MARCAJE PERSONAL Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Se me paró el corazón. Se me puso en la garganta. Me giré despacio. Nerea estaba un escalón por debajo, con la bufanda caída, la boca entreabierta y los ojos muy abiertos, grises, casi plata bajo la bombilla de la escalera.

—Quédate —dije.

—Una sola palabra.

—Es la que tengo.

—Es la que tenías en el puente, ¿verdad? —susurró—. En mi deseo.

—No sé qué deseo pediste tú.

—Quédate. Tres veces seguidas.

—Yo no pedí nada. —Sonreí—. Pero si hubiera pedido, habría pedido eso.

Me besó en mitad de la escalera, con la mano de una en la barandilla y la de otra en mi nuca. Subimos los cuatro tramos que quedaban entre tropiezos y risas, con las llaves cayéndoseme dos veces y Gloria, la albahaca, asistiendo a nuestra entrada con la dignidad de una vieja dama.

* * *

No va a ser como la otra vez. Eso lo supe antes de cerrar la puerta.

La otra vez fue una tormenta: urgencia, miedo, ternura a borbotones, el cuerpo de Nerea agarrado a mí como a una boya. Esta noche era distinta. Era una tarde de domingo. Era una casa con la calefacción puesta y las luces bajas. Era reír mientras se desabrocha una cremallera atascada.

—Es la cremallera de mi chaqueta —murmuró ella, forcejeando—. Se atasca desde 2019.

—Qué mala suerte.

—Es táctica del cuero.

—El cuero es un traidor.

—Lo vengaré con un calcetín.

Nos reímos tanto que tuvimos que sentarnos en el sofá.

Me quitó las botas ella, una por una, con una reverencia burlona, y yo le quité la bufanda con dos dedos, despacio, enrollándola a cada vuelta como una cinta de regalo.

Debajo, su cuello. La clavícula. Esa hondonada donde, una noche de hostal, alguien quiso apartar una gota con el dedo.

Lo hice. Con el dedo. Despacio.

—¿Qué haces? —susurró.

—Cobro una deuda.

—¿De qué?

—De una gota de agua en septiembre.

—Octubre.

—Octubre. —Besé el sitio donde había estado—. Qué cosas te dejas.

Se le escapó un sonido pequeño, medio risa, medio otra cosa. Cerró los ojos.

No hay mucho que contar, y lo que hay es mío, y de ella.

Diré que fue una noche larga y ligera. Que hubo un momento en que ella dijo «espera» y yo esperé, y era para quitarse un calcetín gris, el encogido, que se le había enganchado en el talón, y la pelea con el calcetín duró un minuto absurdo, con ella saltando a la pata coja y yo medio muerta de la risa sobre el cojín de Gloria.

Que cuando por fin se liberó, lo lanzó por los aires con un grito de victoria, y el calcetín aterrizó en la cabeza de Don Romero, que se quedó con él puesto como un gorro de bufón. Que nos miramos, y ya no pudimos más.

Que después, con la luz de miel de la lámpara y la ventana entreabierta a la muralla, fuimos despacio, sin prisa, con las manos y la boca y mucha paciencia, descubriendo lo que se esconde en las segundas veces: que se sabe dónde, que se sabe cómo, que se puede preguntar en voz alta y contestar también.

Que ella, tan seria, tan contenida, dijo cosas con la boca que me hicieron temblar enteras las rodillas.

Que yo respondí con alguna que no pienso repetir.

Que en algún momento me susurró «quiero verte» y yo dejé la lámpara encendida, y ella me miró con una atención que no cabe en ninguna estadística.

Que cuando todo se estrechó en un único punto de calor, ninguna cerró los ojos. Nos miramos. Hasta el final. Y que su nombre y el mío se mezclaron en el aire como dos corrientes que se juntan.

Y que después, mucho después, tumbadas de lado, con la manta de cuadros sobre las dos y su pie frío buscando el mío, Nerea dijo, con la voz hecha de arena:

—Ha sido distinto.

—¿Mejor?

—No. Otra cosa. La primera vez fue como lanzar un tiro. Esta ha sido como jugar un partido entero.

—¿Con prórroga?

—Con dos.

—Qué eficiencia.

—Es mi especialidad.

Me reí contra su hombro. Ella me acarició la espalda, trazando letras. Beti. Zutik. Y después, más despacio, algo que no reconocí.

—¿Qué escribes?

—Una cosa nueva.

—¿Cuál?

