Matar o besar (Los héroes de Port Dale 2) 2 Elliot
9%

2 Elliot

Elliot

Como todas las mañanas, Elliot se levantó con el sol.

Ponía el despertador por costumbre, pero siempre se despertaba antes de que sonara.

Elliot rodó hacia el borde de su enorme cama, cogió el móvil y desactivó la alarma.

Del mismo modo que siempre se despertaba temprano, también se espabilaba enseguida y no necesitaba el estridente chillido del despertador para ponerse en marcha.

Se irguió en toda su estatura y, con un sonido ronco de satisfacción, alzó los brazos por encima de la cabeza y sintió cómo se le estiraban agradablemente los músculos de los hombros y la espalda.

Tras hacer girar la cabeza, se inclinó hacia delante para estirar las lumbares y la parte superior de las piernas.

Volvió a enderezarse y balanceó los brazos, aflojando los músculos y activando la circulación antes de salir por fin del dormitorio.

El pasillo estaba oscuro, pero se iba iluminando conforme se acercaba al fondo.

Una luz roja y naranja inundaba la estancia a través de los ventanales que ocupaban la pared este del salón.

Una de las cosas que más le gustaban de la casa era lo diáfana que resultaba.

El salón se fundía sin interrupciones con el pasillo y con lo que, en teoría, era el comedor.

No es que recibiera a tanta gente como para necesitar uno, pero le parecía bien tenerlo.

Al entrar en la cocina, cogió la botella de agua que había dejado sobre la encimera.

Por mucho que le encantara beber agua helada durante el día, por la mañana tenía que estar a temperatura ambiente.

Abrió la botella, se la bebió entera y contempló el sol naciente.

En realidad, prefería los violetas y azules difusos del crepúsculo, pero el amanecer le infundía cierta audacia.

El día había comenzado, y él también debía ponerse en marcha.

Aún le quedaba tiempo de sobra antes de salir para la entrevista.

Hacía semanas que había dejado su último trabajo y empezaba a estar inquieto.

Aunque tenía ahorrado bastante dinero para vivir varios meses, Elliot prefería no tocarlo.

Mantenía bien abultada la cuenta de ahorros por si algún día necesitaba recurrir a ella en una emergencia, no simplemente porque no encontrara trabajo.

Se duchó con la misma rapidez y eficacia con que se despertaba.

En cuestión de minutos ya había salido y se estaba secando.

Al igual que la capacidad de dormir en cualquier sitio y despertarse completamente alerta, Elliot nunca había perdido la costumbre militar de ducharse deprisa.

Tampoco habían ayudado los meses que pasó en el extranjero, donde el agua no abundaba precisamente y había que darse prisa para que otros pudieran quitarse de encima la arena y la sangre.

Acababa de entrar en su habitación cuando sonó el móvil. Solo había una persona capaz de llamarlo a aquellas horas, así que ni siquiera miró la pantalla antes de deslizar el dedo para contestar.

—⁠Buenos días, Ana —⁠dijo, sujetándose el móvil entre la oreja y el hombro.

—⁠Buenos días, hermanito —⁠respondió ella.

Él soltó un bufido ante aquel apelativo cariñoso y no del todo acertado.

Con casi un metro noventa y seis de estatura y ciento veinticinco kilos de peso, Elliot era un gigante al lado de aquella mujer menuda que apenas medía metro y medio.

Además, le sacaba casi cuatro años, lo que hacía el apelativo aún más irónico.

Era una broma que ella había adoptado a las pocas semanas de que los acogieran en la misma casa.

Aunque no habían seguido viviendo juntos, nunca habían perdido el contacto y ella jamás había dejado de llamarlo así.

—⁠Llamas más temprano de lo habitual —⁠observó él.

—⁠Será porque no quería pillarte cuando sales a correr cada mañana. Me he adelantado unos… ¿qué, diez minutos?

Elliot miró la pila de ropa limpia, cuidadosamente doblada sobre la silla junto a la cama.

—⁠Cinco.

—⁠Y no hay quien hable contigo cuando sales a correr.

—⁠Oye, que sí hablo contigo.

—⁠Claro, hasta que entras en ese estado tan raro en que te quedas en tu mundo y tengo que gritarte para que vuelvas a hacerme caso.

Elliot se rio por lo bajo y cogió los pantalones cortos de deporte de la parte superior de la pila.

—⁠Mis más sinceras disculpas.

—⁠No me mientas. No lo sientes en absoluto.

—⁠Ni lo más mínimo.

Ana resopló.

—⁠En fin. Hoy tienes esa entrevista, ¿no?

—⁠Así es. Por lo visto, un ricachón de mierda me quiere a mí expresamente.

—⁠¿Es un contrato de verdad o es como el tío de la última vez, que quería que te lo follaras como si no hubiera un mañana?

Elliot torció el gesto al recordarlo.

—⁠Esta vez lo he investigado. Va en serio.

—⁠Sí, el otro también. Hasta que empezó a hablar de «tarifas» y «horarios de protección privada», o como demonios lo llamara.

Elliot no necesitaba que se lo recordara.

Trabajar por cuenta propia ya era bastante complicado, según el sector.

Y cuando su trabajo consistía, por mucho que lo adornara con palabras elegantes, en ser guardaespaldas, la cosa podía complicarse aún más.

Su último cliente potencial, Horace Sanders, había pasado por alto todas y cada una de las cualificaciones y aptitudes que Elliot había enumerado y solo había visto un servicio de acompañantes.

