MARCAJE PERSONAL Capítulo 27
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Capítulo 27

NEREA

Mi madre tenía una letra de enfermera: rápida, inclinada hacia la derecha, de quien escribe de pie en un pasillo con la luz apagada. Lo primero que pensé al desdoblar la hoja fue que se le notaba la prisa. Lo segundo, que no tenía ninguna.

—Léela —dijo Nuria.

Estábamos sentadas en el suelo del pasillo, con la espalda contra la puerta y el sobre amarillo entre las dos. Nuria no me soltaba las manos. Había apagado el móvil, lo que en ella equivale a un voto de silencio.

—Me va a salir mal.

—Pues que salga mal.

Respiré. Conté hasta cinco. Me di cuenta de que lo hacía y paré. Y leí en voz alta, como me habían pedido, con una voz que no me conocía.

«Nerea, cariño:

Si estás leyendo esto es que Remedios ha tardado demasiado en dártelo, y es culpa mía, porque le dije "cuando tenga miedo" sin darme cuenta de que tú has tenido miedo toda la vida. Perdónala. Era la única forma de que me lo prometiera.

Tengo diez minutos antes de que entre la enfermera de la tarde. Escribo en la cama de una habitación que conozco bien porque durante quince años la he limpiado yo. Es raro estar de este lado. Las sábanas pinchan más de lo que parece.

Quiero decirte tres cosas, por orden de importancia, que es como se hacen las cosas en un hospital.

Una. No fue culpa tuya. No lo es y no lo será. Sé que a veces los niños se inventan culpas. Tú eres de las que cuentan, y contarás todo lo que pudiste haber hecho distinto. No hay nada. Quiero que lo apuntes en tu cuaderno, aunque aún no tengas cuaderno. Seguro que lo tendrás.

Dos. Tu padre te va a querer mal. Lo sé porque lo conozco, y porque me quiere mal a mí, que es mejor que no querer.

Cuando yo falte se va a agarrar a ti con las dos manos, y va a apretar, porque no sabe sujetar de otra manera.

No es crueldad. Es miedo. Pero tú no tienes que ser su jaula.

Si algún día sientes que su miedo te ahoga, sal.

Dile que te lo pedí yo. Que te dije que salieras y que volvieras cuando quisieras, y que le querré igual desde donde esté.

Tres. Y esta es la importante.

Seguro que alguna vez te dirán que dependes de alguien.

Que te dejaste cuidar. Que eso es debilidad.

Yo me dejé cuidar durante catorce meses por tu padre, por tu abuela, por mis compañeras, por ti, que me traías dibujos y me ponías la mano en la frente como si fueras la doctora.

Dependí de todos vosotros hasta el último día. Y ha sido lo mejor de mi vida.

No hay nada malo en necesitar. Necesitar es el suelo. Querer es la ventana. Hacen falta las dos cosas para tener una casa.

Cuando alguien te cuide, déjate. Cuando alguien se quede sentada a tu lado, no le preguntes por qué. Y si algún día no sabes qué hacer, pon la mano en el pecho y espera. Verás que está caliente. Tienes mis manos. Las notarás.

Beti zutik, mi vida. Pero no sola.

Tu madre, que te quiere más que a Cruces,

Itziar.»

Dejé de leer.

Hubo un silencio muy largo. Oí una nevera en el piso de arriba, un coche, el tictac del reloj de la cocina.

Y me di cuenta de que algo me caía por la barbilla, caliente, sin ruido, y de que llevaba un rato así.

No era un llanto de los que hacen aspavientos.

Era como un grifo que alguien abre muy despacio, después de once años cerrado.

—Beti zutik. Pero no sola —dijo Nuria, con la voz hecha trizas.

—No lo había oído nunca.

—¿El qué?

—Esa segunda parte.

—Quizá es la que siempre estuvo —dijo ella, y me abrazó.

Me abrazó con todos los codos, como se abraza a un cactus querido.

Y yo, que no me dejo, me dejé. Lloré con la cara en su hombro, con la bufanda negra olvidada a un lado y los calcetines nuevos de mi abuela arrugados en el suelo.

Lloré por la niña de diez años que traía dibujos a una cama de hospital.

Por la de trece, que preguntó por qué no había llamado.

Por la mujer de las manos calientes, que había escrito esa carta con diez minutos de margen, pensando en que alguien tendría que apretarme algún día.

—Me da vergüenza —dije al rato.

—¿El qué?

—Todo. Las lavadoras.

—Las lavadoras eran una forma muy limpia de llorar.

Se me escapó una risa mojada. Nuria me apartó el pelo de la cara con las dos manos.

—Ney. ¿Qué vas a hacer?

—No lo sé.

—¿Pero sabes lo que quieres?

Cerré los ojos. Vi una lista en un cuaderno azul. Ocho puntos. Dos que se contradecían.

—Sí —dije—. Lo sé desde el viernes. Lo que no sabía era si me dejaban.

—¿Quién?

—Yo.

* * *

El martes a las cinco menos veinte, Don Ceferino fregaba el suelo del pabellón Antonio Cuesta con una calma que no engañaba a nadie. Me vio entrar con la bolsa y el balón bajo el brazo, se apoyó en la fregona y dijo sin mirarme:

—Hoy el parquet está seco.

—Gracias.

—He pasado la mopa más de lo normal.

—Ya lo veo.

—Y la puerta del fondo no la voy a cerrar con llave. Por si alguien quiere salir. —Se rascó la barba—. O entrar.

—Don Ceferino.

—¿Sí?

—¿Usted es Pepe la Cigüeña?

Me miró. Los ojos de monje se le arrugaron en una sonrisa que no confirmaba nada.

—Los misterios son mejores sin resolver —dijo, y se alejó empujando el cubo hacia el pasillo—. Suerte, Nerea.

