Matar o besar (Los héroes de Port Dale 2) 5 Clay
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5 Clay

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Clay

Entre la multitud congregada en la zona acordonada, Clay observaba trabajar a la policía.

No hacía falta mantener a los civiles tan lejos: la bomba no era lo bastante potente para causar daños a nadie salvo a quien estuviera sentado justo encima.

Pero no pensaba corregirlos, así que siguió observándolos con aire pensativo.

Clay se había quedado por las inmediaciones hasta que Anthony Howell salió del edificio.

Primero había entrado en tiendas desde las que se veía la fachada y, por último, en una cafetería cuyo té, tenía que reconocer Clay, era excelente.

Todo debería haber sido tan sencillo como esperar a que Howell se sentara al volante.

La presión habría activado el temporizador, programado con un retardo de apenas unos segundos: el tiempo justo para que Howell cerrara la puerta del coche antes de intentar arrancarlo.

La bomba habría estallado y Anthony habría sido la única víctima.

Después, Clay habría cobrado su recompensa y seguido adelante.

Pero había surgido una complicación inesperada.

La aparición de Elliot lo había sorprendido, y Clay se había quedado paralizado al ver al hombre, bien vestido y de aspecto serio, sacar a Howell del edificio.

Mientras los observaba, no había podido evitar pensar una vez más en lo extraño que era el universo.

Qué extraño y, sin embargo, qué apropiado resultaba que el hombre atractivo que había intentado animar a Clay fuera también el encargado de mantener con vida al objetivo de Clay.

Pese a la impresión, había observado fascinado cómo Elliot pasaba de la calma al estado de alerta, con todo el cuerpo tenso, como una serpiente a punto de atacar.

Clay no tenía ni idea de qué podía haber visto Elliot, pero le había llamado la atención.

Más interesante aún había sido ver a Elliot apartar a Anthony y descubrir acto seguido la pequeña sorpresa que Clay había dejado bajo el asiento delantero.

Así que, en lugar de sentir la satisfacción de haber terminado el encargo rápidamente, Clay vio cómo desactivaban su obra y la sacaban del coche con sumo cuidado.

Le pareció extraño que Anthony se hubiera procurado protección personal de repente.

Por lo que sabía, la imagen que el hombre daba en su labor benéfica era la de alguien afable y jovial, que no temía a nada ni sospechaba de nadie.

Tras investigar un poco y hablar con varias personas, le había resultado fácil averiguar que Anthony solía conducir él mismo a todas partes.

En el edificio apenas contaba con un equipo de seguridad de carácter simbólico y, aunque tenía un sistema de vigilancia, no era de los más sofisticados.

Clay sospechaba que la casa estaría mejor protegida, pero no había investigado ese extremo porque ya tenía decidido qué hacer.

¿Qué había llevado exactamente al hombre a cambiar de hábitos?

Dos policías se acercaron a uno de los coches patrulla cercanos y atrajeron la atención de Clay. Se fijó en lo distintos que eran físicamente, en sus nombres y en el tenso silencio que mantenían entre ellos.

—⁠Puede que me venga bien investigar un poco más —⁠murmuró Clay antes de apartarse de la multitud.

* * *

Tras una breve búsqueda en internet y después de ponerse un traje, Clay se dirigió a la comisaría cercana. No le sorprendió encontrarla poco concurrida: en la entrada no había nadie salvo el hombre que estaba detrás del mostrador. El agente levantó la vista del libro cuando Clay se acercó.

Clay sonrió al llegar al mostrador.

—⁠Hola.

—⁠¿Puedo ayudarle? —⁠preguntó el hombre.

Clay alzó una bolsa de comida para llevar.

—⁠Sí. Perdone que lo moleste, agente, pero vengo a traerle la comida al agente Andreas. ¿Está aquí?

Era un riesgo tremendo, teniendo en cuenta que ni siquiera sabía el nombre de pila del agente. Por suerte, el hombre del mostrador soltó un bufido desdeñoso y dejó el libro.

