13 Clay
Clay
Después de aquella charla, Elliot parecía haber perdido las ganas de hablar.
Clay no se lo reprochaba. La conversación no había sido precisamente alentadora.
Tampoco había sido mucho mejor para Clay.
Si a él no le había gustado desenterrar los demonios y fantasmas del pasado, dudaba que a Elliot le hubiera gustado escucharlo.
Desde luego, no le había levantado el ánimo a Clay.
De hecho, lo había dejado deseando salir y acabar con el trabajo.
El problema era que le había prometido a Elliot que se contendría durante un tiempo.
Cierto que la promesa solo duraría hasta que Elliot descubriera la verdad, pero Clay estaba dispuesto a respetar el espíritu del acuerdo, no solo la letra.
Así que, en vez de salir a meterle una bala en la cabeza a Anthony, se puso a dar vueltas por el piso.
Se dejó caer en el sillón del salón, pero no encontró una postura cómoda.
Al final, sus pensamientos empezaron a llevarlo hacia sus recuerdos, y volvió a levantarse para salir al balcón y contemplar la ciudad.
Había anochecido un par de horas antes, y podía mirar el cielo iluminado mientras la gente que estaba de fiesta y quienes trabajaban en el turno de noche seguían a lo suyo.
Había dejado su bebida a medias en la encimera de la cocina y ahora deseaba haberla traído.
Curiosamente, con Elliot cerca no le preocupaba tanto beber más de la cuenta.
A juzgar por aquella pequeña confesión sobre su pasado, parecía sentirse sorprendentemente cómodo con el otro hombre.
Clay no sabía explicárselo, y pensar en ello le producía una sensación extraña.
—¿Estás bien? —preguntó Elliot.
Clay se volvió. Se había olvidado de que Elliot seguía allí.
El hombre se había refugiado en su dormitorio, al parecer para darle vueltas a todo, y en las últimas dos horas Clay solo lo había visto salir para ir al baño y rellenar su vaso.
Ahora la bebida no se veía por ninguna parte, pero Clay estaba seguro de que no andaba lejos de Elliot.
—Es que estoy… inquieto —dijo Clay, volviendo la vista hacia los edificios.
—Sé lo que se siente. Solo aguanto cierto tiempo con el culo pegado al sofá, dándole vueltas a las cosas, antes de necesitar ponerme en marcha —dijo Elliot al salir al balcón junto a Clay.
—¿Ponerte en marcha?
—Ya sabes, hacer algo, lo que sea. No se me da bien quedarme sentado pensando.
—Yo diría que haber frustrado mis intentos de matar a tu jefe más de una vez demuestra que se te da bastante bien pensar.
—Qué va, eso es actuar después de pensar. Quedarme aquí sentado, dándole vueltas a todo, es solo… pensar. Eso se me da fatal.
Clay no pudo evitar reírse.
—Me preocupa que lo que acabas de decir tenga todo el sentido del mundo.
—¿Porque lo has visto o porque a ti te pasa lo mismo?
—Porque a mí me pasa exactamente lo mismo. Estar aquí sentado sin hacer absolutamente nada, sobre todo cuando sé que debería estar haciendo algo, es una tortura.
Elliot se apoyó en la barandilla del balcón.
—No voy a disculparme por no querer que salgas corriendo a matar a Anthony.
Clay lo miró de reojo, sin decir nada. Elliot se había puesto una camiseta sencilla y unos pantalones de pijama.
A Clay le hizo gracia ver que los pantalones estaban estampados con pequeñas granadas de dibujos animados que lucían enormes sonrisas.
Tan cerca de él, percibía el aroma de su colonia, tenue pero con un punto agreste.
Clay no sabía identificarla, pero, por alguna razón, se la imaginaba mezclándose a la perfección con el olor a pólvora y humo.
—No, y tampoco querría que lo hicieras —dijo Clay con sinceridad—. Sé que tienes que resolver esto por ti mismo.
Elliot bajó la mirada hacia sus manos y arrugó la frente.
—La pregunta que no deja de rondarme la cabeza es: ¿por qué?
Clay arqueó una ceja.
—¿Qué pasa? ¿No quieres que me contenga?
—No he dicho eso. No me molesta que sigas controlándote y no vayas a por él. Pero no entiendo por qué lo haces. No tenías por qué hacer esa promesa, y, joder, desde luego no tenías ninguna obligación de cumplirla. Así que ¿por qué hacerlo?
Clay se agarró a la barandilla y se echó hacia atrás para mirar el cielo.
—Esa… es una muy buena pregunta. Y, sinceramente, no tengo respuesta.
—Pues si tú no la tienes, yo menos.
Clay lo observó con una sonrisa ladeada.
—¿En serio? Porque antes parecías tener unas cuantas ideas bastante buenas sobre cómo soy. Al menos, esa fue la impresión que me diste.
Elliot se encogió de hombros.
—Y sigo creyendo que no me equivoco. De verdad creo que intentas hacerlo lo mejor posible con las opciones que te han tocado. Y también creo que quieres algo mejor.
Algo mejor estaría bien, hasta Clay podía admitirlo.
Podría significar una vida en la que no tuviera que mirar siempre por encima del hombro.
Podría darle la oportunidad de aspirar a un futuro que no estuviera empapado de sangre y que probablemente acabara de forma violenta.
