MARCAJE PERSONAL Capítulo 26
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Capítulo 26

CARLOTA

Hay conversaciones que llevas treinta años ensayando sin saberlo. La mía con mi madre duró dos horas y once minutos, y empezó con una frase que no estaba en ningún guion.

—Mamá, ¿puedo enseñarte una foto?

Mi madre apareció en la pantalla con el pelo recogido, una blusa de seda color crudo y la expresión alerta de quien entra en una sala de vistas. Detrás se veía el salón de Pozuelo, impecable, con las dos butacas de cuero y el cuadro de un mar que nunca ha existido.

—¿Una foto de qué?

—Tuya.

Se quedó callada. Levanté la imagen que había fotografiado el domingo anterior en la residencia, la de la pared de mi abuelo: blanco y negro, trenzas, camiseta enorme, un balón sujeto con las dos manos y una sonrisa descarada.

Vi cómo le cambiaba la cara. No de golpe. Fue como cuando se apaga una luz con regulador: primero la sorpresa, después una especie de ternura herida y, al final, una palidez que le llegó hasta los labios.

—¿De dónde has sacado eso?

—Del cuarto del abuelo. Está colgada sobre su cama. Desde hace años.

—Carlota...

—Me contó lo de la academia de Madrid. Lo de los diecisiete años. Lo del paréntesis.

Mi madre se llevó una mano a la boca. La otra se apoyó en la mesa con un temblor muy fino. Pasaron diez, quince segundos. Oí un reloj de pared, el mismo que sonaba cuando yo hacía los deberes de pequeña.

—Él no tenía derecho a contártelo —dijo al fin.

—Quiere que lo sepa. Se arrepiente.

—Hace treinta años.

—Sí.

—Y ahora se arrepiente.

—Mamá, tiene noventa y cree que se va a morir sin habértelo dicho.

Se le quebró algo en la garganta. Cerró los ojos. Cuando los abrió, estaban llenos de agua y de una rabia antigua que no era contra mí.

—Yo dije que sí —murmuró—. Nadie me obligó. Yo tenía miedo también. Era una niña de pueblo con un talento que no sabía qué hacer con él, y mi padre me dijo «estudia», y yo pensé: ya jugaré después. Y después no hubo después.

—¿Nunca volviste a coger un balón?

—Nunca. —Soltó una risa fea—. Una vez, en tu cumpleaños de los ocho, me lo pasaste en el jardín. Y se me cayó. Tú te reíste y yo me fui a la cocina a llorar con la excusa de la tarta.

Recordé aquello de golpe: un balón, un jardín, mi madre agachada con las manos en la cara. Siempre había creído que se había quemado con el horno.

—Mamá —dije—. Yo no quiero el máster.

Lo solté sin adornos, con la voz más serena que me ha salido nunca. Cabía en la boca. Pesaba menos que una pluma.

—Quiero jugar. En serio. En Europa, si puedo.

Y después entrenar. Esta tarde he rellenado una solicitud para un campus de Lisboa en enero, y la voy a enviar en cuanto cuelgue.

No te lo digo para que me des permiso. Te lo digo porque no quiero que pases otros treinta años sin saber lo que quiere tu hija.

El silencio que siguió duró lo suficiente para que me diera tiempo a arrepentirme tres veces.

Mi madre se apartó de la cámara. Oí un cajón. Oí una nariz sonarse con discreción de abogada. Volvió a sentarse. Tenía el rímel corrido y el aspecto, por primera vez en mi vida, de una mujer sin traje.

—¿Y si te equivocas?

—Me equivocaré.

—¿Y si no te contratan?

—Probablemente no me contraten la primera vez.

—¿Y si te lesionas, y si...?

—Mamá. —Sonreí—. Eso es lo que me dijo el abuelo que dirías. Una por una. Con ese orden.

Soltó una carcajada húmeda, inesperada, que le arrugó toda la cara.

—Es un entrenador horrible.

—Lo sé.

—Siempre lee las jugadas antes de que ocurran.

—Es lo que me gusta de él.

Nos reímos las dos, cada una en su pantalla, con la distancia de seiscientos kilómetros convertida en el ancho de una mesa. Después ella volvió a ponerse seria. Se secó los ojos con la yema del dedo y dijo, despacio, con la voz que usaba para leer sentencias:

—Carlota Valdés Aldecoa. Escúchame bien.

—Te escucho.

—No voy a decirte que no tengas miedo. Yo lo tuve y fue lo peor que hice. Voy a decirte otra cosa. —Respiró—. Voy a pagar la inscripción de Lisboa. Y el billete. Y el hotel. Y el vídeo, si hay que repetirlo. Y voy a ir contigo.

—Mamá...

—Y no voy a pedirte que te quedes con las oposiciones como plan B. Pero te voy a pedir una cosa pequeña.

