MARCAJE PERSONAL Capítulo 28
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Capítulo 28

CARLOTA

Hay esperas que se hacen largas y esperas que se hacen anchas. La del miércoles fue de las anchas: cabían dentro todas las cosas que no había podido hacer en tres días, y todas salieron a la vez.

A las seis y media de la mañana ya había tirado cien libres.

A las siete llegó Lucía y practicamos pases hasta que a las dos nos dolían los antebrazos.

A las nueve fui a clase de Comunicación y expuse mi trabajo sobre «narrativas de identidad en el deporte femenino» con una soltura que dejó al profesor con el bolígrafo en el aire.

A la una comí con Bea un bocadillo de tortilla.

A las cinco ayudé a Tanque a guardar el hueso de Ramón en un tupper con una etiqueta que decía RESTOS MORTALES.

—Estás rara —dijo Bea.

—Estoy contenta.

—Es lo mismo.

—No lo es.

—Contenta con nervios. Es un estado intermedio que en mi pueblo se llama «víspera de boda».

—No es una boda.

—Tú dices.

Me puse la sudadera de mi abuelo a las siete y cuarto.

Después me la quité. Después me puse el abrigo mostaza, y me miré en el espejo, y me quité también la pulsera de oro, que ya casi nunca llevaba.

Al final salí con la sudadera, el abrigo encima y las manos metidas en los bolsillos, porque no sabía qué hacer con ellas.

* * *

El puente romano de Vallebrava a las ocho menos cinco de una tarde de diciembre es una cosa que debería tener entrada.

La niebla subía del río en jirones lentos y los focos amarillos la teñían de miel.

Los once arcos se reflejaban en el agua negra, partidos por las ondas.

Hacía un frío limpio, de los que pellizcan las orejas, y mi aliento salía en nubes breves.

No había nadie. Ni perro, ni hombre, ni estudiantes cantando. Solo el río y yo.

Me senté en el tercer arco, en el pretil. Metí las manos en las mangas. Conté, sin querer, y me sorprendí: doce días desde el beso del puente. Diez desde la mañana de la sábana. Dejé de contar. Eso es de ella.

Llegó a las ocho en punto.

La vi desde lejos: una silueta negra bajo los focos, con las botas pesadas y la bufanda negra enrollada al cuello.

Caminaba despacio, con la bolsa colgada y las manos en los bolsillos de la chaqueta de cuero.

Cada pocos pasos se detenía un instante, como quien comprueba el suelo antes de pisar.

Cuando estuvo a diez metros, se quedó quieta.

Nos miramos.

No sé cuánto duró. El río pasaba debajo. Algo se me abrió en el pecho, grande y callado, como una ventana que da a un valle.

—Hola —dijo.

—Hola.

—Hace frío.

—Lo he oído.

—Vengo con bufanda.

—Lo veo.

—Y con la hoja.

—Eso es lo importante.

Se acercó. Se sentó a mi lado en el pretil, rodilla contra rodilla, sin cuarta, sin metro veinte, sin nada. Olía a cuero y a lana y a jabón de lavanda. Tenía las ojeras de tres noches malas y los ojos más claros que nunca, de un gris limpio, lavado, como un cielo después de la lluvia.

—Has llorado —dije.

—Un poco.

—¿Un poco?

—Mucho. Dos días. Con intervalos.

—Bien.

—¿Bien?

—Es mejor que lavadoras.

Se le escapó una risa corta, temblorosa. Se llevó el dorso de la mano a la boca.

—Nuria te lo ha contado.

—Nuria me lo apunta todo.

—Traidora.

—Santa.

—Santa traidora.

Nos reímos, bajito, mirando el agua. Y cuando la risa se apagó, quedó entre las dos un silencio del bueno, de los que no piden nada.

—Primero tú —dijo—. O primero yo. No sé cómo se hace esto.

—Lo hacemos a la vez.

—¿Cómo?

—Cada una dice una cosa. Alternando.

