8 Elliot #2
—Precisamente por eso me cabrea encontrar a gente como tú dispuesta a mearse en todo lo bueno que hay en él —gruñó Elliot.
Clay soltó una risita.
—No seas ingenuo. Sé que no lo eres.
Elliot vaciló.
—¿Qué es lo que no sé?
Clay suspiró.
—Se da buena vida, ¿verdad?
—¿Anthony?
—Solo ese coche debe de costar lo que gana una persona normal en un año; qué demonios, el doble o el triple.
¿Y su casa? —Clay soltó un silbido—. Esa preciosidad debió de costar cientos de miles.
Entre el terreno privilegiado —por cierto, también es dueño del bosque que lo rodea— y construirla desde cero…
Y luego están todas las cosas bonitas con las que la llena, por no hablar de lo bonito que es su despacho.
Elliot se había fijado.
—Vale, es excesivo.
—¿Excesivo? Estamos hablando de un hombre que trabaja con organizaciones benéficas, ¿recuerdas?
Y esas organizaciones no destacan precisamente por disponer de grandes presupuestos para pagar a sus empleados.
Pero él… Ah, él vive como el director general de una empresa famosa y tremendamente rentable.
Y eso sin contar los restaurantes de lujo, el alcohol caro y la ropa de marca.
—Supongo que quieres llegar a alguna parte —dijo Elliot, con un nudo de inquietud en el estómago.
Clay abrió los ojos de golpe.
—Venga ya. Eres inteligente y tienes mucho ingenio. Seguro que te has preguntado de dónde sale todo eso, ¿no? ¿O has estado tan ocupado intentando mantenerlo con vida que se te ha pasado por alto que tu jefe vive como un rey?
Elliot se había fijado y le había dado vueltas, pero tenía cosas más importantes que hacer que preocuparse por las cuentas de Anthony.
Por lo que él sabía, podía haber una herencia de por medio; o tal vez, cuando uno gestionaba varias organizaciones benéficas a la vez, resultaba más fácil que parte del dinero terminara en las cuentas personales.
Por otra parte, ¿no había oído a Anthony decirle a su socio que no les sobraba dinero para cierto grupo?
Si el negocio de Anthony iba tan bien, ¿por qué no les sobraba?
Elliot se aclaró la garganta.
—Entonces, ¿qué? ¿Blanqueo de dinero? ¿Se queda con una parte?
Clay sonrió.
—Te lo explicaré de otra forma. En los últimos dos años he matado a un puñado de personas. Y, lo que es más importante, elegí esos objetivos concretos.
Elliot frunció el ceño.
—¿Y qué?
—Uno era un capo de la droga que operaba en el territorio que se había labrado a sangre y fuego en Chicago.
Otro era un comerciante internacional, aunque comerciaba más con niños que con acciones y fondos de inversión.
Un tercero era un tirano brutal en pleno ascenso.
Le gustaba empalar a quienes se interponían en su camino.
Lo encontré en el Sáhara. Incluso suplicó por su vida, como decenas de sus víctimas, justo antes de que le metiera una bala en la cabeza.
—¿Adónde quieres llegar, Clay? Si es que ese es tu nombre.
—Es el nombre que me sirve. Bien podría ser el mío. Y, por fin, ¿el último? Un viajante de comercio al que le gustaba recoger prostitutas y matarlas después de violarlas repetidas veces. ¿Vas viendo qué tienen en común?
Elliot apretó la mandíbula.
—Sería difícil no verlo.
—Entonces hablaré sin rodeos. Eran monstruos, todos y cada uno.
Bestias y depredadores que disfrutaban con el dinero, el poder o el simple placer salvaje de hacer daño.
Puede que para ti no sea más que un asesino, pero no hay ni un hombre ni una mujer de los que he matado que no mereciera algo mucho peor que la muerte rápida que le di.
—¿Y qué? ¿Eres un noble Robin Hood asesino? ¿Matas a los ricos para salvar a los pobres? —preguntó Elliot, incapaz de contener una mueca de desprecio.
Clay soltó un bufido.
—Qué va. Nunca he dicho que no fuera un asesino. Después de tantos años dedicándome a esto, he acumulado una buena cantidad de cadáveres. Mato gente y me pagan por ello. No hay nada noble en mí. Asesino a sangre fría y no pierdo el sueño por ello.
Elliot se puso en pie, imponente, frente a Clay.
—¿Y se supone que tengo que creerte sin más? ¿Piensas que puedes contarme una historia y dejaré que te vayas?
—La verdad, llevo un rato preguntándome por qué seguimos hablando. Supuse que habías llamado a la policía y que solo intentabas entretenerme mientras esperabas a que llegara.
—¿Habría cambiado algo?
—Bueno, me habría supuesto un contratiempo considerable y probablemente me habría metido en un buen lío. Pero ¿acabaría en la cárcel? No.
—Ahí lo tienes.
Clay alzó la vista hacia él.
—Ya me has ganado la partida tres veces y hasta has deducido que la policía no podría retenerme. Y, aun así, te niegas a ver la verdad.
—Lo único que me has contado es que asesinaste a unos cuantos cabrones.
—Te he dicho que elijo deliberadamente a cierto tipo de personas. La información que recibo sobre los objetivos me basta para tomar una decisión con conocimiento de causa.
Elliot respiró hondo.
—Y estás diciendo que Anthony es una de esas personas.
—Estoy diciendo que ese hombre magnánimo y compasivo entregado a la beneficencia no es más que una fachada que oculta las monstruosidades que hace a puerta cerrada.
Elliot siguió mirando a Clay, mientras sus palabras le resonaban en la cabeza.
Solo unos instantes antes había considerado la posibilidad de que todo cuanto Clay había dicho mientras permanecía atado en el suelo del dormitorio de Elliot fuera cierto.
Si seguía por ese camino, también tendría que dar crédito a las acusaciones de Clay.
Y, si tenía razón, ¿a qué clase de persona estaba protegiendo Elliot?
Elliot torció el gesto y entró en el baño.
Apartó de una patada la manta y la almohada que había echado al suelo para esperar a ver si Clay iba a por él.
Abrió el botiquín y sacó un pequeño frasco de cristal y una jeringuilla en su envoltorio.
No debería tener aquel frasco, pero a Elliot no le había importado conservarlo por si acaso.
Recordando la dosis recomendada, clavó la aguja en el fino tapón del frasco y tiró del émbolo.
Elliot aún no sabía qué haría con Clay, pero no iba a dejar que actuara a sus anchas.
Lo más probable era que la policía no pudiera retenerlo y, si volvía a andar suelto, Anthony correría peligro otra vez.
Y Elliot necesitaba tiempo para pensar.
Cuando regresó, encontró a Clay sentado muy erguido, siguiendo cada uno de sus movimientos. Clay entornó los ojos al descubrir la aguja en la mano de Elliot.
—Vaya, ¿qué sorpresa me tienes preparada? —preguntó Clay, con un tono más curioso que preocupado.
—Pareces muy seguro de que no vas a quedarte encerrado, y no puedo limitarme a dejarte atado. Si estás consciente, encontrarás la forma de soltarte —le dijo Elliot.
Clay sonrió, divertido.
—Ya veo. Entonces toca dormir.
—El tiempo suficiente para que hoy pueda hacer mi trabajo.
Y quizá para pensar un poco.
Clay suspiró.
—No es que tenga muchas opciones. Hazme un favor, si quieres.
Elliot endureció el gesto.
—No creo que estés en situación de pedir favores.
—Es verdad, y tampoco espero que lo hagas, pero por preguntar no pierdo nada.
—Está bien, pregunta.