16 Elliot
Elliot
Se le escapó un quejido y despertó en la oscuridad.
Poco a poco, la habitación fue tomando forma ante sus ojos y vio un hilo de luz bajo una puerta frente a él.
A medida que la vista se le acostumbraba a la penumbra, empezó a distinguir el suelo de piedra bajo su cuerpo, la puerta de enfrente, otra a su izquierda y un montón de muebles rotos y carcomidos desperdigados por la habitación.
El olor a humedad le llenó la nariz, y estaba seguro de que algún animal muerto se pudría en la oscuridad.
Intentó levantarse, pero un tirón en las muñecas lo detuvo en seco. Al mirar por encima del hombro, descubrió que estaba esposado a un poste. Elliot alzó la vista hacia el techo que se desmoronaba sobre su cabeza y no vio forma de pasar las esposas por arriba para soltarse.
Con un quejido, recordó la explosión, el golpe que lo había tirado de culo. Luego había aparecido aquel cabrón y le había dado una patada cuando aún estaba caído.
—Clay —murmuró.
Dios, tendrían que haber sabido que no estaban a salvo. Tendrían que haber imaginado que alguien tan despiadado como Anthony sería lo bastante listo para descubrirlos. Y ahora Clay estaba muerto porque Elliot no había pensado con claridad.
La puerta se abrió con un chirrido de bisagras oxidadas. La luz entró a raudales y obligó a Elliot a entornar los ojos. Una figura penetró en la habitación y tapó la luz por un instante.
—Ya era hora de que despertaras —dijo Anthony con aquella voz tan conocida.
Elliot no respondió. Se preguntó cuánto tiempo habría estado inconsciente para que Anthony considerase necesario comentarlo.
No alcanzaba a verle la cara, pero distinguió unos zapatos caros y, cuando el hombre se acercó, percibió el aroma amaderado de su colonia.
Aun así, aquella voz era inconfundible, aunque sonaba más áspera y cruel que la última vez que Elliot la había oído.
—Cabrón —gruñó Elliot.
—Cuidado con ese lenguaje. No estás precisamente en situación de mostrarte grosero.
Elliot soltó una risa burlona.
—Mis disculpas al cabrón que trafica con personas, ha matado a Clay y me ha secuestrado.
—Madura de una vez, Elliot. Ese asesino a sueldo vino a por mí, y está muerto en lugar de estar aquí contigo porque sé perfectamente que no me habría dicho quién lo contrató, ni siquiera si lo supiera.
No voy a sentirme culpable por matar a alguien que había venido a matarme.
De hecho, ya había intentado hacerlo más de una vez.
Elliot siguió con la mirada los movimientos de Anthony.
—Dudo que lleves tiempo sintiendo algo tan humano como la culpa.
—Hum, sería una emoción bastante incómoda en este oficio, ¿no crees? Aunque me duela confirmar la pésima opinión que tienes de mí, llevas razón. Hace años que no me siento culpable. Resulta difícil con la cantidad de dinero que tengo.
Elliot hizo una mueca de desprecio.
—Dinero. Eso es todo lo que son las personas para ti. Sacos de dinero que van por ahí suplicando que los vendan como esclavos o para explotarlos sexualmente.
—Si te sirve de consuelo, no es que disfrute con ello. De hecho, la mayoría de las veces ni siquiera sé qué hacen mis compradores con lo que adquieren.
—Sí, gracias, eso me deja mucho más tranquilo —dijo Elliot.
—¿Sarcasmo? Bien, supongo que puedo añadirlo a tu ficha.
Elliot se quedó helado. ¿Su ficha?
Anthony soltó una risita.
—¿Qué pasa? ¿Creías que te tenía aquí para interrogarte? Por favor. Si pensara que has ido contando a alguien lo que no debías, te habría atrapado hace tiempo.
—Vas a venderme —dijo Elliot entre dientes.
—Bueno, eres un ejemplar impresionante. Con tu entrenamiento, tu aspecto y, demonios, los secretos de Estado que guardas en esa cabeza tan dura… ¿Tienes idea de cuánto pagaría por ti el comprador adecuado?
