Matar o besar (Los héroes de Port Dale 2)
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1 Clay
Clay
Sangre.
Nunca le resultaba más fácil soportar aquel olor.
Por muchas veces que Clay lo hubiera olido a lo largo de su carrera, jamás había logrado librarse de la repulsión que le nacía en las entrañas.
Era como si una parte instintiva de él, grabada en sus genes, rehuyera aquel olor a hierro de la sangre ajena.
El olor impregnaba la habitación del motel mientras permanecía agachado junto al muerto.
Lo máximo que podía hacer era ignorar sus instintos.
Metió un dedo bajo la barbilla del muerto y le volvió la cara hacia él.
Los ojos oscuros de Clay recorrieron sus facciones mientras apoyaba los dedos enguantados en la garganta inmóvil.
El hombre estaba muerto, pero a Clay no le gustaba dejar cabos sueltos.
Cerró los ojos y contó los segundos en silencio mientras esperaba, sin notar pulso alguno bajo las yemas de los dedos.
Su trabajo había sido limpio. El encargo había resultado fácil, quizá demasiado para el gusto de Clay, pero era parte del oficio.
Uriel siempre le decía que un trabajo fácil era un trabajo ejecutado a la perfección, pero Clay no siempre había estado de acuerdo con su mentor.
Un encargo fácil le sabía a poco: no ofrecía nada que avivara sus ganas de enfrentarse a algo mejor.
Puede que fuera un asesino a sueldo, un especialista en trabajos sucios o como quisieran llamarlo, pero, joder, ansiaba algo que se pareciera al menos a un desafío.
¿Sed de sangre? Tal vez. O quizá solo era un hombre con habilidades muy concretas que, de vez en cuando, quería ponerlas a prueba hasta el límite.
Clay había dejado de darle vueltas a la moralidad de lo que hacía, al menos hasta cierto punto.
Hacía años que no se cuestionaba la sangre que manchaba sus manos, y todo gracias a Fate.
Dicen que el destino es caprichoso, pero con Fate, la mujer que gestionaba sus encargos, el exigente era Clay.
Era absurdo que a un asesino a sueldo le importara la catadura moral y la situación de su objetivo.
Hasta Clay lo sabía, pero no renunciaba a ello.
Los principios significaban muy poco en el mundo actual, sobre todo para un asesino a sueldo.
Aun así, se negaba a perder aquel último vestigio de humanidad.
Que los ricos y famosos contrataran a otros dispuestos a matar sin mirar a quién.
Clay se negaba a matar a quienes tuvieran las manos limpias, aunque solo fuera relativamente.
Los infieles, los estafadores y los avariciosos podían seguir a lo suyo.
Clay buscaba a los hombres y mujeres que se aprovechaban de la sangre, el sudor y las lágrimas de otros para medrar.
Traficantes de niños y violadores, vendedores de personas y drogas, gente empapada en la sangre ajena para salir adelante.
A esos era a quienes más deseaba Clay, a quienes ansiaba encontrar al otro extremo de su hoja o en la trayectoria de una bala.
Le resultaba fácil decirse que esas personas eran también las que contaban con mayor seguridad y protección constante.
Las que podían permitirse contratar a hombres y mujeres que mataban por dinero.
Las mejor defendidas, las que más lo pondrían a prueba.
No era cuestión de moral, ni de ética, ni de los últimos pataleos desesperados de su humanidad, que se resistía a desaparecer.
Era simple interés profesional.
Había terminado. Clay se incorporó, con cuidado de no mancharse los guantes.
Ya no le quedaba nada que hacer en el reducido espacio de la habitación del motel.
Los muertos no hablaban y casi nunca revelaban sus secretos.
Por otra parte, lo habían contratado para cometer un asesinato a las claras, que fuera obra evidente de un profesional.
Nadie lo había visto llegar y nadie lo vería marcharse.
La puñalada había sido rápida y certera.
El hombre apenas había tenido tiempo de comprender lo que ocurría antes de desangrarse.
Había bastado con hundirle la hoja entre las costillas cuando se había inclinado para recoger el mando del televisor.
El muerto no había visto a Clay ni lo había oído.
La muerte había entrado en su habitación alquilada sin que él se enterase.
Se había ido al vacío sin entender nada, mientras su corazón perforado dejaba de latir.
Clay contempló el cadáver y se preguntó cuál sería la versión oficial cuando descubrieran el asesinato.
De cara al público, la víctima era un empresario de una localidad pequeña que viajaba para cerrar contratos y mantener el contacto con sus socios.
Por lo que sabía Clay, ni siquiera la esposa del muerto estaba al corriente de su tráfico de drogas y personas.
¿Cuánto tardaría la policía en descubrirlo?
¿Cuánto tiempo pasaría antes de que la cobertura mediática arrollase a la mujer y la familia del muerto, acosadas por una prensa despiadada que las cubriría con la misma mierda y el mismo barro que él sí merecía?
