12 Elliot
Elliot
Elliot tardó casi dos horas en revisar a fondo todo lo que Clay le había traído. Cuando terminó, sentía que la cabeza le iba a estallar. Clay no había exagerado al decir que había mucha información. Había vuelto al cabo de una media hora y desde entonces no había dicho una palabra.
Al acabar, Elliot se dejó caer contra el respaldo del sofá y soltó el aire despacio y hondo. Clay apareció y le puso delante un vaso alto lleno de líquido transparente y hielo. Elliot lo cogió, con la esperanza de que llevara alcohol, y dio un buen trago.
Tosió al notar en la lengua un sabor afrutado y amargo.
—Uf, ¿qué demonios es esto?
Clay esbozó una sonrisa burlona al sentarse en el sillón.
—Vodka de sabores con tónica.
—Dios, ¿la gente bebe esto? Sabe a fresas amargas.
—Yo lo bebo. El amargor impide que beba demasiado deprisa.
Elliot arrugó la nariz.
—Si no quieres emborracharte, mejor bebe agua y ya está.
—A veces quiero notar un poco el alcohol, pero no puedo permitirme emborracharme. Nunca se sabe.
Elliot conocía bien aquella sensación de paranoia, aunque no cuando estaba de vuelta en su país.
Sí, todavía le gustaba sentarse con la espalda contra una pared o de cara a una puerta, pero al menos se permitía emborracharse de vez en cuando.
Las únicas ocasiones en que estaba tan paranoico y alerta como parecía estarlo Clay eran las que pasaba destinado en el extranjero.
—Supongo que siempre estás en guardia, ¿no? —preguntó Elliot, dando otro sorbo.
Al fin y al cabo, el alcohol era alcohol.
Clay le dedicó una sonrisa sin humor.
—Dormir con un ojo abierto. Y andar con ojos en la nuca sin fiarte de nada.
—¿Ni de nadie? —preguntó Elliot.
—Confiar en otras personas puede ser bastante peligroso en este oficio —dijo Clay.
Elliot tuvo el buen juicio de no preguntar si eso también iba por él.
Lo más probable era que Clay respondiera con sinceridad.
Elliot no le habría echado en cara que desconfiara de él.
Demonios, tampoco era que Elliot hubiera confiado en Clay.
Sin embargo, después de ver todo lo que tenía delante, sentía que no le quedaba más remedio que creerle.
—Tiene su gracia que pensaras que tenía que investigar por mi cuenta antes de enseñarme esto —dijo Elliot, señalando el portátil de Clay.
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
—Tenías ahí un dosier de lo más exhaustivo. Así que, o todo eso es verdad, o tú y tu… agencia tenéis mucho tiempo libre para falsificarlo.
Clay rio entre dientes.
—Dinero y recursos no nos faltan, desde luego, pero inventarse todo eso habría sido un montaje muy elaborado. Buena parte de la información que recibimos viene del cliente.
Lo que no hacía sino suscitar más preguntas.
¿Quién conocía tan bien los negocios de Anthony como para reunir toda aquella información?
Había un sinfín de fotos de los lugares provisionales adonde llevaban a los secuestrados y los retenían.
Anthony aparecía supervisándolos y reuniéndose con otras personas que tenían sus propios expedientes, llenos de pruebas de su infame participación en la trata.
También había copias robadas de sus informes de gastos, que permitían seguir con precisión los movimientos de Anthony.
Y las transcripciones.
—Supongo que así lo hacía mientras yo estaba con él —murmuró Elliot.
—¿El qué?
Elliot negó con la cabeza.
—Si alguna vez me pregunté cómo podía hacer todo esto cuando yo estaba cerca, algunas de estas transcripciones me dan la respuesta.
—Ah, sí. Supongo que mantener contactos seguros con sus… captadores y compradores le facilita bastante conservar su imagen —dijo Clay.
Peor aún: su imagen pública y su trabajo lo situaban en una posición perfecta para encontrar a más personas a las que secuestrar.
