Matar o besar (Los héroes de Port Dale 2) 15 Clay
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15 Clay

Clay

Se le escapó un jadeo y abrió los ojos. Estaba tumbado boca arriba, mirando el cielo azul, solo empañado por la espesa nube de humo negro que salía a borbotones del edificio que tenía delante. Le llegaban sonidos, pero amortiguados, como si tuviera la cabeza bajo el agua.

Poco a poco, sus pensamientos empezaron a ordenarse y volvió a ser capaz de entender lo que ocurría.

Le dolía todo el cuerpo y sentía escozor en el hombro, las manos y la mejilla.

Consiguió examinarse para comprobar que seguía entero y que no estaba ardiendo.

Se dio cuenta de que el escozor provenía de los cortes de las manos, y probablemente lo mismo explicaba el del hombro y la mejilla.

Clay se obligó a incorporarse, haciendo una mueca cuando la espalda protestó. Estaba a varios metros del edificio en el que se encontraba apenas unos instantes antes. Clay sacudió la cabeza, tratando de recordar qué había pasado.

Había estado hablando con Fate, explicándole que por fin tenía una forma de resolver sus pequeñas complicaciones.

Clay se había asegurado de presentarlo como una simple llamada de cortesía para que ella no se preocupara.

Lo último que recordaba era haber entrado en el cuarto de baño y haberse quedado mirando la ventana sucia de cristal esmerilado, preguntándose si ella se estaría creyendo su excusa.

Una explosión. Tenía que haber sido eso.

Era lo único que podía haber ocurrido tan deprisa como para que no lo recordara y haber causado tantos destrozos.

La que había sido su habitación estaba envuelta en llamas, que se extendían rápidamente al resto del edificio.

La ventana del baño había saltado por los aires y los cristales cubrían el suelo donde había caído Clay.

Clay bajó la vista y soltó una risa seca al darse cuenta de que estaba sentado en un raquítico trozo de césped lleno de malas hierbas, detrás del edificio.

Si hubiera caído treinta centímetros más allá o más acá, se habría estampado contra el hormigón.

En vez de eso, había aterrizado en lo que seguramente debería haber sido una franja ajardinada y cuidada de la calle que discurría por detrás del motel.

Qué suerte la suya.

También había tenido suerte de que, en el momento de la explosión, estuviera en el baño, delante de la ventana.

De lo contrario, la onda expansiva lo habría alcanzado de lleno o lo habría lanzado contra una pared maciza con la misma fuerza que lo había despedido varios metros.

Clay se miró, preguntándose cuántos años de vida acababa de perder.

Levantó la cabeza de golpe, con la boca abierta.

Elliot había aparcado delante de la habitación.

—⁠No —⁠susurró, poniéndose en pie con dificultad.

Rodeó el edificio cojeando tan deprisa como se lo permitían sus piernas temblorosas.

Se agarró a la esquina y avanzó a trompicones hasta el aparcamiento.

Se le encogió el estómago y se le oprimió el pecho al ver el coche de Elliot.

Estaba por completo envuelto en llamas y las ventanillas habían saltado por los aires.

La parte delantera había quedado aplastada por la fuerza de la explosión, y Clay comprendió que cualquiera que hubiera estado dentro no habría tenido ninguna posibilidad de escapar.

—⁠Elliot —⁠graznó, avanzando a duras penas.

No había nada que Clay pudiera hacer para salvarlo. Lo sabía. Aunque la explosión no lo hubiera matado en el acto, el coche estaba ardiendo. Al rodear el vehículo, se le escapó un sonido desgarrado. Se quedó mirando las llamas sin importarle el calor insoportable que desprendían tan de cerca.

Clay se rodeó el vientre con un brazo y se dobló hacia delante.

Elliot había sido la única persona que se había preocupado por él desde que Clay era un niño.

Había sido un buen hombre, empeñado en hacer lo correcto, y no merecía una muerte tan espantosa.

A Clay le escocieron los ojos mientras contemplaba el fuego, preguntándose si quedaría algo de él a lo que dar digna sepultura.

Una mano lo agarró del brazo y Clay lanzó un golpe a ciegas. No acertó ni de lejos, perdió el equilibrio y cayó al suelo. Por encima de él, mirándolo con los ojos llenos de terror, estaba el chico que había intentado atracarlo la primera noche que llegó a la ciudad.

—⁠¿Tyler? —⁠preguntó, al recordar de pronto el nombre del chico.

Tyler asintió y movió los labios, pero su voz no lograba imponerse al pitido que resonaba en los oídos de Clay.

Clay se señaló las orejas.

—⁠No te entiendo. Vete de aquí antes de que aparezca alguien más para rematar el trabajo.

Tyler señaló apresuradamente el coche y luego el otro lado del aparcamiento. Clay siguió la dirección de su gesto y negó con la cabeza.

—⁠Vete, Tyler. Aquí no estás a salvo. A mi lado no estás a salvo.

Cada vez más frustrado, Tyler metió la mano en el bolsillo y sacó un móvil.

Clay lo observó, deseando que el chico captara la indirecta y desapareciera.

Sabía quién había matado a Elliot y quién intentaría matarlo a él también.

Por lo visto, el hombre al que debía matar no se limitaba a sospechar que Elliot y él colaboraban.

Habían colocado una bomba y, en lugar de acabar con el asesino a sueldo, habían acabado con Elliot.

Tyler le puso el móvil delante de las narices a Clay.

Se han llevado a tu amigo. Le han pegado y se han ido en coche.

