Mi alcaldesa favorita
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1. La nueva del pueblo
La nueva del pueblo
Alicia estuvo a punto de cargarse la vitrina de los pasteles antes siquiera de inaugurar la cafetería. Tropezó con una caja de vasos, se agarró a la barra y consiguió mantener el equilibrio. Menos mal que no había nadie para verlo.
Dejó las llaves junto a la caja registradora y encendió las luces.
Todavía olía a pintura y a madera nueva.
El día anterior había estado probando la máquina de café.
Las mesas estaban colocadas, la vajilla guardada y la máquina de espresso instalada.
Faltaban detalles antes de abrir el lunes, pero por primera vez pudo contemplar el resultado sin pensar en todo lo pendiente.
La Esquina. Seguía haciéndole ilusión ver el nombre en el escaparate.
Había pertenecido durante décadas a una tienda de ultramarinos y varios vecinos le habían preguntado si conservaría el viejo mostrador de madera.
Alicia tuvo que explicarles que estaba carcomido y repararlo costaba casi tanto como renovar la instalación eléctrica.
Algunos se marcharon decepcionados. Alicia prefirió no contarles lo que vivía dentro de aquella madera.
Enderezó una silla y salió a comprobar cómo se veía el local desde la plaza.
Puerto de Lúa estaba despertándose: una furgoneta descargaba cajas frente a la frutería, dos hombres conversaban junto a la fuente y por una ventana abierta llegaba el sonido de una radio.
Más allá de las casas se adivinaba el puerto, con sus barcos pequeños y las fachadas blancas que la habían convencido durante su primera visita.
Había elegido aquel pueblo porque tenía vida todo el año, estaba cerca del mar y los alquileres aún permitían abrir un negocio sin vender un riñón. Después de pagar las obras, el mobiliario y la fianza, empezaba a sospechar que quizá había descartado aquella última posibilidad demasiado pronto.
—¿Tú eres la que va a abrir el bar?
Una mujer de pelo gris y chaqueta de punto la observaba desde la acera con una bolsa de pan en la mano.
—La cafetería, sí.
—Antes aquí había de todo. Hasta detergente vendían. Yo venía por los garbanzos.
La mujer examinó el escaparate y Alicia esperó su veredicto.
—Ha quedado bonito —dijo al fin—. Muy distinto. ¿Vas a dar desayunos?
—Y meriendas. Tendremos tartas, tostadas, bocadillos…
—¿Tortilla?
—También.
—Pues ya vendré. Soy Pili, la de la panadería. Está ahí, a la vuelta.
Le señaló una calle estrecha y se despidió. Alicia la vio alejarse. Por lo menos ya sabía qué era lo primero que tendría que salir bien: la tortilla.
Dentro la esperaba el pedido de la semana.
Había encontrado un proveedor de café en Santander, una pequeña pastelería que prepararía las tartas durante los primeros meses y un distribuidor de productos frescos que prometía llegar antes de las ocho.
Quedaba por comprobar si aquella puntualidad era real.
En Madrid había dedicado quince años a la publicidad, dirigido equipos y sobrevivido a clientes capaces de convocar reuniones de dos horas para discutir el color de un botón.
Sabía negociar contratos, organizar presupuestos y llevaba casi un año haciendo números para la cafetería.
No había dejado su trabajo por un impulso romántico, por mucho que su madre siguiera convencida de lo contrario.
El móvil sonó sobre la barra y, al ver quién llamaba, Alicia estuvo a punto de reírse.
—Buenos días, cariño. ¿Cómo estás?
—Bien, colocando cosas.
—¿Has desayunado?
Alicia miró el café que se había preparado al llegar.
—Estoy en ello.
—Eso es que no.
—Mamá, tengo cuarenta y un años.
—Y llevas cuarenta y uno desayunando mal.
Su madre había aceptado la mudanza con una mezcla de resignación y desconfianza. No entendía por qué alguien con un buen sueldo en Madrid podía querer cambiarlo todo para servir cafés, pero había dejado de discutir cuando comprendió que la decisión era definitiva.
—¿Y los permisos? —preguntó.
—Tengo todos menos el de la terraza. Voy a llamar esta mañana.
—Pues llama, que luego se te echa el tiempo encima.
—Lo tengo controlado.
—Eso dijiste cuando contrataste al pintor.
—Y mira qué bien han quedado las paredes.
—Después de que viniera tres veces.
Alicia no encontró ningún argumento sólido contra aquello. Escuchó las novedades de su hermana y de una vecina que pensaba vender el piso, prometió enviar fotografías y tuvo que asegurar, antes de colgar, que comería algo más que café.
Buscó la carpeta de documentación. El permiso de terraza era el único asunto que empezaba a preocuparla de verdad: había solicitado cuatro mesas frente a su fachada y, aunque no parecían muchas, representaban una parte importante de sus ingresos previstos entre primavera y otoño, especialmente los fines de semana.