—Eta ez bakarrik.

—¿Qué significa?

—«Y no sola.» —Se detuvo—. Se lo pregunté a mi abuela esta tarde por teléfono. Quería saberlo en euskera.

Se me llenaron los ojos. Besé su frente. Su pelo olía a lana y a mí.

—Quiero hacérmelo yo —dije—. Quiero tatuármelo. Pero en mi lengua. Aunque sea mal pronunciado.

—¿En castellano?

—En el que sea. —Sonreí—. Y no sola. Aquí. —Le cogí la mano y me la puse sobre el costado, sobre las costillas, justo donde ella tiene su cicatriz—. En el mismo sitio.

—Estás loca.

—Estoy enamorada.

—Es lo mismo.

—No lo es.

—Lota.

—Dime.

—Yo también. —Me miró con los ojos húmedos—. Estoy enamorada de ti. Sin unidad de medida.

* * *

Me desperté a las siete de la mañana con un olor a café.

No café de cafetería: café de casa, con canela, hecho en una cafetera de émbolo que yo ni sabía que tenía. En la cama, a mi lado, solo quedaba el calor. Por la puerta del cuarto llegaba un ruido suave de cucharas y un tarareo desafinado.

Me puse la sudadera de mi abuelo y salí descalza.

Nerea estaba en la cocina, con una camiseta mía de la facultad que le quedaba corta, los calcetines grises puestos y el pelo en un moño hecho con un lápiz. Tenía delante dos tazas, un bote de canela y una tostada quemada. Cuando me vio, levantó una ceja.

—No te muevas —dijo—. Estoy en mitad de una operación.

—¿Qué operación?

—Café con canela para dos. Con avena. Hay una caja en tu despensa que caduca en marzo y me ha parecido un delito no usarla.

—¿Dónde has encontrado avena?

—Detrás de las lentejas. Escondida. —Me miró con una ternura solemne—. Hay cosas que llevas años comprando sin saber para quién.

Me quedé apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándola trajinar en mi cocina con una naturalidad que no tenía derecho a existir. Gloria, sobre la encimera, parecía aprobarlo. En la ventana, Don Romero seguía con el calcetín gris en la cabeza.

—¿Y eso? —señalé.

—Es su gorro.

—No se lo has quitado.

—Le sienta bien.

Me eché a reír. Ella sonrió. Dejó la cuchara y me tendió una taza humeante, con las dos manos, igual que el primer día.

—Buenos días, Lota.

—Buenos días, Ney.

Bebí. Estaba perfecto: ni demasiado fuerte ni demasiado dulce, con el punto cálido de quien lo ha hecho con tiempo. Me quedé un segundo con la taza entre las manos, mirándola.

—¿Qué? —dijo.

—Que es un dato.

—¿El qué?

—Esto. —Señalé la cocina, la taza, el calcetín en el romero, el moño con lápiz—. Es un dato. Pero no es solo un dato.

—Es otra cosa.

—Es otra cosa.

Me acerqué y le di un beso en la comisura, rápido, con sabor a canela.

Ella me devolvió otro. Y a las siete y diez de una mañana de diciembre, en un piso de piedra con vistas a la muralla, mientras el sol subía por detrás del campanario y el mundo empezaba a hacer ruido al otro lado de la ventana, nos quedamos las dos de pie en la cocina sin decir nada más, con las tazas calientes y los pies fríos.

Y el móvil vibró sobre la mesa.

MAMÁ: Hija, he reservado vuelos para Lisboa. Y he comprado un balón. Está en la entrada y me da miedo. ¿Cuándo puedes venir a enseñarme?

Se lo enseñé a Nerea. Ella lo leyó con una media sonrisa que se le fue extendiendo despacio, como una mancha de luz.

—Tu madre ha comprado un balón.

—Mi madre ha comprado un balón.

—Hay que ir.

—Hay que ir.

—Después del sábado.

—Después del sábado.

—¿Quieres que vaya contigo?

Me quedé mirándola. Sentí algo muy grande, muy tibio, subirme desde los pies.

—Sí —dije—. Pero no porque la necesite. Porque quiero que la conozcas.

—Eso es exactamente lo que yo quería oír.

Y debajo del frío de la mañana, entre el humo del café y el olor a canela, escribí mentalmente la línea veintiuna, que no necesitaba teléfono ni contraseña, porque por primera vez en mi vida no hacía falta esconderla.

21. Hoy no hay nada que no cuente a nadie.