Matar o besar (Los héroes de Port Dale 2) 7 Clay
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Clay

En el espejo de la habitación del motel, la espalda de Clay era un mosaico de moratones negros y morados sobre la piel pálida. La noche anterior había estado llena de sorpresas, entre ellas acabar lanzado contra una maldita mesa. Una mesa muy sólida y dura, además.

—⁠Solo lo mejor para los ricos y corruptos —⁠murmuró Clay mientras examinaba sus moratones.

La gente era más predecible si la observabas antes de que se diera cuenta de que estaba adquiriendo una rutina.

Clay había vigilado la casa de Anthony durante una semana, evaluando cada decisión tomada para proteger a su objetivo.

Había supuesto que Elliot era un hombre competente, pero también predecible.

El asesino a sueldo había observado cómo alternaban los días de protección directa con otros de vigilancia menos estrecha y decidió actuar antes de que esa pauta se consolidara.

Si intervenía pronto, nadie, ni siquiera Elliot, habría intentado aún tapar los agujeros del plan.

Pero Elliot había estado allí. Y no solo eso: había ocupado la misma habitación y la misma cama en las que debería haber estado Anthony.

Clay había creído tener al objetivo justo donde quería cuando entró en la habitación y empezó a acercarse sigilosamente.

Solo al aproximarse a la cama le asaltaron las dudas: ya no estaba seguro de que la figura que veía fuera la persona adecuada.

—⁠Qué listo —⁠dijo Clay, apartándose por fin del espejo.

El móvil sonó cuando pasaba junto a la cama y lo hizo detenerse. Con un suspiro, lo cogió de encima de la manta. Frunció el ceño al ver quién llamaba, deslizó el dedo por la pantalla para responder y se llevó el móvil a la oreja.

—⁠Fate —⁠dijo.

—⁠Clay.

Frunció el ceño.

—⁠¿Qué puedo hacer por usted?

—⁠Llamo para saber cómo va el encargo. ¿Tiene alguna novedad?

¿Qué demonios? ¿Desde cuándo tenía que rendir cuentas de sus avances?

Primero, el extraño comentario de Fate sobre lo «muy de su estilo» que era este último objetivo y ahora llamaba para comprobar cómo iba todo.

La libertad de hacer lo que quisiera y a su manera era una de las pocas ventajas de su trabajo.

¿Empezaba la Agencia a sospechar de él o se planteaban deshacerse de él?

No sería el primer agente al que la Agencia decidía eliminar.

A decir verdad, esperaba que tarde o temprano sucediera.

Tampoco es que hubiera un plan de jubilación.

—⁠¿Desde cuándo pregunta cómo va un encargo? —⁠preguntó Clay.

Hubo una pausa antes de que Fate respondiera con su tono seco:

—⁠Tratándose de algo tan sencillo como eliminar a un objetivo que pasa buena parte de su vida a la vista de todos, esperaba que ya hubiera terminado.

—⁠Y la Agencia se pregunta qué ocurre —⁠terminó Clay la frase por ella.

—⁠No. La que se lo pregunta soy yo.

—⁠¿Hay alguna diferencia?

—⁠La diferencia está en lo que ellos saben y lo que no.

Clay vaciló.

—⁠Entonces, ¿qué es lo que no saben?

—⁠Muchas cosas. Usted no es el único que goza de bastante libertad en su trabajo.

A la Agencia solo le importan los resultados y que se arme el menor revuelo posible.

Como su enlace, debo asegurarme de que reciba contratos acordes con sus habilidades, ayudarlo si lo necesita e informar a la Agencia de que el encargo se ha cumplido. Todo lo demás les resulta… superfluo.

—⁠Incluida mi… predilección por ciertos objetivos —⁠aventuró Clay.

—⁠Así es.

Clay se quedó mirando la pared de enfrente mientras el silencio se prolongaba entre ambos.

Durante años había dado por sentado que Fate comunicaba hasta el más mínimo detalle a la Agencia.

Por supuesto, siempre cabía la posibilidad de que le estuviera mintiendo.

Llevaba demasiado tiempo viviendo en un mundo de mentiras, manipulación y sutilezas como para creerla sin más.

—⁠Interesante —⁠dijo al fin.

—⁠Y eso incluye que he notado… ciertas señales —⁠respondió Fate.

Clay enarcó una ceja.

—⁠¿Señales?

Fate soltó un leve resoplido.

—⁠Sí, señales. Todos los agentes, tanto los que trabajan sobre el terreno como los enlaces, acaban llegando a un punto en el que han dejado de ser útiles o han alcanzado… un estado mental que les impide seguir desempeñando su función.

O aquella mujer le leía la mente, o él no era tan discreto como creía.

Clay soltó una risa desdeñosa.

—⁠No estoy pensando en jubilarme. Además, aún es un poco pronto para que me metan una bala en la cabeza.

—⁠Hay… otras maneras —⁠le dijo Fate en voz baja.

El corazón de Clay se aceleró al oír aquellas palabras.

La idea de abandonar aquella vida siempre le rondaba la cabeza cuando se permitía pensar en ello.

No es que necesitara el dinero. Lo que había ahorrado en distintas cuentas repartidas por todo el mundo le bastaría para vivir varias vidas.

