Capítulo 30
CARLOTA
Hay primeras filas que se recorren en seis pasos y primeras filas que se recorren en once años.
La de aquella tarde fueron cuarenta metros de parquet con la pista llena de gente, confeti de cartulina morada cayéndonos en el pelo y Tanque cantando algo sobre un jamón.
Nerea me llevaba de la mano. No apretaba demasiado ni tampoco poco.
Era una mano que sabía adónde iba y que, aun así, quería compañía.
Manolo seguía de pie. No se había movido. Tenía la mano abierta sobre el escudo del chándal y la cara mojada, y cuando estuvimos delante, a un metro, la bajó despacio, como quien desmonta una guardia.
Nadie dijo nada. A nuestro alrededor, el pabellón cantaba. Allí, en la primera fila, junto a una silla que ya no estaba vacía, había un silencio del tamaño de tres personas.
—Has venido —dijo Nerea.
—Lo estoy viendo —dijo él—. Tú también.
—No, digo...
—Ya sé lo que dices. —Se pasó el dorso de la mano por los ojos, rápido, sin disimulo—. He venido.
—¿Desde cuándo estás?
—Desde el segundo cuarto. —Carraspeó—. Me senté al fondo. Luego me acerqué. Ceferino me dijo que había una silla.
—¿Y has contado?
Manolo bajó la vista. Se miró las manos. Las abrió y las cerró, como comprobando que no se le hubiera olvidado algo.
—He empezado a contar —admitió—. En el primer cuarto. Veintidós a quince. Y luego me he dado cuenta y he parado.
—¿Cómo?
—Me he metido las manos debajo de las piernas. —Se encogió de hombros con una torpeza enorme—. Así no puedo apuntar nada.
Se me escapó una risa. La tapé con la mano. Nerea me miró de reojo y se le torció la comisura, la izquierda, medio milímetro.
—Papá, esta es Carlota.
—Ya sé quién es.
—Pues díselo a ella.
Manolo me miró. Los mismos ojos grises de Nerea, pero fatigados, enrojecidos, sin cuchillo. Se enderezó. Me tendió la mano, con una rigidez de militar.
—Señorita Valdés.
—Carlota.
—Carlota. —Probó el nombre como quien prueba una fruta que ya no está pasada—. En el pasillo, el día de Burgos. Tuviste razón. En lo de los pases.
—No lo dije para...
—Lo sé. Pero tuviste razón. —Hizo una pausa larga—. Y yo me porté como un animal. Con las dos.
—Un poco —dije.
Nerea me clavó un codo. Manolo, para mi sorpresa, sonrió. Una sonrisa corta, oxidada, que le salió de lado y que desapareció enseguida, pero que existió. Tenía la boca de ella.
—Un poco —repitió—. Gracias por no decir mucho.
Le estreché la mano. Estaba caliente. Más de lo que esperaba.
—Quédese a cenar —dije—. Hay un sitio que se llama El Rincón, y una señora con un trapo que le va a obligar a comer croquetas.
—Tengo que volver a Barakaldo.
—Mañana.
—Tengo que...
—Papá —dijo Nerea—. Quédate.
Una sola palabra. La de la noche del puente. La que había pedido tres veces seguidas al río.
Manolo cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, miró a su hija durante mucho rato, como quien trata de leer una letra pequeña que de pronto se ha vuelto grande.
—Vale —dijo.
Y Nerea, que no se deja, se dejó. Se echó hacia delante y lo abrazó.
No fue un abrazo largo. Fue torpe, con los codos, con dos cuerpos que no saben exactamente dónde poner los brazos.
Pero él no se apartó. Le puso una mano en la nuca, la misma mano que durante doce años había apuntado faltas, y la dejó allí, quieta, caliente, sin contar.
Yo miré al techo del pabellón para no mirar demasiado. Había una telaraña en una viga. Rafa el gorrión, desde un larguero, observaba la escena con la cabeza ladeada.
* * *
El Rincón de Paqui, a las diez de la noche de aquel sábado, era un incendio de alegría.
