MARCAJE PERSONAL Capítulo 25
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Capítulo 25

NEREA

La bufanda olía a ella.

Eso fue lo primero que descubrí, un domingo a las cinco de la tarde, en el rellano del tercero, con la lana negra entre las manos y una conciencia culpable.

No olía a vainilla, que es lo que yo habría apostado.

Olía a casa de Carlota: a madera, a pan y a un poco de albahaca.

Una semana colgada junto a su anorak mostaza había bastado para que cambiara de dueña.

—Te la devuelvo —dijo Carlota—. Es decir, te la doy. Es tuya.

—Lo sé.

—Pues cógela.

—La estoy cogiendo.

—Con mucha lentitud.

—Es que pesa más de lo que parece.

Sonrió. Estaba en la puerta con el pelo suelto, la sudadera gris de su abuelo y el portátil abierto sobre el brazo, como un camarero con una bandeja. Detrás, en la mesa del salón, se veía una pantalla con un formulario y un botón verde que decía Enviar.

—¿Lo has mandado ya?

—Falta una hora y media para llamar a mi madre. Primero ella y luego el botón. En ese orden. Es mi única superstición.

—Es un buen orden.

—Lo sé. —Se mordió el labio—. ¿Quieres pasar?

Quise. Dios, cómo quise. Quise sentarme en el sofá de la manta de cuadros, mirar cómo Gloria seguía viva y esperar con ella al otro lado de esa llamada.

Pero había visto, detrás de su hombro, una pizarra pequeña pegada a la nevera con el horario de la tarde, escrito con su letra redonda: 18:30 → MAMÁ.

Tenía una cita con su propia valentía y yo estaba a punto de ocupar la silla.

—Es tuya la tarde —dije—. No me quiero meter en medio.

—No estorbarías.

—Lo sé. Pero es tuya.

Me miró con una ternura que me dio vértigo.

—Eres rarísima.

—Soy una persona organizada.

—Eres una persona que se está aprendiendo a quedarse fuera de los asuntos de otra por respeto. —Soltó un suspiro—. Es lo más bonito y lo más frustrante que me han hecho.

—Prefiero lo bonito.

—Elijo lo bonito, entonces.

Levanté la mano. Le rocé los nudillos con los míos, solo eso. Ella los cerró sobre mis dedos un segundo, como quien guarda una moneda de suerte.

—Mañana me cuentas —dije.

—Mañana te cuento.

—Suerte, Lota.

—Y a ti, Ney. Con lo tuyo.

No dije con lo mío. Ni siquiera se lo había contado. Pero ella lo sabía, y yo lo sabía, y la bufanda pesaba en mi brazo como una promesa a medias.

Bajé los seis tramos sin contar ninguno. Fue el último momento de la semana en que lo conseguí.

* * *

Lo vi desde la esquina.

Un Seat Ibiza gris, con matrícula de Vizcaya, aparcado mal frente a mi portal, con las luces de posición encendidas y un ambientador de pino colgando del retrovisor. Lo conocía de memoria. Llevaba dieciséis años viéndolo aparcar mal delante de colegios, polideportivos y hospitales.

Me detuve con la bufanda en la mano.

Martes a las cinco, pensé. El martes. Es domingo.

No. Mi padre nunca ha respetado un calendario que no haya escrito él.

Subí el último tramo de escalera con una calma de bombero. Abrí la puerta con la llave. En el salón, la lámpara estaba encendida, el sofá ocupado y un olor a café recalentado llenaba la casa. En la cocina oí la voz de Nuria, demasiado alegre, hablando de lentejas.

—… y entonces le dije que no, que a las lentejas se les echa pimentón, pero ella insiste en el chorizo, y yo respeto, pero...

Se calló en cuanto me vio.

Mi padre estaba sentado a la mesa, muy recto, con las manos sobre las rodillas, como el día de Burgos en la grada. Llevaba su chaqueta buena y una carpeta de plástico azul sobre la mesa. Tenía delante un vaso de agua del que no había bebido.

—Hola, Nerea.

—Papá.

—Nuria me ha dejado entrar. —La miró con cortesía—. Es una chica muy amable.

—Me ha amenazado con una cuchara —dijo Nuria, con una sonrisa tensa—. Pero me ha parecido que tenía buenas intenciones.

—Nuria, déjanos.

—Estoy en mi cocina.

—Por favor.

