1 Clay #2
Sin embargo, como en la mayoría de los hoteles, en el que encontró había una recepcionista de aspecto cansado que apenas lo miró a él ni a la tarjeta. Le cobró, le devolvió la tarjeta y le deseó una buena estancia con tono amable.
La habitación no tenía nada de especial, pero a él le daba igual.
Había pocas diferencias entre una habitación de hotel y otra.
No eran hogares, sino lugares de paso donde planificar y preparar un trabajo o mezclarse con la gente corriente cuando libraba.
Lo único que le importaba era la ducha situada al fondo, en un rincón.
Dejó la bolsa sobre una de las dos camas y fue quitándose la ropa de camino al baño.
Tras pelearse con el grifo hasta conseguir que el agua saliera tan abrasadora como le gustaba, se metió en la ducha.
El calor le azotó la piel, pero Clay lo ignoró incluso cuando empezó a enrojecer.
Cogió la pastilla de jabón del hotel y se frotó los brazos, el pecho y el vientre.
Siempre se restregaba con más fuerza de la necesaria después de un trabajo, pero, igual que el agua hirviendo, formaba parte del ritual.
Después de casi veinte minutos frotándose con energía, salió de la ducha humeante y se envolvió las caderas con una toalla. Por fin, sintiéndose lo bastante limpio para examinarse, se acercó al espejo y limpió el vaho con la otra toalla.
No sabía por qué una parte de él siempre esperaba ver algo distinto.
El reflejo de Clay no había cambiado desde la última vez que se miró.
El mismo pelo castaño oscuro y corriente, corto, aunque lo bastante largo para taparle la cara cuando trabajaba.
Su rostro, de expresión pétrea, tenía facciones armoniosas y una mandíbula marcada; no era tan guapo ni tan feo como para llamar la atención.
A decir verdad, todo en él era normal. Tenía una estatura media y no se esforzaba por ganar músculo ni se mataba de hambre.
Su musculatura encajaba con su constitución.
Tenía el vientre plano y el pecho firme, pero nada delataba las mortíferas habilidades que guardaba en su mente.
Solo había una cosa en él que podía llamar la atención.
Sus ojos castaños oscuros se posaron en el reflejo y recorrieron su cuerpo desnudo por última vez.
Alzó la mano, pellizcó la lentilla flexible del ojo izquierdo y se la quitó.
Después se sacó la del derecho. Arrojó las dos lentillas al inodoro antes de volverse hacia el espejo.
Unos ojos de un azul intenso, tan nítidos y luminosos como los mejores zafiros, le devolvieron la mirada.
Suspiró, rebuscó en la bolsa y sacó la ropa.
El sol seguía saliendo y quería contemplar el amanecer antes de acostarse por fin.
Una vez vestido, cogió un paquete de cigarrillos y salió a la acera, frente a su habitación.
Encendió uno y aspiró el humo profundamente.
Era uno de los pocos vicios que se permitía, y solo cuando no estaba trabajando.
El golpe repentino de nicotina le embotó la cabeza.
Se quedó allí, dejando que la sensación lo invadiera mientras veía iluminarse el cielo.
Entre el creciente ruido de los coches y el canto de los pájaros se oyó un roce leve, apenas perceptible.
Clay lo advirtió sin apartar la vista del cielo.
Sabía que algunos comparaban el amanecer con el fuego, y le parecía acertado, como si el sol tuviera que quemar la noche para elevarse en el cielo y traer consigo luz y calor.
A veces hacía falta actuar con dureza, incluso con brutalidad, para conseguir algo bueno.
Había alguien a su lado.
—Tu dinero —exigió una voz ronca.
Clay se volvió hacia la persona que había rodeado furtivamente la esquina del edificio para acercarse a él.
La voz era claramente masculina, pero quien le hablaba no era especialmente corpulento.
Aquel extraño atracador llevaba una gorra de béisbol con la visera baja que le ocultaba la cara.
Los ojos de Clay recorrieron su postura y su ropa holgada antes de detenerse en el cuchillo grande que el desconocido empuñaba.
—Dame tu dinero —repitió el hombre, agitando el cuchillo para dar énfasis a la amenaza.
Clay dio otra calada al cigarrillo.
—¿Y si no lo hago?
—Estás de coña, ¿no? Te apuñalo, joder.
Clay volvió a mirar el cuchillo. Era un arma imponente y sin duda podía causar mucho daño. Lo que le quitaba fuerza a la amenaza era que la punta temblaba por culpa del pulso vacilante de quien la sostenía.
—Siento decírtelo, pero ahora mismo no me das mucho miedo —le informó Clay.
—¡Que no estoy de coña, joder!
—Puede que no, pero, si de verdad quisieras apuñalarme, lo habrías hecho en cuanto vieras que oponía resistencia.
Luego podrías haberme quitado la cartera y la llave de la habitación sin problemas y llevarte cuanto tuviera de valor.
Pero no has hecho nada de eso, así que solo cabe suponer que no eres tan peligroso como te crees.
El hombre farfulló:
—Dame el dinero de una vez.
Clay bajó la mirada.
—Y tu postura es pésima.
El aspirante a atracador vaciló.
—¿C-cómo?
—Con esa postura, cualquiera que sepa un poco de esto podría aprovecharse.
