8 Elliot
Elliot
Mientras contemplaba el cuerpo inmóvil del asesino frustrado, Elliot tuvo que contener las ganas de darle una buena patada.
Le había costado un enorme esfuerzo mantener la calma mientras arrastraba el cuerpo inconsciente de Clay lejos de la cama y lo ataba.
Un golpe en el punto preciso de la cabeza servía para dejar a alguien inconsciente al instante, pero no siempre permanecía así mucho tiempo.
Una vez hecho eso, encendió la luz del dormitorio y se arrodilló junto a la cama para recoger el objeto que Clay había dejado caer.
Elliot lo alzó hacia la luz y sintió que se le encogía el estómago cuando giró la punta hacia sí y vio una pequeña aguja que sobresalía por un orificio.
Fuera cual fuera el líquido que contenía, estaba claro que iba destinado a Elliot y que Clay pensaba inyectárselo mientras dormía.
—Cabrón —masculló Elliot, y dejó caer el objeto sobre la cama.
Se levantó, se inclinó y retiró el edredón.
Elliot estaba bastante orgulloso de aquel montón de almohadas y mantas.
Esa noche había dedicado sus buenos diez minutos a asegurarse de que pareciera que dormía en la cama.
El pequeño aparato situado junto al bulto seguía reproduciendo en bucle los sonidos que hacía al dormir. Alargó la mano y lo apagó.
—Qué listo —dijo Clay.
Elliot se volvió bruscamente hacia él. Clay seguía apoyado contra la pared, aunque ahora estaba sentado erguido en vez de encorvado.
El hombre, más menudo que él, permanecía inmóvil, con los brazos y las manos atados por delante y apoyados en el regazo.
Lo miraba con unos ojos oscuros en los que Elliot distinguió una expresión divertida.
Clay meneó la cabeza.
—No me puedo creer que haya vuelto a caer en el truco de poner a otro en la cama. Debo de estar perdiendo facultades más de lo que pensaba.
—Por suerte para mí —gruñó Elliot.
Clay hizo una mueca.
—Aunque mi cabeza no opina igual. ¿Tenías que pegarme tan fuerte? Con la mitad de fuerza habrías conseguido lo mismo.
—Considéralo una forma de devolvértela —le dijo Elliot.
La mirada de Clay recorrió el cuerpo de Elliot hasta detenerse en sus piernas.
—¿Qué tal la rodilla?
—Nada que un poco de hielo y unas aspirinas no hayan podido arreglar.
—Ah, bien. Intenté no hacerte demasiado daño.
Aquello confirmaba una de sus sospechas. El golpe podría haberle destrozado la rótula a Elliot, pero solo lo había hecho cojear durante el resto del día. El asunto se volvía cada vez más curioso.
Elliot se sentó en el borde de la cama.
—¿Pretendes que crea que tú, un hombre que evidentemente se gana la vida matando gente, querías tener cuidado conmigo?
Clay soltó una risa queda.
—Si hubiera querido que acabaras con la pierna escayolada, así habría sido.
—Claro, por la generosidad de tu alma mercenaria. Seguro que preferías inyectarme esta porquería —dijo Elliot, alzando el inyector.
Clay se encogió de hombros.
—Bueno, habría sido desagradable, pero ni de lejos tan duradero como una escayola y una rótula rota.
—Sí, supongo que la muerte puede ser rápida de narices —gruñó Elliot.
Clay lo miró con una ceja en alto.
—¿La muerte? Estoy bastante seguro de la dosis. No te habría matado.
—Ajá. Entonces, ¿no te importaría que te lo inyectara a ti? —preguntó Elliot, tendiéndoselo.
Clay lo miró y arrugó la nariz.
—Preferiría que no. Sería desagradable. Y, dada la diferencia de tamaño entre nosotros, podría tener efectos secundarios bastante feos que tú no habrías sufrido si te lo hubiera inyectado.
—Ya. ¿Vas a decirme qué contiene? —preguntó Elliot.
—Podría detallarte su composición química, pero sospecho que no es eso lo que me estás preguntando —dijo Clay.
Elliot puso mala cara.
—No soy idiota.
—No, eso está claro. De hecho, que no seas ni estúpido ni incompetente es precisamente la razón por la que he venido. Solo quería decir que, por lo que he averiguado, no reconocerías los compuestos químicos de una sustancia.
¿Acababa de hacerle un cumplido un asesino?
Clay se aclaró la garganta.
—Dicho esto, es un veneno emético concreto.
Mi intención era que enfermaras de manera violenta, pero no mortal, durante un máximo de veinticuatro horas.
Vómitos, diarrea y los mareos y la debilidad que acompañan a ambas cosas.
Probablemente habrías necesitado que te ingresaran en el hospital, pero tu vida no habría corrido peligro.
—O sea que sí, ibas a envenenarme.
—Siento aguarte la fiesta, pero, por limitada que sea tu perspectiva, debería parecerte preferible un veneno que te pusiera enfermo un tiempo a uno que acabara con tu vida.
Sin duda era preferible, pero a Elliot no le gustó sentir aquel leve atisbo de alivio y gratitud. No se consideraba tan idealista como para condenar a Clay por el intento. Aunque Clay mataba por encargo, al parecer no era un sanguinario.
—Se parece un poco a lo de tu bomba —dijo Elliot, observándolo.
