4 Elliot #2
—Ya, pero aquí nos encargamos nosotros.
—¿Estás tú solo aquí? —preguntó Elliot, haciendo caso omiso de su ego.
—Yo vigilo las cámaras.
—¿Y dónde está el resto del equipo?
—Comiendo.
La mirada de Elliot se desplazó a las pantallas.
—Así que no están aquí.
—No. Acabo de decirte que están comiendo —le espetó Darren.
—Entonces, mientras el equipo come, te quedas vigilando el edificio tú solo. ¿Tenéis algún plan de contingencia por si entra alguien peligroso? —preguntó Elliot.
Darren le lanzó una mirada furibunda.
—Venga ya. De vez en cuando entra algún vagabundo y monta un numerito. Basta con echarlo. No tiene más misterio. Y, si la cosa se pone fea, siempre puedes llamar a la policía.
Elliot volvió a dirigirse a Anthony.
—Qué tranquilizador, ¿verdad? Puedes estar seguro de que, después de que alguien entre a tiros y dispare a todo el mundo, la policía acabará apareciendo.
—Oye, que te jodan. Estamos haciendo nuestro trabajo —replicó Darren.
—Y yo el mío.
Por algo prefería trabajar por su cuenta.
Con demasiada frecuencia se topaba con gente como Darren, a la que solo le importaba su propio ego.
Estaba claro que aquel hombre no soportaba que alguien invadiera su territorio, sin pararse siquiera a pensar que quizá hubiera una razón.
Para Elliot había un trabajo que hacer, y hacerlo importaba más que el orgullo herido de cualquiera.
Elliot se dirigió a Anthony.
—Ahora mismo tengo que partir de la base de que, entre la amenaza y el atentado contra tu vida, hay alguien que quiere verte muerto. Alguien que no se va a conformar con un solo intento.
—Un loco y una amenaza no demuestran gran cosa —objetó Darren.
Elliot lo ignoró y continuó:
—Me contrataste porque consideraste que la amenaza era lo bastante grave, y mi trabajo consiste en garantizar tu seguridad si existe un peligro. Así que habrá cambios, tanto aquí como en tu vida personal, que tendrás que plantearte y para los que tendrás que confiar en mí.
Anthony asintió, con cara de encontrarse mal.
—Darren, he contratado al señor Remus para que vele por mi seguridad personal. Si considera que algo no está a la altura, te aseguro que sabe de lo que habla.
Darren no dijo nada, pero Elliot veía que no estaba convencido.
Daba igual. Elliot contaba con el respaldo de Anthony y, dado que era él quien pagaba tanto su sueldo como el de Darren, eso era lo que más importaba.
Aunque al final todo resultara ser una serie de coincidencias, Elliot seguiría satisfecho con sus decisiones.
Y, si se equivocaba, más valía prevenir que curar… o que acabar muerto.
—Bien. —Anthony dio una palmada—. Ahora que hemos aclarado eso, me temo que luego tengo una reunión con el jefe de policía. Tenemos varios asuntos que tratar, y después he quedado con el general Winter en Fort Dale.
Elliot levantó la vista y arrugó la frente, pensativo.
—¿El general Winter?
—El responsable de la base militar de aquí cerca.
Es un hombre fantástico y una gran ayuda para distintas organizaciones benéficas cuando puede aportar dinero.
También me ha pedido consejo sobre algunos asuntos, sobre todo para la gala que le gusta organizar cada año.
Es un gran hombre, pero conseguir que te haga un hueco en su agenda es una odisea.
Sinceramente, creo que su nuevo secretario mantiene a la gente alejada a propósito —concluyó Anthony, frunciendo el ceño.
—Entonces te acompañaré hasta el coche —dijo Elliot.
—Puedo hacerlo yo —protestó Darren.
Elliot señaló las pantallas.
—Es mejor que se quede aquí vigilando las imágenes alguien que conozca el sistema y sepa qué debería verse en ellas. Además, a partir de ahora tendré que insistir en acompañar al señor Howell.
Anthony abrió mucho los ojos.
—¿Qué? Pero siempre voy solo, yo…
Elliot frunció el ceño.
—Es más fácil vigilarte si estoy contigo todo lo posible. Podemos poner vigilancia alrededor de tu casa para que sigas teniendo intimidad, pero, francamente, me contrataste para que no te quitara el ojo de encima. Es difícil hacerlo si voy en otro coche detrás del tuyo.
Anthony pareció a punto de protestar, pero acabó desinflándose.
—Ah, está bien. Más vale prevenir que curar, ¿no?
—O que acabar muerto —añadió Elliot, haciéndose eco de sus pensamientos de antes.
Salieron de la sala de seguridad a buen paso, con Anthony detrás. Pasaron junto al mostrador de recepción, donde la mujer alzó la vista y les sonrió. Elliot le devolvió el saludo con una inclinación de cabeza y se volvió hacia Anthony.
—¿Tienes aparcamiento privado? —preguntó Elliot.
Anthony lo miró sin comprender.
—¿Aquí? No, claro que no. Aparco delante, en la calle.
