Mi alcaldesa favorita 33. Un año después
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33. Un año después

Un año después

Alicia había descubierto que vivir con Beatriz tenía muchas ventajas y un inconveniente bastante concreto: era incapaz de tirar nada sin preguntarle antes.

Aquella mañana llevaban veinte minutos revisando una caja de cables encontrada en el armario del recibidor, y todavía no habían identificado ninguno que sirviera para un aparato que tuvieran en casa.

—Este podría ser del ordenador antiguo —dijo Beatriz, examinando un cargador.

—El ordenador antiguo lo llevaste al punto limpio en abril.

—Por eso quizá guardé el cargador.

—¿Para qué?

Beatriz se quedó mirando el objeto, incapaz de encontrar una explicación convincente, y acabó dejándolo en la bolsa de las cosas que iban a tirar.

Alicia celebró aquella pequeña victoria hasta que apareció un cable de teléfono fijo que su pareja consideró conveniente conservar por si Marisa lo necesitaba.

—Tu madre tiene tres teléfonos fijos, dos móviles y una agenda de papel con nuestros números —le recordó—. Creo que sobrevivirá sin este cable.

Beatriz se echó a reír y lo dejó junto al anterior.

Era domingo y habían decidido ordenar el piso, aunque la iniciativa había partido de Alicia después de comprobar que ya no cabían las botas de invierno en el armario.

Llevaban cuatro meses viviendo juntas. La decisión había llegado después de muchas noches alternando casas, una avería en la calefacción de Alicia y una conversación sobre los gastos cuando se acercó la renovación de su alquiler.

Eligieron el piso de Beatriz porque tenía una habitación más y quedaba a diez minutos de La Esquina.

Alicia compartía los gastos de la vivienda y conservaba una cuenta separada para el negocio.

Beatriz, acostumbrada a vivir sola, había aprendido a encontrar los platos en armarios distintos y a esquivar libros abandonados sobre la mesa.

Las discusiones más serias habían sido por la temperatura del dormitorio y por la cantidad de cojines del sofá.

Alicia había ganado lo de los cojines; Beatriz seguía defendiendo el termostato.

—¿Qué hora es? —preguntó Alicia, cerrando la bolsa.

—Las once y cuarto.

—A las doce quiero pasar por la cafetería. Tengo que preparar unas cosas para mañana.

—Es domingo y está cerrada.

—Serán diez minutos.

—La última vez fueron sesenta.

—Quince, entonces.

Beatriz suspiró, pero se ofreció a acompañarla para que después pudieran pasear. Alicia aceptó con un beso y guardó la bolsa fuera del camino, antes de que alguna de las dos cambiara de opinión respecto a los cables.

La Esquina llevaba quince meses abierta y había terminado su primer ejercicio con beneficios modestos.

No alcanzaban las cifras del plan inicial, pero permitían devolver parte del dinero utilizado durante las obras y reconstruir poco a poco la reserva de seguridad.

Los desayunos para oficinas se habían convertido en una actividad estable; Diego coordinaba los pedidos mediante un sistema sencillo que él mismo había elegido, y acababan de incorporar a una empresa de una localidad cercana.

También tenían terraza. Tres mesas, autorizadas meses después de terminar las obras y de que los técnicos revisaran la distribución de la plaza.

Eran menos de las que Alicia había solicitado, pero suficientes para aprovechar los días soleados sin impedir el paso.

Las sillas habían sido más caras de lo que Beatriz consideraba razonable, aunque dejó de discutir cuando comprobó que resistían bien la humedad y resultaban cómodas.

Alicia entró por la puerta trasera, dejó sobre la barra una carpeta con las propuestas navideñas y revisó una entrega pendiente.

Beatriz se sentó en un taburete sin intentar supervisarla.

Con el tiempo habían aprendido que acompañar a alguien al trabajo no exigía convertir cada visita en una reunión sobre su actividad.

—Ya está —anunció Alicia al regresar.

—Doce minutos.

—¿Los has contado?

—No.

—Mentira.

Antes de cerrar, Alicia comprobó las luces del escaparate. Había añadido ramas de pino artificial y conservaba en una esquina la estrella de cartón que Marisa le había prestado el diciembre anterior.

—Este año podríamos comprar adornos nuevos —comentó.

—Mi madre todavía tiene el reno.

—Lo sé. Me lo ha ofrecido tres veces.

—Dice que está prácticamente nuevo.

—Pues que lo disfrute.

La plaza había recuperado su actividad. Algunos vecinos ocupaban los bancos al sol, los niños corrían cerca de la fuente y un mercado navideño llenaba de puestos el lateral donde habían estado las vallas.

Alicia y Beatriz compraron miel para Marisa y un juego de construcción para Leo, cuyos regalos eran cada año más difíciles de encontrar.

En el puesto de las flores, Beatriz se detuvo a saludar a una mujer de una asociación vecinal.

Alicia aprovechó para examinar unas plantas de interior.

Había aprendido a convivir con aquellas interrupciones y Beatriz, por su parte, a terminar las conversaciones cuando estaba de descanso, aunque todavía tenía días en los que cualquier saludo amenazaba con convertirse en una reunión improvisada.

—Perdona —dijo al regresar cinco minutos después—. Era por una actividad de la asociación.

—Me lo había imaginado.

Beatriz señaló la planta que Alicia sostenía.

—¿Dónde piensas ponerla? Casi no tenemos sitio.

—Podemos tirar la caja de cables.

La carcajada de Beatriz fue suficiente autorización para comprarla.

A las dos llegaron a casa de Marisa, donde ya estaban Isabel, sus hijos, Nuria y Mateo.

La comida transcurrió entre conversaciones cruzadas, preguntas de Leo y una explicación larguísima de Martín sobre un videojuego que ninguno de los adultos comprendió del todo.

