11 Clay
Clay
Clay soltó un suspiro profundo y entró en su habitación del motel.
Lo primero que hizo fue examinarla en busca de algo fuera de lugar.
Había colgado en el pomo de la puerta, por fuera, el cartel que indicaba que no quería servicio de limpieza.
Eso no detendría a todo el mundo, pero sabía que hasta el menor cambio podía ser señal de peligro.
Después de revisar a fondo la habitación y comprobar que todo seguía en su sitio, volvió a su bolsa. La abrió, sacó el portátil y lo encendió. Mientras arrancaba el ordenador, rebuscó el móvil en el fondo de la bolsa. Respiró hondo, marcó el número de Fate y escuchó los tonos de llamada.
Al tercer tono, oyó su voz al otro lado de la línea.
—Clay. Me alegra saber de usted. ¿Llama para comunicarme que ha tenido éxito?
Clay respiró hondo.
—No. Necesito que vuelva a enviarme los archivos sobre el objetivo.
—¿No los conservó?
—No. Nunca guardo nada de eso en un dispositivo que vaya a tener que dejar sin vigilancia. Los revisé y los borré.
—Una decisión prudente. Pero ¿por qué los necesita otra vez?
Porque esperaba que Elliot hubiera encontrado pruebas suficientes para estar dispuesto a ver lo que Clay tenía que enseñarle y creerle.
Otra cosa muy distinta era que eso bastara para que Elliot se apartase y dejara que Clay hiciera su trabajo.
Clay tenía que repetirse que aquel encargo era como cualquier otro. Debía ir paso a paso.
—Porque puede que haya algo que me ayude a superar las complicaciones de las que le hablé —le dijo Clay.
—Mmm. Este encargo está resultando más complicado de lo que nos hicieron creer a los dos —comentó Fate.
—No sabe cuánto.
Hubo una pausa antes de que Fate volviera a hablar.
—Puedo enviárselos. Pero me pregunto si no estará pasando… algo más.
Clay apretó el móvil con más fuerza.
—¿A qué se refiere?
—A que ha estado bastante raro estos últimos meses.
Clay suspiró.
—Ya me lo ha dicho antes, pero, como le he repetido, estoy bien.
—No sería el primer agente que empieza a buscar una salida.
—Y si alguna vez quiero que alguien venga a pegarme un tiro en la cabeza, será la primera en saberlo.
—Ah. Conseguir que lo retiren a la fuerza es, desde luego, una forma de hacerlo. Aunque no la única.
Clay vaciló.
—¿Ah, no?
—¿De verdad cree que todos los agentes que se retiraron murieron?
—Suele ser lo habitual, ¿no?
—O eso parece.
Clay frunció el ceño y se obligó a aflojar un poco los dedos alrededor del móvil.
Conocía de oídas a varios agentes que habían muerto, bien en acto de servicio, bien a manos de alguien enviado por la Agencia.
Nunca había oído que ninguno se hubiera marchado por su propio pie ni que lo hubieran visto después.
Claro que la Agencia eliminaba los expedientes de sus agentes cuando morían.
Tras la muerte de un agente, ya fuera confirmada o solo constara en los informes, no quedaba nada que permitiera identificarlo.
—Interpretaré su silencio como señal de que lo ha entendido.
Clay soltó una risita.
—¿Y a nadie de la Agencia se le ocurriría confirmar esas muertes que, por lo visto, «solo constan en los informes»?
—Alguien lo hace.
Clay entreabrió los labios.
—Los enlaces.
—Exacto. Como enlace suyo, mi trabajo consiste en proporcionarle la información y los recursos necesarios para cumplir sus contratos.
También tengo el deber de vigilarlo y hacer un seguimiento de las lesiones que sufra o de su muerte.
Los enlaces nos ocupamos de buena parte del trabajo administrativo.
Si demasiada información cae en manos de demasiada gente, el riesgo de que nos descubran o de que toda la operación se venga abajo es excesivo.
—Pero, si queda en manos de unos pocos enlaces competentes, solo corren peligro las «células» individuales, no el conjunto —concluyó Clay.
—Precisamente.
Clay asimiló aquello y dejó que la insinuación calara en él.
Nunca se había planteado en serio la posibilidad de librarse del control de la Agencia.
No le había parecido factible, al menos sin acabar antes dentro de una bolsa para cadáveres.
Pero allí estaba Fate, ofreciéndole una salida, y fingir su muerte no sería precisamente difícil.