El hombre entreabrió los labios, pero Clay actuó antes de que llegara a hablar.
Se lanzó al ataque: enganchó el pie por detrás de la pierna más próxima y tiró de ella hacia sí.
Sin soltar el cigarrillo que sostenía entre los dedos, Clay agarró la muñeca del hombre, que ya trastabillaba, la retorció y le arrancó el cuchillo.
El desconocido tropezó y cayó cuando Clay lo empujó, haciéndole perder el equilibrio y estrellarse de espaldas contra el cemento de la acera.
Clay hizo girar el cuchillo en la mano.
—Algo así.
Unos ojos muy abiertos, aterrados, lo miraban desde el suelo. Eran verdes, observó Clay, y estaban llenos de lágrimas aún sin derramar. La gorra se le había caído y ahora podía ver que «el hombre» no era tal. Dios, ¿cuántos años tenía? ¿Quince como mucho?
Clay suspiró.
—Madre mía, ¿qué demonios hace alguien como tú intentando atracar a la gente?
Al adolescente le tembló el labio, con la mirada clavada en el cuchillo.
—Por favor, no… En realidad no iba a apuñalarte.
Clay se guardó el cuchillo en el bolsillo trasero y negó con la cabeza.
—Ya sé que no ibas a hacerlo. Te lo he dicho. Contesta a mi pregunta.
Al chico se le quebró la voz, ya fuera por los nervios o por las hormonas.
—Tengo que hacerlo. Van a echarnos de casa.
Clay arqueó una ceja.
—¿Quiénes? ¿A quiénes?
El chico se incorporó hasta quedar sentado.
—A mi madre y a mí. Tiene tres trabajos, pero ella… Van a echarnos.
—¿Van a desahuciaros?
—Sí.
—Por Dios —murmuró Clay.
Era un puto asesino a sueldo, un hombre que mataba a otros hombres, no una niñera.
—No vas a… hacerme daño, ¿verdad? —preguntó el chico, alzando de nuevo la vista.
Clay soltó una risa seca, metió la mano en los vaqueros y sacó la cartera.
—No. Pero no puedes ir por ahí amenazando a la gente para quitarle el dinero. No es la vida que quieres llevar, chaval. Créeme.
—Ya lo sé. Mi madre me calentaría el culo si se enterara. Siempre me ha dicho que yo valía más que eso —dijo el chico con voz desdichada.
—Ya, eso podría habértelo dicho yo. Ni siquiera podías mantener firme el cuchillo mientras me amenazabas.
Mira, esto no va a solucionar nada a largo plazo.
Con eso no puedo ayudarte. Pero debería sacarte del apuro por ahora —dijo Clay, mientras sacaba de la cartera un grueso fajo de billetes y lo dejaba caer sobre el regazo del chico.
El chaval alzó la mirada, con los ojos enormes, mientras aferraba el dinero.
—¿Qué? Estás de coña.
—Tan en serio como cuando te he hablado de tu postura.
No sé cuánto hay, pero llévaselo a tu madre.
Cuéntale lo que quieras, aunque, si aceptas un consejo, dile la verdad.
Cuéntaselo todo. Puede que te dé una buena tunda, pero le debes la verdad.
Se está dejando la piel para que estés a salvo y tengas qué comer, y tú estás aquí jugando a ser un matón, aunque sea por una buena razón.
Así que mueve el culo, vete a casa y no vuelvas a meterte en líos.
El chaval se levantó a toda prisa, sin saber si mirar el dinero que tenía en la mano o a Clay.
Por un momento espantoso, este creyó que el chico se abalanzaría sobre él para abrazarlo.
Y pensar que ese mismo chaval, al que ahora se le saltaban las lágrimas de gratitud, había intentado hacerse el duro.
—Gracias —se limitó a decir el chico.
—Sí, sí. No vuelvas a hacerlo. La próxima persona que se defienda podría clavarte el cuchillo en las tripas —le advirtió Clay.
—Lo sé.
Clay lo observó un momento.
—¿Cómo te llamas?
—Tyler.
Clay resopló. Por supuesto. Había matado a un Tyler hacía apenas unas horas. ¿Por qué no iba a perdonarle la vida a otro Tyler ahora?
—Bueno, Tyler, vete a casa. Desaparece de mi vista. Y el cuchillo me lo quedo.
Tyler asintió. Abrió y cerró la boca varias veces sin conseguir decir nada y por fin se dio la vuelta.
Clay vio al adolescente detenerse en la esquina del edificio y volverse hacia él, y le hizo un gesto para que se marchara antes de que el chaval pudiera decir nada más.
No quería oír más agradecimientos ni volver a verle los ojos llenos de lágrimas.
El dinero no le hacía falta, y probablemente le había dado más de lo que su madre ganaba en varios meses.
Clay podía permitirse soltarle dinero a un crío idiota para evitar que acabara muerto por creerse un tipo duro.
Cuando se hubo marchado, Clay arrugó la nariz al mirar el espacio vacío donde había estado Tyler. En serio, ¿en qué pensaba alguien tan blando al hacer algo así? Con un gruñido, volvió a dirigir la atención al cielo.
—Me cago en todo —murmuró.
Por culpa del chaval se había perdido el amanecer.