6 Elliot
cUA
Elliot
La semana había sido tensa tanto para Elliot como para Anthony.
Aunque se mostraba fuerte delante de todos, Anthony estaba claramente más cansado y nervioso que cuando Elliot lo conoció.
Claro que Elliot no podía reprochárselo.
Una persona corriente no estaba precisamente preparada para afrontar una realidad en la que alguien intentaba matarla.
Desde el asiento del conductor de aquella mole de camioneta, miró a Anthony.
El filántropo contemplaba pensativo el paisaje por la ventanilla del copiloto.
Habían pasado otro día sin incidentes, pero Anthony seguía teniendo ojeras.
Por las pocas noches que había pasado en su casa, sabía que se acostaba bastante tarde y solía dormir inquieto.
—¿Va todo bien? —preguntó Elliot, aunque ya sabía la respuesta.
Anthony volvió la cabeza y parpadeó.
—Eh… Ah, sí, supongo que sí. Me estaba preguntando cuándo va a atrapar por fin la policía a la persona que está haciendo todo esto.
—Bueno, eso dependerá de lo que averigüen —dijo Elliot, consciente de que no servía de mucho.
Puede que tuvieran suerte intentando atrapar a quien había tratado de disparar a Anthony en público, pero Elliot sospechaba que no era la misma persona que había colocado la bomba.
La policía tendría que hacer mucho más que buscar al tirador.
Tendrían que indagar en los bajos fondos de Port Dale para encontrar a algún delincuente con poder y motivos para guardar rencor.
Elliot no sabía cómo decirle a Anthony que probablemente seguiría siendo un blanco durante una buena temporada.
Anthony sonrió con cansancio.
—¿Cómo lo haces?
—¿El qué? —preguntó Elliot.
—¿Vivir todo el tiempo con la sombra de la muerte cerniéndose sobre ti? Seguro que tuviste que lidiar con eso más de una vez cuando estabas en el ejército.
Elliot soltó una risa queda.
—Puede que te sorprenda, pero te acostumbras. Los seres humanos somos… bastante resistentes, y también nos adaptamos con facilidad. Si le das tiempo, una persona puede acostumbrarse a casi cualquier cosa que no la mate de inmediato.
—Resulta un poco irónico, teniendo en cuenta que mi problema es que me aterra aquello que intenta matarme.
Elliot asintió mientras tomaba la salida de la autopista.
—Sí, pero incluso a eso te acostumbras.
—No estoy seguro de querer acostumbrarme a esta sensación.
Elliot no se lo reprochaba. Una de las principales razones por las que había decidido dedicarse a la protección era que personas como Anthony pudieran sentirse seguras, sin tener que vivir preocupadas a cada paso.
Su formación y su experiencia habían preparado a Elliot para afrontar situaciones de vida o muerte, y él había querido aprovecharlas para hacerles la vida más fácil a los demás.
La mayoría de las veces funcionaba. La mujer cuyo marido la maltrataba se había apoyado en Elliot durante todo el proceso de divorcio y la mudanza a un lugar donde él no pudiera encontrarla.
El empresario dueño de unos terrenos muy codiciados respiraba más tranquilo con Elliot cerca para asegurarse de que no ocurrieran más «accidentes» hasta que la policía atrapara por fin a los culpables.
En los pocos años que Elliot llevaba trabajando en aquello, había ayudado a decenas de personas.
A veces, directamente; otras, limitándose a asesorarlas.
Se había enfrentado a matones, parejas maltratadoras y, en una ocasión memorable, a un hombre tan colocado por alguna combinación de drogas que la realidad le importaba un comino; los pantalones, por lo visto, también.
Sin embargo, Elliot nunca se había enfrentado a un atentado planeado contra alguien a quien protegía, al menos no a uno cuyo autor fuera, con toda probabilidad, un profesional.
Anthony lo miró.
—Por tu silencio, deduzco que no vas a intentar consolarme, ¿verdad?
Elliot hizo una mueca.
—No hay nada que pueda decir para conseguirlo. Y no voy a mentirte.
—¿Ni siquiera un poquito?
—Si te miento, no estoy haciendo mi trabajo. Tengo que protegerte, y saber a qué te enfrentas te hará ser prudente y te mantendrá más a salvo que si vas por la vida sin enterarte de nada.
—¿Eres así por naturaleza o te lo inculcaron los marines?
Elliot soltó una risita.
—Si crees que el ejército te vuelve honesto, quizá deberías informarte sobre los servicios de inteligencia y contrainteligencia. Y, bueno, en general tampoco son precisamente un modelo de transparencia.
—Entonces es un rasgo de tu personalidad.
—Las dos cosas. Lo de los marines era una pulla. A los reclutas les inculcan el honor y la integridad, y no dejan de insistir en ello durante todo el tiempo que estás allí. Para muchos, la realidad es distinta, pero a mí se me quedó grabado.
—Un poco de las dos cosas, entonces.
—Más o menos.