El verdadero problema era si podía creer que Fate le decía la verdad y si ella cumpliría de veras el papel que insinuaba estar dispuesta a desempeñar.
Clay se aclaró la garganta.
—Qué visión tan fascinante del funcionamiento interno de la Agencia.
—Claro, ya sé lo curioso que puede llegar a ser usted. Pensé que le gustaría echar un vistazo.
—Podría decirse.
—Cambiando de tema, le he enviado los archivos que pidió. Yo que usted los descargaría enseguida. Y buscaría la manera de resolver este contrato, de un modo u otro, antes de que la Agencia empiece a fijarse.
Sí, lo último que necesitaba era que la Agencia pusiera los ojos en él. Llevaba tanto tiempo trabajando para ellos que prácticamente le daban carta blanca. Lo último que le convenía, justo cuando le ofrecían una posible vía de escape, era atraer su atención.
—El asunto se resolverá pronto —le aseguró Clay.
—Espero con interés los resultados.
La llamada terminó con un pitido y Clay se quedó mirando el móvil, preguntándose si Fate había sido sincera con él.
Por otra parte, si no lo había sido, acabaría muerto y ya no tendría ocasión de preocuparse por el rumbo de su vida.
No era el pensamiento más optimista del mundo, pero encerraba un extraño consuelo fatalista.
Descargó los archivos antes de desconectarse del servidor privado y oculto que compartía con Fate.
Por mucho consuelo que pudiera encontrar él en su destino, dudaba que Elliot encontrara el mismo en aquellos archivos.
Viera lo que hubiese visto Elliot a lo largo de su vida, parecía empeñado en creer en la bondad de los demás.
Nada lo dejaba más claro que su manera de tratar a Clay.
Puede que aquel hombre lo hubiera mantenido prisionero durante un tiempo, pero ahora, de repente, Clay era libre.
En realidad, debería haber aprovechado la ocasión para volver inmediatamente y terminar el trabajo.
En lugar de eso, intentaba abrirle los ojos a Elliot sobre los crímenes de su jefe.
¿Serviría de algo? Lo único que conseguiría sería hacer daño a Elliot, obligarlo a asumir que había estado ayudando a un monstruo a seguir con vida. Y, aunque descubriera la verdad, ¿dejaría que Clay acabara con aquel monstruo de una vez por todas? Es más, ¿quería Clay que Elliot se apartase?
Se colocó el portátil bajo el brazo y salió de la habitación del motel. Por muchas vueltas que le diera, solo había una forma de averiguarlo.
* * *
Regresó al piso de Elliot poco después de que el sol empezara a ponerse.
Con el portátil bajo el brazo, subió las escaleras del edificio preguntándose qué se encontraría.
Le hizo cierta gracia llamar a la puerta de Elliot.
Apenas un par de noches antes, había estado merodeando por los alrededores del edificio para entrar a escondidas.
La puerta se abrió y Elliot apareció en la franja de luz. Por la ceja enarcada y los labios apretados, Clay comprendió que Elliot no lo esperaba.
—Bueno, buenas noches —dijo Clay—. ¿Puedo pasar?
Elliot retrocedió con un gruñido.
—No esperaba que volvieras tan pronto.
—Ni que volviera nunca, seguro —dijo Clay mientras entraba.
La luz del pasillo estaba encendida, pero el ordenador sobre la mesa de centro le indicó dónde había pasado el tiempo Elliot. Tratando de recordar que era un invitado, Clay entró en el salón y esperó a que Elliot volviera a instalarse en el sofá antes de sentarse.
—Sí, ni que volvieras nunca. No me sorprendió ver que te habías ido cuando regresé del trabajo. Pero pensé que llamarías o algo, en vez de venir —le dijo Elliot mientras se sentaba.
Clay eligió el sillón más cercano al sofá.
—¿Por qué?
—Bueno, no me imagino que guardes muchos recuerdos agradables de este sitio —dijo Elliot.
Clay soltó una risa breve.
—Tienes razón, pero he pasado por cosas peores. Al fin y al cabo, entré en tu piso para intentar envenenarte. Creo que tuve bastante suerte de que solo me secuestraras y me drogaras.
Elliot arrugó la nariz.
—Dicho así suena tan…
—¿Feo? —sugirió Clay.
—Sí.