Había gente hasta en la calle. La mesa larga de la ventana se había multiplicado en tres, con jubilados, estudiantes, familias enteras con niños dormidos sobre los abrigos y la banda de metales instalada junto a la barra tocando algo que cambiaba de canción cada diez compases.
Alguien había colgado la pancarta de Bea en la pared del fondo, sobre las fotos de las promociones.
La quiniela, enmarcada en rotulador, seguía en la pizarra: BOTE DE LAS GOMINOLAS: 212 €.
Debajo, Paqui había añadido en rojo: GANAN LAS DOS.
—¿Cómo que ganan las dos? —preguntó Inés.
—Apostaron todos a que ganabais. Y a que ellas se quedaban juntas. —Paqui repartía croquetas con las dos manos—. El que apostó a una cosa y no a la otra, que invite a una ronda.
—Eso no es una apuesta, es una extorsión.
—Es cultura local.
Manolo estaba sentado entre Nuria y Don Ceferino, con un plato de cocido que no había pedido y un vaso de tinto que le acababan de poner delante.
Parecía un hombre dejado en un planeta nuevo, pero con buena voluntad.
Nuria le hablaba de lentejas. Don Ceferino, sin mirarlo, le tendió la mopa que había traído por costumbre.
—Es suya —dijo.
—¿Mía?
—Por si necesita algo que sostener.
Manolo la cogió. La miró. La apoyó en la silla, con respeto, como quien acepta un cetro.
Al otro extremo de la mesa, Tanque, subida a una silla con una pierna de cordero a modo de micrófono, daba un discurso de agradecimiento que ya había superado los siete minutos.
—… y por eso, en nombre de Ramón, que descansa en un tupper con una etiqueta que no le hace justicia, quiero decir que el equipo que ha ganado hoy no es de Salgado ni de Valdés. Es de Ramón. Es del hijo de las Cigüeñas.
—¡POR RAMÓN! —rugió el bar.
—Y de las vacas —añadió Tanque, con la voz rota—. Que cuando se miran mucho, se embisten. Y si se embisten bien, se juntan.
—Tanque —dijo Lola desde la barra, sin levantar el vermut—, baja de la silla.
—Entrenadora, estoy en mi momento.
—Es un momento muy largo.
—Es un momento muy bonito.
—Las dos cosas pueden ser ciertas —concedió Lola, y la comisura izquierda hizo su pez más grande de la temporada.
* * *
A las once y cuarto, mi móvil vibró.
MAMÁ: Lo he visto en directo, por una web que ha encontrado papá. Hija, he llorado tanto que he mojado el balón. Ha sido el mejor partido que he visto en mi vida. Y no sé nada de baloncesto. Bueno, sí sé. Pero hace mucho.
MAMÁ: Dile a la chica del pase que gracias. Y que cuando vengáis, tengo bizcocho.
Se lo enseñé a Nerea. Estaba sentada a mi lado, con el pelo suelto, el kohl corrido y el moño deshecho para siempre. Leyó el mensaje y se echó a reír sin ruido, con los ojos brillantes.
—Dice «la chica del pase».
—Eso eres tú.
—Yo di el tiro. La del pase eres tú.
—Los pases no los ve nadie.
—Yo sí.
Me besó. Delante del bar entero, delante de los jubilados y de Paqui y de Bea, que lloraba con un cruasán en la mano, y de Manolo, que se atragantó con el cocido, y de Lola, que levantó el vermut en un brindis microscópico y rotundo.
No fue un beso pequeño. Fue un beso largo, con sabor a canela y a vino y a sal, un beso que decía algo sencillo y enorme, y que el bar entero entendió porque estalló en una ovación.
—¡Era hora! —gritó Paqui.
—¡Ya lo sabíamos! —gritó Anselmo Gutiérrez.
—¡Yo lo supe antes que todos! —gritó Tanque, desde la silla.
—¡Lo sabías desde el saco! —gritó Bea.
—¡Desde el saco!
Nerea se separó un centímetro. Tenía las mejillas rojas y la boca temblándole entre la risa y otra cosa.
—Estamos dando un espectáculo.
—Es nuestra marca personal.
—Es un dato.
—Es una cosa.