Su madre siempre había sido una persona honesta y había alentado a su hijo a serlo también.
Aún podía oírla decir que la integridad era lo único que le quedaba a una persona en el mundo, y que nadie podía arrebatársela: solo uno mismo podía entregarla.
Y aunque conocía la realidad de la vida militar y sabía que no todo el mundo sería tan honesto como él, se había mantenido fiel a sus principios.
Que los demás no tuvieran reparos en mentir, manipular y engañar para conseguir lo que querían no significaba que él tuviera que hacer lo mismo.
Elliot entró en el camino privado que atravesaba el bosque frente a la casa de Anthony.
Era sinuoso y estaba flanqueado por una espesa vegetación.
Elliot había intentado convencerlo de que se alojara en algún sitio que no supusiera semejante pesadilla logística, pero había sido una de las pocas cosas en las que Anthony se había mantenido firme.
Alegaba que ya apenas dormía y que hacerlo en una cama desconocida lo empeoraría aún más.
Elliot cedió, pero insistió en aumentar el equipo de seguridad que vigilaba la casa.
Desde el punto de vista logístico, la propia casa no era mucho mejor.
Anthony había encargado que la diseñaran expresamente para él y la construyeran desde cero.
Elliot no era experto en arquitectura, pero sabía lo suficiente para considerarla «moderna».
Lo que, para Elliot, se traducía en dos plantas con paredes de cristal, varios balcones por los que se podía acceder a la casa y una iluminación exterior mínima.
Anthony consultó su móvil.
—El encargado del equipo de esta noche dice que estarán aquí dentro de media hora.
Elliot asintió.
—Bien. Entonces cumplen el horario.
—¿Seguro que no quieres que le diga que vas a quedarte en la casa? —preguntó Anthony.
Elliot negó con la cabeza.
—No. Esta noche se supone que le toca a él. Deja que siga creyéndolo.
Habían seguido el mismo horario durante la última semana.
Por cada dos noches que Elliot pasaba en la casa, dormía una en la suya y dejaba la protección de Anthony en manos de los hombres que vigilaban la vivienda.
Aunque ya se había quedado dos noches seguidas, Elliot decidió pasar allí una más.
Metió la camioneta en el garaje anexo y cerró la puerta tras de sí.
Los hombres entraban con frecuencia en la casa siguiendo una ruta fija acordada con Anthony.
A menos que alguien vigilara la vivienda durante todo el día, no tendría forma de saber que Elliot estaba allí.
Los hombres apostados fuera seguirían sus recorridos y revisarían las zonas iluminadas por las luces exteriores que Elliot había exigido instalar.
—Ah, hogar, dulce hogar —dijo Anthony al abrir la puerta que daba a la casa.
Elliot no estaba tan seguro de que tuviera nada de dulce: incluso con los refuerzos, asegurar aquella casa seguía siendo un quebradero de cabeza.
Tenía, sin embargo, una ventaja: salvo los dormitorios y el despacho, su distribución era diáfana.
Las estancias se comunicaban sin apenas separación y ofrecían muy pocos escondites a cualquiera que pudiera estar dentro.
—Quédate aquí —dijo Elliot al pasar junto a Anthony.
—Ya conozco el procedimiento, señor Remus.
Elliot se adentró en la casa y registró cada estancia con cuidado.
Revisó los alrededores de los muebles de cuero y las pequeñas colecciones de esculturas antes de pasar a los dormitorios.
Estaban tan bien decorados como el resto de la casa, aunque eran bastante menos ostentosos.
Comprobó las camas y los armarios y luego entró en el despacho.
Por lo que Elliot había visto, era la estancia más utilizada de la casa y, aparte del armario convertido en almacén, no había ningún lugar donde alguien pudiera esconderse.
—No hay nadie —avisó Elliot desde arriba—. Activa la alarma y cierra la puerta con llave.
Oyó refunfuñar a Anthony y sonrió. Pese al miedo y la preocupación, el hombre no había perdido del todo su carácter.
Desde su escritorio y su despacho ordenados hasta el esmero con que elegía la decoración, pasando por su insistencia en participar en el diseño de la casa, todo indicaba que era un hombre especialmente cabezota.
Ni siquiera con la vida en peligro había aceptado todas las medidas que Elliot quería tomar para protegerlo.
Aunque eso dificultaba el trabajo de Elliot, respetaba que Anthony se negara a dejar que las circunstancias impuestas controlaran todos los aspectos de su vida.
Elliot salió a la zona diáfana de la casa y oyó a Anthony en la cocina.
Los hombres que iban a vigilar la vivienda le traerían la cena.
Una de las primeras cosas en las que Elliot había insistido era que siempre hubiera alguien presente cuando le entregaran comida a Anthony.
Quizá pareciera un poco excesivo, pero Elliot no estaba dispuesto a correr riesgos.
Anthony estaba junto a la isla de la cocina, sirviéndose una copa de la botella de vino que había abierto la noche anterior.
—¿Te apetece una copa?