Capítulo 29
NEREA
La víspera de un partido que lo decide todo se parece mucho a la víspera de un examen, pero con croquetas.
Eso pensé el viernes, a las nueve de la noche, sentada a la mesa larga de El Rincón de Paqui, con un bocadillo de tortilla delante que no había tocado y una mano de Carlota apoyada en mi rodilla por debajo del mantel.
No era una mano disimulada. Era una mano que sabía exactamente dónde estaba y no pensaba pedir perdón.
—Os estoy viendo —dijo Tanque, desde el otro lado, sin levantar los ojos de su cocido.
—No hacemos nada —dije.
—Hacéis algo con mucha calma. Es peor.
—Es una mano —dijo Carlota.
—Es una mano con intenciones.
Inés se atragantó con el agua. Bea sacó el móvil, hizo una foto del techo y declaró que era «para el archivo».
Lucía, que hoy había recibido de Lola la camiseta número cuatro y la responsabilidad de ser base suplente, estaba tan pálida que Paqui le había puesto delante, sin preguntar, un vaso de leche con azúcar.
—Es el último —murmuró Lucía—. El último de la fase. Si perdemos...
—No vamos a perder —dijo Inés.
—Y si perdemos —dijo Bea—, perdemos con pancarta.
—¿Qué pancarta?
Bea me guiñó un ojo. Del suelo, de detrás de su silla, sacó un rollo de tela morada y lo desplegó apenas, lo justo para que leyéramos una esquina: LAS CIGÜEÑAS NO. El resto estaba enrollado.
—No te lo enseño. Es sorpresa.
—¿Cuántas has pintado? —preguntó Carlota.
—Dos. Como prometí.
* * *
La quiniela de la víspera, en la pizarra del fondo, había crecido hasta ocupar la pared entera. Paqui había añadido columnas, subrayados y un recuadro rojo en una esquina que decía: BOTE DE LAS GOMINOLAS: 212 €.
—¿Doscientos doce? —dijo Inés.
—El pueblo entero ha apostado.
—¿Por qué?
—Porque el domingo empiezan las vacaciones de Navidad y quiero que haya fiesta, gane quien gane. —Paqui dejó caer una bandeja de croquetas del tamaño de un puño—. Comed, que mañana no quiero desmayos. Y tú, Salgado, come ese bocadillo o te lo meto yo por el oído.
—Tengo el estómago cerrado.
—Pues ábrelo. Hay jamón de Ramón.
—No era el jamón de Ramón —dijo Tanque, con la solemnidad de una viuda.
—Es lo que le digo a la gente. Si no, no se lo comen.
Tanque se quedó mirando a Paqui con los ojos muy abiertos.
—Me has traicionado.
—Te he cuidado.
—Es lo mismo.
—Con las vacas pasa igual —dijo Paqui, y se alejó con su delantal manchado.
Me reí. Me comí el bocadillo. Carlota me miraba comer con una media sonrisa y la barbilla en la mano, como quien observa un fenómeno natural.
—¿Qué?
—Nada. Es la primera vez que te veo terminarte algo en una víspera.
—Es un dato.
—Es una cosa.
—Es una cosa.
En la barra, Lola Ferrer, con su vermut y su expresión de «supervisión», levantó la copa hacia nosotras en un brindis microscópico.
Don Ceferino, a su lado, levantó la suya.
Se miraron un segundo. Y me pareció ver, aunque puede que fuese el vermut, que la comisura izquierda de Lola se movía más de lo habitual.
* * *
Me escribió la noche anterior, antes de acostarme.
Lo digo porque lo guardé para el final, como se guarda lo bueno. Eran las once y cuarto del jueves. Estaba en casa de Carlota, tumbada en su cama, con su cabeza en mi hombro y el móvil sobre el pecho. Pitó.
PAPÁ: He recogido la carpeta del contrato. Me la dejé en el pabellón. Ceferino me la ha guardado.