—Es una cosa —dijo—. Y es mía.
* * *
Hubo más. Hay siempre más, en una noche así.
Dani Reyes apareció a medianoche con el equipo de Santander, que había decidido, según ella, «perder con elegancia y beber con rencor». Nos invitó a un vino. Brindó con Nerea, que la miró con cautela, y conmigo, que le sonreí.
—Te debo un café —me dijo.
—No me debes nada.
—Te debo uno de verdad. Sin intención. —Guiñó el ojo de media cara—. Cuando juguéis la Fase Final, os veo en la pista. Y después, si queréis, hablamos de Italia. Mi prima entrena allí. Busca bases.
—¿Italia?
—Es una cosa. Solo digo.
Nerea y yo nos miramos. No dijimos nada. Pero algo viajó entre las dos, rápido y ligero, como un pase picado. Dani se rio y se fue a pelear con Tanque por un trozo de jamón.
Inés nos dio un abrazo que casi nos parte las costillas y confesó que había decidido aplazar un año Medicina para jugar de verdad, o que lo pensaría, o que nada de lo anterior.
Lucía pidió permiso para llorar otra vez y se lo concedimos.
Nuria nos hizo una foto con la tablet, nos amenazó con enseñársela a Lola, y después me susurró al oído: «Lo apunté el primer día.
Puse: esto va a acabar muy bien o muy mal. Y subrayé "muy bien" por si acaso».
A la una de la madrugada, Manolo se levantó de su silla.
Se acercó a nuestra mesa con la mopa en una mano y la carpeta azul en la otra. No sé de dónde la había sacado. La dejó sobre el mantel, entre nuestros vasos. El bolígrafo, alineado con el borde.
—Esto es tuyo —dijo.
—No lo quiero.
—No es para que firmes. —Manolo respiró hondo—. Es para que lo guardes. O lo quemes. O lo uses para posavasos. Es tuyo. Lo que hagas con ello, es cosa tuya.
Nerea miró la carpeta. Después a su padre. Después a mí.
Se me quedó la mirada un segundo más, y no sé qué vio en mi cara. Pero sonrió.
—Gracias —dijo, y apoyó la carpeta bajo el vaso de vino, como un posavasos.
Manolo se rio. Fue una carcajada breve, ronca, torpe, de hombre que no ha reído en once años y acaba de recordar cómo se hace. Don Ceferino, a su espalda, levantó el pulgar sin mirar a nadie.
* * *
Salimos a las dos.
La niebla había vuelto a Vallebrava, pero era una niebla distinta, suave, de terciopelo, que difuminaba las farolas y convertía los tejados de pizarra en dibujos a carboncillo.
El aire olía a leña y a castañas. Los adoquines brillaban de humedad.
Al fondo de la calle, la muralla subía por la colina con la luna asomando detrás de una torre.
Íbamos cogidas de la mano, con la bufanda negra de Nerea enrollada a los dos cuellos y la sudadera de mi abuelo bajo el abrigo mostaza. A cada paso, el eco de nuestras botas, una pesada y una ligera, hacía un compás extraño y preciso.
—Lota.
—Dime.
—Hay una cosa que no he dicho.
—¿Cuál?
—El deseo del puente.
Me detuve. Ella también.
—Dijiste que era táctica.
—Lo era. —Se mordió el labio—. Pedí quédate tres veces seguidas. Pero hay una cuarta. La pedí luego, cuando ya te habías ido a por la bolsa.
—¿Cuál?
—Que, pasara lo que pasara, tú y yo siguiéramos siendo capaces de pedirnos eso. Quédate. Aunque estuviéramos lejos. Aunque fuera en un puente de Lisboa, o en una cocina de Zaragoza, o en una cancha de Italia. Que la palabra no se gastara.
Se me aflojaron las rodillas.
—¿Y yo?
—¿Tú qué?
—Que yo tampoco te he dicho el mío. —Respiré—. Yo no pedí nada. Te lo dije. Pero esta noche, en el bar, mientras Tanque decía lo de las vacas, pedí uno.
—¿Cuál?