Las organizaciones benéficas con las que colaboraba, y también las personas a las que ayudaba, tenían contacto con mucha gente y disponían de información sobre ella; en su mayoría, personas solas o a las que nadie echaría de menos.
Elliot se preguntó cuántas de las organizaciones benéficas en las que participaba Anthony se dedicaban precisamente a los indigentes y a las personas solitarias.
—Vender personas —murmuró Elliot, dando un trago más largo.
—Lo veo constantemente —dijo Clay en voz baja.
Elliot también lo había visto. Durante sus misiones, había conocido a muchos grupos que no tenían reparos en comprar y vender personas para sacar provecho.
Al menos aquellos eran fanáticos o estaban desesperados.
Anthony, en cambio, no tenía ningún motivo ni justificación.
Ni siquiera la pura codicia bastaba para explicar que se valiera de su posición de hombre compasivo para secuestrar a personas y venderlas como esclavas de por vida.
—Creía que ya había visto lo peor del ser humano y que sabría reconocerlo si pasaba suficiente tiempo cerca de alguien. Pero ni una sola vez sospeché que estuviera haciendo algo así —admitió Elliot, mirando fijamente su vaso.
—No, me lo imagino. Ha engañado a mucha gente.
—Deberían darle un Óscar por su actuación.
—No estoy seguro de que exista la categoría «persona horrible que se hace pasar por buena» en la vida real.
—Supongo que habría muchos candidatos.
Clay soltó una risa seca.
—Bueno, supongo que para eso están el corredor de la muerte y la gente como yo.
Ahí estaba el asunto que ninguno de los dos había querido abordar.
Ahora que Elliot ya no podía negar lo que Anthony era en realidad, ¿qué se suponía que debía decirle a Clay?
Nunca habían hablado de lo que ocurriría cuando Elliot se decidiera tras examinar la información.
¿De verdad podía apartarse y dejar que Clay matara a Anthony?
Por otra parte, tampoco podía entregar la información sobre Anthony. Habría demasiadas preguntas.
Elliot lo miró.
—¿No te cansas nunca?
—¿De mi trabajo?
—De esta vida. No puedes beber demasiado. No puedes confiar en nadie. Tienes que vértelas constantemente con lo peor de la humanidad y luego matarlos. ¿No acaba por agotarte? ¿No sientes a veces que es demasiado?
Clay pasó los dedos por el vaso, pensativo.
—¿Y tú? No me imagino que en el extranjero solo vieras praderas y gente rebosante de compasión.
Elliot negó con la cabeza.
—No, pero no estaba solo. Tenía a mi equipo, a mis hermanos. Y aquí tengo a mi hermana.
—Ah, creo que te oí hablar con ella. ¿Ana?
Elliot sonrió, sacó el móvil y buscó una foto.
—Sí, es ella. Nos conocimos hace años en la misma casa de acogida. Ya entonces no aceptaba un no por respuesta. Decidió que íbamos a ser amigos, y lo fuimos. Ahora nos consideramos hermanos.
—Bueno, eso explica que no os parezcáis en nada —dijo Clay, frunciendo el ceño mientras miraba el móvil.
—¿Qué pasa? —preguntó Elliot.
Clay le devolvió el móvil, meneando la cabeza.
—Es que… anoche hice aquel comentario de que mi vida había sido mejor por no haber pasado por el sistema de acogida. Y ahora descubro que tú eras uno de esos niños.
Elliot sonrió y guardó el móvil.
—Lo era. Desde que tengo memoria, solo estábamos mi madre y yo. Luego nos llevó a vivir con mi abuelo. Murieron con menos de un año de diferencia y acabé en el sistema de acogida.
Clay hizo una mueca.
—Lo siento, no debería haber dicho aquello.
—No, no te preocupes. A veces fue una mierda crecer así. Pero también había buenas personas, y son esas a las que intento recordar. Además, si no hubiera sido por eso, no habría conocido a Ana, y, por mucho que le guste hacerme la vida imposible, la quiero con locura.