Marisa colocó una fuente de croquetas en el centro y anunció que había reservado algunas para Alicia.

—Nunca he dicho que no me guardes —protestó ella.

—Pero lo piensas —replicó Marisa.

Beatriz le acercó la fuente para que escogiera antes de que desaparecieran.

Después hablaron de las fiestas de fin de año y de las próximas elecciones municipales.

Beatriz todavía no había decidido si volvería a presentarse.

Le gustaba su trabajo, pero después de tantos años comenzaba a preguntarse si quería dedicarle otra legislatura.

Alicia conocía aquellas dudas y procuraba no inclinar la decisión hacia lo que a ella le resultaría más cómodo.

—¿Y tú qué opinas? —le preguntó Isabel—. Si vuelve a presentarse, tendrás otra campaña electoral en casa.

—Pues espero que recoja los carteles después —respondió Alicia.

Nuria se rio y aseguró que aquello no solía ocurrir. Beatriz recordó que todavía no había anunciado ninguna candidatura, pero su hermana parecía decidida a organizarle el futuro durante la comida.

—Decida lo que decida, será cosa suya —añadió Alicia—. Yo bastante tengo con la cafetería.

Beatriz le sonrió desde el otro extremo de la mesa. El tema terminó cuando Leo volcó un vaso de agua y Marisa tuvo que levantarse a buscar un paño, después de advertir a todos que no pisaran el charco.

Regresaron a casa al caer la tarde, bajo una lluvia fina.

Alicia llevaba la planta protegida dentro del abrigo y Beatriz tuvo que sujetarle la puerta para que las hojas no se engancharan en la cremallera.

La dejaron sobre una mesa auxiliar, pero Alicia declaró que necesitarían una maceta más bonita y Beatriz aceptó ir a comprarla al día siguiente.

Cuando terminaron de quitarse los abrigos, Alicia volvió sobre la conversación de las elecciones.

—¿Te preocupa mucho decidir si te presentas?

Beatriz se sentó en el sofá y tardó en responder.

—Me gusta lo que hago, pero a veces pienso que llevo demasiados años viviendo como si todo fuera urgente.

—Antes te pasaba bastante.

—Todavía me pasa.

—Menos —observó Alicia, acercándose a ella.

Beatriz reconoció que era verdad. Alicia le recordó que no tenía que decidir de inmediato ni calcular qué opción preferiría su pareja. Si volvía a presentarse, buscarían cómo organizarse; si optaba por dejar la alcaldía, también.

—¿Y si dejo el cargo y me paso todo el día en casa? —preguntó Beatriz.

—Te buscaré trabajo en La Esquina.

—No sé hacer café.

—Diego puede enseñarte.

—¿Y cuánto cobraría?

—Depende. ¿Tienes experiencia de cara al público?

—Llevo más de siete años siendo alcaldesa.

—Entonces estás sobrecualificada.

Se echaron a reír y acabaron abrazadas frente a la ventana, escuchando la lluvia. Habían pensado en salir a cenar, pero después de la comida de Marisa ninguna tenía hambre suficiente para volver a ponerse el abrigo.

Alicia consultó el teléfono para mirar el horario de una tienda de macetas y encontró un mensaje de Pili. Había visto una fotografía de las dos en el mercado y quería saber si irían a la comida del sábado; se ofrecía, por supuesto, a guardarles sitio juntas.

—Por lo menos ya no intenta presentarnos —comentó Beatriz después de leerlo.

—Dale tiempo.

Alicia dejó el móvil a un lado. Había pasado más de un año desde que entró en el ayuntamiento enfadada por la terraza y encontró a Beatriz detrás de una mesa.

Un año antes habría pasado toda la tarde mirando el calendario de pedidos; ahora tenía una planta nueva que colocar y a Beatriz discutiendo consigo misma sobre el sitio donde ponerla.

Beatriz estaba tratando de decidir si podrían colocar la planta en el dormitorio sin mover una lámpara cuando Alicia le llamó la atención.

—Me alegro de que no me resolvieras lo de la terraza aquel día.

—¿Perdona?

—Si hubieras concedido el permiso en cinco minutos, quizá no habría vuelto a tu despacho.

—Nos conocimos en una boda y teníamos nuestros teléfonos.

—Sí, y los utilizamos muchísimo durante aquellas dos semanas.

Beatriz rio y le recordó que tampoco necesitaba presentarse enfadada para hacer una consulta. Alicia defendió que tenía motivos, y Beatriz, después de todo lo que habían vivido con las obras, reconoció que los tenía.

—Además, podría haberme perdido la oportunidad de enamorarme de una alcaldesa —añadió Alicia.

—Podrías haberte enamorado de mí sin que fuera alcaldesa.

Alicia la besó despacio.

—Creo que eso fue exactamente lo que pasó.

Pasaron el resto de la tarde en casa, pidieron algo de cenar y terminaron instalando la planta en el dormitorio, junto a la ventana. Antes de acostarse, Alicia confirmó a Pili que acudirían las dos el sábado. La respuesta llegó enseguida: ya les había reservado sitio.

—¿Ves? Sigue organizándonos la vida —comentó Alicia, enseñándole la pantalla a Beatriz.

Su pareja salió del baño y la besó.

—Buenas noches, cariño.

—Buenas noches, alcaldesa.

—Mañana estoy de vacaciones.

—Entonces buenas noches, ciudadana.

Beatriz apagó la luz entre risas. Alicia se acomodó a su lado y, cuando su pareja le pasó un brazo por la cintura, se acordó de algo.

—Por cierto, mañana también tenemos que bajar las bolsas de cables —recordó Alicia.

—Ya lo sé.

—Todas.

—Buenas noches, Ali.

Alicia sonrió en la oscuridad y cerró los ojos.