Me incorporé tan rápido que Carlota gruñó.
—¿Qué pasa?
—Mi padre.
—¿Qué dice?
Se lo enseñé. Lo leyó. Esperamos. Los puntitos aparecieron, se fueron, volvieron.
PAPÁ: Ha dicho que a lo mejor me guardaba una silla. No sé de qué habla.
Contuve el aliento.
PAPÁ: No prometo nada.
Ya está. Eso fue todo. No dijo «voy». No dijo «no voy». Dijo no prometo nada, que en él es una declaración de amor con las manos atadas.
—Ney —murmuró Carlota, besándome el hombro—. ¿Estás bien?
—No lo sé.
—¿Contenta o nerviosa?
—Las dos. —Apagué la pantalla—. Es lo que dijo mi madre. Se pueden tener las dos.
—Eso es muy sabio.
—Lo ha dicho una enfermera.
—Entonces es ley.
* * *
El sábado amaneció con una niebla tan espesa que Don Ceferino, al abrir el pabellón, tuvo que encender los faros de la furgoneta del colegio para no atropellar la puerta.
Nos reunimos a las diez en el vestuario. Doce camisetas amarillas y moradas colgaban de las perchas como banderas. En la pared del fondo, sobre las taquillas, estaba la pizarra portátil con el rotulador rojo. Lola no había escrito nada.
Entró a las diez y diez, con el cronómetro colgado y una carpeta bajo el brazo. Se detuvo en el centro. Nos miró una por una, como en octubre. A Tanque, a Lucía, a Bea. A Inés, que le sostuvo la mirada. A Carlota.
A mí.
—Hoy no voy a decir nada —dijo.
Hubo un silencio que se oyó caer.
—Llevo tres meses diciéndoos cosas. Pizarras, frases, castigos. —Se encogió de hombros—. Sois buenas. Sois mejores de lo que sabéis. Hay una cosa que no os he dicho y os la digo ahora, que luego me arrepiento.
Se acercó a la pizarra. Cogió el rotulador rojo.
Escribió despacio, con aquella caligrafía de colegio de monjas:
«JUGAD COMO SI NO HUBIERA PIZARRA.»
Dejó el rotulador en la bandeja.
—Eso es todo. Salid y haced lo que sabéis.
Se dio la vuelta. En la puerta, sin girarse, añadió:
—Y Salgado. Valdés. Hay una silla en la primera fila, junto al banquillo. Nadie se ha sentado en ella. Ceferino ha pasado la mopa por debajo dos veces.
No dije nada. Carlota me cogió la mano.
* * *
Mil quinientas personas, con las gradas rebosantes.
Paqui con el abrigo rojo y el trapo de cocina en alto.
Los jubilados de la peña, con la pancarta de 1998 y otra nueva, de tela, que decía: SALGADO + VALDÉS = EL AÑO QUE NOS SALVAMOS.
La banda de metales de Música, afinando una marcha.
Y en un rincón, saludando a todo el mundo con su pico de cartón, el niño disfrazado de cigüeña gigante, que ya era, sin discusión posible, Pepe.
Y Bea. Bea, en la grada, a la altura del banquillo, con su pancarta en las rodillas y las trenzas recogidas. Sonrió. Me hizo un gesto con las cejas, un solo movimiento, y empezó a desenrollarla.
Leí lo que decía cuando estuvo extendida entera, de pared a pared de tela morada, con letras amarillas pintadas a mano.
LAS CIGÜEÑAS NO SE RINDEN.
LAS CIGÜEÑAS SE VAN A POR PINCHOS.
Y LAS DOS QUE MÁS NOS QUIEREN SE QUIEREN ENTRE ELLAS.
Carlota se tapó la cara con las dos manos. Yo, que no me ruborizo, noté el calor subirme hasta la raíz del pelo. Y cuando levanté la vista, medio pabellón nos estaba aplaudiendo.
—Yo la mato —dije.
—Yo la abrazo —dijo Carlota.