—Se notaba por cómo hablabas con ella. Cuando te oí, no sabía qué relación teníais, pero estaba claro que estabais muy unidos.
Elliot ladeó la cabeza.
—¿Tú has tenido alguna vez a alguien así?
—¿Yo? No exactamente —dijo Clay, negando con la cabeza.
—¿Nada, nadie? ¿Ni siquiera antes de convertirte en un asesino a sueldo de los que dan miedo?
Clay soltó una carcajada. A Elliot le sorprendió aquel sonido, pero no le resultó desagradable.
—¿De los que dan miedo? Ja. Sí, hubo alguien cuando era muy pequeño.
—¿Un hermano?
Clay negó con la cabeza.
—Mis padres no tuvieron más hijos. Bueno, que yo sepa.
Dios sabe si mi padre tendrá hijos repartidos por ahí sin que yo me haya enterado.
Y, antes de que preguntes, no me refería a ninguno de los dos.
Eran unos inútiles que me consideraban aún más inútil que ellos.
Yo era de esos niños a los que les cabe el honor de que nunca les perdonen el pecado de haber nacido.
—Ah —fue lo único que acertó a decir Elliot.
—Pero la mujer que vivía enfrente de nosotros no pensaba lo mismo. Fuimos vecinos de rellano hasta el día en que mataron a mis padres —le contó Clay.
—Dios, ¿tú lo…?
—¿Vi? —terminó Clay por él—. Sí, lo vi. Supongo que debían demasiado dinero o algo así. Habría dado las gracias a los tres tipos que lo hicieron, pero estaban demasiado ocupados llevándome a rastras para saldar la deuda de mis padres.
La mirada de Elliot se desvió hacia los portátiles.
—Te vendieron.
Clay se encogió de hombros.
—Tuve suerte. Me vendieron a la Agencia. Prefieren conseguir a sus agentes cuando son pequeños. Así es más fácil adiestrarlos.
—Lavarles el cerebro —lo corrigió Elliot con el ceño fruncido.
Clay alzó la vista, con la mirada perdida.
—Sí, supongo que esa definición es más acertada.
Así resulta más fácil adiestrarlos y hacerles creer lo que tú quieras.
Yo me alegraba de no seguir en una jaula ni temer que a alguno de mis padres le diera un ataque de ira y la tomara conmigo.
No entendí quién me controlaba hasta que me obligaron a hacer daño a otras personas por primera vez.
La voz de Clay se iba llenando de amargura mientras hablaba.
Elliot se mordió el labio inferior, preguntándose si sería la primera vez que Clay le hablaba a alguien de su vida.
Por egoísta que sonara, prefería que Clay hablara de aquella mujer cuyo nombre aún no había mencionado y que había vivido enfrente de él.
—¿Y la mujer que has mencionado, la que vivía enfrente? —preguntó Elliot.
A Clay volvió a brillarle la mirada.
—La señora Collins. Siempre insistía en que la llamara señora de Collins, aunque su marido había muerto antes de que yo la conociera. Me decía que seguiría casada con él para siempre y que una menudencia como la muerte no iba a impedírselo.
Elliot no pudo evitar sonreír.
—Parece que era toda una romántica.
Clay meneó la cabeza, pero no intentó ocultar su leve sonrisa.
—Vaya si lo era. Nunca hablaba de mis padres, ni del edificio de mierda en el que vivíamos, ni del barrio de mierda en el que estábamos atrapados.
En lugar de eso, hablaba de otros lugares y otras personas.
Su familia había sido bastante rica, y a su marido tampoco le había ido mal.
No sé qué la llevó a vivir sola en aquel piso, pero había visto mucho mundo.
Poco a poco, Elliot vio cómo se desvanecía la frialdad que envolvía a Clay. Ya había vislumbrado algo parecido en breves momentos, pero era la primera vez que Elliot sentía que estaba conociendo al Clay que había detrás del adiestramiento, la inquietud y el peligro.