Había una ironía perversa en que lo hubieran secuestrado para ofrecerlo al mejor postor. Elliot había intentado encontrar la manera de detener a Anthony sin más derramamiento de sangre, y ahora Clay estaba muerto y Elliot iba a convertirse en otra víctima.
—No desapareceré tan fácilmente como los demás —le advirtió Elliot.
—¿No? Te sorprendería lo fácil que es hacer desaparecer a alguien en esta ciudad.
Puede que no seas alguien que se ha escapado de casa ni un vagabundo, pero puedes desaparecer con la misma facilidad.
¿Qué eres, un autónomo que se dedica a un trabajo peligroso?
Te aseguro que mostraré la debida preocupación cuando la policía venga a buscarte tras tu desaparición.
Después, el dinero cambiará de manos y dejarán de buscar.
Tu amiguito y tú os habéis metido con quien no debíais, y vais a pagarlo —prometió Anthony.
—Debería haber dejado que te matara —dijo Elliot.
A Anthony se le escapó una risa. Se oyó el chasquido de un mechero, cuya llama le iluminó la cara y prendió la punta de un puro grueso.
—Probablemente. Te habrías ahorrado muchos problemas y él seguiría vivo.
Verás, cuando te contraté, tenía que asegurarme de que eras de fiar.
Así que llevo un tiempo haciendo que te vigilen.
Estuve a punto de retirar a mis hombres, pero entonces me contaron algo interesante: un fisgón se había colado en tu casa.
¿Y luego te pusiste a conspirar con él? No es muy profesional confabularse con el enemigo —le reprochó Anthony antes de dar una larga calada al puro.
Elliot tiró de las esposas para probar la resistencia de la cadena.
—Ojalá Clay hubiera dado conmigo antes. Quizá así nos habríamos ocupado de ti hace mucho.
—¿Y acostarte con el enemigo? No sé qué te enseñaron en los marines, pero eso va contra casi todas las normas —prosiguió Anthony.
A Elliot se le tensó la mandíbula.
—No hables de él. No tienes derecho a hablar de él ni de mí. Eres repugnante.
—Repugnantemente rico, quizá. Bueno, supongo que no tengo las manos limpias, pero eso no viene al caso, ¿verdad?
Un ruido tenue se abrió paso entre la fuerte exhalación de Anthony cuando expulsó una enorme bocanada de humo. Elliot no apartó la mirada de él, pero vio que una sombra se movía bruscamente al fondo del pasillo, detrás de Anthony. Elliot no alcanzaba a ver qué era, y Anthony no pareció advertirlo.
—Esperaba atraparte cuando estuviéramos a solas. Habría sido mucho más agradable quedarme contigo y exhibirte en mi casa, pero aquí estamos —dijo Anthony, torciendo el labio.
—Por cierto, ¿dónde estamos? —preguntó Elliot.
Anthony se levantó y apartó el abrigo para meterse una mano en el bolsillo.
—Ah, en un hotel viejo. Por algún motivo, a los dueños les pareció buena idea decorarlo como un refugio de caza. Por lo visto, a la gente de ciudad eso no le interesa si no está en plena naturaleza, y a la de pueblo no se la engaña. ¿Quién iba a decirlo?
Elliot examinó las sombras del abrigo de Anthony en busca de una funda.
—Una de tus estaciones de paso.
Anthony resopló.
—Desde luego, no es de las mejores. Me sirve cuando necesito esconder algo deprisa o para un envío especialmente grande.
—Un envío —repitió Elliot con desprecio—. Son personas.
—Y las personas son una mercancía. Lo han sido desde los albores de la humanidad. Tus sermones no van a cambiarlo ni harán que mi negocio deje de prosperar. Hay un mercado que aprovechar, Elliot, y yo no soy más que otro hombre de negocios —dijo Anthony antes de dar otra larga calada.