Algo mejor era precisamente lo que la señora Collins habría querido para él.
Pero ¿podía aspirar a algo mejor?
Clay negó con la cabeza y cerró los ojos.
—Desde luego, tú ves algo que yo no veo.
—Eso no dejas de decirlo. Pero ¿soy yo quien no ve las cosas con claridad o eres tú quien tiene miedo de verlas?
El miedo nunca había tenido mucho sitio en la vida de Clay.
Su mentor se había encargado de ello. Sin embargo, si examinaba la situación de verdad, tenía que reconocer que sí, que le daba un poco de miedo.
No morir. La muerte, al menos, sería una solución a su problema.
Peor era el miedo a luchar por otra cosa y descubrir que todo se venía abajo.
—¿Y si no puedo aspirar a algo mejor? ¿Y si esto es todo lo que soy y todo lo que seré? —preguntó Clay.
—¿Y si te niegas a intentarlo y un día acabas deseando haberlo hecho? ¿Crees que tu vida será mejor si terminas siendo el que muere en un encargo? ¿Y si encuentras algo mejor, luchas por conseguirlo y lo consigues de verdad? ¿Y si tu vida pudiera pertenecerte? —insistió Elliot.
Clay miró a Elliot con impotencia.
—Ni siquiera sé por dónde empezar.
Elliot alargó la mano y le rozó con suavidad la mandíbula a Clay.
—Clay, ya has empezado. Demonios, has sentado las bases para ser mucho más que un arma al servicio de unos capullos con dinero. No renuncies a ello solo porque no sabes adónde puede llevarte.
Los dedos de Elliot se detuvieron, cálidos, en el cuello de Clay y lo sujetaron con delicadeza.
Más cálidas aún eran las palabras de Elliot, la fe que tenía en Clay.
Aquel hombre no tenía ni un puto motivo para preocuparse por Clay.
Y, sin embargo, pese a la hostilidad que había entre ellos al principio, creía de verdad que Clay podía llegar a ser algo más.
El viejo consejo de la señora Collins volvió a su memoria por segunda vez aquella noche.
Busca a las personas buenas, a las que quieren hacer el bien.
Clay respiró hondo para armarse de valor, mientras aspiraba también el aroma masculino de Elliot, y cedió a la tentación. Mientras se inclinaba hacia Elliot, una pequeña parte de su mente rezaba por haber interpretado bien las señales.
La otra mano de Elliot le rodeó la cintura mientras la que reposaba en el cuello de Clay apretaba un poco más.
Sus labios se encontraron, y Clay sintió que la sorpresa le arrebataba de los pulmones la profunda bocanada de aire que acababa de tomar.
Nunca había entendido a qué se refería la gente cuando hablaba de una chispa o decía sentirse viva al contacto de su pareja.
Siempre le había parecido una exageración para describir aquella sensación cálida pero fugaz que solía sentir al compartir la cama con otro hombre.
Sin embargo, no había otra forma de describir la sacudida que le recorrió el cuerpo cuando los labios de Elliot rozaron los suyos.
Se le hizo un nudo en el estómago, una sensación extrañamente placentera y densa que se acentuó cuando los dedos de Elliot se cerraron con más fuerza sobre él.
Clay se apretó contra Elliot, preguntándose cómo demonios el mero hecho de acercarse al cuerpo de alguien podía resultar tan agradable, tan natural, como con Elliot.
Podían haber pasado segundos o varios minutos cuando Clay por fin se apartó. Elliot lo miraba desde arriba con expresión aturdida, la boca entreabierta y los labios enrojecidos.
—Ah —susurró Elliot.
—Eso digo yo —murmuró Clay.
—Clay… —empezó Elliot, con pinta de estar a punto de perder el hilo de sus pensamientos.
Clay se apresuró a hablar, con el corazón desbocado.
—Si fuéramos a tu habitación ahora mismo, ¿te arrepentirías?
—¿De pasar la noche contigo? —preguntó Elliot.
—Sí.
—No, no me arrepentiría.
En la respuesta de Elliot no hubo reflexión, ni vacilación, ni la menor duda. A Clay le sorprendió que respondiera tan rápido. Teniendo en cuenta lo que Elliot sabía de él, quién era, a qué se dedicaba y de dónde venía, Clay había esperado que al menos se lo pensara un momento.
—¿Así, sin más? —preguntó Clay.
Elliot volvió a inclinarse y besó a Clay con ganas.
—Así, sin más.
Antes de que Clay pudiera hacer otra cosa que soltar un pequeño resoplido, sintió que lo alzaban.
No era la primera vez que un hombre lo cogía en brazos, pero Clay se aferró con fuerza a Elliot y dejó escapar un gruñido de sorpresa.
Elliot esperó a que Clay, con el ceño fruncido, le rodeara la cintura con las piernas.
—Deja de darle tantas vueltas y déjate llevar —le dijo Elliot.
Era más fácil decirlo que hacerlo, aunque tampoco le resultaba fácil encontrar una respuesta adecuada ahora que era consciente del cuerpo de Elliot apretado contra el suyo.
Clay recordó que antes había pensado que Elliot era la versión humana de un tanque.
Desde los hombros que Clay rodeaba con los brazos hasta el vientre que notaba contra su entrepierna, Elliot tenía una complexión robusta.