—Que cuando llegue enero, y abril, y todo lo que sigue, no sea una prueba de quién renuncia. Que sea un cuaderno con dos letras. La tuya, pequeña y recta. La mía, redonda, con un corazoncito en la i.
—Eso no es un deseo. Es un plan.
—Los deseos con plan se cumplen más.
—Es estadística.
—Es estadística —dije, y me reí.
No hablamos de lo que iba a pasar. Ni de Lisboa, ni de Zaragoza, ni de la Fase Final.
Ni de si habría un avión, ni un piso con cocina para doce, ni dos ciudades a la vez, ni un año que se hace largo, ni un balón en un jardín de Pozuelo, ni un calcetín en la cabeza de un romero.
Todo eso estaba ahí, en el aire, con la niebla.
Y estaba bien que estuviera. Hay cosas que se guardan mejor sin nombrar, como las buenas cartas.
Llegamos a mi portal. Subimos los seis tramos de piedra a oscuras, entre risas, con las llaves cayéndoseme dos veces y Gloria esperándonos detrás de la puerta.
—Hoy no hay pijama —dijo Nerea, empujándome contra la pared del rellano.
—Qué indecencia.
—Es un dato.
—Es una promesa muy prometedora.
—Cállate —susurró—. Eso es mío.
—Lo he tomado prestado.
Cerró la puerta con el pie.
* * *
Cuando todo quedó en silencio, y la luz de miel de la lámpara dibujaba en el techo de piedra una luna pequeña, abrí la nota secreta por última vez.
Nerea dormía a mi lado, con la mano abierta sobre mi estómago y el pelo desparramado en la almohada. Tenía los labios entreabiertos y una arruga pequeña entre las cejas que se iba borrando poco a poco, como la huella de un pie en la arena. No contaba nada. Respiraba.
Releí las veintiuna líneas. Allí estaba todo: la que quería jugar en Europa como plan A, la que estaba cansada de caer bien, la que no sabía quién era cuando nadie la miraba, la que guardaba el cartel de Madrid, la que escribió que una escolta con kohl corrido le importaba más de lo debido, la que estaba enamorada. La que ya no tenía miedo al silencio.
Debajo de la última, escribí despacio:
22. Quiero seguir escribiendo en esta nota. Pero ya no hace falta que esté escondida.
Pensé un momento. Y sonreí. Y borré el título.
Donde ponía Cosas que no cuento a nadie, escribí:
Cosas que cuento.
Dejé el móvil bocabajo en la mesilla. Me acurruqué contra ella.
Nerea murmuró algo en sueños, una sílaba que podía ser mi nombre o una cifra, o ninguna de las dos.
Le aparté un mechón de la cara con un dedo.
Ella sonrió sin despertarse y giró la cabeza hacia mi mano, buscando el calor, como una planta busca la luz sin saber que lo hace.
Fuera, en la muralla, la luna salió por completo de detrás de una nube.
Rafa el gorrión, que había colado su vida por un ventanal roto hacía semanas, dormiría en el larguero del pabellón sobre una miga de galleta.
En un tupper, en el congelador, un hueso de jamón guardaba su dignidad.
En una pizarra, escrita con rotulador rojo, una frase esperaba al lunes.
Y en algún lugar de Barakaldo, una abuela con el pelo blanco tejía un calcetín gris del tamaño de un hámster, para que luego no dijeran que no había avisado.
Nos esperaban enero, y abril, y otras habitaciones de hotel con camas demasiado grandes, y otras canastas, y otros puentes.
No sabíamos adónde iríamos primero, ni quién se quedaría, ni quién volvería, ni cuánto tardaríamos en aprender a hacerlo bien.
Quizá una de las dos se iría lejos. Quizá las dos.
Quizá ninguna. Quizá un día una abriría la puerta y la otra estaría sentada en el rellano con una bufanda negra y dos cafés, como si no hubiera pasado nada, como si hubieran pasado todas las cosas.
Eso no lo sabíamos todavía.
Lo único que sabíamos era lo que habíamos aprendido en tres meses, entre un parquet, un saco, un hostal y un puente:
Que el balón no miente.
Que a veces una espera.
Y que el balón tiene dos manos.
FIN