Aunque Elliot no tenía inconveniente en acostarse con alguien cuando necesitaba desahogarse, no se dedicaba a prostituirse, literalmente.

—⁠No quiero hablar de eso —⁠murmuró Elliot.

—⁠Bueno, te ofrecía el triple de tu tarifa habitual —⁠prosiguió Ana, con malicia en la voz.

—⁠Quería que le azotara el culo y lo obligara a llamarme papá —⁠dijo Elliot sin inmutarse.

Ana soltó una carcajada.

—⁠Y encima, viniendo de un tío con edad para ser tu padre.

—⁠Te repito que no quiero hablar de eso.

—⁠Ya, pero yo sí.

—⁠Porque eres malvada.

—⁠Ay, Elliot, ¿cuándo vas a aprender? No soy malvada, pero sí me gusta un poco el caos —⁠le dijo Ana.

—⁠Lo dice una estudiante de Derecho.

—⁠Cuando dedicas buena parte de tu vida a defender el orden y las normas, siempre hay algo en ti que quiere sembrar un poquito de caos y recrearse en la anarquía.

Elliot recorrió su dormitorio con la mirada y enarcó una ceja.

Lo único que no estaba guardado era la pila de ropa doblada sobre la silla.

Y hasta eso acabaría en el armario antes de que saliera a correr.

Era un hombre de costumbres y vivía según horarios y rutinas.

Si organizabas tu vida hasta el último detalle, controlabas lo que te sucedía.

Lo que quedaba fuera de tu control tenías que aceptarlo, pero todo lo demás debía estar ordenado y mantenerse así.

—⁠Pues yo, que he vivido casi toda mi vida adulta siguiendo un orden, discrepo —⁠dijo Elliot.

—⁠Sí, bueno, ya te he dicho más de una vez que eres un bicho raro —⁠replicó Ana.

—⁠Ah, muchas gracias, Ana. Sí que sabes hacer que uno se sienta especial y querido.

—⁠Es un don.

Al oír su voz, pudo imaginar la sonrisa traviesa que tendría en la cara.

Se habían conocido casi dos décadas atrás, cuando él era un adolescente flacucho que aún no había dado el estirón y ella, una preadolescente hecha un diablillo.

Incluso de niño, él había sido serio, propenso a mantener los juguetes ordenados y las ideas en su sitio.

Ana era rápida e ingeniosa, siempre tenía una broma o una ocurrencia a punto y le encantaba alborotar las cosas por pura diversión.

Pero habían sido su gran corazón y su lealtad inquebrantable lo que terminó conquistándolo y, por razones que ninguno de los dos había llegado a comprender, habían congeniado.

—⁠Hablando de amores… —⁠empezó Ana.

Elliot cerró los ojos.

—⁠Ana, por favor.

—⁠Con lo cual confirmas que, si no me has contado nada después de la cita que tenías, es porque fue mal.

—⁠Pues sí: no fue nada bien.

—⁠¿No era tu tipo?

—⁠Yo no era el suyo.

—⁠Sé que no soy imparcial, pero ¿cómo demonios ha llegado a esa conclusión?

—⁠Por lo visto, quería a alguien con energía, alguien interesante. Yo no cumplía ninguno de los dos requisitos.

—⁠Qué asco, menuda zorra. ¿Sabe que has estado en tiroteos de verdad? ¿En una guerra? Ya sabes, cosas con tiros y explosiones.

—⁠Según ella, no lo parecía.

—⁠Bueno, no, supongo que no lo pareces.

Elliot se encogió de hombros al oír la decepción en su voz.

No era la primera vez que alguien oía «exmarine y actual guardaespaldas» y esperaba encontrarse con una persona que él no era.

Suponía que esa gente esperaba a alguien más parecido a Ana, capaz de lanzarse de cabeza al fuego y salir abriéndose paso a puñetazos; alguien lleno de pasión y empuje.

Pero Elliot no era así. Prefería evitar las peleas innecesarias y pensar las cosas antes de lanzarse a la refriega.

Su manera de actuar, comedida y analítica, los mantenía con vida a él y a los demás en momentos de tensión y peligro.

Puede que no resultara muy emocionante, pero ese no era su problema.

Ana dejó escapar un murmullo pensativo.

—⁠Tengo una amiga por tu zona.

Elliot abrió mucho los ojos.

—⁠Ana, no.

—⁠Y tiene un hermano.

—⁠No.

—⁠Que te ha visto, ha oído hablar de ti y tiene muchísimas ganas de conocerte.

Elliot suspiró.

—⁠No, Ana. Nada de hacer de celestina. Nada de citas. Conoces las reglas.

Ana refunfuñó.

—⁠¡Podría encontrarte a alguien si me dejaras! Por el amor de Dios, Elliot, tienes muchas más opciones que yo. Podría conseguirlo.

—⁠Que me gusten tanto los hombres como las mujeres no significa que tenga más probabilidades de encontrar a alguien. Solo significa que tengo que conocer a más gente, y ya sabes lo que opino de eso.

—⁠Uf, qué romántico eres.

—⁠La verdad es que no.

—⁠¡Era sarcasmo!

—⁠¿Cómo van los preparativos de la boda? —⁠preguntó Elliot, cambiando de tema a propósito.

Ana soltó un murmullo que dejaba claro que había captado la maniobra, pero siguió el juego.

—⁠Bien. Nick y yo lo tenemos fijado para el año que viene. Solo nos falta… hacerlo todo.

—⁠No ayuda mucho, ¿eh?