Otra sombra avanzó por el pasillo, pero Anthony tenía los ojos clavados en la cara de Elliot. El corazón de Elliot se aceleró al ver que la figura se acercaba. No lograba distinguirle la cara, pero creyó reconocer la agilidad felina con que se movía.
—Y tú no tardarás en ser un trozo de carne más puesto a la venta —añadió Anthony.
La sombra de Clay se proyectó en la habitación cuando este entró.
—Eso no va a pasar, Howell.
Anthony se volvió hacia Clay y Elliot actuó.
Con un jadeo de esfuerzo, lanzó una patada y golpeó a Anthony por detrás de la pierna.
El hombre cayó con un grito, agitando los brazos, mientras el puro salía despedido hacia la oscuridad de la habitación.
Elliot dio un tirón a las esposas y rompió la cadena.
Clay avanzaba con rapidez hacia Anthony y Elliot se puso en pie a toda prisa. Clay empuñaba una pistola y apuntaba hacia abajo, al aturdido Anthony. Elliot agarró el arma, desvió el cañón y obligó a Clay a mirarlo.
—Ni se te ocurra, Elliot —siseó Clay.
Elliot hizo que Clay se volviera hacia él, sin soltarle la mano que sostenía la pistola.
—¿Estás vivo?
Clay apartó por fin la mirada de Anthony.
—Pura suerte, te lo aseguro.
A Elliot le importaba una mierda si había sido cosa de la mismísima mano de Dios.
Atrajo a Clay hacia sí de un tirón y lo besó con pasión.
Elliot no sabía si había conseguido transmitirle en aquel beso todo el alivio y la alegría que sentía, pero desde luego lo intentó.
Se quedó sin aliento, eufórico, aferrado a Clay y desesperado por comprobar que no estaba soñando.
—Estoy bien. ¿Y tú? —preguntó Clay con voz débil, mientras parte de la dureza desaparecía de su rostro.
—Algún golpe, unos moratones… He estado peor —le aseguró Elliot.
Clay sonrió.
—Entonces acabemos con esto de una vez.
Elliot negó con la cabeza.
—No. No lo hagas, Clay. Sé que intentar frenarte casi hace que nos maten…
—O algo peor —siseó Clay.
—Pero no lo hagas —dijo Elliot, quitándole con cuidado la pistola de los dedos a Clay.
—Tomar la decisión simbólica, ¿no? —preguntó Clay al soltarla.
—Exacto —respondió Elliot, apretándole el hombro.
Los ojos de Clay se abrieron de par en par al ver algo más allá del brazo de Elliot.
Los reflejos y el entrenamiento se impusieron en la mente de Elliot.
Al tirar de Clay hacia un lado para apartarlo consigo, Elliot se volvió y alzó la pistola.
El arma de Anthony escupió fuego y sus dos primeros disparos fallaron.
Por lo visto, llevaba una funda en alguna parte, y Elliot casi se había olvidado de él por completo.
Anthony, sin embargo, no se había olvidado de ellos.
Era buen negociante y buen delincuente, pero tenía una puntería pésima.
Elliot, en cambio, no.
El estruendo de la pistola llenó la habitación y aparecieron dos agujeros en el pecho de Anthony.
El hombre dejó escapar un leve jadeo y se llevó la mano libre al pecho.
Elliot lo miró sin sentir nada mientras Anthony movía la boca sin emitir sonido.
Lo vio caer sobre una rodilla, tambalearse y desplomarse de espaldas entre las sombras.
Clay soltó el aire despacio.
—Joder… Buen disparo.
Elliot bajó la vista hacia la pistola.
—Gracias, supongo.
—Y eso que no ibas a matarlo —añadió Clay.
Elliot se volvió hacia él con una sonrisa.
—Defenderse no es lo mismo que cometer un asesinato, sea por encargo o no. Además, en realidad no he… elegido.
—Ha pasado sin más, ¿eh? —preguntó Clay con una leve sonrisa.
Elliot miró por encima del hombro.
—¿Los guardias?
—Solo había un par arriba y otro en la escalera. No te preocupes, no están muertos.
Elliot puso el seguro a la pistola y la guardó.