A decir verdad, a veces la perspectiva de pasar las dos décadas siguientes matando gente por dinero, viviendo siempre al margen de la humanidad, no le resultaba demasiado atractiva.

A diferencia de algunos de sus colegas, no disfrutaba con lo que hacía.

La persecución no le producía ninguna emoción especial; solo sentía, de vez en cuando, la satisfacción de haber eliminado a un objetivo difícil.

—⁠¿No había llamado para saber cómo iba el encargo? —⁠le preguntó Clay con calma.

—⁠Reconozco que siento curiosidad por saber por qué ese hombre aún no está muerto, sí —⁠dijo ella, recuperando su tono expeditivo.

—⁠Han surgido factores imprevistos. Han complicado bastante las cosas y tengo que replantearme cómo abordar el asunto —⁠le explicó.

—⁠¿Complicaciones? No es habitual en usted.

—⁠En realidad, sí lo es. Pero esta es la primera vez que tengo que hablarle de ellas. Igual que es la primera vez que usted pregunta.

El problema era Elliot. Sin él, su objetivo habría quedado completamente expuesto. Tampoco ayudaba que la amenaza y un torpe atentado contra la vida de Anthony hubieran metido a Elliot en el asunto.

Aquel hombre era demasiado listo para su propio bien.

O lo sería si otra persona estuviera intentando matar a Anthony.

Sin duda, Elliot habría acabado muerto si se hubiera interpuesto en el camino de cualquier otro agente al servicio de la Agencia.

El problema era que, para el gusto de Clay, aquello habría armado demasiado revuelo, y él prefería que una muerte fuera lo más limpia posible.

Al fin y al cabo, tampoco es que Elliot hubiera hecho nada malo.

El hombre se limitaba a cumplir con su trabajo, y lo hacía tan bien que estaba complicando el de Clay.

—⁠Y creo que no hace falta recordarle que pregunté si había un plazo y usted dijo que no —⁠señaló Clay.

—⁠Así es. ¿Necesitará ayuda para sortear esos nuevos… factores?

—⁠No, puedo ocuparme de ellos sin problemas.

Que no quisiera matar a Elliot no cambiaba el hecho de que tenía que sacarlo de la ecuación.

Elliot era demasiado competente, demasiado bueno en lo suyo, para dejar que siguiera interviniendo.

Clay había desarrollado varios métodos para quitarse problemas de en medio, todos sin derramamiento de sangre.

Si involucraba a la Agencia, por poco que fuera, correría el riesgo de que se derramara más sangre de la necesaria.

—⁠Muy bien. Entonces volveremos a hablar cuando haya cumplido el contrato —⁠dijo Fate antes de colgar.

Clay dejó de nuevo el móvil sobre la cama y se quedó mirándolo.

Aunque la llamada de Fate no hubiera sido por iniciativa de la Agencia, ya resultaba extraño que se hubiera puesto en contacto con él.

Más extraño aún había sido que hablara de jubilarse o de abandonar aquella vida, y no conseguía quitárselo de la cabeza.

¿Intentaba ayudarlo o tenderle una trampa?

Cerró los ojos y apartó la idea, relegándola a un rincón de la mente para ocuparse de ella más tarde. Aún tenía un contrato que cumplir y no podía permitirse distracciones mientras trabajaba. Clay ya se ocuparía después del misterio que suponían Fate y su llamada.

En vez de eso, abrió la bolsa y empezó a rebuscar en ella.

Sacó del fondo un pequeño joyero con cierre.

Al abrirlo y dejarlo sobre la cama, su contenido se desplazó: varias sortijas de plata, una con un pequeño rubí en el centro y otra engastada con diamantes diminutos.

Apartó una cadena de plata junto con los finos collares adornados con colgantes.

Presionó en el punto exacto y el fondo de fieltro del joyero se levantó, lo que le permitió deslizar una uña bajo el borde y alzarlo.

En el fondo había tres pequeños viales y un cilindro de plástico.

Los sacó y desmontó el cilindro con cuidado, dejando a la vista las piezas de plástico y el largo muelle que necesitaba el autoinyector para funcionar.

Los viales contenían distintas cantidades de líquido ambarino.

Los examinó mientras calculaba mentalmente la envergadura de Elliot.

Una leve sonrisa le curvó la comisura de los labios al recordar la corpulencia de Elliot bajo la luz del atardecer, cuando estaban sentados en el bar.

Repasó mentalmente el breve forcejeo en la habitación que debería haber ocupado Anthony.

Elliot había resultado tan grande y sólido como aparentaba y, en otras circunstancias, Clay habría disfrutado sintiendo aquel cuerpo sobre el suyo.

Aunque nada le impedía disfrutar del recuerdo.

Desechó aquel pensamiento, no sin antes recordarse que quizá debería buscar pronto una forma de desahogarse, y eligió el vial que contenía más líquido.

Elliot estaba hecho un tanque, y Clay necesitaría la dosis más potente para asegurarse de que surtiera efecto.

Con movimientos expertos, encajó el vial y empezó a montar de nuevo el autoinyector.

Cuando terminó, lo alzó y, haciendo caso omiso de la punzada que sintió en la espalda, comprobó que todas las piezas estuvieran perfectamente encajadas.