Clay soltó una risa seca.
—Aquella debería haber sido la primera señal de que tenía que haber ido con más cuidado. Supongo que estoy demasiado acostumbrado a los idiotas y matones que contrata la gente.
—Es la segunda vez que me haces un cumplido —señaló Elliot.
—¿Y? No soy tan orgulloso como para no reconocer los méritos ajenos. Me has complicado el trabajo mucho más de lo que esperaba.
—Tu trabajo. Te refieres a matar gente por dinero.
—Ese mismo.
—Al menos eres sincero.
Clay bajó la vista hacia sus ataduras y esbozó una sonrisa burlona.
—Me has pillado intentando inyectarte un veneno emético, después de encontrarme armado en el dormitorio de cierto hombre. Ahora estoy atado y a tu merced. En otras circunstancias, quizá disfrutaría de la situación, pero, tal como están las cosas, no tengo motivos para mentirte.
Elliot se quedó mirando a Clay, sin saber qué demonios se suponía que debía decir.
Clay mantenía una calma absoluta y hablaba con sequedad, salpicando cuanto decía de un humor socarrón.
Por lo que Elliot podía juzgar, Clay le hablaba con sinceridad y franqueza, incluso al comentar que disfrutaría de la situación.
¿El asesino estaba tirándole los tejos?
Elliot apartó de su mente aquella idea disparatada y se aclaró la garganta.
—Entonces, ¿cuál era tu plan? ¿Quitarme de en medio e ir a matar a Anthony?
—Una vez incapacitado tú, habría tenido el camino despejado hasta él.
No me malinterpretes: los hombres que vigilan su casa son competentes, pero tu jefe tampoco vive encerrado.
Sin ti pendiente de él en todo momento, con esa mirada vigilante y quizá hasta paranoica, habría sido mucho más vulnerable. No necesito más.
A Elliot le fastidiaba admitirlo, pero sospechaba que Clay tenía razón.
Al parecer, el único error de Clay había sido subestimar a Elliot una y otra vez.
Además, Elliot sabía de primera mano lo descuidada que era la seguridad en torno a Anthony.
Sin Elliot a su lado, Anthony habría sido tan vulnerable como un niño.
—Entonces, ¿quién te contrató? —preguntó Elliot.
—Si ahora pudiera encogerme de hombros como es debido, lo haría —respondió Clay.
—Eso no es una respuesta.
—No sé quién es el cliente. No es asunto mío. Me basta con saber quién es el objetivo.
Era precisamente esa clase de actitud lo que Elliot siempre había detestado de los grupos de mercenarios.
Él mismo había matado para defenderse y en el fragor de la batalla.
La violencia no le era ajena y sabía que a veces los daños colaterales eran inevitables.
Pero eso no significaba que tuviera que quitárselos de la cabeza sin más o fingir que no le importaban.
Eran vidas; tal vez no las de buenas personas, pero vidas al fin y al cabo.
Clay le observó el rostro.
—Hum, ya veo que estás haciendo acopio de indignación para soltarme un bonito sermón moral. Ahórrate el esfuerzo. Yo hago lo que hago y tú haces lo que haces. Dale lecciones de moral a alguien a quien le importen.
Elliot apretó la mandíbula y cerró los dedos alrededor del inyector. Tenía la otra mano junto al bolsillo donde guardaba el móvil.
—La bomba solo habría matado a Anthony —dijo Elliot.
Clay le sostuvo la mirada.
—Sí.
—Yo podría haber estado en el asiento del copiloto y, en el peor de los casos, habría sufrido una leve pérdida de audición y quizá me habría alcanzado algún trozo de metralla.
—Me alegra saber que calculé bien las proporciones de los compuestos químicos.
—Ya lo sabías.
—Sí.
Ahí estaba otra vez. Una bomba diseñada para matar a una sola persona.
Clay no había atacado a Elliot en la cama de Anthony hasta estar lo bastante cerca para asegurarse.
Y ahora, un veneno concebido para incapacitar, no para matar.
Estaba claro que Clay no tenía reparos en matar gente y, sin embargo, se tomaba molestias, hasta el punto de ponerse en peligro, para asegurarse de que no muriera nadie salvo el objetivo elegido. ¿Era profesionalidad o había algo más?
¿Y acaso importaba?
—¿Por qué te importa? —preguntó Clay.
—Porque intento entender cómo alguien puede preocuparse tanto por las vidas de los inocentes y aun así querer matar a un hombre inocente —admitió Elliot.
Clay entornó los ojos y examinó el rostro de Elliot.
—Vaya, menos mal que mi instinto no me falló.
—¿Qué? —preguntó Elliot, parpadeando.
—De verdad crees lo que acabas de decir. Me parecía que sí…, pero no estaba seguro.
—¿Qué es lo que creo?
—Que tu jefe es inocente.
—Anthony se gana la vida con la beneficencia y ayudando a otras organizaciones benéficas. Ese hombre hace todo cuanto está en su mano por ayudar a los demás. ¿Y por qué siempre te refieres a él de cualquier manera menos por su nombre? —preguntó Elliot, tajante.
Clay apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos.
—Tienes una larga carrera militar. No sé exactamente qué has hecho, pero alguien con un currículum como el tuyo debería tener una idea bastante clara de lo feo que puede llegar a ser el mundo.