—¿Con turnos?

—Con turnos, Nerea.

—Me parece muy sensato.

—Lo sé. Empiezo yo. —Respiré—. Siento haberte dicho «no voy a rogarte que te asomes». Era verdad, pero fue un poco cruel.

—Era justo.

—Era las dos cosas.

—Tu turno ha terminado. El mío: siento haberte dicho «no me esperes». Fue lo peor que he dicho en mi vida y me arrepentí a los dos segundos.

—Cuatro minutos tardé en contestar.

—Lo sé. Los conté.

—Lo sabía.

—Tu turno.

—Mi madre quiere aprender a botar.

Nerea soltó una carcajada que se perdió en el valle.

—Eso no es una disculpa.

—Es una noticia. Cuenta como turno.

—Vale. Mi turno: mi padre se ha dejado el bolígrafo.

—¿Cómo?

—Dejó la carpeta del contrato y el bolígrafo en el pabellón. Alineado con el borde. No se los llevó.

—¿Eso qué significa?

—No lo sé. Lo he apuntado.

Me reí, y ella también. Y de pronto estábamos riendo con los hombros pegados, con las cabezas casi juntas, con las lágrimas congeladas en las pestañas, sentadas en un pretil de piedra bajo once arcos. Y entendí que con ella no hace falta que la alegría sea grande. Basta con que sea sincera.

* * *

Nos lo contamos todo. De verdad, entero, sin tablas.

Yo le conté lo de la videollamada. El balón en el jardín, la tarta, el «enséñame a botar».

Lo de Lisboa en enero, con un billete de avión que ya estaba comprado por una abogada con el rímel corrido.

Lo de Lola y el apellido Aldecoa. Nerea escuchaba con los codos en las rodillas y la mirada fija en mi cara, sin interrumpir, y cada pocas frases asentía despacio, como quien guarda una cosa en un cajón de buena madera.

Ella me leyó la carta. No me la dio; me la leyó en voz alta, con la hoja amarilla temblándole entre los dedos.

Necesitar es el suelo. Querer es la ventana.

Cuando llegó al Beti zutik, mi vida. Pero no sola, se le quebró la voz y yo le cogí la mano.

Terminó la carta llorando sin ruido, con los ojos abiertos, mirándome.

—Tu madre era una poeta —susurré.

—Era enfermera.

—Eran las dos cosas.

—Es lo que tienen las madres —dijo, y se rio con la nariz roja.

Me contó lo de su padre en el pabellón. El tiro libre, el «veintinueve de treinta», el «¿cuántos llevo sin contar?». El escudo del Barakaldo bajo su mano. «Me quería mal. Es la cosa más verdad que se ha dicho de mí.» Cuando acabó, no supe qué decir, y me quedé callada, que era lo correcto.

—¿Vendrá el sábado? —pregunté al fin.

—No lo sé. He dejado una silla.

—Una silla.

—En la primera fila. Junto al banquillo. —Se encogió de hombros—. Si no viene, estará vacía. Y no pasará nada. Ya lo he decidido.

—¿Seguro?

—Seguro. —Hizo una pausa—. Casi seguro.

—Casi seguro es lo más honesto que se puede estar.

—Eso me lo dijo Urrutia. Más o menos.

—¿Has hablado con Urrutia?

—Le dije que no firmaba. Que en abril le pido yo la prueba. Dijo que me cuidara de ti. «La rubia que te pasa el balón es una máquina.»

Me puse colorada hasta las raíces.

—No lo dijo.

—Lo dijo.

—Qué hombre más perceptivo.

—Es un profesional.

* * *

Después sacó la hoja.

La sacó del bolsillo de delante, doblada en cuatro, con el papel ya tierno de tanto manoseo. Me la tendió con las dos manos, igual que el calcetín a mi abuelo.

—No la leas ahora.

—Voy a leerla ahora.

—Preferiría que no.

—Pues la voy a leer ahora.

