Matar o besar (Los héroes de Port Dale 2) 3 Clay
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3 Clay

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Clay

Apenas llevaba veinticuatro horas en Port Dale y Clay ya empezaba a sentirse inquieto.

Sentado en la terraza de un pequeño bar junto al mar, mientras veía cómo el crepúsculo sucedía a la puesta de sol, notaba que los pensamientos le daban vueltas sin parar.

Había confiado en que las zonas de la ciudad rebosantes de vida y energía bastaran para distraerlo.

Otras veces había funcionado. Solo tenía que buscar los sitios más ruidosos, por lo general llenos de gente borracha y cachonda, y podía olvidarse de todo durante un rato.

Clay no era de los que se emborrachaban, ni siquiera en sus días libres, pero eso no significaba que le hiciera ascos a divertirse un poco.

Y, si se sentía perdido y quizá notaba esa irritante emoción llamada soledad, se llevaba a alguien a la cama.

Pero, mientras miraba más allá de la barandilla de la terraza, no tenía ganas de divertirse.

Oía el tráfico al otro lado del bar. El dueño no había elegido el mejor sitio para montar un local de moda.

Estaba demasiado lejos de las discotecas y los restaurantes concurridos, y más cerca de la zona industrial.

Aun así, mientras contemplaba el agua que rompía contra las rocas unos metros más abajo, Clay tenía que reconocer que el lugar era precioso.

Pese a todo, su mente no descansaba y sentía un desasosiego en lo más hondo del alma.

A veces, su cabeza se empeñaba en obligarlo a enfrentarse al pasado, a preguntarse qué podría haber sido, qué habría podido pasar.

En esos momentos se ponía inquieto y empezaba a perder la serenidad de la que tanto dependía en su vida.

Lo último que necesitaba era darle demasiadas vueltas al pasado o al futuro.

Suspiró, sacó su móvil nuevo y le envió a Fate el código que habían acordado.

Era la señal de que estaba listo para aceptar un nuevo encargo y, además, le proporcionaba a ella un medio para ponerse en contacto con él.

Fate sabría que, tratándose de Clay, se había decidido antes de lo habitual, pero no haría preguntas. Nunca las hacía.

Una sombra se extendió sobre la terraza a su espalda.

—⁠Ah, perdona.

Clay se volvió y vio al que quizá fuera el ser humano más grande que había visto en su vida.

Por si fuera poco, estaba hecho un tanque.

Casi al instante, Clay lo tomó por militar.

No solo por su enorme tamaño o por el pelo rubio rapado casi al cero, sino porque sabía que había una base cerca y que los soldados iban a menudo a Port Dale para relajarse un poco.

—⁠No me había dado cuenta de que había alguien aquí fuera —⁠continuó el hombre.

Clay lo recorrió con la mirada, impresionado por su corpulencia.

—⁠Bueno, es un bar abierto al público. No tienes por qué disculparte.

El hombre soltó una risa por la nariz y levantó la cerveza.

—⁠Cierto. No conozco a mucha gente aquí, así que vengo cuando me apetece tomar algo tranquilamente sin quedarme encerrado en casa.

—⁠Así que esto siempre está igual —⁠dijo Clay, mirando hacia el bar vacío.

—⁠Más o menos. No sé cómo consiguen mantenerlo abierto, aunque quizá solo venga a las horas muertas. Supongo que no te importa que me siente contigo, ¿no?

—⁠Hay una terraza entera y sitio de sobra. No voy a impedírtelo —⁠dijo Clay.

—⁠Ya, pero estás en mi mesa.

Clay parpadeó, bajó la vista hacia la mesa de la esquina en la que estaba sentado y alzó una ceja.

—⁠¿Ah, sí?

El hombre se rio entre dientes.

—⁠Sí. Verás, me gusta ese sitio por varios motivos. Para empezar, tiene las mejores vistas. Y además me permite vigilar la puerta.

Clay soltó una risa por la nariz. Precisamente por eso había escogido aquel asiento.

—⁠No pienso cederte el sitio, pero podemos compartir la mesa.

—⁠Acepto esas condiciones.

Clay observó cómo el hombre apartaba la silla de enfrente y se sentaba con mucha más agilidad de la que esperaba en alguien de su tamaño.

Los bíceps se le marcaron al inclinar la botella para beber, y Clay pasó de estar impresionado a sentirse bastante intrigado.

Siempre había preferido compañeros de cama bastante más grandes que él.

Con sus habilidades, no corría peligro aunque alguien se pusiera agresivo, pero le gustaban grandes y rudos.

Clay no iba a dar por hecho que el hombre que tenía enfrente quisiera algo más que disfrutar de las vistas y quizá charlar un rato, pero eso no le impedía mirar.

—⁠Soy Elliot —⁠dijo el hombre.

—⁠Pues buenas tardes, Elliot. Yo soy Clay.

—⁠Espero no interrumpir nada.

Clay se encogió ligeramente de hombros.

—⁠No hay nada que interrumpir. Solo estaba aquí sentado, viendo ponerse el sol y tomando algo.

Elliot volvió la vista hacia el horizonte resplandeciente.

—⁠Ya casi llega mi momento favorito del día. Me encanta el crepúsculo.

—⁠Qué curioso, a la mayoría le gusta el amanecer —⁠dijo Clay.

Elliot se rio entre dientes.

—⁠Probablemente por eso hay tantos poemas sobre él. Pero entonces el mundo despierta, cobra vida. Yo prefiero notar cómo se va calmando, cómo quizá pronto se quede dormido.