Clay alzó la vista, sin atreverse aún a creerlo.

—⁠¿Está vivo?

Tyler asintió con fervor.

Mientras miraba el fuego, Clay sintió que el dolor remitía.

Seguía doliéndole el cuerpo y la culpa le roía los pensamientos.

Pero Elliot estaba vivo y, si estaba vivo, aún había alguna posibilidad de salvarlo.

Eso significaba que Clay tenía que recomponerse de una puta vez y empezar a pensar deprisa, porque apostaría a que a Elliot no le quedaba mucho tiempo.

Clay le tendió la mano.

—⁠Ayúdame a levantarme. Necesito que me eches una mano con un par de cosas.

* * *

Unas horas después, y gracias a unas pastillas, Clay volvía a sentirse casi el de siempre.

Ninguno de los cortes era profundo y los vendajes habían detenido la hemorragia.

Las pastillas que Tyler había conseguido vete a saber dónde habían bastado para aliviar lo peor del dolor sin embotar demasiado los sentidos de Clay.

El pitido agudo seguía resonándole en los oídos, pero podía soportarlo.

—⁠Entonces, ¿qué vas a hacer? —⁠preguntó Tyler, removiéndose nervioso en el asiento frente a Clay.

Clay soltó un bufido y levantó la vista del portátil que tenía delante.

—⁠Voy a recuperar a mi amigo.

—⁠¿Y cómo vas a hacerlo?

Clay terminó de descargar el programa que necesitaba y soltó el aire despacio.

El portátil era otro pequeño regalo de Tyler.

Clay estaba casi seguro de que pertenecía a la madre del chico y de que había conocido tiempos mejores.

Aun así, lograba conectarse a la red wifi de la cafetería que habían elegido precisamente por eso y funcionaba, aunque fuera con lentitud.

—⁠Sinceramente, es mejor que no preguntes.

—⁠¿Tan chungo es?

—⁠No soy muy buena persona. Y quienes se han llevado a mi amigo son peores.

Tyler se removió, incómodo.

—⁠No sé. A mí me pareces bastante buena persona.

Clay sonrió al oírlo.

—⁠Te lo agradezco, pero no me conoces.

—⁠Sé que me ayudaste.

—⁠Ya. ¿Y qué te cayó por parte de tu madre?

—⁠Una buena bronca, pero tenías razón. No debería haber hecho nada de eso. No quiero ser así.

—⁠Te lo digo por experiencia: no, no quieres ser ese tipo de persona. No te metas en líos y haz lo correcto —⁠dijo Clay mientras introducía los datos en el programa.

Tyler se inclinó hacia delante, intentando ver la pantalla.

—⁠Entonces, ¿cómo vas a encontrarlo?

Clay soltó una risita.

—⁠Tengo mis métodos.

Después de que Elliot lo capturara y de todo lo que vino luego, Clay había olvidado que había instalado un localizador en el móvil de Elliot.

Probablemente había sido una suerte olvidarlo: de lo contrario, se lo habría dicho a Elliot y lo habría quitado.

Ahora, quizá fuera la única posibilidad de Clay de encontrarlo antes de que fuera demasiado tarde.

—⁠Mira, cuanto menos sepas, mejor, ¿vale? Probablemente ni siquiera debería haberte metido en esto hasta este punto, pero el tiempo apremia —⁠le dijo Clay mientras el programa buscaba la señal.

—⁠Ojalá hubiera podido hacer más. Debería haberte… avisado cuando vi que llegabas en coche. Pero tenía miedo de que aún estuvieran por allí —⁠murmuró Tyler con la mirada gacha.

Clay levantó la vista y alargó el brazo por encima de la mesa para apretarle el hombro a Tyler.

—⁠Has hecho mucho más de lo que nadie podía pedirte. Esto no iba contigo y, aun así, intentaste ayudar. Has hecho mucho y, gracias a eso, ahora puedo ayudarlo.

—⁠¿Lo has encontrado? —⁠preguntó Tyler esperanzado.

Clay buscó la dirección que le había dado el programa y asintió.

—⁠Sí, lo he encontrado. Y ahora voy a buscarlo.

Bueno, antes tendría que conseguir algunas provisiones. Si Elliot seguía vivo, Clay sospechaba que Anthony lo mantenía con vida por algún motivo. La señal del localizador solo le indicaba dónde estaba Elliot, no si se encontraba bien.

Clay cerró y desinstaló el programa, y deslizó el portátil hacia Tyler.

—⁠Te lo repito: gracias. Me has ayudado más de lo que imaginas.

—⁠Solo espero que sea suficiente para tu amigo —⁠dijo Tyler, colocándose el ordenador bajo el brazo.

—⁠Yo también —⁠dijo Clay mientras se levantaba⁠—⁠. Cuídate, Tyler, y no dejes de buscar lo bueno en la gente. Te sorprenderá ver cuántas veces aciertas.

Dejó al adolescente sentado a la mesa y salió de la cafetería.

Conseguir dinero deprisa no sería un problema, aunque armarse podía resultar difícil.

La verdad era que quizá tuviera que ir a por Elliot con poco más que el equipo imprescindible y un cuchillo.

Ya se había enfrentado antes a situaciones bastante desfavorables, pero esta vez había mucho más en juego que su vida y una paga.

Clay le había prometido a Elliot que no iría tras el hombre al que debía matar. Pero, si Elliot estaba herido, o algo peor, Clay rompería esa promesa sin pestañear. Que Dios se apiadara de Anthony Howell si le había hecho daño a Elliot.

Porque Clay no lo haría.