9 Clay
Clay
Recobrar la consciencia era como intentar nadar en melaza fría, mientras Clay notaba cómo le volvían los sentidos.
El oído fue el primero en regresar: el ruido lejano de los coches en la calle, seguido del chasquido y el zumbido de la nevera en algún lugar del piso.
Después llegó el gusto, con algo espeso y amargo en la lengua, y un pensamiento nebuloso le recordó que eran las drogas.
Claro, había dejado que lo drogasen.
Entreabrió los ojos y miró a su alrededor.
Lo último que recordaba era estar sentado con la espalda apoyada en la pared.
La superficie sobre la que descansaba era firme, pero no tanto como el suelo y la pared.
Su cerebro embotado tardó un momento en comprender que ahora estaba tumbado boca arriba en la cama.
—Vaya —fue lo único que consiguió decir.
Seguía atado, aunque eso ya se lo esperaba.
La mente de Clay empezaba a despejarse de la bruma de las drogas y sus pensamientos se volvían más claros y precisos.
La luz que se filtraba por las ventanas era cálida y cada vez más tenue.
Sabía de sobra que la dosis no habría sido tan floja como para dejarlo inconsciente solo hasta el amanecer, así que lo lógico era suponer que estaba anocheciendo.
—Hum, no me duele la cabeza —observó, pasándose la lengua por los dientes.
Pocas sustancias podían dejarlo tan profundamente inconsciente con tan pocos efectos secundarios.
Y había aún menos sitios donde conseguirlas.
Clay resopló mientras se desplazaba poco a poco hacia atrás, intentando servirse del cabecero para incorporarse.
Se habría apostado la mitad de lo que le pagaban por su objetivo actual a que Elliot tenía contactos entre sus antiguos compañeros del ejército, tanto dentro como fuera de las fuerzas armadas, que le proporcionaban información y recursos.
La puerta de la habitación vibró y notó un cambio en la presión del aire.
Luego se oyó el golpe sordo de la puerta del piso al cerrarse.
Esperaba que Elliot no hubiera decidido llamar a la policía.
Clay estaba seguro de que acabaría escapando del coche patrulla o de la cárcel, pero aquello lo pondría en un aprieto.
La Agencia no veía con buenos ojos que sus agentes se dejasen capturar por las autoridades, lo que echaría por tierra el anonimato que había conservado durante años.
La voz grave de Elliot resonó por el pasillo.
—Y tampoco puedo pedirte perdón infinitas veces, Ana.
Se produjo una pausa y Clay aguzó el oído.
Elliot soltó un bufido.
—Bueno, ¿y si te compenso? No, ahora no. Ya te he dicho que estoy… ocupado con este último contrato. Pero cuando termine, te lo compensaré… Sí, te lo prometo.
¿Su mujer? ¿Su novia? Clay no sabía qué preferencias tenía Elliot, pero aquella era una mujer con la que salía o que lo conocía bien. Solo una pareja o un hermano podían poner a un hombre contra las cuerdas y hacerlo retorcerse así.
—Ya te diré algo, ¿vale? Sí, estoy intentando librarme de ti. Acabo de llegar a casa y quiero descansar. Ajá. Yo también te quiero —continuó Elliot, con la voz cada vez más cerca.
Clay no tuvo que esperar mucho antes de que se abriera la puerta y Elliot entrara en el dormitorio.
Los ojos oscuros de aquel hombre corpulento pasaron rápidamente del rostro de Clay al resto de su cuerpo.
Por un momento, Clay sintió la tentación de soltar otra obscenidad.
Al fin y al cabo, era su prisionero y, si provocar a Elliot para arrancarle otro silencio incómodo o una pausa embarazosa le proporcionaba algo de diversión, nadie podía culpar a Clay.
En lugar de eso, le sostuvo la mirada con una leve sonrisa.
No había bromeado al decir que, en otras circunstancias, Elliot le atraería.
Era guapo, imponente y, lo que era más importante, competente.
Aunque Clay estaba seguro de que, si llegaban a enfrentarse de verdad, él saldría vencedor, Elliot tampoco se quedaba atrás.
Sabía usar el cuerpo en una pelea casi tan bien como la cabeza para superar a sus adversarios.
Y, para su desgracia, le gustaba aquel aire de chico bueno.
Elliot carraspeó y levantó una botella de agua.
—Me parece que vas a necesitar esto.
De pronto, Clay fue dolorosamente consciente de lo secas que tenía la boca y la garganta.
Una parte de él se rebelaba contra la idea de deberle nada a Elliot.
Sin embargo, era práctico hasta la médula y sabía que el orgullo no le serviría de nada.
Además, sospechaba que Elliot le ofrecía el agua por el mismo motivo por el que había acostado a Clay en la cama mientras estaba inconsciente.
Clay tanteó sus ataduras.
—Creo que podré beber, pero tendrás que quitarme el tapón.
—Dicho y hecho —respondió Elliot. Desenroscó el tapón y puso la botella fría en las manos de Clay.