—¿Cuál?

—Que me enseñes a botar. Aunque sea una vez. Aunque se me caiga.

Se me deshizo todo por dentro. Lloré con la cara descubierta, sin escudo y sin sonrisa de anuncio, igual que ella.

—Te enseñaré —dije—. Te lo juro.

—Pues ya está. —Mi madre se sonó la nariz otra vez—. Ahora pulsa ese botón, que me va a dar algo.

Pulsé Enviar a las 20:55. Mi madre lo vio en directo, con las dos manos sobre la boca, como quien ve un gol.

* * *

Esa es la parte feliz del domingo, y la cuento entera porque la otra no la voy a contar entera.

A las nueve y diez le escribí a Nerea con el corazón desbordado. Le pedí si podía llamarla. Le dije que tenía hambre y ganas de llorar a la vez. Le dije que me hacía falta una voz de su altura.

Y la respuesta llegó en cuatro mensajes seguidos que leí de pie, en mitad del salón, con el portátil todavía abierto y el cojín de Gloria a mis pies.

No me esperes.

Hay frases que se pasan de un cuerpo a otro como una corriente. Esa me recorrió entera. Sentí que me flaqueaban las rodillas y me senté en el suelo, con la espalda contra la pared de piedra, el móvil sobre el regazo.

Escribí Vale, que es lo más corto que se me ocurrió. Después escribí lo de la ventana. Y al final, por primera vez, no la llamé Ney. La llamé Nerea. Fue un acto de legítima defensa, el único que tenía a mano.

Y después hice algo que me enorgullece y me duele a partes iguales: no volví a escribir. Ni esa noche ni a las doce ni a las tres de la madrugada, que fue cuando me desperté con la boca seca y los dedos buscando el teléfono. Lo tuve en la mano diez minutos. Lo dejé bocabajo.

No esperes en la acera, me había dicho mi abuelo.

Me levanté. Me hice un té. Regué a Gloria, a Menta y a Don Romero. Y a las cuatro de la mañana, sentada en la cocina con la manta de cuadros sobre los hombros, me di cuenta de que el dolor era enorme, pero no me estaba deshaciendo. Eso era nuevo. Me dolía como duele un músculo que por fin se usa.

* * *

El lunes llegué al pabellón a las seis y cuarenta.

Compré los dos cafés. No me pude contener.

El camarero de La Cafetera Rota, el de la barba, me miró con una compasión que ya empezaba a ser familiar, y en la pizarra del día, bajo Café con canela: no es para todos, había añadido en letra pequeña: Pero tú sí.

No supe si reír o llorar. Me bebí el mío de un trago y dejé el otro en el banco del tiro libre, humeando.

Tiré una hora entera. Sola. Cien tiros libres, sesenta triples, cuarenta pases contra la pared. Rafa el gorrión me acompañó desde el larguero con su dignidad habitual. El segundo café se enfrió sin que nadie lo tocara.

A las siete y media llegó Lola, con el cronómetro colgando y la cara de no haber dormido.

—Valdés.

—Entrenadora.

—Hoy no viene.

—Lo sé.

—¿Te lo ha dicho?

—Me lo escribió. «No me esperes.»

—Ah. —Se sentó en el banco. Cogió el café frío, lo miró, lo dejó—. ¿Y tú qué has contestado?

—«Vale.»

—¿Solo «vale»?

—Y que la ventana sigue abierta, pero que no voy a rogar que se asome.

Lola asintió despacio. Se quedó mirando las gradas vacías.

—Eso es muy bueno —dijo—. Y es lo más difícil que se puede hacer.

—Me duele.

—Claro que te duele. Si no te doliera, estaría preocupada. —Se frotó los ojos con los nudillos—. ¿Has hablado con tu madre?

Se lo conté. Entera, deprisa, con los ojos húmedos. El balón en el jardín. El «que me enseñes a botar». La inscripción de Lisboa. Lola me escuchó sin interrumpir, con las manos sobre las rodillas. Cuando acabé, se quedó un momento callada.

—Margarita Aldecoa —dijo.

—¿Cómo?

—Base de la selección regional del noventa y dos al noventa y tres. Maravillosa. La vi jugar en Salamanca. Yo estaba empezando como entrenadora ayudante y me dijeron: «Mira a esa chica de Valladolid, no pierde un balón». Después desapareció. Pensé que se había lesionado.

Me quedé con la boca abierta.

—¿La conocías?

—Conocía su juego. —Sonrió con una melancolía torcida—. Nunca la vi en persona después. Pero cuando llegaste en octubre, con ese apellido, pensé: «Aldecoa. No puede ser». Y luego vi cómo pasabas el balón. Y supe que era.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque no me tocaba. —Dio un golpecito en el banco—. Y porque a veces las cosas hay que descubrirlas a su hora. Si te lo hubiera dicho en octubre, habrías jugado para ella. Ahora juegas para ti.

