MARCAJE PERSONAL Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Santander apretó. Dani, que juega mejor cuando pierde, metió dos triples consecutivos y una penetración con falta.

Pasaron a ganar 55-52. Después 60-54. Con diez minutos por delante, la pívot de dos metros le sacó la quinta falta a Inés, que salió al banquillo con la cabeza gacha y los ojos húmedos.

—No pasa nada —dijo Carlota, abrazándola al pasar.

—Sí pasa.

—Pasa, pero no pasa nada.

Quedaban doce minutos. Perdíamos de seis. Sin Inés en la pintura, con Tanque, que entró a jugar con una concentración casi religiosa, y con el pabellón entero conteniendo el aire.

Y fue en ese momento, justo ahí, cuando miré hacia la primera fila.

La silla estaba ocupada.

No lo vi llegar. No oí nada. Me di cuenta de pronto, como se advierte una presencia en una habitación a oscuras.

Un hombre bajo, canoso, con una cabeza cuadrada y un chándal azul marino con el escudo del Barakaldo Club cosido, ligeramente torcido, sobre el pecho.

Sentado muy recto, con las manos sobre las rodillas.

Sin libreta. Sin carpeta. Sin cronómetro.

Con los ojos fijos en la pista.

Y no estaba contando.

Lo supe en el acto. Lo vi en la quietud de su mandíbula, en la manera en que sus manos, sobre las rodillas, no marcaban nada. Miraba. Solo miraba, con una expresión que no le había visto en mi vida, la de un hombre que ha olvidado cómo se hace algo y está aprendiéndolo despacio.

Me falló el aire. Un segundo. Dos.

—Ney.

La voz de Carlota. A mi lado, tocándome el codo con el suyo, el golpe pequeño y rápido que nadie ve.

—Está —dije.

—Lo sé. Lo he visto.

—No cuenta.

—Ya lo sé.

—Qué miedo.

—Muchísimo.

—¿Qué hago?

—Jugar. —Me sonrió con la sonrisa torcida—. Para ti. Para mí, si quieres. Para quien te dé la gana. Pero juega.

Sonó el silbato.

* * *

Los últimos diez minutos fueron lo más bonito que he vivido en una cancha.

No lo digo por el resultado. Lo digo por la sensación.

Había dejado de ser Nerea Salgado, escolta, veintiocho de media.

Era una pieza más de algo que respiraba.

Carlota subía el balón y yo ya estaba cortando.

Bea abría el ala, Lucía cantaba las cortinas, Tanque, sin Inés, hacía de tapón y de roca y de vaca furiosa, bloqueando a la pívot con todo el cuerpo y una dignidad desbordante.

El pabellón rugía, la banda de metales improvisaba, Paqui lloraba sobre su trapo.

Minuto treinta y cinco: 60-60.

Minuto treinta y siete: Dani, triple. 63-60.

Minuto treinta y ocho: yo, triple, tras pase de Carlota. 63-63.

Minuto treinta y nueve: Tanque roba un rebote ofensivo con la cara llena de sudor y se lo pasa a Bea, que encesta bajo presión. 65-63.

Minuto treinta y nueve y medio: Dani otra vez, desde nueve metros, con la mano de Lucía en la cara. 65-66.

Y entonces, a quince segundos del final, Lola pidió tiempo muerto.

Nos reunimos en el banquillo. Doce cuerpos sudorosos. Nuria con la tablet. Don Ceferino con las mandarinas. Lola, en el centro, con la pizarra en una mano y el rotulador rojo en la otra.

No dijo nada. Miró la pizarra. Dibujó, con tres trazos secos, una jugada: un círculo, una flecha, una cruz.

—Valdés tiene el balón. Salgado corta por la esquina izquierda. Bea hace de pantalla. Si Santander se pega, Valdés tira. Si Santander se abre, Salgado recibe y tira. —Levantó la vista—. Y si las dos estáis libres...

—Pasamos —dijimos las dos, a la vez.

—No he dicho nada.

—Lo has pensado.

—Lo he pensado —admitió. La comisura hizo su pez—. Salid.

* * *

Quince segundos. El pabellón en pie. Mil quinientas personas conteniendo el aire.

Carlota recibió el saque en la línea de fondo. Subió. Yo corté por la izquierda. Bea hizo la pantalla con sus hombros anchos y una entrega absoluta. Dani, que me marcaba, se enredó en la cortina. Vi un hueco, una grieta apenas, de un metro de ancho.

Doce segundos.

