Capítulo 27 #2
No supe qué responder. Y entonces hice lo que no había hecho nunca: di tres pasos y le puse la mano en el pecho. Plana. Abierta. Sobre el escudo del Barakaldo, cosido torcido a la altura del corazón.
—Papá, necesito decirte una cosa. Y quiero que me escuches sin contar.
—Dime.
—No voy a depender de ti. Y no voy a depender de ella. Voy a depender un poco de todos, como dice mamá. Que es distinto. Y no es debilidad. Es el suelo.
—¿Qué suelo?
—Es una cosa de la carta. Ya te la enseñaré.
Mi padre bajó la mirada a mi mano, a los cuatro anillos de plata. La miró mucho rato. Después, muy despacio, con una rigidez tremenda, puso la suya encima. Su mano era áspera y caliente. Más caliente de lo que esperaba. No sé si eran las suyas o las mías.
—Esa chica —dijo, con la voz más baja que le he oído—. Te ha defendido.
—Sí.
—En el pasillo. Con ese carácter. Una cosa así, yo no la había visto en una cría de veinte años.
—Veintiuno.
—Veintiuno. —Cerró los ojos un instante—. Tenía razón. En lo de los pases. En lo de que no te he dado ninguno.
—Papá...
—No digas nada. —Retiró la mano. Se pasó los dedos por los ojos, rápido, como quien se quita una pestaña—. Tengo que irme. Me vuelvo a Barakaldo.
—Quédate a cenar.
—No.
—Quédate el sábado. El partido.
Se detuvo. Se quedó de espaldas, con una mano en la correa de la bolsa y los hombros rectos.
—Dijiste que no vendrías más a verme jugar —dije—. Es tu decisión. No voy a pedirte que cambies de opinión. No te voy a guardar un asiento.
—Nerea...
—Pero habrá una silla. En la primera fila, junto al banquillo. Nadie la va a ocupar. —Respiré—. Y si vienes, no quiero que cuentes los puntos. Quiero que mires. Solo eso.
Mi padre no se giró. Se quedó un rato muy largo mirando la salida del pabellón, el rectángulo de luz de la puerta.
—Lo pensaré —dijo.
Era exactamente lo que yo había dicho a Carlota en Zaragoza, de una forma distinta.
Se fue por el pasillo. Sus pasos, cortos y secos, se hicieron pequeños. Se detuvieron un momento junto a las fotos torcidas, donde una Lola joven desafiaba a la cámara. Después siguieron. La puerta se cerró sin ruido.
Entonces vi que había dejado la carpeta azul en el suelo, con el bolígrafo alineado con el borde. No se la había llevado.
La recogí. La metí en la bolsa. Ya decidiría qué hacer con ella.
* * *
Me quedé un rato en el tiro libre.
Rafa bajó del larguero y saltó por el parquet con su aire de pequeño inspector. Me miró. Me acerqué a mi bolsa, rebusqué en el fondo y encontré un trozo de galleta de mantequilla de la bolsa de tela de Valladolid. Se lo dejé en el suelo.
—Hoy sí hay migas —dije.
Rafa lo aceptó con dignidad.
Saqué el móvil y llamé a un número que había guardado hacía una semana sin decidirlo. Contestaron al tercer tono.
—Urrutia.
—Buenas tardes. Soy Nerea Salgado.
—La que juega con la cabeza en otra parte.
—Sí.
—¿Dónde la has dejado?
—Aquí. —Miré el aro—. Ya la he encontrado.
—Ah. —Hubo una pausa—. ¿Y bien?
—No firmo. Ahora no. Quiero terminar mi temporada con mi equipo. Si usted quiere, en abril le pido una prueba, yo, sin intermediarios. Y no le prometo nada más que mi cabeza donde quiero tenerla.
Silencio. Después, una especie de resoplido que, con mucha buena voluntad, podía ser una risa.
—Es la primera jugadora que me llama para decirme que no y para pedirme una prueba en la misma frase.
—Es lo que hay.
—Me gusta. Llámame en abril. Sola.
—Gracias.
—No me des las gracias. Gana el sábado, que me han dicho que juegas contra Santander. Y que la rubia que te pasa el balón es una máquina.
—Es la mejor que he conocido.
—Entonces cuídala —dijo, y colgó.
Me quedé con el móvil en la mano. Había algo en mi pecho que no conocía, ligero y tibio, como la sensación de dejar una mochila en el suelo después de una cuesta larguísima. Pensé que en cualquier momento se iría. Que nada tan bueno dura.
Pero no se fue. Se quedó.
* * *
Me senté en el banquillo. Abrí el cuaderno nuevo por la hoja de QUÉ QUIERO. Leí los ocho puntos. Tomé el bolígrafo y taché el seis y el siete, que se contradecían. Debajo escribí:
6-7. Ir a Zaragoza, si voy, en abril, por mí. (Resuelto.)
Después pasé la página. Era una hoja en blanco, de cuadrícula. Escribí arriba, en mayúsculas, subrayado dos veces:
DATOS.
1. Dato: mi madre escribió que necesitar es el suelo y querer es la ventana.
2. Dato: mi padre me ha dejado la carpeta y no se ha llevado el bolígrafo. No sé qué significa. Lo apunto igual.
3. Dato: te dije «no me esperes» y fue la peor frase que he dicho nunca. Me arrepentí a los dos segundos. Lo sigo haciendo.
4. Dato: no te esperé a ti en la acera. Te lo juro. Estuve en el suelo de un pasillo, que es distinto.
5. Dato: la ventana. Me asomo.
Lo leí. No lo taché. Lo doblé en cuatro y lo guardé en el bolsillo de delante.
Después saqué el móvil. Tenía un solo contacto abierto, con una foto de una chica con coleta y una sonrisa torcida. Escribí despacio, con los pulgares fríos. Lo escribí tres veces. Lo borré dos.
La tercera lo dejé.
Ney: Lota.
Ney: Me he asomado. Hace frío fuera, pero no me voy a quejar.
Ney: ¿Hay guiso?
Pulsé enviar. Los dos checks aparecieron. Se volvieron azules enseguida.
Los puntitos empezaron a latir. Se detuvieron. Volvieron. Se detuvieron otra vez. Estuve cuatro minutos mirándolos, y no los conté.
Llegó un solo mensaje.
Lota: Puente romano. Mañana a las ocho de la tarde. Antes tengo entreno.
Lota: Trae la hoja de datos. La nueva.
Lota: Y la bufanda. Hace frío fuera.
Me tapé la boca con la mano. No sé si me reía o lloraba. Las dos cosas son una sola cavidad. Rafa me miró desde el suelo, con una miga de galleta en el pico.
—Mañana a las ocho —le dije.
Rafa se limpió el pico contra el parquet.
Afuera, tras los ventanales, se encendían las farolas de Vallebrava y la niebla bajaba del cerro. En el pasillo, Don Ceferino pasaba la fregona con un silbido tranquilo que probablemente no era de ninguna canción.
Y yo, por primera vez desde octubre, me quedé sentada en el banquillo sin contar nada: ni los segundos, ni los días, ni los pasos hasta la puerta.
Solo escuché cómo caía la tarde.