Matar o besar (Los héroes de Port Dale 2) 6 Elliot #2
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6 Elliot #2

—⁠Que esté aquí de manera extraoficial no significa que no esté trabajando —⁠le recordó Elliot mientras se sentaba en uno de los taburetes.

Anthony rio entre dientes, tapó la botella y volvió a guardarla en la nevera.

—⁠No sabes lo que te pierdes. Esta añada es excelente.

—⁠Y no creo que te sorprenda si te digo que el vino no es lo mío.

—⁠Mmm. ¿Cerveza o whisky?

Elliot sonrió.

—⁠Me gustan los cócteles. Cuanto más afrutados, mejor.

Anthony alzó una ceja y cogió su copa.

—⁠¿Ah, sí? Nunca lo habría imaginado.

Elliot le guiñó un ojo.

—⁠Eso te pasa por suponer que a un tío grande como yo le gustaría la cerveza.

La cerveza sabe a meados que han dejado demasiado tiempo al sol.

Además, cualquiera con dos dedos de frente sabe que los cócteles afrutados son los que más alcohol llevan.

Con un par tienes lo mismo que con el doble de cerveza, y están muchísimo más buenos.

—⁠Un hombre cosmopolita. Ah, debes de traer locas a las mujeres —⁠comentó Anthony.

—⁠Ha habido alguna que otra persona interesada.

—⁠Seguramente más que alguna. Por muy heterosexual que sea, hasta yo tengo que admitir que eres un ejemplar impresionante del género masculino.

Diría que haces que la gente se vuelva a mirarte por la calle, y seguro que es verdad, pero me da la impresión de que tu altura es lo primero que llama la atención. Todo lo demás viene después.

—⁠Los halagos no te llevarán a ninguna parte, señor Howell.

Anthony suspiró y dio un sorbo.

—⁠Por eso sé que jamás triunfarías en el mundo de los negocios. Los halagos y las zalamerías te llevan a todas partes.

—⁠Y yo que creía que te dedicabas a la beneficencia, no a los negocios —⁠dijo Elliot.

Anthony resopló.

—⁠Ah, sí, pero una cosa no excluye la otra.

Tanto en la beneficencia como en los negocios se maneja dinero, y necesitas tener cabeza para los negocios o acabas hundiéndote.

Por eso, entre otras cosas, decidí ayudar a otras organizaciones.

Les viene bien cuando no tienen mis conocimientos o mi experiencia.

Estaba claro que Anthony no tenía problemas con los negocios ni con las finanzas.

Elliot ni siquiera podía imaginar cuánto habría costado construir aquella casa, por no hablar de decorarla y mantenerla.

Anthony invertía mucho dinero en su vida personal.

Por nobles que fueran sus objetivos, desde luego no se privaba de cuidar de sí mismo.

—⁠Supongo que debería irme al despacho. Aún tengo algunas cosas que resolver. Ese maldito baile benéfico para la policía no va a organizarse solo —⁠murmuró Anthony mientras apuraba el vino.

—⁠Siempre podrías intentar acostarte temprano —⁠sugirió Elliot.

Anthony soltó una risita.

—⁠No merece la pena intentarlo. Cuando por fin me acueste, pasaré una o dos horas mirando el techo en vez de dormir. Como siempre, sírvete lo que quieras mientras estés aquí, señor Remus.

—⁠Ya conozco el procedimiento, señor Howell —⁠replicó Elliot.

Anthony se echó a reír al doblar la esquina, y su risa resonó por el pasillo cuando ya había desaparecido de la vista.

A lo lejos, Elliot oyó llegar al equipo que había recomendado contratar para vigilar la casa.

Tomándolo como señal, se levantó del taburete y se dirigió a uno de los dormitorios de la parte trasera para pasar allí la noche.

* * *

Se despertó de golpe, consciente de que solo llevaba una hora dormido. Cuando se quedaba a pasar la noche, se permitía dormir unas horas mientras la seguridad estaba en su punto máximo. Nunca se había despertado de forma tan repentina durante una cabezada en casa de Anthony.

Algo lo había despertado.

No estaba solo.

Elliot permaneció inmóvil y relajado, respirando hondo y atento a los sonidos de la habitación.

El espacioso dormitorio principal propagaba fácilmente cualquier ruido, que rebotaba en las paredes y las superficies duras.

Lo único que amortiguaba el sonido era la cama con dosel que utilizaba Anthony.

O que utilizaba hasta que Elliot asumió la responsabilidad de protegerlo e insistió en que durmiera en otro sitio.