Cómo no. Elliot se recordó, como ya había hecho varias veces, que aquel hombre nunca había tenido que afrontar una situación de vida o muerte.
No sabía lo que era verse perseguido y acechado por alguien que quería matarlo.
Anthony tenía decenas de costumbres, como cualquier persona normal, que Elliot tendría que intentar cambiar.
Y, con suerte, sería lo bastante rápido para impedir que Anthony propiciara su propio asesinato mientras tanto.
—Pues vamos a la calle —dijo Elliot, pensando ya en otro sitio donde Anthony pudiera aparcar.
Anthony lo condujo fuera y, mientras se acercaban al coche, la mirada de Elliot recorrió la calle y sus alrededores.
Nada parecía fuera de lugar, lo que Elliot consideró una señal razonablemente buena.
Todos los indicios apuntaban a que quien quería matar a Anthony era poco cuidadoso, así que no debía esperar nada elaborado ni sutil.
Aun así, no iba a descartar por completo la posibilidad de que alguien decidiera intensificar los intentos.
—Aquí está mi niño bonito —dijo Anthony, acariciando con cariño el coche deportivo plateado.
Elliot sabía lo suficiente de coches para reconocer que el de Anthony era elegante, reluciente y que probablemente le sobraban caballos. Más allá de eso, le interesaban más los dispositivos de seguridad, incluida la peculiar cerradura de la puerta.
—No es una cerradura convencional —observó Elliot.
—No, pero también se puede abrir con llave, por si acaso —aclaró Anthony, dando un golpecito al ojo de la cerradura.
Elliot examinó la zona, ceñudo.
—¿Siempre ha tenido ese arañazo?
Anthony bajó la mirada y, en cuanto descubrió el arañazo de poco más de un centímetro en la pintura, abrió mucho los ojos.
—¿Cuándo ha pasado eso? Uf, una de las ventajas de no tener que usar casi nunca la llave es que te ahorras estas cosas.
Elliot, en cambio, miró al suelo. Se agachó mientras Anthony, que seguía refunfuñando, desbloqueaba y abría la puerta.
Cuando Elliot puso el dedo sobre una diminuta esquirla en el asfalto, supo que no la habría visto si hubiera hecho un poco de viento.
Levantó el dedo: pegada a él había una pizca de pintura plateada y roja.
—Quieto —ordenó Elliot. Se incorporó, agarró a Anthony por el hombro y tiró de él hacia atrás.
Anthony dio un traspié hacia atrás y abrió mucho los ojos.
—¿Qué pasa?
—Vuelve al edificio —ordenó Elliot, mientras examinaba el interior del coche.
A simple vista, nada parecía fuera de lugar ni presentaba marcas.
El interior del coche de Anthony estaba tan ordenado como su escritorio.
De hecho, estaba tan limpio que Elliot no habría sabido decir cuánto tiempo llevaba Anthony con él.
La tapicería de cuero no tenía rozaduras ni manchas, el portavasos estaba libre de polvo y suciedad, y las alfombrillas parecían recién aspiradas.
Salvo por unas diminutas piedrecillas negras sobre la alfombrilla gris del lado del conductor.
Con cuidado de no tocar el asiento ni el volante, Elliot se introdujo como pudo en el hueco entre la puerta del conductor y los pedales.
Su respiración se volvió lenta y regular cuando descubrió una cajita bajo el asiento.
Puede que los coches no fueran su especialidad, pero sabía reconocer algo que no debía estar allí.
Elliot se había enfrentado a suficientes explosivos a lo largo de su vida para identificarlos a simple vista y hacerse una idea de cómo podían funcionar.
Un escalofrío le recorrió la espalda mientras salía con cuidado del coche.
Miró hacia el edificio, donde Anthony esperaba con impaciencia, y Elliot alzó una mano para indicarle que se quedara allí mientras sacaba el móvil del bolsillo.
Le dedicó su sonrisa más tranquilizadora y marcó el número de emergencias.
Después de hacerle otra seña para que no se moviera, explicó al operador quién era y qué había encontrado, empleando su tono más profesional.
Anthony consiguió esperar unos minutos después de que Elliot terminara la llamada antes de volver a acercarse.
—¿Qué ocurre?
Elliot se aclaró la garganta y miró hacia el coche.
—Quizá tengas que aplazar tu próxima cita. Parece que hay una bomba debajo del asiento del conductor.
Anthony se quedó con los ojos como platos y la boca abierta.
—¿Una… bomba? Dios mío.
Y no era un simple amasijo de cables y productos químicos unidos con cinta de cualquier manera. Elliot tendría que esperar a que la policía la examinara después de que los artificieros la retiraran, pero el artefacto le parecía bastante sofisticado.
Se le ocurrió otra cosa y le indicó a Anthony que volviera a la seguridad del edificio.
Cuando estuvo seguro de que no corría peligro, Elliot volvió a agacharse con cuidado frente al asiento, móvil en mano.
Procurando no mover nada, hizo todas las fotos del artefacto que pudo.
Al terminar, salió con cautela del coche y examinó las imágenes.