Matar o besar (Los héroes de Port Dale 2) 8 Elliot #3
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8 Elliot #3

—⁠Llevo lentillas de un solo uso. Y ya de por sí no se debe dormir con las lentillas normales. No quiero ni imaginar qué les pasaría a mis ojos si me quedara inconsciente con estas puestas. Pienses lo que pienses de mí, preferiría no perder la vista.

Elliot parpadeó.

—⁠¿Llevas lentillas?

—⁠¿Qué pasa? ¿Creías que este marrón tan corriente era mi color de ojos de verdad?

Elliot se fijó bien en el hombre que tenía atado delante.

Le sorprendió de nuevo lo corriente que parecía Clay.

Siempre que se pasaran por alto las ataduras, claro.

No es que fuera feo, pero ni su pelo castaño, ni su piel clara aunque no pálida, ni la forma de su cara tenían nada que llamara la atención a primera vista.

Y, sin embargo, cuando se conocieron, Elliot se había sentido atraído hacia él, como si algo en aquel hombre reclamara la atención de Elliot.

—⁠Está bien, no te muevas. Como intentes algo, te doy una patada en el culo y luego te pongo la inyección —⁠advirtió Elliot.

Clay sonrió.

—⁠Me portaré bien. A decir verdad, Elliot, creo que me gustas más ahora que sabemos quiénes somos en realidad.

—⁠No sé muy bien qué pensar de eso —⁠masculló Elliot mientras se agachaba.

—⁠No espero que pienses nada al respecto.

Elliot bufó y esperó a que Clay echara la cabeza hacia atrás y se quedara quieto.

Tras respirar hondo, Elliot alargó la mano, pellizcó con cuidado la fina lentilla y se la quitó.

Clay cerró el ojo al instante y parpadeó deprisa mientras Elliot le quitaba también la otra.

Al comprobar que eran desechables, Elliot las recogió en la palma de la mano y las tiró a la papelera junto a la cama.

—⁠Qué delicadeza para tener unas manos tan grandes. No puedo decir que me sorprenda —⁠dijo Clay con una risita grave.

Elliot se volvió y se quedó inmóvil cuando Clay alzó hacia él la mirada, ya sin lentillas.

Comprendió al instante por qué Clay le había preguntado si creía que aquel marrón era su verdadero color de ojos, y por qué usaba lentillas.

Si en el bar la atracción había sido sutil, con aquellos ojos a la vista no lo habría sido en absoluto.

Eran los ojos azules más intensos que había visto jamás.

De un brillo tan insólito como su belleza, lo miraban divertidos.

—⁠Destacarían entre la multitud, ¿verdad? —⁠preguntó Clay.

—⁠Desde luego.

—⁠Y sería muy fácil identificarme si todo el mundo los viera.

¿Con qué frecuencia ocultaba Clay a los demás el color de sus ojos? Y, ya puestos, ¿cuánto de sí mismo ocultaba Clay al mundo? ¿Había algo de Clay que alguien conociera de verdad?

No debería pensar así de alguien a quien tenía que considerar su enemigo. Aun así, Elliot no pudo evitar sentir una punzada de lástima por un hombre cuya vida probablemente era solitaria y quizá incluso vacía.

La diversión desapareció de los ojos de Clay, sustituida por una mirada dura.

—⁠No sé qué significa esa cara, pero me huele a lástima. Ponme la inyección de una vez y podrás decidir qué hacer conmigo mientras estoy inconsciente.

Elliot se inclinó y clavó la aguja en el cuello que Clay le ofrecía.

—⁠Pareces demasiado tranquilo para alguien que va a quedar indefenso.

A Clay se le escapó una risa.

—⁠Eres de los buenos.

—⁠Supongo que, comparado contigo, sí —⁠dijo Elliot.

Clay negó con la cabeza mientras se le entornaban los párpados.

—⁠No, quiero decir… que tienes unos principios a los que te aferras con cada… fibra de tu ser.

—⁠¿Y quién no?

—⁠Qué va —⁠respondió Clay, con la voz cada vez más pastosa⁠—⁠. Unos recurren a la religión… Otros, al dinero… al poder… Y otros, como tú… se valen de un código muy estricto para salir adelante. La gente necesita algo así… para abrirse paso entre el caos de la vida. Si no, se vuelve loca.

Elliot vio cómo la cabeza de Clay empezaba a caer y no pudo evitar preguntarle:

—⁠¿Y tú qué tienes?

—⁠¿Yo? —⁠preguntó Clay, con voz espesa y débil⁠—⁠. Yo no tengo… nada.

Y, tras aquellas inquietantes palabras, a Clay se le desplomó la barbilla sobre el pecho.

Elliot no necesitó zarandearlo para saber que el fármaco había hecho efecto.

Clay permanecería inconsciente varias horas y, aun cuando despertara, estaría aturdido.

Eso no significaba que Elliot lo subestimara.

Incluso aturdido y desorientado, Clay podía seguir siendo peligroso y probablemente era más que capaz de soltarse.

Aun así, tenía atado y sedado en su piso al hombre que representaba la mayor amenaza para Anthony.

Elliot podía permitirse ausentarse medio día, el tiempo suficiente para ver cómo estaba Anthony y asegurarse de que todo marchaba bien.

Al filántropo le esperaba un día relativamente tranquilo y se quedaría en la oficina, así que Elliot no tendría que preocuparse demasiado por su seguridad.

Se levantó, dispuesto a prepararse para el resto del día.

Cuando iba a ducharse, se detuvo en la puerta y miró a Clay.

Dormía profundamente y, al contemplarlo, Elliot comprendió de pronto que Clay era más joven de lo que había pensado.

No es que, despierto, Clay tuviera arrugas ni rasgos tensos.

Pero dormido parecía cinco años más joven, tal vez diez.