Sin perder un segundo, volvió a atraer a Clay hacia sí y lo besó con pasión.
Clay se aferró a él y apretó con fuerza su cuerpo, más menudo, contra el de Elliot.
Por un momento, Elliot consiguió olvidar que estaban en un edificio mugriento, cerca del cadáver de un hombre que había intentado matarlo y venderlo.
Elliot se separó de él con un jadeo.
—Dios, creía que estabas muerto.
—No sabía si conseguiría llegar a tiempo. Dios, si te hubiera matado o… —Clay no pudo terminar la frase y negó con la cabeza.
—Ahora ya no tenemos que preocuparnos por eso —dijo Elliot.
Clay apoyó la frente contra el pecho de Elliot.
—Cuando creí que estabas muerto, yo…
Elliot asintió y apoyó la cabeza sobre la de Clay. Sabía a qué se refería Clay. Aunque llevaba poco tiempo despierto, la certeza de que Clay había muerto había amenazado con engullirlo. Pero el alivio de saber que Clay estaba vivo y a salvo era aún mayor, y agradecía poder concentrarse en eso.
Elliot olfateó el aire y miró a su alrededor. La habitación ya no estaba tan oscura como antes.
—¿Hueles eso?
Clay se apartó, abriendo los ojos de nuevo de par en par.
—Ah.
Elliot se volvió de golpe para ver qué miraba Clay y se quedó paralizado.
—Ah.
Al fondo de la habitación resplandecía un fuego.
Elliot no sabía con certeza dónde había caído el puro, pero suponía que había provocado el incendio.
Una pila de muebles ya ardía y las llamas se extendían a los estantes de madera de las paredes.
A la luz del fuego, Elliot pudo ver que el techo era de una madera que parecía muy seca.
—Deberíamos salir de aquí —dijo Clay mientras retrocedía.
—Sí, no voy a discutírtelo —respondió Elliot, siguiéndolo.
Subieron las escaleras a toda prisa. Clay saltó por encima de un hombre inconsciente que yacía derrumbado a mitad de camino. Elliot estuvo a punto de hacer lo mismo, pero torció el gesto, se agachó, levantó al hombre y se lo cargó a los hombros.
—¿En serio? —preguntó Clay.
—No voy a dejar que el muy cabrón muera abrasado.
Como si lo hubiera oído, el hombre empezó a moverse sobre los hombros de Elliot justo cuando él y Clay irrumpieron en lo que parecía un vestíbulo.
O, al menos, lo había sido en otro tiempo.
El mostrador de recepción seguía allí, pero los bancos y las sillas estaban hechos pedazos, y de la falsa lámpara de araña del techo colgaban telarañas.
El hombre se retorció y Elliot lo dejó caer. El guardia soltó un quejido, abrió los ojos y alzó la mirada hacia Elliot.
—Mierda —dijo el hombre al darse cuenta de quién era Elliot.
—Se puede decir así —murmuró Clay.
Elliot se agachó.
—Escucha, el sótano entero está a punto de arder. Saca de aquí a tus compañeros y salid vosotros también.
—Y procura olvidar quién coño somos, o puede que yo tenga que acordarme de quién eres tú —dijo Clay, torciendo el labio.
—Pero… —empezó el hombre.
Elliot lo interrumpió.
—Tu jefe está muerto y tú también lo estarás si no sacas el culo de aquí. Así que muévete o muere abrasado. Tú decides.
—Elliot, vamos. No quiero estar aquí cuando lleguen los bomberos —dijo Clay, mirando hacia las escaleras a sus espaldas.
El humo empezaba a subir desde el sótano.
El fuego se propagaba aún más deprisa de lo que Elliot había previsto.
Recordó que Anthony había dicho que a veces utilizaba aquel viejo hotel que fingía ser un refugio de caza como estación de paso.
Esperaba de veras que el hombre no mantuviera el suministro de gas conectado al edificio, o alguien más tendría que ocuparse de un desastre todavía mayor.
—Sí —dijo Elliot mientras se incorporaba—. Vámonos a casa.