—Las dos cosas.
—Las dos cosas.
Y en la primera fila, junto al banquillo, había una silla. Estaba vacía.
* * *
La Universidad Atlántica de Santander salió al parquet con un silencio de procesión.
Camisetas azul marino, rodillas vendadas, la seguridad de quien lleva cuatro años ganando.
Dani Reyes iba la primera, con los rizos recogidos en la cinta, el tatuaje de la ola asomando en el antebrazo y la sonrisa de media cara.
Se paró a mi lado en el círculo central.
Me miró de arriba abajo. Me guiñó un ojo con la naturalidad de quien reparte caramelos.
—Salgado. Dicen que eres la mejor escolta de la liga.
—Dicen.
—Y dicen que por fin le pasas el balón a la rubia.
—Y dicen —dijo Carlota, a mi otro lado— que la rubia por fin te dice que no.
Dani se echó a reír. Una risa franca, de buena perdedora anticipada.
—Me lo merecía —admitió—. Pero ¿sabéis qué es lo malo? Que me alegro. —Nos miró a las dos, primero a una, luego a otra—. Qué rabia. Las quería para mí en el equipo, y ahora me caéis bien.
—Sufre —dijo Carlota.
—Mucho —dijo Dani—. Voy a ganaros por eso.
—Inténtalo.
Sonó el silbato.
* * *
No voy a contar el partido entero. Sería como contar una canción. Pero hay cosas que sí.
Que el primer cuarto fue de Santander, con triples de Dani desde nueve metros que parecían imposibles y una pívot de dos metros que cerraba la pintura como una verja. Que perdíamos 22-15 cuando sonó la bocina, y que Lola, en la banda, no dijo nada, que era peor.
Que en el segundo cuarto Carlota y yo dejamos de pensar.
No fue una decisión. Fue una cosa que pasó.
En algún momento dejé de ver la pista y empecé a sentirla: dónde estaba ella, dónde Inés, dónde Bea, dónde la pívot con sus brazos de verja.
Ya no había hilo. Había una sola cuerda tendida entre todas, y yo sabía, sin mirar, que si tiraba de un extremo, el otro se movería.
Minuto cuatro: pase de Carlota por la espalda, canasta de Bea desde la esquina.
Minuto seis: yo corto, ella me busca con la izquierda, triple.
Minuto nueve: Lucía, la novata, con la voz aguda que canta las jugadas, roba un balón a Dani y lo lanza a Inés, que cierra la pintura con una limpieza de catedral.
El pabellón se puso en pie.
Al descanso, 38-36 para nosotras.
* * *
No hubo discurso en el vestuario. Lola miró la pizarra, que tenía una sola frase, y dijo: «Os dejo con ella». Y nos dejó.
Me senté en mi banco, el de la esquina, con el rayo de sol del ventanuco. Carlota se sentó a mi lado. Sin cuarta, sin metro veinte, con el hombro pegado al mío. Nuria nos pasó dos botellas de agua. Don Ceferino, desde la puerta, repartía mandarinas con solemnidad litúrgica.
—Tenemos que decidirlo —dijo Carlota.
—¿El qué?
—Si nos vamos a pasar la bola en los últimos dos minutos, o si va a ser como en Logroño.
—No va a ser como en Logroño.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque la vez pasada tuvimos miedo. Esta, no.
—Yo tengo un poco.
—Yo también. —Le cogí la mano—. Pero es otra clase. Es el miedo de quien sabe lo que se juega.
—Eso es muy sabio.
—Lo ha dicho una enfermera.
—Eso también.
Sonreímos. Y ahí, entre mandarinas y toallas, con el ruido de la grada atravesando las paredes, Carlota me susurró algo que no voy a repetir porque no es mío, y yo le contesté otra cosa, que tampoco.
—Seis minutos —dijo Nuria desde la puerta—. Salid.
Salimos.
* * *
El tercer cuarto fue un incendio.