Clay no se molestó en guardar las formas.
Sujetó la botella con las manos atadas, se la llevó a los labios y bebió con avidez.
El agua era deliciosamente refrescante, aunque no estaba helada.
Sintió que el líquido le enfriaba las entrañas, mientras su garganta y su boca agradecían el alivio en silencio.
—Ah —suspiró Clay cuando apuró la botella—. Gracias.
—A mí también me han administrado esa porquería. La sequedad de boca que deja después es una putada —dijo Elliot al recuperar la botella vacía.
—Me preguntaba si sería algo del ejército —dijo Clay.
Elliot asintió, aplastó la botella y volvió a enroscarle el tapón.
—Sí, nunca sabes cuándo te puede venir bien algo así.
—¿Y por qué ibas a necesitar que te administraran eso? —preguntó Clay con curiosidad.
Elliot esbozó una sonrisa sin humor.
—A veces te hieren en una misión, pero la cabeza no siempre sale de allí contigo.
Mientras miraba distraídamente la pared, en los ojos de Elliot asomó lo que Clay solo podía describir como el fantasma de un recuerdo.
Clay no se sorprendió, teniendo en cuenta los datos biográficos que Elliot había incluido en su página web.
Eran escasos, pero Clay sabía demasiado bien por lo que pasaban hombres y mujeres en combate y en la guerra.
Un veterano como Elliot habría visto cosas de sobra para que lo atormentasen incluso despierto.
—A veces cuesta distinguir los sueños de la realidad —dijo Clay.
Elliot resopló y tiró la botella a la papelera.
—Sí, a veces. Se tarda un poco en poner orden en la cabeza.
Clay lo observó, sintiendo una punzada de compasión y una profunda comprensión. Fue un momento extrañamente humano entre los dos, atrapados entre la misión encomendada a Clay y el papel de Elliot. Y, aun así, Clay entendía demasiado bien los problemas de aquel hombre.
Elliot negó con la cabeza y se le endureció el gesto.
—No hagas eso.
—¿El qué? —preguntó Clay.
—Actuar como si lo entendieras. Tú matas a sangre fría.
Y hasta ahí había llegado aquel breve instante de comprensión.
Clay resopló, apartó la cara y dirigió la mirada hacia las ventanas cubiertas por las cortinas.
Quizá había sido una estupidez pensar que habían conectado.
Tal vez Fate tenía razón y estaba empezando a perder facultades.
No era propio de él ponerse sentimental, ni siquiera en la intimidad de sus pensamientos.
—Y eso no tiene nada de hipócrita, claro —dijo Clay en voz baja.
—¿Qué quieres decir con eso? —quiso saber Elliot.
Clay volvió la cabeza bruscamente para mirar otra vez a Elliot.
—¿Esperas que me crea que nunca has matado? ¿Que nunca has acribillado a nadie ni lo has destripado con un cuchillo a sangre fría?
—Eso era distinto.
—¿Ah, sí? ¿En qué?
—Hice lo que tenía que hacer para sobrevivir. ¿Qué demonios se supone que haces cuando alguien viene a por ti con una pistola, una granada o, qué sé yo, un cuchillo oxidado? ¿Te tumbas y te dejas matar? —preguntó Elliot, casi temblando de indignación.
Clay bufó.
—No, lo matas sin contemplaciones. Yo también he tenido que hacerlo. La diferencia entre tu trabajo de asesino al servicio del Gobierno y el mío de asesino a sueldo es que yo sé a quién mato. Conozco su vida, su trabajo, su familia. Lo sé todo sobre ellos.
—Ese es precisamente mi argumento.
—No, tu argumento es que matar gente a ciegas al servicio de tu país te hace moralmente superior a mí por algún motivo.
Mataste a personas que luchaban por aquello en lo que creían, y creían en ello con tanta fuerza que estaban dispuestas a luchar y morir por ello.
¿Y yo? Yo mato a monstruos, y de eso no hay ninguna duda.
Las manos de Elliot se cerraron en puños a ambos lados del cuerpo.
—¿Y crees que eso lo hace mejor?
—Aquí el único que intenta decidir qué está bien y qué está mal eres tú.
Hace mucho que no necesito justificar moralmente lo que hago.
Tú, por lo visto, sí necesitas hacerlo para poder vivir con la sangre que tienes en las manos.
Así que júzgame todo lo que quieras, pero no pienses ni por un segundo que estoy convencido de ser la peor persona de esta habitación.
Dios, ¿por qué le importaba siquiera lo que Elliot pensara de él?
¿Por qué le dolía ver aquella mezcla de ira y reproche en sus ojos?
Clay llevaba años quitando vidas y se le daba condenadamente bien.
Le habían arrancado la vergüenza y la culpa hacía muchos años.
Su mentor se había encargado de ello. Uriel siempre había sido un cabrón frío, pero sabía qué debilidades tenía que extirpar del adolescente que estaba a su cargo.