Clay miró por encima del hombro hacia los edificios que se alzaban tras el tejado del bar.

—⁠Si no haces caso a toda la gente que sale de fiesta y a buscar problemas, claro.

—⁠Cierto, hay que echarle un poco de imaginación.

Pero cuando era muy pequeño vivía en una granja con mi madre y mi abuelo.

A veces mi madre y yo nos sentábamos detrás de la casa, mirábamos hacia el bosque y veíamos ponerse el sol.

Era tan pequeño que creía que las luciérnagas eran estrellas que vivían aquí abajo —⁠explicó Elliot, sin apartar la vista del océano.

¿Qué tenían los bares tranquilos para despertar la nostalgia y propiciar confidencias entre desconocidos?

Clay había viajado por todo el mundo y siempre ocurría lo mismo.

En cuanto dejaba que se le acercara algún hombre o alguna mujer que no conocía, el otro se ponía a rememorar su infancia o a contarle cómo veía la vida.

Elliot lo miró con una mueca.

—⁠Perdona, no quería soltarte todo este rollo.

Clay se encogió de hombros.

—⁠No pasa nada. La verdad es que yo no tengo mucho que contarte a cambio.

—⁠¿Ningún recuerdo feliz de la infancia?

—⁠La verdad es que no.

Su padre había sido un matón, un esbirro de poca monta al que mantenían cerca por su fuerza y su crueldad.

Esa misma crueldad se la llevaba a casa, y Clay y su madre la sufrían en carne propia.

Tampoco es que su madre hubiera sido mucho mejor.

Se empeñaba en evadirse de lo peor de su vida, aunque para ello necesitara grandes cantidades de alcohol o drogas.

Su única salvación había sido la anciana que vivía en el piso de enfrente.

Había estado al lado de Clay en muchos de los momentos difíciles de su niñez.

Hasta que dejó de estarlo.

—⁠Es una pena. Perdí a mi madre cuando tenía ocho años, en un accidente de coche. Mi abuelo murió un año antes por un tumor que no le detectaron hasta que le quedaban unos meses de vida. Pero, aun así, me quedaron algunos buenos recuerdos de ellos —⁠dijo Elliot.

Clay tenía buenos recuerdos, pero no solía compartirlos.

Su pasado era suyo y nunca le habían entrado ganas de contárselo a nadie.

Además, parecía que Elliot estaba más que dispuesto a contar su propia historia.

Curiosamente, resultaba agradable escuchar la vida de otra persona, sobre todo la de alguien que se había visto arrojado al mundo antes de llegar a la pubertad.

Aquello no era en absoluto motivo para que Clay se desahogara, pero eso no le impedía disfrutar de la historia.

Elliot se rio por lo bajo.

—⁠Mi hermana me daría caña de cojones si supiera que estoy charlando con un desconocido. Siempre me dice que hablo demasiado con los extraños.

Clay sonrió.

—⁠A veces, con quien mejor se habla es con un desconocido.

—⁠Lo dice el hombre que no me ha contado absolutamente nada —⁠replicó Elliot, observándolo.

Clay suspiró, consciente de que tarde o temprano se arrepentiría de aquello.

—⁠Tuve una infancia de mierda. Un padre cruel, una madre que pasaba de todo, y las personas que me acogieron después de que murieran mis padres tampoco eran precisamente lo que se dice buena gente. Pareces estar de buen humor y no veo por qué iba a estropeártelo hablando de mi infancia miserable.

Elliot lo observó un momento.

—⁠Lo entiendo. Todos tenemos cosas de las que no nos gusta hablar, y no tenemos por qué hacerlo. ¿Mejor hablamos de a qué te dedicas?

—⁠Asesoría —⁠mintió Clay.

—⁠¿Ah, sí? Entonces trabajas por tu cuenta.

—⁠Sí, me ocupo de sistemas de seguridad.

No era del todo mentira. Gran parte de su trabajo tenía que ver con sistemas y protocolos de seguridad. Solo que su cometido era sortearlos.

Elliot sonrió ampliamente.

—⁠Mira por dónde, una feliz coincidencia para rematar el día. Yo también trabajo en seguridad.

Clay se preparó para tener que dar más detalles sobre su trabajo de tapadera.

—⁠¿Ah, sí? No te ofendas, pero no tienes pinta de trabajar en seguridad.

Elliot se dio unas palmadas en el pecho.

—⁠Sí, ya sé, tengo pinta de ser el que pone los músculos. Y eso es exactamente lo que soy. Ofrezco servicios de protección a quienes los necesitan.

—⁠O sea, un guardaespaldas —⁠dijo Clay.

—⁠Un guardaespaldas con un título más rimbombante —⁠lo corrigió Elliot.

Clay volvió a esbozar una sonrisa. Le caía bien cualquiera que supiera reírse de sí mismo. Había una línea muy fina entre el humor autocrítico y el desprecio hacia uno mismo, pero la sonrisa engreída de Elliot dejaba claro que no iba a seguir con un discurso de «pobre de mí».

—⁠Mis disculpas. Un guardaespaldas con un título más rimbombante, entonces —⁠dijo Clay.

—⁠Y uno que ha conseguido un contrato nuevo hoy, así que aquí estoy, celebrándolo —⁠le contó Elliot.

Clay resopló.

—⁠¿Vienes a un barecito donde apenas hay nadie y eso es celebrarlo?

—⁠Bah, cuando te haces un poco mayor aprendes a apreciar la paz y la tranquilidad.