en el aparcamiento de la finca donde se celebró la boda.

Alicia boda.

Ahora sabía que aquella mujer vivía a dos calles de su casa y que probablemente volverían a verse, aunque fuera para hablar de un expediente. Entró en el contacto y borró la segunda palabra antes de dejar el teléfono boca abajo.

Luego llamó al presidente de la asociación de pescadores. Al colgar, volvió a abrir el expediente de las papeleras y descubrió que seguía sin saber dónde iban a ponerlas.