Carlota cruzó la media pista. Dos defensoras la cerraban. Una la tenía por delante, otra por detrás. Estaba tapada. Tenía el tiro; era un tiro difícil, pero tenía el tiro.

Diez.

Me miró.

No fue una mirada larga. Fue una fracción de segundo, medio parpadeo.

Pero lo vi todo: lo del hostal, lo del saco, lo del puente, lo de la mano en la oscuridad.

Vi la nota con las veintiuna líneas. Vi a una niña de trece años en una cama de hospital y a una niña con trenzas en un patio de Valladolid.

Vi a las dos mirándose en el espejo de un vestuario.

Ocho.

Y Carlota pasó el balón.

Un pase cruzado, bajo, con la muñeca izquierda, ligeramente por detrás de la cabeza, un pase que no se enseña, que no se entrena, que se lleva dentro. El balón salió de sus manos como si hubiera sido mío desde siempre. Cruzó la pista. Cayó en mis dedos a la altura del pecho, tibio, exacto.

Cinco.

Dani estaba encima. Su mano me tocó la cara. Salté.

Tres.

Lo último que pensé, antes de soltar el balón, fue una cosa muy sencilla. No pensé en mi padre. No pensé en Zaragoza, ni en Lisboa, ni en abril, ni en enero. No pensé en cuántos. Pensé en la red. En el sonido que hace cuando el tiro es limpio.

Tiré.

Dos.

El balón subió.

Uno.

Y cayó.

Fsss.

* * *

No hubo ruido. Esa es la primera cosa que recuerdo. Durante medio segundo, el pabellón entero se quedó sin sonido, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Solo oí la red, ese susurro limpio que conozco mejor que mi nombre, y el golpe del balón al botar contra el parquet.

Después sonó la bocina.

Y el mundo estalló.

67-66. Un punto. Un solo punto.

Santander tenía el balón en el saque, a ocho segundos. No llegaron. Dani lanzó un triple desesperado desde media pista que rebotó en el aro, subió, giró sobre sí mismo como un pájaro con el ala rota y cayó fuera. Sonó la bocina definitiva.

Ganamos.

Nos fuimos a la Fase Final.

Recuerdo todo en trozos, como un sueño. Tanque corriendo por la pista con los brazos abiertos, gritando «¡POR RAMÓN!

». Bea saltando sobre el banquillo con la pancarta como una bandera.

Paqui con el abrigo rojo, dando vueltas, con un trapo de cocina enloquecido.

Los jubilados de la peña abrazándose. Lucía llorando tanto que Inés tuvo que sostenerla.

La banda de metales tocando algo que no era ninguna canción conocida pero que tenía toda la alegría del mundo.

Don Ceferino, en la puerta del túnel, con la gorra en la mano y los ojos húmedos.

Lola, en el banquillo, de pie, con el rotulador rojo aún entre los dedos y la comisura izquierda moviéndose sin ningún disimulo.

Y Carlota.

Carlota venía hacia mí desde el otro lado de la pista, corriendo, con la coleta deshecha, las mejillas rojas y los brazos abiertos. Su sonrisa era la tercera, la traviesa, y la cuarta, que no había visto nunca: ancha, descarada, de quien acaba de ganar algo que no se puede medir.

Choqué con ella a mitad de camino. Me levantó del suelo. Me dio vueltas. Me gritó algo al oído que no oí, pero que entendí perfectamente.

Y yo, con los pies colgando y el corazón explotando, miré por encima de su hombro, a la primera fila.

La silla estaba ocupada.

Mi padre se había puesto de pie.

No aplaudía. No gritaba. Estaba allí, de pie, con las manos a los costados y la espalda recta, mirándome. Tenía la cara mojada. No hacía nada para secársela. Se le movía la boca, y creo que decía algo, pero había demasiado ruido para saberlo.

Entonces levantó una mano. La abrió. La puso sobre el pecho, sobre el escudo del Barakaldo, bien plana, bien abierta, sobre el sitio donde yo había puesto la mía el martes.

Y se quedó así.

Carlota me bajó despacio. Siguió mi mirada. Se quedó muy quieta.

—Ney —susurró.

—Lo sé.

—¿Quieres que vaya contigo?

—Sí.

—¿Ahora?

—Ahora no. —Sonreí, con las lágrimas cayéndome libres, sin contarlas—. Primero termino de ganar. Después, vamos las dos.

Me cogió la mano.

Y las dos, cogidas, con el pabellón cantando alrededor y la niebla pegada a los ventanales, empezamos a caminar hacia la primera fila.