No supe qué responder. Una especie de vértigo dulce me recorrió el cuerpo, como cuando se descubre que el suelo bajo los pies es más antiguo de lo que se pensaba.

—Entrenadora.

—Dime.

—Mi madre quiere venir a Lisboa.

—Me parece bien.

—Y quiere que le enseñe a botar.

Lola se rio, una carcajada ronca, corta, de hombre.

—Pues tráela un día al pabellón. Yo le presto una pelota. —Se puso de pie—. Y ahora, a trabajar. Tienes un partido el sábado contra Santander, y yo no voy a perder dos veces en cinco días.

—¿Santander?

—Es el partido que decide quién pasa a la Fase Final. Lo adelantaron. Lo siento. Os lo dije el viernes y no os acordáis porque estabais en otra galaxia. —Me tendió el balón—. Y por cierto: tiras bien. Pero tiras sola. Y eso se arregla con alguien al lado.

—Entrenadora...

—No he dicho su nombre.

—No.

—Pues ya está.

Me sonrió con la comisura, ese pez. Se alejó hacia el despacho. Y en la pizarra del fondo, con rotulador rojo, leí una frase nueva, escrita con letra más apretada, como con prisa:

«EL BALÓN TIENE DOS MANOS. A VECES UNA ESPERA.»

* * *

Fue a la salida cuando me encontré con Bea.

Estaba sentada en las escaleras del pabellón con una bolsa de papel y las trenzas deshechas. Parecía una gallina mojada. Me tendió un cruasán sin decir una palabra.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé todo —dijo—. Nuria me ha escrito. Dice que esta mañana no ha ido al entreno ni a nada. Que está en casa. Que ha recibido una carta de su abuela.

—No quiero saber...

—No te lo estoy contando. Te lo digo para que sepas que está viva.

Me senté a su lado. Le di un mordisco al cruasán. Sabía a mantequilla y a lunes.

—Bea, ¿tú crees que...?

—No sé nada. No soy profeta. Soy una alera con boca grande.

—Me apretó el brazo—. Pero te voy a decir una cosa.

Cuando llegaste en octubre pensé que eras la chica más feliz del mundo.

Luego me di cuenta de que lo eras de una manera muy cansada.

Ahora estás triste, y es la primera vez que te veo entera.

—Eso es un consuelo horrible.

—Es el que tengo.

Se me escapó una risa. Ella se apoyó en mi hombro.

—Tengo que contarte una cosa —dije.

—Dime.

—Quiero jugar en Europa. Lo he dicho en voz alta. Y se lo he dicho a mi madre.

Bea se quedó muy quieta. Después se echó a llorar. Con ruido, con moco, con hipo, con toda su grandeza.

—¡Lo sabía! —sollozó—. ¡Lo sabía desde octubre! ¡Tenías esa cara!

—¿Qué cara?

—La de alguien que quiere irse y no sabe cómo decirlo. —Me abrazó con fuerza—. Qué orgullo. Voy a pintar una pancarta.

—No pintes una pancarta.

—Voy a pintar dos.

* * *

Esa noche, sentada en la cama con la luz de la ventana, abrí la nota secreta. Releí las dieciocho líneas, como quien repasa un mapa de un territorio que ya conoce.

Escribí la diecinueve:

19. Se lo he dicho a mamá. Y ella me ha pedido que le enseñe a botar. No sabía que se podía ser tan feliz y estar tan triste a la vez, y que las dos cosas fueran verdad.

Debajo, tras pensarlo un rato, añadí la veinte:

20. Ney me ha pedido que no la espere. Voy a hacerle caso en una cosa: no voy a estar en la acera. Pero la ventana sigue abierta. Y hay guiso.

Cerré la nota. Dejé el móvil en la mesilla. Me quedé mirando la sudadera gris sobre la silla, la del balón torcido, la que huele a madera y a jabón y ahora, para siempre, también a ella.

El móvil vibró.

No era Nerea. Era Nuria.

Nuria: No te cuento nada. Solo te digo que no ha firmado. Y que mañana a las cinco viene su padre. Y que ha leído una carta.

Nuria: Llora. Por fin.

Nuria: Cuídate. Y no vengas.

Leí los tres mensajes dos veces. Me llevé la mano al pecho.

Llora. Por fin.

Me tumbé de lado. Cerré los ojos.

Y por primera vez desde el domingo, en la oscuridad de mi piso de piedra, bajo la luna que se asomaba sobre la muralla, no me hizo falta el silencio para estar tranquila.

Me bastó saber que, en algún lugar de Vallebrava, en una casa con una lavadora parada, una chica de gris y de negro estaba abriendo por fin una puerta.

Y que no era la mía.

Todavía.