—Bah, no te sientas tan mal. Te encontraste en una situación bastante peculiar. Si yo hubiera pillado a alguien entrando a escondidas donde me alojaba, habría hecho muchas menos preguntas.
—Apuesto a que no habrías hecho ni una.
—Bueno, no está de más preguntar al menos de dónde viene alguien y para quién trabaja. Seguramente no obtengas respuesta, pero preguntar no hace daño.
—Eres, eh… muy sincero con todo esto.
Clay sonrió.
—Sabes lo que soy, Elliot, y sabes a qué me dedico. No tiene sentido ocultar los detalles.
Elliot negó con la cabeza.
—No lo decía como algo malo. No me malinterpretes: al principio se me hizo un poco raro que hablaras con tanta franqueza. Pero cuanto más lo haces, más me gusta.
—Me alegra muchísimo que empieces a sentirte cómodo con mi trabajo de asesino a sueldo —le dijo Clay con sequedad.
Elliot levantó la vista, frunciendo el ceño.
—¿Era… una broma?
—A tu costa.
Elliot sacudió la cabeza.
—No quería decir que me parezca bien tu trabajo, pero puede que esté dispuesto a pasarlo por alto teniendo en cuenta a la gente a la que persigues.
Al oírlo, Clay bajó la mirada hacia el ordenador que había sobre la mesa.
—¿Eso significa que has descubierto algo?
Elliot bajó la vista y su expresión se ensombreció.
—He estado, eh… curioseando un poco hoy en el trabajo.
Clay vio la memoria USB que sobresalía del portátil.
—¿Has encontrado algo?
—He encontrado… bueno, archivos. Y, escondida entre ellos, estaba esta colección —dijo Elliot en voz baja, sin apartar los ojos de la pantalla.
Clay dejó su propio portátil sobre la mesa.
—¿Una colección? ¿De negocios?
—De personas.
Clay asintió.
—Hombres y mujeres, sobre todo mujeres. Todos jóvenes y atractivos. Algunos con aptitudes que los convertirían en excelentes empleados domésticos o incluso encargados.
Elliot levantó la vista y se frotó la mandíbula con nerviosismo.
—Lo sabías.
—Lo he sabido desde el principio —dijo Clay, acercándole el portátil con un empujoncito.
Elliot bajó la mirada y apretó los labios.
—Déjame adivinar: tienes más que esto.
—Has encontrado suficiente para confirmar tus peores temores. Lo que tengo aquí los hará aún más reales y añadirá cosas nuevas —le dijo Clay.
Elliot acercó el portátil y apartó su ordenador a un lado.
—¿Por qué no me enseñaste esto antes?
—¿Sinceramente? Porque no estabas preparado para creerme. Estabas dispuesto a escuchar, pero no querías creer que el hombre para el que has estado trabajando fuera capaz de hacer algo así.
—Vaya, cuando te pones sincero, no te andas con rodeos, ¿eh?
—Querías saber la verdad, pero tenías que dar el primer paso por tu cuenta. Volví a conseguir estos archivos mientras estabas en el trabajo. No sabía cuánto tardarías en encontrar la información que necesitabas, pero quería tenerlos a mano para cuando ocurriera.
—¿Y ahora que lo sé?
—Ahora puedes saberlo todo.
Elliot abrió el portátil y se quedó mirando la pantalla mientras se iluminaba.
—Voy a necesitar una copa para esto, ¿verdad?
Clay le dedicó una sonrisa de comprensión.
—Cuando acabes, seguro que sí. Pero probablemente te convenga estar sobrio mientras lees.
—Y yo sin nada que beber en casa.
Clay alargó la mano y le dio unas palmaditas en la rodilla.
—Iré a comprar algo. ¿Cerveza o algo más fuerte?
—Tráeme lo que sea. Pero asegúrate de que sea fuerte.
La mano de Clay permaneció unos instantes sobre la rodilla de Elliot antes de apretársela y retirarla.
No parecía justo obligar a Elliot a enfrentarse a la verdad.
Por otra parte, habría sido peor ocultársela.
Desde el momento en que empezó a hablar, atado en el suelo del piso de Elliot, Clay se había comprometido a ponerse de su lado.
No ser del todo sincero habría sido un insulto para el hombre al que había llegado a respetar.
—De acuerdo, ahora vuelvo —dijo Clay, poniéndose de pie.
—Gracias —le dijo Elliot mientras abría los archivos.
—Dame las gracias cuando lo hayas leído todo —murmuró Clay al salir.