4 Elliot
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Elliot
Una vez más, Elliot se encontraba en el despacho de Anthony Howell.
Por suerte, no había tenido que ponerse corbata con el traje.
Elliot había pensado que debía intentar ir medianamente presentable.
Una cosa era acudir a la entrevista con sus mejores galas, pero, si iba a encargarse de la seguridad de Anthony, no le veía sentido a seguir arreglándose tanto.
Anthony tenía el móvil pegado a la oreja y levantó un dedo para pedirle que esperara.
—No, Greg, lo entiendo perfectamente. Sí, sé que están en un aprieto, pero, hasta que aparezca dinero por arte de magia, poco podemos hacer. Eh, no, es una idea espantosa, y llevamos una semana discutiéndola.
Elliot se entretuvo observando el despacho mientras esperaba a que Anthony terminara la conversación.
Contra la pared del fondo, a la derecha, había un pequeño mueble que parecía guardar botellas de licor.
Más interesantes para Elliot eran las fotografías colgadas encima.
Anthony aparecía en todas; en la mayoría posaba con otras personas que sostenían cheques enormes o carteles de las organizaciones benéficas a las que ayudaba.
En otra estaba junto al alcalde de Port Dale, los dos con amplias sonrisas.
Otra lo mostraba a bordo de una embarcación bastante grande, aunque Elliot no sabía distinguir de qué tipo era.
—Mira, Greg, el de seguridad ya está aquí. Podemos discutirlo más tarde, ¿vale? Diles que tenemos que revisar los fondos de los que disponemos antes de comprometernos a nada. Sí, bueno, ella sabe que ahora mismo tenemos muchas cosas entre manos —prosiguió Anthony, antes de colgar por fin.
—¿Te lo estás pasando bien? —preguntó Elliot, volviéndose hacia Anthony.
El hombre le dedicó una sonrisa desvaída.
—Digamos que aquí las cosas no siempre van tan bien como me gusta hacer creer.
Era mi socio, Gregory Rhymes. Un amigo suyo que dirige una organización benéfica a unos ciento cincuenta kilómetros de aquí, en Lane, quiere que le echemos una mano.
El problema es que, con la nueva organización que estamos poniendo en marcha, ahora mismo no nos sobra precisamente el dinero.
Elliot frunció el ceño.
—¿Podría ser esa nueva organización la que te ha puesto en el punto de mira?
Anthony hizo una mueca.
—Espero sinceramente que no. Se centra en ayudar a jóvenes sin hogar a salir de la calle. No quiero ni pensar qué clase de persona intentaría matarme por eso.
A Elliot se le ocurrían muchos posibles candidatos.
Lo había visto infinidad de veces en Oriente Medio.
A los grupos radicales les gustaba captar a la gente de joven, utilizarla y maltratarla, retorcerle la mente mientras aún era moldeable.
Aquello también ocurría en Estados Unidos.
Las bandas con cierta envergadura y un poco de cabeza sacaban de la calle a niños sin hogar, desesperados, y los utilizaban para traficar con drogas, armas y otras cosas aún más sórdidas.
—Ayer, en nuestra reunión, mencionaste que ya habían atentado contra tu vida —prosiguió Elliot.
Anthony suspiró y asintió.
—Intentaron dispararme en plena calle, aunque cueste creerlo. Acababa de terminar una entrevista sobre la nueva organización cuando alguien se acercó con una pistola y apretó el gatillo. Por suerte, el arma se encasquilló. De lo contrario, no estaría aquí hablando contigo.
—Se encasquilló —repitió Elliot, arqueando una ceja.
—Soy el primero en admitir que no entiendo de armas. Si hay un término más preciso, seguro que tú lo sabes. El caso es que no disparó —le explicó Anthony, negando con la cabeza.
Que un arma fallara indicaba que era de pésima calidad o que quien la empuñaba no tenía ni idea de cómo mantenerla. Eso hacía más verosímil que se tratase de alguien movido por el rencor, sobre todo porque el intento de asesinato había tenido lugar a la vista de todos.
Anthony jugueteó nervioso con el móvil.
—La policía está investigándolo, pero el hombre que intentó dispararme huyó en cuanto se dio cuenta de que la pistola no funcionaba.
Ha pasado una semana y todavía no he tenido noticias de la policía.
Sinceramente, no creo que se lo estén tomando en serio, aunque supongo que los rumores de que hay un pirómano suelto por Port Dale tampoco ayudan.
No, Elliot imaginaba que no. Nadie había confirmado que hubiera un pirómano, pero los rumores abundaban.
Y, aun sin confirmación policial, la mayoría de la gente se había fijado en la frecuencia de los incendios en Port Dale.
Si la policía buscaba a un pirómano en serie, estaría demasiado ocupada para investigar a un desconocido que había intentado matar a Howell.
—Tengo un equipo de seguridad, por supuesto. Cualquiera que dirija una empresa, tenga o no ánimo de lucro, quiere algún tipo de protección. Pero ellos no son como tú, que estás acostumbrado a estas cosas —le dijo Anthony.