La pista estaba vacía, con la luz de la tarde cayendo oblicua por los ventanales y dibujando rectángulos dorados sobre la madera. Rafa estaba en el larguero. Me miró con la cabeza ladeada.

—Hoy no me hagas ruido —le dije.

Rafa se limpió el pico con el hierro. Lo interpreté como un sí.

Me puse en el tiro libre. Dejé la bolsa en el banquillo. Y saqué del bolsillo de la chaqueta, junto a la nota de Carlota y la carta de mi madre, la carpeta azul. Contrato de tres temporadas, vivienda compartida, incorporación el quince. Ni una firma.

Llegó a las cinco menos cinco. Oí sus pasos desde la puerta. Los conozco: cortos, secos, de quien llega a todo con cuatro minutos de antelación y se pasa los otros cuatro esperando. Se detuvo junto al círculo central. Llevaba el chándal del Barakaldo Club y una cara que no había dormido.

—¿Por qué aquí? —preguntó.

—Porque el balón no miente.

Frunció el ceño. Le tendí el balón.

—Ponte debajo del aro.

—No hemos venido a jugar.

—Ponte, papá.

Dudó. Después fue, con las manos a la espalda, hasta el aro. Se quedó ahí, de pie, como un guardia, mirándome desde veintiocho metros y un montón de años.

Tiré.

Chof.

Recogió el balón sin pensar. Me lo pasó al pecho, limpio, con esa técnica de entrenador que llevaba en las manos desde que yo gateaba.

Tiré otra vez. Chof. Otra. Chof. Veinte, treinta tiros libres sin una palabra, solo el eco de la madera y el golpe del cuero.

Era lo único que habíamos hecho juntos sin discutir, y los dos lo sabíamos.

En el tiro treinta y uno, fallé a propósito.

—Has fallado —dijo.

—Sí.

—Tiras mal el codo.

—Lo sé.

—Hay que alinearlo.

—Papá. —Recogí el balón yo misma—. ¿Cuántos llevo?

—Veintinueve de treinta.

—No. Dime cuántos llevo sin contar.

Se quedó callado. Abrió la boca. La cerró.

—No sé qué quieres decir.

—Que no sé tirar sin que alguien cuente. Y quiero aprenderlo. —Me temblaba la voz y no me importó—. Tú me enseñaste a tirar. Es lo mejor que me has dado. Pero no me enseñaste a tirar sin esperar la cifra. Y llevo once años esperándola.

Mi padre apretó las manos a la espalda. Se le movió la mandíbula a un lado.

—No entiendo qué...

—Ven aquí.

—Nerea.

—Ven, por favor.

Vino. Despacio, con los zapatos de calle sonando sobre la línea de tres. Se paró a metro y medio. Saqué la carpeta de la bolsa y la dejé en el suelo, entre los dos, sin abrirla.

—No voy a firmar.

Ni un músculo de su cara se movió.

—Entonces...

—Déjame acabar. Me lo has dicho tú mil veces: déjame acabar.

—Respiré—. No voy a firmar ahora. No me voy el quince.

Voy a terminar la temporada con mi equipo, que me necesita y a quien necesito yo.

El sábado juego contra Santander. Después, si llegamos, la Fase Final.

Y en abril, cuando haya acabado, voy a llamar yo misma a Gaizka Urrutia.

Le voy a pedir una prueba. Sola. Sin ti en la grada, ni ojeadores presentados por ti.

—Te van a dar largas.

—Quizá.

—Un club así no espera.

—Quizá no. —Sonreí, temblando—. Entonces habrá otro. O será la liga de provincias. O daré clases de Estadística. Me da igual. Lo que no me da igual es que sea mío. Quiero jugar. Ahora lo sé. No para ganarle a una voz. Para jugar.

Mi padre se pasó una mano por la cara. Cuando la bajó, tenía los ojos muy grises y muy duros.

—Es por la chica.

—No.

—Es por ella.

—Es por mí. —Di un paso hacia él—. Pero también es por ella, sí. Y no me da vergüenza. Ella no me ha quitado nada, papá. Me ha devuelto cosas. Me ha devuelto la risa. Me ha devuelto el sueño. Me ha devuelto a mamá.

Algo se le descolocó en la cara.

—¿Qué dices?

Saqué la carta del bolsillo. La sostuve un segundo entre los dedos, con el papel amarillo temblándome.

—Mamá me dejó una carta. Remedios me la ha mandado. La he leído ayer.

Vi cómo se le iba el color. Cómo se le abrían los ojos como a un hombre al que acaban de tocar en un sitio que lleva años cubierto.

—Itziar te escribió.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Cuando estaba enferma. Me dice que no fue culpa mía. Y me dice que tú me ibas a querer mal.

Mi padre dio un paso atrás. Fue un paso torpe, el de alguien que se ha tropezado con un escalón que no sabía que estaba.

—¿Que te iba a querer mal?

—Dice que me agarrarías con las dos manos, que apretarías porque no sabes sujetar de otra manera. Que no es crueldad. Es miedo.

Mi padre se quedó inmóvil. Un hombre bajo, canoso, con las manos colgando a los lados y el chándal de un club donde ya no entrena. Tardó mucho en hablar. Cuando lo hizo, no sonó a baraja. Sonó a voz.

—Yo no sé hacerlo de otra manera.

—Lo sé.

—Me lo dijo ella. Ella siempre decía: «Manolo, afloja». Y yo no sabía qué significaba aflojar.

—Yo tampoco. Estoy aprendiendo.

—Dijo que te quería mal. —Sonrió una cosa horrible, mojada, que le temblaba—. Es verdad. Es la cosa más verdad que se ha dicho de mí en la vida.