¡Ahí! El levísimo roce de algo contra el suelo cerca de los pies de la cama. Elliot entreabrió los ojos y aguzó el oído por si captaba algún otro sonido. Las cortinas que rodeaban la cama hacían casi imposible ver en la oscuridad, pero Elliot habría jurado que algo se movía al otro lado.

Fuera quien fuese, avanzaba despacio y con cuidado.

Elliot calculó rápidamente cuánto tardaría en llegar al lado de la cama donde estaba tumbado.

Mientras contaba mentalmente, se alegró de haberse dormido de costado, con el brazo recogido bajo el cuerpo.

Elliot esperó a que la sombra llegara a su lado; entonces se impulsó con fuerza contra el colchón y se abalanzó sobre el intruso.

Las cortinas se abrieron de golpe y Elliot embistió a la sombra.

Se oyó un quejido ahogado de sorpresa antes de que el intruso retrocediera e intentara zafarse.

Elliot lo había pillado por sorpresa y golpeado con fuerza, arrastrándolo al suelo.

Algo repiqueteó cuando el objeto que el hombre llevaba en la mano cayó y se deslizó por el suelo de madera.

Elliot cayó encima del desconocido y aprovechó su mayor tamaño y peso para inmovilizarlo.

—⁠Sorpresa, capullo —⁠dijo Elliot con esfuerzo mientras intentaba sujetarle las muñecas.

Se oyó un zumbido: el sistema automatizado de la habitación había interpretado sus palabras como la señal para abrir las cortinas motorizadas del ventanal.

La luz de la luna empezó a filtrarse lentamente mientras Elliot echaba la cabeza atrás para apartar la barbilla de los bruscos movimientos del hombre que tenía debajo.

Inmovilizado o no, el tipo no pensaba rendirse sin pelear y aún no había dicho ni una palabra.

Por fin había suficiente luz para distinguir la camisa oscura de manga larga, los pantalones y la gorra del hombre. Elliot se quedó paralizado cuando la luz le iluminó el rostro lo bastante para reconocerlo.

—⁠Ah —⁠fue lo único que consiguió decir Elliot.

Clay lo miró desde el suelo con el ceño fruncido.

—⁠Se suponía que no ibas a estar aquí.

—⁠¿Tú? —⁠preguntó Elliot, mientras la conmoción se extendía como una placa de hielo por sus entrañas.

Clay metió un brazo entre los de Elliot y se soltó. Antes de que Elliot pudiera reaccionar, Clay sacó las piernas de debajo de él y plantó los pies en su pecho. No tuvo fuerza suficiente para derribarlo, pero sí de sobra para deslizarse un par de metros y alejarse de él.

Elliot salió de su estupor cuando Clay giró sobre el suelo y se puso en pie en un instante.

Un cuchillo, el objeto que Clay debía de haber soltado, yacía a poca distancia, fuera de su alcance.

El combate cuerpo a cuerpo era una de las especialidades de Elliot, así que, apartando la sorpresa con férrea determinación, volvió a lanzarse hacia delante.

Soltó un gruñido de sorpresa al lanzar un puñetazo contra Clay y ver cómo este lo esquivaba con una fluidez asombrosa.

Un dolor punzante le recorrió el costado derecho cuando el puño de Clay impactó en un punto sensible.

Sin apenas prestar atención al dolor, Elliot giró y lanzó el codo hacia la cara del otro hombre.

Clay se echó atrás, giró sobre sí mismo y volvió a golpear a Elliot, esta vez en el costado izquierdo.

El dolor se le extendió por toda la espalda, pero Elliot apenas tuvo tiempo de asimilar ninguno de los dos golpes antes de que el pie de Clay le impactara en la rodilla.

Se le dobló la pierna y Elliot cayó de rodillas al suelo con un golpe sordo.

Relegando el dolor a un segundo plano, aferró la muñeca de Clay con ambas manos.

Sintió el impacto de un codo que le caía sobre el hombro, pero Elliot se dejó caer hacia atrás.

Aprovechó el impulso de la caída para apoyar la pierna sana contra la cintura de Clay y lanzarlo por encima de sí con todas sus fuerzas.

Un estrépito resonó por la habitación cuando Clay chocó contra una mesa y la hizo añicos con el peso de su cuerpo.

Tumbado boca arriba, Elliot se obligó a respirar hondo, todavía empeñado en ignorar el dolor ahora que ya no corría un peligro inmediato.

Se volvió boca abajo, se impulsó contra el suelo y se levantó.

Localizó de inmediato al otro hombre, que también se estaba levantando, y vio cómo Clay recogía el cuchillo caído.