Capítulo 25 #2
Era una voz vieja, sedosa, perfecta, que me susurraba que tenía razón.
Que ella había enviado su solicitud. Que había hablado con su madre.
Que estaba a un paso de una vida enorme, y que yo, con mi cicatriz, mis calcetines encogidos y mi padre, era un lastre que ella acabaría arrastrando por pura bondad.
Mejor ahora. Mejor limpio. Un corte limpio.
Escribí. Lo borré. Escribí otra vez, con las manos frías y la cabeza vacía.
Ney: Me alegro muchísimo por ti. De verdad.
Ney: Creo que no es buena idea que hablemos esta noche. Mi padre ha venido. Ha traído un contrato. Tengo hasta el martes.
Ney: Necesito un tiempo. No sé cuánto. Creo que lo mejor es que no nos veamos hasta que decida. Ni entrenos a las siete. Ni churros. Ni nada.
Ney: No me esperes.
Pulsé enviar con el pulgar temblando.
Me arrepentí a los dos segundos. Fue una arcada, un vacío en el estómago. Los dos checks se volvieron azules. Los puntitos aparecieron, desaparecieron, aparecieron.
Pasaron cuatro minutos. Los conté. Cada uno.
Lota: Vale.
Una sola palabra. Sin corazón, sin punto, sin ninguno de sus adornos.
Lota: Te dije que la ventana quedaba abierta. Sigue abierta. Pero no te voy a rogar que te asomes.
Lota: Cuídate, Nerea.
Nerea. No Ney. No Salgado. Nerea, entera, con las tres sílabas y todo el peso.
Dejé el móvil en la cama. Me quedé mirando el techo, que no tiene opinión, y por primera vez comprendí por qué Nuria dice que lavo cuando tengo miedo. Quería tener las manos ocupadas. Quería que mi cuerpo hiciera algo en vez de pensar.
No me levanté. Me quedé tumbada con la bufanda negra sobre el pecho y su olor a casa ajena, a albahaca y a pan, hasta que se apagó la luz de la farola de la calle. No lloré. Nuria había dicho que llorar es mala señal. Yo estaba demasiado ocupada en no moverme.
* * *
El lunes no fui a las siete.
No fui al pabellón, ni a La Cafetera Rota, ni a ninguna parte. Me levanté a las nueve, cuando Nuria ya se había ido, y encontré en la mesa del salón la carpeta azul, el bolígrafo y una nota de su letra apretada.
«Estoy en clase. Hay lentejas en la nevera, y no son de chorizo. No firmes nada hoy. Te quiero. Me enfado luego. — N.»
No firmé. Tampoco hice otra cosa. Me senté en el sofá con la mirada en la pared, la bufanda en el regazo y el teléfono apagado.
Escuché cómo pasaban las horas por el reloj de la cocina: las diez, las once, las doce.
A las doce y veinte llamó Lola. No contesté.
A la una y diez, un mensaje de voz de cuarenta segundos, que escuché con el pulgar en el aire y que decía, sin ningún tono:
«Salgado, soy yo. Hoy no te he echado de menos en el entreno porque me niego a echarte de menos, pero la pizarra sí.
La pizarra pregunta por ti. Y Valdés ha llegado a las siete menos veinte con dos cafés y se ha tirado una hora tirando sola.
No ha dicho nada. No hace falta. Tiene la cara de una persona que ha decidido ser fuerte, y eso, hija, no es algo que se le pueda desear a nadie.
Llámame. No para hablar. Para que sepa que estás viva. »
Lo borré. Lo volví a escuchar. Ya estaba borrado.
A las tres de la tarde sonó el timbre.
No lo oí al principio. Estaba en mi cuerpo, o fuera. Cuando por fin me levanté, descalza, y abrí la puerta, solo encontré en el felpudo un paquete de papel de estraza atado con cuerda de esparto. Y un sobre grande, con matasellos de Barakaldo.
La letra del sobre era temblorosa. La reconocí desde lejos.
Me senté en el suelo del pasillo, con la espalda contra la puerta.
Desaté la cuerda con los dientes. Dentro del paquete, unos calcetines nuevos, gruesos como ladrillos, de lana gris, con un talón perfectamente remendado.
El otro par de Fermín, supuse. Los que le faltaban. Y encima, doblada en tres, una carta.
«Nerea, mi niña:
Me ha llamado Nuria. No te enfades con ella, que yo le pedí que me llamara si te veía mal. Dice que has puesto nueve lavadoras y que has dado sepultura a mis calcetines. Me alegra saberlo. Quiere decir que estás viva.
Te mando dos pares: uno para ti y otro para el señor Fermín, que me ha mandado una carta de agradecimiento con muy mala letra y buenos modales. Me ha escrito que "tienes dedos de entrenadora". No sé qué es eso, pero ha sonado a halago.
Te dije por teléfono que las cosas se hacen en un orden: primero te levantas y después te sientas con quien te espera. No te dije lo que hay detrás. Lo escribo ahora, porque a los setenta y cuatro años una ya no se fía de las llamadas.
Tu madre me hizo prometer una cosa cuando enfermó. Que te lo daría cuando fueras mayor y tuvieras miedo. Yo pensé: ya la tendrá, y esperé. Pero ya has tenido miedo muchas veces. Esperé demasiado. Perdóname.
Va dentro del sobre. Es suya. Léela despacio.
Te quiere,
Abuela.»
Dentro del sobre grande había otro más pequeño, de papel amarillo, con la tinta desvaída. Un nombre escrito con letra rápida, de enfermera, de quien está acostumbrada a anotar en la penumbra:
Para Nerea. Cuando tenga miedo.
Me temblaron las manos tanto que tuve que apoyar el sobre en el suelo para poder abrirlo.
Dentro había una hoja doblada en cuatro. Y no la leí.
Todavía no. La sostuve entre los dedos, a la altura de la cara, con los ojos cerrados, sintiendo el papel fino, gastado, tibio como una palma. Olía a Cruces, a jabón de manos y a una vida de hace once años.
Mi madre llevaba once años esperándome en un sobre amarillo, y yo, sentada en el suelo de un pasillo, con la bufanda de otra persona al cuello y un contrato en la mesa de la cocina, no sabía si tenía el valor de abrirlo.
En el rellano de abajo, alguien subía las escaleras con unas pisadas que reconocí. Pesadas. Cansadas. Firmes.
Nuria.
—Ney —dijo, desde el tercer escalón, con la mochila al hombro y el ceño enfadado de quien ha decidido terminar una guerra—. Se acabó. Vamos a hablar tú y yo. Sin tablas. Sin lavadoras. Y vas a leerme eso en voz alta, aunque tenga que atarte a una silla.
Levanté la vista. Tenía los ojos secos y la hoja entre los dedos.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No sé si quiero saber lo que dice.
—Sí lo sabes. —Se agachó frente a mí, me quitó con dos dedos la bufanda del cuello y me cogió las manos—. Y lo sabes porque llevas toda tu vida esperando que alguien te lo diga.
El pasillo olía a lana, a lentejas y a papel viejo.
Dentro de mí, algo muy pequeño, el diente flojo del que hablaba el otro día, dejó por fin de sostenerse.