Matar o besar (Los héroes de Port Dale 2) 9 Clay #2
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9 Clay #2

Clay había asimilado bien aquellas lecciones.

Algunas le costaron más que otras, pero acabó aprendiéndolas todas.

Nunca dejes nada sin limpiar. No era sino otra forma de decir que nunca debías dejar un rastro que pudieran seguir.

Sé rápido y silencioso, y no muestres la menor piedad.

Hunde la hoja, aprieta el gatillo, haz lo que sea necesario para matar al objetivo, pero nunca mires atrás con otra cosa que no sea satisfacción.

Era inevitable que personas como Elliot lo juzgaran, pero quien había desechado la moral podía hacer oídos sordos sin problema.

Entonces, ¿por qué diablos le molestaba tanto?

Los puños de Elliot se tensaron, se relajaron y volvieron a tensarse y a relajarse, en un movimiento incesante.

Clay lo observaba, preguntándose si iba a pegarle.

Al menos eso sería más fácil de soportar que su condena, que aquella expresión casi decepcionada.

Para su sorpresa, Elliot soltó el aire despacio, relajó las manos y se sentó a los pies de la cama.

—⁠Tienes razón —⁠murmuró Elliot.

Clay parpadeó.

—⁠¿Cómo dices?

Elliot bajó la mirada hacia su regazo, ocultando la mitad del rostro.

—⁠He dicho que tienes razón. Puedo quedarme aquí juzgándote todo lo que quiera, pero yo también tengo las manos manchadas de sangre.

Durante mucho tiempo intenté convencerme de que lo que hacía estaba bien.

De que era justo. Funciona bastante bien si no le das demasiadas vueltas.

Solo tienes que recordar lo que te enseñaron, obedecer órdenes y mantenerte ocupado con el trabajo.

Y cuando estás de permiso o tienes algún rato libre, buscas otras maneras de distraerte. La bebida, el sexo, lo que sea.

Vaya, aquello sonaba inquietantemente familiar.

Tanto que Clay se quedó mirando a Elliot, mudo de asombro.

Lo que había sobresaltado a Clay no era tanto la idea de que los dos hubieran seguido pautas parecidas para eludir sus pensamientos y recuerdos como la inquietante posibilidad, surgida de repente, de que estuvieran evitando las mismas cosas por los mismos motivos.

Dios, ¿de verdad llevaba todo ese tiempo perdiendo facultades?

Elliot levantó la vista y le dedicó una media sonrisa.

—⁠¿Por eso haces lo que haces?

—⁠¿Matar gente? —⁠preguntó Clay con una risa despectiva.

—⁠Matar a cierto tipo de gente, supongo —⁠aclaró Elliot, ladeando la cabeza con curiosidad.

—⁠Yo… —⁠empezó Clay. Se obligó a respirar hondo y a dominar su expresión⁠—⁠.

Mato a esa gente porque es la más difícil.

¿Qué gracia tiene matar a un banquero o a un cónyuge infiel?

Eso no tiene ninguna emoción. ¿Los narcotraficantes y los traficantes de personas?

Esos sí que cuentan con auténticas medidas de seguridad.

Para alguien como yo, son el verdadero desafío.

Elliot lo observó durante casi un minuto entero y Clay no tuvo más remedio que sostenerle la mirada.

No era la primera vez en los últimos diez minutos que se sentía incómodo bajo el escrutinio de Elliot, pero Clay desde luego no se estaba acostumbrando.

¿Qué estaría pensando Elliot? ¿Qué veía en él?

—⁠¿No me estabas reprochando hace un momento que te pintase como el malo? —⁠preguntó al fin Elliot.

—⁠Sí. ¿Adónde quieres ir a parar?

—⁠¿Por qué te molesta, si te da igual lo que haces? Es más, si lo haces por la emoción, ¿por qué te molestas en justificarte ante alguien como yo?

—⁠¿Alguien como tú?

—⁠Alguien que, evidentemente, estaba dispuesto a llamarte de todo.

Clay no sabía qué responder a las preguntas de Elliot. Por mucho que le hubiera indignado que lo juzgara, la mirada de tierna comprensión en el rostro de Elliot era todavía peor.

Por Dios, no podía estar volviéndose blando y, maldita sea, no lo había sido en todo ese tiempo.

Ablandarse abriría la puerta a un sinfín de problemas para los que no estaba preparado.

¿Acaso no buscaba todo el mundo en su profesión maneras de sobrellevar lo que hacía?

¿No se volvían exigentes con los encargos, se preguntaban cómo sería ser libres, soñaban de vez en cuando con una vida normal?

Era normal. No estaba perdiendo facultades.

Clay respiró hondo, odiando que le temblara el aliento.

—⁠Mira, ¿es esta tu forma de intentar llevarme a la cama o vas a decirme si te crees lo de tu jefe?

Elliot parpadeó.

—⁠¿Llevarte a la…? Oye, eso me recuerda una cosa.

—⁠¿Ah, sí? —⁠preguntó Clay con una sonrisita burlona.

—⁠Ni lo intentes. No vas a distraerme.

—⁠Qué pena.

—⁠Aquella noche en el bar.

Clay dejó escapar un leve murmullo de comprensión.

—⁠Si vas a preguntarme si aquel encuentro fue intencionado, la respuesta es no. Créeme, me sorprendió bastante ver que aquel armario tan atractivo había empezado a trabajar de pronto junto al objetivo del encargo que había aceptado.

—⁠¿Atractivo, eh? —⁠preguntó Elliot.

Clay frunció el ceño.

—⁠¿Quién intenta distraer a quién ahora?

Elliot rio entre dientes.

—⁠Es lo primero realmente amable que dices de mí. No he podido resistirme.

—⁠No, es lo primero realmente amable que digo sobre tu aspecto. Piensa un poco y verás que ya te había hecho un cumplido.