Matar o besar (Los héroes de Port Dale 2) 3 Clay #2
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3 Clay #2

—⁠No puedes tener mucho más de veinticinco años —⁠aventuró Clay, calculándole unos años de menos.

—⁠Incluso cuando tenía veinticinco, la gente creía que tenía cinco más. Tengo treinta y cuatro —⁠le dijo Elliot.

Clay arqueó una ceja.

—⁠¿Treinta y cuatro? Nunca lo habría dicho. ¿Y ya llevas tu propio negocio? Conozco a unos cuantos que dicen que deberías esperar al menos hasta alcanzar una edad respetable y responsable antes de emprender por tu cuenta. Digamos… cincuenta años.

Elliot soltó un bufido burlón.

—⁠Bah, todo el mundo habla de lo peligroso que es montar tu propio negocio y de la apuesta tan arriesgada que supone, pero no puede ser peor que recibir disparos. ¿Y cómo sabías que trabajo por mi cuenta?

—⁠Entre lo que te ha entusiasmado conocer a otro profesional independiente y que has dicho que ofreces servicios de protección, lo he deducido —⁠dijo Clay.

—⁠Vaya, alguien que se fija —⁠dijo Elliot con aprobación en la voz.

—⁠Igual que se fija quien prefiere sentarse en una esquina, ya sea dentro o en la terraza —⁠replicó Clay.

Elliot volvió a sonreírle.

—⁠Un hombre que se fija de verdad. Ahora estoy doblemente impresionado.

Por inquieto y alterado que se hubiera sentido antes de que apareciera Elliot, Clay empezaba a pasarlo bien.

En aquella breve conversación, Elliot había dado la impresión de ser una persona capaz de aguantar los golpes de la vida sin perder la calma.

Clay había conocido a muchas personas de ambos tipos, pero rara vez coincidían las dos cualidades.

O bien la persona resistente resultaba también insoportable y no dejaba de hurgar en sus heridas emocionales, o bien quien parecía imperturbable aún no se había topado con nada que lo pusiera a prueba.

Una vibración en el bolsillo lo devolvió a la realidad.

La calidez de aquella agradable charla con un desconocido atractivo se evaporó cuando sacó el móvil.

Tal como esperaba, era un mensaje de Fate, con la frase de respuesta que usaba cuando tenía varios trabajos entre los que podía elegir.

Debajo había añadido una indicación: era urgente.

—⁠Y, así de repente, el mundo real aparece para robarnos este momento agradable —⁠dijo Clay, guardándose el móvil en el bolsillo y poniéndose de pie.

—⁠¿Cosas del trabajo? —⁠preguntó Elliot.

—⁠Los malvados no descansamos —⁠dijo Clay.

A Elliot se le escapó una risa por la nariz.

—⁠Por lo que yo he visto, tampoco quieren descansar.

No, quizá no. Pero para eso había gente como Clay moviéndose entre las sombras del mundo.

—⁠Gracias por la compañía, Elliot. No sabía que necesitaba charlar un rato sobre la infancia y el trabajo —⁠le dijo Clay con sinceridad.

—⁠Sí, quizá vuelva a verte por aquí.

—⁠Quizá —⁠dijo Clay, mintiendo por tercera vez.

Nunca se quedaba mucho tiempo en un mismo sitio.

* * *

Al regresar a la habitación que había alquilado, Clay cerró la puerta tras de sí.

Sacó el móvil, miró el número y suspiró.

En realidad, si no lo hubieran interrumpido, habría acabado tanteando el terreno para ver hasta dónde podía llegar con Elliot.

El hombre era enorme, por lo que había contado parecía duro y, además, era increíblemente guapo.

A Clay no le habría importado en absoluto tener la oportunidad de averiguar si Elliot era también de los que te empotran contra la primera superficie que encuentran y te follan hasta dejarte sin sentido.

Pulsó la marcación rápida y el móvil dio tono antes de que sonara la voz seca de Fate.

—⁠Buenas noches. Ha vuelto al trabajo antes de lo que esperaba.

Clay levantó una ceja. ¿Desde cuándo le importaba a Fate que estuviera trabajando o no?

—⁠Me ha entrado de repente la necesidad de mantenerme ocupado —⁠dijo Clay, guardándose la llave de la habitación en el bolsillo.

—⁠Entonces nos viene de perlas. Creo que tengo un trabajo muy de su estilo.

La expresión era extraña, pero más extraño aún resultaba que hablara de un solo trabajo.

—⁠¿Un solo trabajo? Ya hablamos de esto, Fate. Prefiero elegir a mis objetivos.

—⁠En este caso solo había uno y lo reservé para usted antes de que lo cogiera otra persona. Es bastante lucrativo. El cliente paga el doble de sus honorarios habituales.

Clay frunció el ceño.

—⁠¿Lo ha elegido por mí?

—⁠Como he dicho, es muy de su estilo.