—Tenía fotos de todos los rincones del mundo.
Eran tantas que ni siquiera sabría decirte dónde había estado.
Siempre me decía que, de todos sus viajes, lo que más guardaba en el corazón eran las personas.
La señora Collins insistía en que siempre buscara a las personas buenas, las que querían hacer el bien.
—Parece que era una mujer encantadora —dijo Elliot.
Clay alzó la vista con una sonrisa triste.
—Lo era. De verdad que sí. Siempre decía que la solución a los problemas del mundo era el amor y la compasión, no la violencia y la ira. Madre mía, ¿qué diría si me viera ahora?
—No lo sé, yo no creo que estés haciéndolo tan mal —dijo Elliot.
Ante eso, Clay soltó una risa despectiva.
—Claro, matando gente por dinero. Seguro que estaría rebosante de orgullo. Dios, ni siquiera sé qué fue de ella. Siempre me ha dado demasiado miedo averiguarlo.
—Bueno, puede que no estuviera contenta, pero creo que vería lo que yo estoy empezando a ver.
Clay lo miró con recelo.
—¿Y qué es?
—A alguien que hace lo que puede con las cartas que le han tocado. Puede que no seas la persona que creías que ella quería que fueras, pero no te has perdido del todo. Después de lo que has pasado, es casi un milagro que aún te importe algo.
—No eres el primero que se empeña en ver en mí más de lo que hay —dijo Clay con frialdad.
Elliot le guiñó un ojo.
—Puede que yo también me esté poniendo un poco romántico, pero sí, creo que hay más.
Si todo te importara una mierda, irías a por cualquiera con tal de hacer el trabajo.
Pero no lo haces. Vas a por gente que, tecnicismos legales aparte, merece acabar mal.
También procuras que los demás no queden atrapados en el fuego cruzado y…
bueno, no tenías por qué hacer todo lo que has hecho para ayudarme.
—No creo que ponerte toda esta información delante de las narices sea precisamente ayudarte —dijo Clay con sequedad.
—Lo es. Porque prefiero saber qué clase de monstruo es antes que seguir caminando a ciegas detrás de él y ayudándolo —le dijo Elliot, convencido de cada palabra.
Clay se quedó mirándolo casi un minuto entero antes de bajar de nuevo la vista hacia su vaso.
—Antes quizá te habría dicho que te hacías ilusiones. Puede que incluso hubiera pensado que solo decías gilipolleces. Pero, sinceramente, empiezo a preguntarme si no habrá algo de verdad en ello.
—¿Tal vez haya una forma de cambiar las cosas?
Clay volvió a alzar la vista, frunciendo el ceño.
—¿Qué? Elliot, sé que aún no has decidido qué hacer con la información, pero eso no cambia el hecho de que estoy aquí por un motivo. De que voy tras tu jefe por un motivo.
—Y lo entiendo, de verdad. Pero acabas de decirme que ya ni siquiera estás seguro de que lo que haces esté bien. Merezca morir o no, quizá no matar a Anthony sea el primer paso para encontrar una salida a esta vida —insistió Elliot.
Clay soltó una risita y meneó la cabeza.
—¿Y qué propones? ¿Dejar marchar a Anthony sin más?
Elliot suspiró.
—No puede seguir saliéndose con la suya. Sé que hay una manera mejor de afrontar esto que hacer a ciegas lo que siempre has hecho. Acabas de decirme que las cosas han empezado a cambiar para ti.
—Por una razón u otra —dijo Clay enigmáticamente, escrutando el rostro de Elliot.
—Entonces, ¿por qué no seguir? ¿Por qué no continuar por este nuevo camino y construirte otra vida?
Clay se recostó en el sillón y su mirada se suavizó.
—Para gente como yo solo hay una forma de salir de esta vida.
Elliot vaciló.
—¿Cuál?
—Morir —dijo Clay con una sonrisa sombría.