Ya habían tratado más o menos las razones por las que Anthony había contratado a Elliot, pero él sabía reconocer cuándo alguien hablaba de más por los nervios. Repasó mentalmente lo que sabía y enumeró las cosas que tendría que comprobar antes de quedarse tranquilo y seguir adelante.
—¿Sistemas de seguridad? —preguntó Elliot.
—El de mi casa lo actualizaron hace poco, pero ni se me ocurrió pedir que revisaran el de aquí. Nunca hemos tenido problemas en esta zona, y mucho menos en el edificio —admitió Anthony con una leve mueca.
—Quizá te convenga pedir a la empresa de seguridad que venga a revisarlo, o contratar a un asesor independiente para que le eche un vistazo —dijo Elliot, pensando en el hombre que había conocido la noche anterior.
Se llamaba Clay. Estaba sentado solo, sin llamar la atención, mirando el agua.
No era de los que hacían volver la cabeza a su paso, pero había algo en él que había atraído a Elliot.
No había sabido precisar qué era. Clay no había sido precisamente hablador, aunque tampoco había intentado que Elliot se marchara.
Al final, Elliot había atisbado cierta tristeza en los ojos castaños del hombre mientras este esquivaba las preguntas sobre su pasado y sonreía ante los torpes intentos de Elliot de hacerse el encantador.
Era una lástima que hubiera tenido que irse tan pronto. A Elliot le habría gustado saber más de él.
—¿Crees que servirá de algo? —preguntó Anthony, interrumpiendo los pensamientos de Elliot.
Elliot asintió.
—Algunos incluso pondrán a prueba los sistemas de seguridad si les das permiso. Así podrán decirte dónde están los fallos y cómo corregirlos.
Anthony se removió inquieto.
—Eso suena… un poco caro. Y, aunque estoy seguro de que tus servicios lo valen, tampoco has salido precisamente barato.
Elliot reprimió el impulso de señalar que había muy buenos motivos para ello.
No solo podía asesorarlo sobre todos los protocolos de seguridad salvo los electrónicos, sino que estaba dispuesto a arriesgar la vida por quien lo contratara.
La protección personal y directa, con alguien dispuesto tanto a matar como a morir por otra persona, no salía barata.
—Puede ser, pero es mucho mejor que dejar que alguien encuentre un punto débil en el sistema y entre a matarte mientras estás en el váter —le dijo Elliot sin rodeos.
—Qué imagen tan agradable. Buscaré asesores. Mientras tanto, llamaré a la empresa del sistema de seguridad para que haga antes su propia inspección —dijo Anthony, anotándolo en un bloc.
Elliot asintió.
—Te enviaré una lista de asesores con los que he trabajado. No puedo garantizarte cuánto cobrarán, pero sí que son muy buenos en lo suyo.
—¿Algo más? —preguntó Anthony.
—Tendré que conocer a tu equipo de seguridad —dijo Elliot.
Anthony se levantó.
—Eso sí puedo arreglarlo ahora mismo.
Elliot lo siguió, consciente de que aquella podía ser la parte menos agradable del trabajo.
Los equipos de seguridad privada eran de lo más variopintos, fuera adonde fuera.
Había quienes hacían todo lo posible, aunque tenían las manos atadas.
A esos no les importaba que alguien de fuera acudiera a ayudar.
El resto era un revoltijo de gente a la que le gustaba tener poder para intimidar a otros, gente a la que le importaba una mierda lo que debía hacer y gente que solo estaba allí para cobrar a fin de mes.
A todos estos últimos, por una razón u otra, les sentaba mal que alguien como Elliot llegara a tomar las riendas.
Cruzaron la sala y entraron en otro pasillo, desprovisto de decoración y de cualquier señal de vida.
Anthony lo condujo hasta una puerta cerrada que solo se abrió cuando introdujo un código.
Elliot se apuntó mentalmente que debía conseguirlo si no se lo daban antes de que acabara el día.
También habría preferido que instalaran un sistema actualizado que combinara tarjeta de acceso y código numérico.
Al menos, eso proporcionaría más protección que una simple cerradura de combinación o un sistema de tarjetas.
Lo llevaron a una sala pequeña con varias pantallas en la pared.
Había un hombre sentado detrás de la mesa.
El vigilante estaba en bastante buena forma, lo que alivió a Elliot.
No había nada peor que descubrir que la vida de otras personas dependía de alguien que parecía llevar diez años sin mirar siquiera una cinta de correr.
—Este es Darren Michel, el supervisor del equipo de seguridad. Supongo que podría decirse que es el jefe —le explicó Anthony.
Darren se levantó de la silla de un impulso. Apenas le llegaba a Elliot a la barbilla, pero el fugaz destello de insolencia en su rostro bastó para que Elliot supiera con qué clase de persona iba a tratar.
—Sigo pensando que está tirando el dinero, señor Howell. Aquí lo tenemos todo bajo control —dijo Darren.
Elliot le tendió la mano.
—Mi trabajo es garantizar la seguridad del señor Howell, tanto aquí como fuera de la oficina.
Darren lo miró con acritud y le estrechó la mano de mala gana.