—⁠¿Desde cuándo tengo yo un estilo? —⁠preguntó Clay.

Le pareció percibir una sonrisa en su voz.

—⁠Nadie en la Agencia se fija en nada más que en su índice de éxito. Como su enlace, yo detecto patrones que otros pasan por alto. Eso incluye sus particulares… preferencias en cuanto a objetivos.

Tenía razón. Era inquietante, pero tenía razón.

—⁠¿Y qué le hace pensar que el nuevo objetivo que ha elegido para mí responde a esas preferencias? —⁠preguntó Clay, mientras sacaba uno de sus portátiles de la bolsa que había sobre la cama.

—⁠Es un hombre que debe morir y que, según todos los indicios, se lo merece con creces.

Clay abrió el ordenador e inició el programa seguro para consultar los archivos.

No le gustaba que Fate conociera sus inclinaciones a la hora de elegir objetivos.

La Agencia veía con malos ojos a los agentes que se mostraban selectivos y, si descubrían sus costumbres, podrían sacar conclusiones equivocadas.

Lo último que necesitaba era que alguien pensara que se había vuelto un sentimental.

Aunque, en su opinión, no debería importarles tanto: al fin y al cabo, cumplía los trabajos que aceptaba.

—⁠Los archivos que seguro que querrá consultar todavía están llegando, así que puede que aún no los vea. No obstante, por lo que ya tenemos, creo que le gustará, o más bien que no le gustará, lo que encuentre —⁠prosiguió Fate.

Clay gruñó cuando apareció el expediente.

—⁠Aquí ya hay más información de la que solemos recibir. ¿Qué clase de cliente es?

—⁠Uno que prefiere permanecer en el anonimato. Y que habla en serio. Quería al mejor y, aun después de que le indicáramos cuánto costaba, ofreció el doble.

No era algo inédito en la experiencia de Clay. En los quince años que llevaba trabajando para la Agencia, había visto a clientes pagar mucho más que las tarifas habituales. Esos encargos solían tener prioridad sobre cualquier otro que llegara y solo se ofrecían a los mejores agentes disponibles.

Desvió la mirada hacia la fecha del expediente y arrugó la frente.

—⁠Este encargo no es nuevo.

—⁠No, no lo es. El objetivo vive en una zona muy poblada y está bajo vigilancia constante.

Hay muy pocas oportunidades de acercarse a él y, por lo visto, ya le han advertido de que su vida corre peligro.

Eso hará que extreme las precauciones, y no podemos permitirnos ningún error.

No reservé este trabajo solo porque se ajuste a sus criterios, sino porque necesitamos a alguien en quien podamos confiar —⁠le dijo Fate.

—⁠Me conmueve, Fate —⁠murmuró Clay mientras examinaba la información.

—⁠No debería. Me baso en datos y cifras, y usted es el más indicado para este trabajo.

Clay se guardó el resoplido, pero sonrió con sorna al pasar de la foto del objetivo, que lucía una sonrisa engreída, al nombre de la ciudad.

—⁠Port Dale.

—⁠Otra razón por la que quería que se encargara usted. Aunque no puedo estar segura, porque nunca le ha gustado decirle a nadie dónde está entre un trabajo y otro, supuse que no se había alejado mucho de la ubicación del último objetivo y que estaría relativamente cerca de este.

Lo bastante cerca para poder ir en autobús hasta el lugar de trabajo del objetivo y después tomar un taxi hasta su casa.

Clay no creía en el destino ni en ningún poder superior dotado de inteligencia y propósito.

Eso no impedía que de vez en cuando se fijara en las extrañas coincidencias de la vida y se quedara pensando.

—⁠Estoy bastante seguro de que puedo recorrer esa distancia sin ayuda —⁠dijo Clay, apartando el portátil.

—⁠Entonces, ¿acepta?

—⁠¿Hay algún plazo?

—⁠El cliente no lo especificó. No obstante, imagino que preferiría que fuera lo antes posible.

—⁠Por supuesto. Acepto. Estaré en contacto.

Terminó la llamada con un toque en la pantalla del móvil.

La decisión de ofrecerse para otro encargo había sido un impulso o, más exactamente, un deseo de huir de sus pensamientos.

Su mente volvió al hombre absurdamente simpático, pero interesante, que había conocido en el bar.

Una vez más, le hizo gracia cómo funcionaba el universo.

Lo había distraído de sus pensamientos con alguien interesante, solo para que su propia impulsividad le arrebatara aquella distracción.

Que Dios lo amparase: tenía treinta años y aquel tira y afloja empezaba a pesarle. Qué demonios, le resultaba agotador desde que tenía memoria. Eso no le impedía seguir adelante, pero a veces, solo a veces, se preguntaba si aquel camino tendría algún final.

Posó los ojos en la pantalla del ordenador y dejó escapar un sonido seco.

—⁠Bueno, Anthony Howell, espero que hayas hecho las paces con Dios.