Marcó el número del ayuntamiento. Después de pasar por dos extensiones, una mujer le explicó que el expediente seguía pendiente de informe.
—Entregué toda la documentación hace casi dos meses —dijo Alicia.
—Sí, aquí aparece.
—¿Falta algo?
—En principio, no.
—Entonces, ¿por qué no se ha resuelto?
Al otro lado se oyeron unas teclas y el ruido lejano de una impresora.
—Puede estar relacionado con el proyecto de la plaza.
—¿Qué proyecto?
—La remodelación. No sé exactamente cómo afecta a las terrazas porque eso lo lleva Urbanismo.
Alicia se apoyó en la barra.
—¿Puedo hablar con alguien de Urbanismo?
—El técnico está de vacaciones hasta el jueves.
—Abro el lunes.
—Ya, entiendo. Si quieres, puedes venir al ayuntamiento. Igual desde Alcaldía pueden orientarte.
Alicia agradeció la información y colgó.
El propietario del local le había mencionado un proyecto para renovar el alumbrado y sustituir algunos adoquines y asegurado que las obras no comenzarían hasta el año siguiente.
Buscó los correos intercambiados durante la negociación del alquiler y no encontró ninguna fecha por escrito.
Cogió el bolso, cerró la cafetería y cruzó la plaza. El ayuntamiento ocupaba un edificio de piedra con balcones de hierro y dos macetas enormes a ambos lados de la entrada. Solía pasar por delante sin detenerse, pero aquella mañana se acercó al tablón de anuncios.
Entre el cartel de las fiestas de septiembre, unas clases de gimnasia y un aviso para propietarios de perros, descubrió un plano casi tapado por la convocatoria de un concurso de fotografía.
PROYECTO DE REURBANIZACIÓN. PRIMERA FASE.
Se acercó a leerlo y comprobó que la zona marcada incluía la fachada de La Esquina.
Según el calendario provisional, las obras comenzarían en otoño y durarían tres meses.
Hasta ese momento había imaginado unos trabajos incómodos, pero lejanos; ahora vio la entrada de la cafetería detrás de unas vallas cuando todavía estuviera intentando conseguir clientes habituales.
Repasó las fechas por si las había entendido mal y sacó una fotografía del plano.
—¿Necesitas algo?
Una mujer salió del edificio con una carpeta bajo el brazo y se detuvo a su lado.
—Quería preguntar por estas obras. ¿Se sabe cuándo empiezan?
—Todavía están mirando algunas cosas. En recepción te informan, aunque, si vienes por los plazos, no sé si podrán decirte mucho más.
—Tengo un negocio justo aquí delante.
La mujer miró el plano y después a Alicia.
—Entonces pide cita con la alcaldesa. Está bastante encima del asunto.
Alicia le dio las gracias y entró. En recepción había un hombre mayor discutiendo por un recibo y una chica esperando con un carrito de bebé. Alicia buscó una máquina para coger número, no encontró ninguna y se sentó junto a la ventana con la carpeta sobre las rodillas.
Volvió a mirar la fotografía. Había dejado su trabajo e invertido sus ahorros en aquella cafetería.
Sabía que abrir un negocio implicaba riesgos y nunca había esperado que todo saliera según sus previsiones, pero le irritaba descubrir a pocos días de la apertura un problema que alguien podría haberle explicado mucho antes.
Cuando le tocó, expuso la situación procurando mantener un tono cordial. La recepcionista escuchó, consultó una agenda y levantó el teléfono.
—La alcaldesa está reunida, pero creo que puede recibirte después. ¿Tienes tiempo para esperar?
Alicia consultó el reloj. Debía regresar antes de que llegara el reparto de leche, aunque todavía tenía margen.
—Sí, claro.
—Pues sube a la segunda planta. Te avisarán allí.
Mientras subía las escaleras, repasó lo que quería preguntar.
No conocía a la alcaldesa de Puerto de Lúa; sabía que era una mujer, que llevaba varios años en el cargo y que había ganado las últimas elecciones con comodidad.
Hasta aquella mañana tampoco había tenido ninguna razón para interesarse por ella.
No pensaba pedir favores ni exigir que detuvieran unas obras que quizá fueran necesarias. Quería saber cuándo comenzarían, cómo afectarían a su negocio y por qué seguía sin recibir respuesta sobre las cuatro mesas de la terraza. Le parecía una petición bastante razonable para todo lo que se jugaba.
En el segundo piso encontró una sala de espera con tres sillas, una planta que necesitaba agua y una ventana desde la que se veía el mar. Se sentó, dejó la carpeta sobre las rodillas y ordenó una vez más sus preguntas, decidida a no marcharse con otra respuesta imprecisa.
Esperaba que la alcaldesa fuera una persona razonable. Con eso le bastaba.