—⁠Dios, ¿cuántos hermanos sois en la familia de Eric? Te juro que no puedes tirar una piedra en esta ciudad sin dar con uno de vosotros. ¿Tus padres sabían siquiera lo que eran los condones o los anticonceptivos? —⁠preguntó el agente.

Clay se encogió de hombros y puso una mueca de incomodidad.

—⁠Bueno, eso tendrás que preguntárselo a ellos. No es algo que a un hijo le apetezca preguntarles a sus padres.

—⁠Ya, pero aun así. Tu hermano está en el despacho del fondo. No te sorprendas si está de mal humor. Él y Edwards no se llevan precisamente bien. No sé en qué estaría pensando el jefe —⁠masculló el agente mientras recogía su libro.

Clay le dedicó una amplia sonrisa.

—⁠Gracias.

Superado el primer obstáculo, siguió las indicaciones del hombre y pasó de la entrada a la sala contigua.

Por lo que se veía, la mayoría de los agentes trabajaban en cubículos.

Había pequeños adornos repartidos por cada puesto y, tal como esperaba, despachos a lo largo de las paredes.

Al echar un vistazo a uno de ellos, vio que apenas había sitio para dos mesas.

Clay no sabía a qué se debía aquella distribución, pero los despachos le darían más intimidad si alguien aparecía por allí.

En cualquier caso, los pocos agentes presentes apenas le prestaron atención.

Alzaban la vista cuando pasaba, reparaban en su traje y en la bolsa que llevaba en la mano y volvían al trabajo.

De eso se trataba: de que supusieran que era un detective o alguien que tenía un motivo para estar allí.

Clay había aprendido hacía mucho que, si no llamabas la atención y te comportabas como si aquel fuera tu sitio, la gente por lo general te dejaba en paz.

Al llegar al fondo, los dos agentes que había visto antes salieron de su despacho. El más bajo parecía furioso, y Clay comprendió a qué se refería el hombre del mostrador.

—⁠Me importa una mierda, Blaine. Ese no es el puto problema —⁠siseó el agente al que Clay conocía como Eric mientras salía dando pisotones.

El hombre más alto, que no parecía menos disgustado, fue tras él.

—⁠Sí que es el problema. Lo que pasa es que no quieres que lo sea.

—⁠Ah, no me vengas con esas mierdas —⁠replicó Eric, encaminándose hacia un pasillo cercano.

—⁠¿Con qué, con la verdad? Pues es la verdad —⁠dijo Blaine.

Clay se apartó de su camino mientras ellos seguían pasillo adelante sin dejar de discutir. No había pensado utilizar su despacho, solo buscaba uno al fondo, pero tampoco iba a dejar pasar la oportunidad. Cuando se coló dentro, aún oía sus voces discutiendo por el pasillo.

Mejor aún: uno de ellos no había cerrado la sesión en el ordenador. Clay se sentó y tecleó el nombre de Howell. La información apareció al cabo de unos instantes.

—⁠Ah —⁠murmuró mientras examinaba la pantalla.

Los archivos que le había enviado Fate no incluían los dos informes policiales de las últimas semanas.

Por lo visto, alguien ya había intentado matar a Anthony Howell, y a plena luz del día, nada menos.

Clay leyó el informe por encima, divertido por el relato del intento fallido.

Un arma encasquillada, ni más ni menos, le había salvado la vida al hombre.

Precisamente por eso Clay solo compraba armas de la mejor calidad y las mantenía en perfecto estado.

La carta amenazadora le hizo la misma gracia.

Si ibas a matar a alguien, no lo avisabas.

Y desde luego no contratabas a un drogadicto cualquiera de la calle con una pistola de mierda para que lo hiciera.

Eso sí explicaba por qué Howell había decidido de repente que necesitaba más protección. Ya lo habían amenazado y habían atentado contra su vida, y Clay sabía que, mientras fuera vulnerable, el hombre tenía que mostrar que tomaba medidas para protegerse.

