7 Clay #2
Solo le faltaba encontrar a Elliot a solas, lo que, en realidad, era la parte fácil. Durante la vigilancia, Clay había seguido con discreción, aunque sin bajar la guardia, los movimientos de Elliot cuando no protegía personalmente a Anthony. Sabía dónde vivía y que vivía solo.
Lo difícil sería escoger el momento adecuado para atacar.
* * *
Tuvieron que pasar otros dos días de vigilancia para que Clay estuviera seguro de que Elliot se encontraba en su piso.
Eso significaba que Anthony se había quedado sin su mejor baza para sobrevivir, pero Clay no dudaba de que Elliot había tomado precauciones adicionales después de su último intento.
Todo le resultaría mucho más fácil si lograba abrirse un margen de veinticuatro horas para actuar.
El verdadero problema era asegurarse de que Elliot estuviera profundamente dormido antes de que Clay entrara a hurtadillas en su piso.
Clay había dedicado aquellos dos días a observar y examinar la vivienda de Elliot y sus accesos.
El más sencillo era el balcón que daba al salón.
Sabía también que había un sistema de seguridad, pero, con los cacharros que tenía a mano, no creía que supusiera un problema.
Cuando estuvo todo lo seguro que podía estar de que Elliot dormía, Clay se puso en marcha.
Entrar en el piso de al lado resultó tan fácil como esperaba.
Por lo visto, los vecinos de Elliot no creían en las medidas de seguridad.
Ni siquiera se habían molestado en echar el cerrojo; solo habían cerrado con el pestillo del pomo.
Tampoco tenían alarma ni un perro que alertase a los dueños.
Era un milagro que aún no hubieran sufrido un robo.
Avanzó por el pasillo a oscuras hasta el salón y se detuvo para escuchar con atención.
A su espalda llegaban ronquidos del dormitorio y el leve sonido de alguien que se movía inquieto entre sueños.
Convencido de que no tendría problemas, se dirigió a las puertas de dos hojas y salió al balcón de aquellos desconocidos.
Cerró la puerta y miró por encima del borde hacia la calle.
Tal como esperaba, un saliente recorría la fachada desde la base del balcón. No era ancho: apenas quince centímetros por los que avanzar de lado y evitar una caída de cinco plantas hasta el hormigón y el asfalto de abajo.
—Y ni una pizca de brisa —murmuró Clay mientras pasaba una pierna al otro lado de la barandilla.
Probó el saliente, pasó la otra pierna y se quedó de pie con la espalda pegada a la fachada.
Sin apresurarse, avanzó de lado por el estrecho espacio, acercándose poco a poco al balcón de Elliot.
Apenas los separaban tres metros, pero su aversión a las alturas hizo que el trayecto le pareciera mucho más largo.
A veces no le quedaba más remedio que aguantarse y enfrentarse a ellas con muy poco que lo protegiera de una caída.
A Clay siempre le resultaba irónico que un hombre que se había enfrentado a balas y a una muerte casi segura siguiera sintiendo náuseas a unas cuantas plantas del suelo.
Eso no impidió que soltara un leve suspiro de alivio al llegar al balcón de Elliot. Tuvo cuidado de no saltar la barandilla demasiado deprisa y se alegró de ello al descubrir unas macetas en la esquina donde pensaba aterrizar. Se impulsó para alejarse de la barandilla y cayó delante de las plantas.
Miró a través de las puertas acristaladas que daban al piso de Elliot sin apoyarse en ellas.
No le sorprendió distinguir la tenue luz de un aparato en la pared del pasillo.
Sacó de la pequeña bolsa que llevaba a la espalda un móvil o, más exactamente, un móvil modificado.
Clay no sabía muy bien cómo funcionaba, pero el aparato detectaba y alteraba con enorme eficacia las señales que emitían la mayoría de los sistemas de seguridad modernos.
Por suerte, no necesitaba entenderlo: le bastaba con encenderlo y dejar que hiciera su trabajo.
Cuando el aparato le indicó que podía seguir, lo guardó de nuevo en la bolsa y sacó sus herramientas.
Escogió la adecuada y la introdujo con cuidado en la estrecha rendija entre las puertas.
Unas cuantas maniobras expertas después, el pestillo se levantó con un suave chasquido.
Probó el tirador y abrió despacio una de las hojas.
Sonrió al ver que se movía sin resistencia y sin el menor crujido.
Guardó las herramientas y sacó el autoinyector de la bolsa. Clay entró en el salón y cerró en silencio la puerta del balcón a su espalda. Gracias a la vigilancia, conocía la distribución de la estancia. Incluso con tan poca luz, esquivó los muebles con cuidado y rapidez.
Sobre la mesa situada junto a la puerta del pasillo había un móvil cargándose.
Una breve sonrisa cruzó el rostro de Clay mientras lo cogía y deslizaba la tapa trasera para retirarla.
Aunque no esperaba tener más problemas con Elliot cuando terminara, Clay no era de los que se lo jugaban todo a una carta.
Sacó un diminuto dispositivo de la bolsa, lo encajó en un hueco del móvil y volvió a colocar la tapa.
Así podría seguir los movimientos de Elliot siempre que llevara el móvil encima, por si acaso.
Entró en el pasillo y lo recorrió a oscuras hasta el dormitorio. Sonrió al ver que la puerta estaba entornada y que por ella se filtraba la luz del cuarto de baño.
Ajustó la posición del inyector en la mano y entró en el dormitorio en penumbra. Una cama grande dominaba el centro de la pared del fondo. Una figura corpulenta yacía acurrucada bajo el edredón, y Clay escuchó su respiración profunda y regular.
Inspiró hondo en silencio, contuvo el aliento y se acercó a la cama.
Sin las cortinas de una cama con dosel que le entorpecieran la vista, Clay se preguntó cómo no había caído antes en que la silueta de Elliot tendría que haberlo delatado.
Incluso dormido e inmóvil, el cuerpo de Elliot ocupaba muchísimo espacio.
Pero allí, sin obstáculos de por medio, Clay podía apreciar hasta el más mínimo movimiento del hombre.
Esperaba que la inyección fuera rápida y pasara inadvertida.
Elliot había tenido el sueño ligero en casa de Anthony, pero Clay confiaba en que durmiera más profundamente en la suya.
Al llegar al lado de la cama, Clay vaciló. La figura seguía inmóvil y su respiración no había variado. De hecho, mientras dormía, el ritmo de la respiración de Elliot no había cambiado lo más mínimo, ni el cuerpo se había movido en absoluto bajo la sábana.
—Maldita sea —murmuró Clay—. ¿Otra vez?
Percibió un movimiento a su espalda y un dolor súbito le estalló en el lado derecho de la cabeza. Le dio tiempo a soltar una maldición antes de sentir que se precipitaba hacia delante y de que la oscuridad le nublara la vista.