—Tyler —dijo Clay, al recordar el nombre del hombre.
¿Qué importaba cómo se llamara? Cumplía los criterios de Clay, y eso era lo único que importaba.
Había oído al hombre exhalar su último aliento y se había asegurado de que estuviera muerto.
Clay se marcharía y llamaría a Fate para comunicarle que había cumplido el encargo; entonces le ingresarían el dinero en su cuenta.
Para cuando alguien se enterase de aquella muerte, él estaría muy lejos, a salvo de cualquier investigación.
Clay salió sigilosamente de la habitación por una ventana trasera cuyo pestillo se cerraba solo al bajarla.
Como el fantasma que fingía ser, se alejó del motel y se internó entre la vegetación cercana.
Procurando no alterar nada y agradecido por la dureza de un suelo al que le vendría bien algo de humedad, Clay avanzó entre el denso follaje.
De niño, antes de que su vida cambiara para siempre, se había preguntado qué se sentiría al ser un tigre o un lobo, al merodear por el bosque, acechar a una presa y sentirse fuerte.
Resultó que no era para tanto.
El vehículo que lo esperaba era como tantos otros que había utilizado.
Un coche comprado en efectivo, con una matrícula auténtica a todos los efectos.
No es que eso importara. Clay siempre se aseguraba de respetar todas las normas de tráfico.
Y, aunque sus vehículos nunca eran llamativos, estaban en buen estado y él se ocupaba de que nada atrajera la atención de la policía.
Se acomodó en el asiento del conductor, sacó del bolsillo el móvil desechable y lo dejó en el portavasos.
Su paranoia profesional le aconsejaba esperar antes de llamar: no quería que ni siquiera aquel móvil de prepago se conectara a una antena cercana al lugar del crimen.
En vez de eso, sacó el mapa de papel de la guantera y lo examinó.
Había varios lugares a unos cientos de kilómetros que le servirían para descansar.
Clay creía firmemente que había que dejar pasar al menos una semana entre un asesinato y el siguiente.
Ser un adicto al trabajo podía resultar útil en el mundo de los negocios, pero, para alguien que necesitaba mantenerse siempre alerta, conducía a descuidos y errores.
No es que el último encargo hubiera sido agotador. Era cuestión de principios.
Lo que más le apetecía era arena y agua templada.
Deslizó un dedo por el mapa, que, a diferencia de las aplicaciones del móvil, no dejaba rastro, y lo paseó en distintas direcciones.
Tras unos segundos sin rumbo, lo detuvo sobre una ciudad costera que, a juzgar por su tamaño, parecía lo bastante grande como para ofrecer unas cuantas distracciones.
—Port Dale —murmuró.
El nombre no era precisamente musical, pero le serviría para una escapada corta.
Tardaría varias horas en llegar a la ciudad.
Clay tendría que dejar el coche provisional en un lugar seguro, en dirección contraria a Port Dale, y comprar otro lejos del punto de entrega.
Su empleadora, la Agencia, recogería el coche, pero el siguiente lo compraría él por su cuenta, lejos de miradas indiscretas.
Puede que trabajase para la Agencia, pero ni hablar de permitirles seguirle todos y cada uno de sus pasos.
No, sabía cómo ponerse en contacto con Fate si era necesario, y Clay le daría el número nuevo cuando consiguiera otro móvil. Eso le parecía bien.
—Vacaciones, es lo único que quería —canturreó mientras arrancaba el coche y salía sin hacer ruido.
* * *
Tardó más de lo previsto en llegar a las afueras de Port Dale.
El punto en el mapa no le hacía justicia a la ciudad.
Aunque no era una metrópoli inmensa, en el centro se alzaban hacia el cielo edificios que reflejaban el resplandor anaranjado del sol naciente.
Todavía era lo bastante temprano para que hubiera poco tráfico mientras avanzaba por la autopista y tomaba un desvío.
En otra época, la ciudad quizá había sido un bullicioso puerto pesquero, pero había crecido mucho desde entonces.
Clay había divisado un puerto desde la autopista, aunque los edificios del centro eran ostentosos monumentos al poder de las grandes empresas.
A medida que la ciudad se desarrollaba, su núcleo se había llenado de altos edificios comerciales, mientras que las zonas exteriores se habían vuelto cada vez más residenciales.
Había descartado los barrios más alejados de Port Dale y se dirigía hacia el conjunto de pequeños comercios y bloques de pisos apiñados entre el centro y la periferia.
Lo primero era encontrar alojamiento. Hoy en día costaba un poco más dar con sitios que aceptaran efectivo. Aunque antes eso habría supuesto un problema, la solución eran las tarjetas de prepago. Al comprarlas, siempre se esmeraba en que no parecieran de prepago, para no llamar la atención.