Terminada su investigación sobre Howell, introdujo una memoria USB en el ordenador y descargó los archivos.

Cerró el navegador, comprobó que la búsqueda no apareciera en el historial y, por fin, se apartó de la mesa.

Un vistazo a la sala principal le confirmó que podía salir sin problemas.

Al pasar, dejó la bolsa de comida para llevar sobre una mesa cualquiera, saludó con la mano al hombre del mostrador y salió a la calle.

Ahora tocaba investigar un poco más, pues se enfrentaba a más complicaciones de las previstas.

De vuelta en su habitación, buscó empresas de protección de la zona.

No tardó en dar con la que dirigía Elliot.

Echó un vistazo a la página web, de diseño pulcro y bien organizada, y pasó a una base de datos.

Pagó con el saldo de una de sus docenas de tarjetas prepago para acceder a la información pública que ofrecía el sitio.

—⁠En tu web te quedaste corto, amigo —⁠dijo Clay mientras examinaba los datos.

Elliot había nacido en Vermont y vivido allí hasta la muerte de su madre.

Después había pasado al sistema de acogida, donde permaneció hasta cumplir los dieciocho años.

Al alcanzar la mayoría de edad, Elliot se había alistado en los marines.

La información sobre aquella etapa era, en el mejor de los casos, incompleta, cosa que no le sorprendió.

Si Clay quería saber más sobre el servicio militar de Elliot, tendría que recurrir a alguna de las fuentes de información a las que Fate podía darle acceso.

El problema era que, aunque a Clay le habría gustado saber a quién se enfrentaba, no quería alertar a la Agencia de que había tropezado con dificultades.

Además, le costaba aceptar ayuda de cualquiera, sobre todo de quienes, a efectos prácticos, lo llevaban de la correa.

No, podía resolverlo solo. Un guardaespaldas excepcionalmente hábil no bastaría para hacerlo desistir.

Sin embargo, tendría que esperar un poco antes de volver a atacar.

Elliot ya sabía que alguien intentaba acabar con Howell, y con su primer intento Clay había enseñado un poco sus cartas.

Si Clay hubiera sabido que alguien como Elliot estaba implicado, habría tenido más cuidado.

Ahora Elliot sabía que se enfrentaba a alguien competente, lo que significaba que Clay tendría que pensar y planear sus pasos con más cautela.

Pero ¿cómo hacerlo?

Las bombas solían causar demasiados destrozos, aunque Clay tenía sus métodos para evitarlo.

Descartada esa opción, pensó en el veneno, pero enseguida rechazó la idea.

Nunca utilizaba veneno si no podía estar seguro de que llegaría a su objetivo.

Un cocinero podía probar la comida para comprobar el punto de sazón, el plato podía acabar en manos de otra persona o algún goloso podía llevarse un bocado a escondidas.

Los accidentes provocados eran igual de complicados y cualquier cosa podía salir mal.

Mejor matar a alguien cara a cara y fingir después que había sido un accidente que preparar uno de antemano.

Detestaba la idea de utilizar un rifle. Los rifles hacían ruido y resultaba desesperante encontrar un lugar desde el que tener al objetivo a tiro sin que te vieran, especialmente en una ciudad.

Además, pese a su puntería, no era el mejor francotirador.

Aquellas armas eran demasiado aparatosas y llamativas de todas formas, así que también descartó esa idea.

Clay volvió a acercarse el ordenador y tecleó.

La casa de Anthony apareció en la pantalla y la examinó.

Sin duda, después de lo de la bomba, Anthony reforzaría la seguridad en torno a su casa.

Pero, si se tomaba el tiempo necesario para conocer las rutinas y costumbres de todos, podría encontrar la forma de entrar.

La noche jugaría a su favor, y podría entrar y salir antes de que nadie supiera que Howell estaba muerto.

Parecía que, una vez más, tendría que optar por la vía directa.