2 Elliot #3
—No puedo decir que sepa mucho del trabajo benéfico. No sabía que fuera tan exigente.
Howell sonrió.
—Bueno, si uno procura mantenerse tan ocupado como yo, es inevitable. Algunos dirían que intento abarcar demasiado, pero las personas a las que ayuda esta fundación probablemente no estarían de acuerdo.
—Es un nombre un poco impreciso, ¿no? El de la fundación —observó Elliot.
—Ah, bueno, aunque algunas organizaciones nacen directamente de esta fundación, muchas de las entidades benéficas con las que trabajamos son independientes. Colaboramos con ellas: las asesoramos, las ayudamos a acceder a recursos y les proporcionamos algunos de los nuestros —explicó Howell.
—Entiendo. Así que funcionan más bien como un centro de coordinación o un punto de apoyo para esas entidades.
—Algo así. Eso no significa que no tengamos proyectos benéficos propios. Últimamente he dedicado mi tiempo a otro proyecto, mientras intentamos poner en marcha nuestra iniciativa más reciente.
—Un hombre ocupado —observó Elliot.
La sonrisa de Anthony vaciló.
—Sí y, por lo visto, también me he ganado unos cuantos enemigos por el camino.
—No habría pensado que dedicarse a la beneficencia fuera peligroso.
—Quién lo diría, ¿verdad? Pero supongo que siempre habrá gente a la que le guste obstaculizar el progreso. Hace poco he sabido que al menos un grupo o una persona, con suficientes recursos a su disposición, quiere verme muerto o, como mínimo, fuera de juego.
Elliot asintió.
—De ahí que se haya puesto en contacto conmigo.
Anthony se volvió hacia el ordenador e hizo clic en algo.
—Según consta en su propia descripción, sirvió ocho años en el ejército; concretamente, en los marines.
—Sí, señor.
—En las fuerzas especiales, además de una mención bastante vaga a trabajos con grupos internacionales.
Elliot sonrió.
—Cosas que puedo mencionar, pero no detallar.
—¿Confidenciales?
—Más o menos.
Anthony hizo girar la rueda del ratón.
—Y tiene una lista bastante impresionante de aptitudes para el combate, el manejo de armas y la investigación. Parece que el Tío Sam fue bastante generoso con su formación.
No lo había sido tanto cuando un balazo en el muslo derecho había requerido no solo atención médica, sino también semanas de rehabilitación.
Por lo visto, sus superiores habían decidido que aquella lesión bastaba para apartarlo del servicio activo.
En lugar de dejar que lo relegaran a un escritorio durante el resto de lo que esperaba que fuera una larga carrera, Elliot había dejado que su contrato terminara.
Pero se habían equivocado: se había recuperado por completo y podía ofrecer sus habilidades a quienes las necesitaran.
—¿No quería seguir con el Tío Sam? —preguntó Anthony.
Elliot se encogió ligeramente de hombros.
—Estaba llegando a una edad en la que o asciendes hacia puestos de mando o buscas otra cosa que hacer. Elegí la segunda opción.
Howell gruñó.
—Y con semejante repertorio de habilidades podría haber entrado en cualquier grupo de mercenarios. Si es cierto siquiera la mitad de lo que pone aquí, o si hay más cosas que no ha escrito, estoy seguro de que más de un grupo se interesó por usted.
—El trabajo de mercenario no era lo mío —le dijo Elliot.
En opinión de Elliot, era demasiado fácil pasar de «mercenario» a «criminal de guerra».
Había algunos que al menos fingían o intentaban no saltarse todas las normas morales y legales habidas y por haber, pero no se fiaba de cuánto duraría aquello.
Puede que hubiera elegido más o menos el mismo trabajo, pero lo hacía a su manera y bajo sus propias condiciones.
Elliot aún no había conocido ningún grupo de mercenarios que fuera selectivo a la hora de aceptar encargos, ni sabía de ninguno.
Anthony se apartó del ordenador con una sonrisa ladeada.
—Y, en lugar de eso, aprovechó la oferta que el país hace a todos los militares, volvió a estudiar, se sacó una carrera de Empresariales y aquí está.
—Así es —dijo Elliot.
Anthony Howell lo examinó de arriba abajo, aunque Elliot no sabía qué pregunta intentaba responder. Sospechaba que había llegado el momento en que Anthony o bien haría la pregunta que determinaría si conseguía el contrato, o bien se decidiría por su cuenta.
—Con toda esa experiencia militar, decidió que no quería hacerse mercenario, pero sí estudiar Empresariales. ¿Es usted el único empleado de su empresa? —preguntó Howell.
Elliot inclinó ligeramente la cabeza hacia la izquierda y evitó fruncir el ceño.
—Sí, señor. He pensado en contratar a más gente, pero eso exige tiempo y dinero hasta estar completamente seguro de con quién voy a trabajar. Mientras tanto, si un contrato requiere más personal, subcontrato a alguien. Solo he tenido que hacerlo dos veces.
—Parece bastante seguro de sus capacidades —observó Anthony.
—Lo estoy.
Anthony sonrió al oírlo y Elliot supo que lo había conseguido.
—Bien, pues hablemos usted y yo del plan que le gustaría poner en práctica para mantenerme entre los vivos —dijo Anthony.
Elliot sacó la tableta y desbloqueó la pantalla.
—Será un placer.