Sonrió. Era la sonrisa de la primera noche del hostal, la que le sale cuando pierde una discusión que quería perder.

Desdoblé el papel bajo el foco amarillo.

DATOS.

1. Dato: mi madre escribió que necesitar es el suelo y querer es la ventana.

2. Dato: mi padre me ha dejado la carpeta y no se ha llevado el bolígrafo. No sé qué significa. Lo apunto igual.

3. Dato: te dije «no me esperes» y fue la peor frase que he dicho nunca. Me arrepentí a los dos segundos. Lo sigo haciendo.

4. Dato: no te esperé a ti en la acera. Te lo juro. Estuve en el suelo de un pasillo, que es distinto.

5. Dato: la ventana. Me asomo.

Lo leí una vez. Lo leí dos. Cuando levanté la vista, tenía los ojos tan llenos que el foco se me había hecho una estrella.

—«Estuve en el suelo de un pasillo» —dije.

—Es técnico.

—Es lo más bonito que he leído.

—Es exacto.

—Es exacto y bonito.

—Lota.

—Dime.

—Es exacto y bonito —concedió.

Se hizo un silencio. Largo. Del bueno. El río murmuraba bajo los arcos y, a lo lejos, una campana dio las ocho y cuarto.

—Quiero hacerte una pregunta —dijo.

—Las preguntas pequeñas...

—Son las peores. Ya sé. Esta es pequeña.

—Dispara.

—¿Eres mi novia?

El corazón me dio un salto tan grande que casi me caigo del pretil.

—¿Perdona?

—Quiero decir —se atropelló—. Si quieres. No lo he preguntado nunca. Hemos hecho todo al revés. Nos besamos, nos acostamos, discutimos, nos separamos y hoy estamos aquí en un puente, y no he preguntado lo básico. Que es lo que se pregunta primero. Yo lo pregunto último. Es mi manera.

—Es tu manera.

—Es una tontería.

—Es la pregunta más bonita que me han hecho nunca.

—Eso lo dices de todo.

—Lo digo de las cosas que son verdad.

Me levanté. Me puse delante de ella, con las manos fuera de las mangas por fin, y le tomé la cara. Estaba helada. Se le calentó al tacto.

—Sí —dije—. Soy tu novia. Y tú eres la mía. Con cicatriz, con kohl corrido, con cuaderno y con padre. Y yo con madre, con abuelo, con sudadera y con una solicitud para Lisboa. Cada una con su vida. Sin renunciar a nada.

—¿Y si nos toca estar lejos?

—Nos tocará. Un año. Dos. Te mandaré pases por correo.

—No es posible.

—Lo inventaremos.

Se echó a reír. Y se levantó, y me abrazó con tanta fuerza que me crujió la espalda, y me besó.

Fue un beso distinto al del primer día. No era torpe ni cierto, era sabido. Era un beso de quien conoce el camino y lo recorre con gusto. Sabía a canela, a frío y a sal. Sus manos me buscaron la cara, el pelo, la nuca, y me di cuenta de que ya no temblaban.

—Pronto —murmuró contra mi boca.

—Esto no ha sido pronto —dije—. Han sido cincuenta días y doce más.

—Sesenta y dos.

—Los has contado.

—Me los sé. —Sonrió—. Pero ahora ya puedo dejar de hacerlo.

—Dilo.

—Cuando quiera.

* * *

El camino hasta mi casa lo hicimos cogidas de la mano, a paso de tortuga, mirando escaparates cerrados y cornisas con escarcha.

Tardamos veintidós minutos en recorrer seiscientos metros.

En el portal nos detuvimos. En la escalera, también.

Ella subía un peldaño por detrás de mí, con la mano en mi cintura, y a mitad del segundo tramo me detuvo con un tirón suave.

—Lota.

—Dime.

—Hay una cosa más que quiero hacer. Pero esta vez quiero que lo pidas tú.

—¿El qué?

—Quedarme.