Matar o besar (Los héroes de Port Dale 2) 2 Elliot #2
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2 Elliot #2

—⁠No. Cada vez que le pido que elija algo, me dice que escoja lo que yo quiera.

Elliot cogió una camiseta de tirantes e intentó ponérsela mientras hablaba.

—⁠Bueno, quizá solo quiera que seas feliz. No parece que organizar bodas sea lo suyo.

—⁠Pues estaría bien que diera alguna opinión. Se supone que es nuestro día.

—⁠Prueba a decírselo así, en vez de insinuárselo a base de hacerle preguntas una y otra vez.

—⁠Ahora hablas como Mary.

—⁠Casi parece que tu hermano y tu mejor amiga te conocen.

—⁠Vale —⁠refunfuñó Ana⁠—⁠. Hablaré con él.

—⁠Bien. Y ahora, si me disculpas, tengo que salir a correr antes de ir a la entrevista —⁠le dijo Elliot.

—⁠Sí, sí, ve a sudar y a darles un espectáculo a los vecinos.

Elliot puso mala cara mientras cogía los auriculares de la mesilla.

—⁠No le doy ningún espectáculo a nadie.

—⁠La última vez que estuve por allí vi, tres mañanas seguidas, cómo todo bicho viviente al que le gustaran mínimamente las pollas se aseguraba de salir de casa o de asomarse cuando tú salías.

—⁠Mis vecinos son amables.

—⁠Ajá.

Elliot salió de su habitación.

—⁠Dale recuerdos a Nick.

—⁠No quieres reconocer que tengo razón, ¿eh?

—⁠Adiós, Ana. Te quiero.

—⁠Mocoso. Yo también te quiero.

Negando con la cabeza, Elliot conectó los auriculares y puso música.

Seguía meneando la cabeza mientras se calzaba las zapatillas de correr.

Puede que Ana estuviera a varios cientos de kilómetros, terminando la carrera de Derecho, pero lo llamaba religiosamente varias veces por semana.

No le había gustado que él estuviera en los marines, sobre todo cuando lo habían destinado fuera y había pasado semanas sin poder hablar con ella.

Elliot sospechaba que las llamadas frecuentes eran su manera de recuperar el tiempo perdido, o quizá solo de tomarle el pelo antes de que empezara el día.

Consultó la hora una vez más antes de guardarse el móvil. A Elliot todavía le quedaban un par de horas antes de la reunión: tiempo más que suficiente para correr un buen rato, volver a ducharse y salir.

* * *

Dos horas después, entró en la recepción de Howell & Rhymes Charity Foundation.

Recorrió con la mirada la pequeña sala de espera y reparó en la lujosa alfombra que iba desde la puerta hasta el mostrador de recepción.

Los paneles de madera oscura no parecían de imitación, y de unos altavoces ocultos salía música suave.

Apenas había echado un vistazo, pero la decoración le pareció ostentosa para una fundación benéfica.

Aunque debía reconocer que el lugar resultaba cálido y acogedor, como si solo le faltara una chimenea junto a la que sentarse a charlar y tomar algo.

La mujer que estaba detrás del mostrador levantó la vista del ordenador y le dedicó una amplia sonrisa.

—⁠Buenos días. Bienvenido a Howell & Rhymes Charity Foundation. ¿En qué puedo ayudarle?

Elliot resistió el impulso de ajustarse la corbata.

Aunque algunas de las entrevistas a las que acudía eran lo bastante informales como para permitirle vestir de manera más cómoda, aquella no era una de ellas.

Bastaba con echar un vistazo al interior del edificio para saber que había acertado al ponerse uno de sus mejores trajes.

Lástima que odiara aquellos malditos trastos.

Elliot se metió la tableta bajo el brazo.

—⁠Sí, tengo una cita con Anthony Howell.

Ella asintió mientras lo recorría con la mirada.

—⁠¿Su nombre?

—⁠Elliot Remus.

La mujer lo observó un instante más antes de volver la vista al ordenador.

A él seguía pareciéndole extraño que filántropos como Anthony Howell necesitaran protección personal.

Se suponía que aquella clase de hombres eran intocables y que todo el mundo los quería.

Elliot no trabajaba con organizaciones benéficas, pero llevaba suficiente tiempo trabajando en la zona de Port Dale como para conocer el nombre de aquel hombre.

Si se trataba de una obra benéfica, Anthony Howell andaba metido en ella.

La mujer asintió.

—⁠Señor Remus, parece que ha llegado un poco pronto.

Elliot se rio por lo bajo.

—⁠Más vale pronto que puntual.

Ella le guiñó un ojo.

—⁠Creo que el señor Howell agradecerá esa actitud. Además, está de suerte: su cita anterior ha terminado antes de lo previsto. Puede recibirlo ahora.

—⁠Llegar pronto tiene sus ventajas —⁠dijo Elliot.

Ella se levantó y rodeó el mostrador.

—⁠Si me acompaña, lo llevaré a su despacho.

Cuando ella se volvió y echó a andar, Elliot la siguió.

Por una mezcla de costumbre profesional e interés personal, la recorrió con la mirada.

Su atuendo, una falda hasta la rodilla con chaqueta, resultaba lo bastante formal para encajar en aquel entorno.

Sin embargo, la falda era algo más ajustada de la cuenta y él observó que el escote de la blusa era bastante pronunciado.

Su escritorio estaba impecable, aunque había visto unas figuritas arrinconadas en un extremo: coloridos personajes de dibujos animados.

Le dio la impresión de que era una mujer que seguía las normas, pero prefería hacerlo a su manera.

Se detuvieron al final del pasillo y ella abrió la puerta tras llamar suavemente.

Al igual que la sala de espera, el despacho en el que entraron estaba decorado con lujo.

Pero, mientras que la sala de espera resultaba cálida y acogedora, el despacho era llamativo y ostentoso.

Las plantas colgadas cerca del gran ventanal aportaban algo de vida a la estancia, pero la lámpara de araña y las mesitas, probablemente de mármol, resultaban excesivas.

Al igual que el de la mujer, el escritorio de Anthony Howell estaba impecable: sobre la superficie de aquel sólido mueble, los documentos y el ordenador ocupaban lugares cuidadosamente organizados.

Anthony Howell estaba de pie detrás del escritorio, con una amplia sonrisa.

Era un hombre al que no le daba miedo comprarse un traje caro hecho a medida y que, además, sabía llevarlo con soltura.

Medía unos quince centímetros menos que Elliot y, aunque era bastante más delgado, sus hombros anchos llenaban bien la chaqueta.

Al acercarse, Elliot vio que tenía unos ojos vivos de color avellana.

Lo miraban con curiosidad y se le arrugaban en las comisuras al sonreír.

—⁠El señor Remus viene a verlo, señor —⁠le dijo la mujer.

Anthony sonrió con sorna.

—⁠¿Hoy quiere que despache mis citas a toda prisa, señorita Stein?

—⁠No, señor. El señor Remus ha llegado hace solo un minuto.

Anthony dirigió su atención a Elliot y le guiñó un ojo.

—⁠Bueno, un hombre puntual y, además, afortunado. Llevo diez minutos aquí sin nada que hacer, esperando a que llegara la hora de nuestra cita.

—⁠Eso me estaba diciendo la señorita Stein —⁠respondió Elliot, mirando hacia la mujer.

—⁠Los dejo para que trabajen tranquilos. Si necesitan algo, llámenme —⁠dijo ella. Miró de uno a otro antes de salir del despacho y cerrar la puerta a su espalda.

Howell sonrió en dirección a la puerta.

—⁠Es estupenda, ¿verdad? Solo lleva seis meses aquí y, sinceramente, es una de las mejores personas con las que he trabajado. No es fácil encontrar a una mujer tan organizada.

—⁠A lo largo de mi vida he conocido a unas cuantas mujeres organizadas —⁠le dijo Elliot.

Howell parpadeó y soltó una carcajada.

—⁠Ah, discúlpeme. Me he expresado fatal. Debería haber dicho «persona». No es habitual encontrar a alguien tan atento a los detalles, meticuloso y organizado como ella. La pobre pasó sus tres primeros meses aquí ordenando mis archivos digitales. Después de eso, ni me planteé no subirle el sueldo.

Aquello tranquilizó a Elliot. Había empezado a sospechar que la actitud de Howell hacia las mujeres podía estar anticuada. No es que eso fuera a impedir que Elliot aceptara el contrato, pero le gustaba saber con qué clase de cliente trataba.

Howell se acercó a él y le tendió la mano.

—⁠Pero, dejando a un lado mi torpeza para expresarme, soy Anthony Howell.

Elliot le estrechó la mano.

—⁠Elliot Remus.

—⁠Bueno, pase, siéntese. No hacen falta formalidades mientras hablamos de negocios. ¿Le apetece beber algo? —⁠preguntó Anthony mientras rodeaba el escritorio.

Elliot se acercó a una de las dos butacas mullidas que había frente al escritorio.

—⁠No, gracias.

Anthony se sentó con soltura e hizo un gesto hacia una taza humeante que tenía al lado.

—⁠Ojalá pudiera decir lo mismo, pero, si no tomo mi dosis diaria de café, por la tarde me quedo sin fuerzas.

—⁠¿Ha probado a dormir? —⁠preguntó Elliot mientras se sentaba también.

Anthony se rio por lo bajo.

—⁠Eso es lo que me ha dicho mi médico más de una vez, y hasta la señorita Stein me ha regañado por quedarme trabajando hasta demasiado tarde. Por desgracia, no parece que dormir tenga cabida en mi agenda.

Elliot se acomodó, con los codos sobre los reposabrazos y las manos en el regazo.