Me miró. Era la mirada de «puedo quedarme y tirarle el vaso de agua por la cabeza, solo tienes que decírmelo». Negué con un gesto mínimo. Recogió el trapo, se fue a su cuarto y dejó la puerta apenas entornada, lo cual, en el idioma de Nuria, significa «estoy escuchando todo».

* * *

—Has vuelto antes de lo que pensaba —dijo mi padre.

—Tú has venido antes de lo que dijiste.

—Tenía asuntos en Burgos. —Abrió la carpeta—. Prefiero hacer esto en persona.

Dentro había papeles grapados. Un membrete: Aragón Femenino S.A.D. Una hoja con un número resaltado en amarillo. Otra con cláusulas.

Lo leí con la mirada, sin tocar, como se mira una escena de crimen. Contrato de formación, tres temporadas. Vivienda compartida. Seguro médico. Un sueldo que, a mis ojos de becada, parecía de otro planeta. Y una fecha de incorporación: 15 de diciembre.

—Quince de diciembre —dije.

—Sí.

—Eso es en dos semanas.

—Es una oportunidad.

—Es antes del final de la liga.

—Tu liga universitaria no vale nada. —Lo dijo sin elevar la voz—. Un campeonato de provincias, con arbitraje de pueblo. En Zaragoza tienes el nivel que mereces.

—Mi equipo juega la clasificación para la Fase Final el sábado.

—Tu equipo se las apañará.

—Mi equipo me necesita.

—Tu equipo es un grupo de chicas que juegan para pasar el rato.

—Mi equipo —dije, y me tembló la voz— me ha dado más en tres meses que todo lo que tú me diste en doce años.

Hubo un silencio. Mi padre apretó la mandíbula, un movimiento seco, de caja que se cierra. Pero no gritó. Nunca grita. Eso es lo que me ha enseñado a tener miedo.

—Ya está —dijo—. Ya está hablando ella.

—¿Quién?

—La de Madrid. —Cerró la carpeta con dos dedos—. He hecho averiguaciones.

—¿Qué has hecho?

—He preguntado. Por ahí. Su familia es de dinero.

Su madre es abogada de las buenas, de las que no pierden.

Quiere para su hija un máster. Un despacho.

Un marido, seguramente. —Hizo un gesto vago—.

Esa niña va a jugar contigo hasta que se aburra, y cuando se aburra, se irá.

Y tú te quedarás aquí, sin club, sin carrera y sin cabeza.

Porque yo conozco a mi hija. Cuando se engancha, se engancha del todo.

—Eso no es verdad.

—Eres igual que tu madre.

—Papá.

—Se enganchó a mí. Y a un hospital. Y a la idea de que podía con todo. —Se miró las manos, y por primera vez vi cómo le temblaba el pulgar derecho—. Y mira.

No dije nada. Estaba de pie en medio del salón, con la bufanda negra apretada contra el pecho, y me di cuenta de que lo estaba viendo con otra luz.

Un hombre bajo, canoso, con las manos agarradas a las rodillas.

Un hombre que llevaba once años sin dormir bien y que, en ese momento, daba la impresión de ser lo que realmente era: alguien que tenía mucho miedo.

Y eso, que debería haberme dado fuerza, me quitó el aire.

Porque si él tenía miedo, entonces yo era su miedo hecho carne. La última cosa que le quedaba. Y si lo dejaba, se quedaba solo.

—Yo no quiero perderte —dijo.

Lo dijo tan bajo que casi no lo oí.

—Papá...

—Eso es lo único. —Se pasó la mano por la cara—. Que no quiero que te me vayas. Y no sé hacerlo de otra manera.

Se me cerró la garganta.

Debería haber sido la frase más importante de mi vida. Llevaba años esperándola. Y la tuve ahí, de pie, a dos metros, envuelta en un contrato y en una amenaza, y no supe dónde ponerla.

—Quiero que firmes antes del martes —continuó, recomponiéndose, volviendo al tono de baraja—.

El club necesita respuesta. Si firmas, te llevo a Zaragoza el quince.

Dejas aquí lo que tengas que dejar. Y a esa chica...

—Dudó—. Lo hablas con ella como quieras, pero sin demasiadas despedidas. Sin dramas. Un corte limpio.

—¿Y si no firmo?

—Entonces te quedas con tu liga de provincias y con tu niña de Madrid. Y yo no vengo más a verte jugar.

Me quedé sin aire.

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy informando.

—Es lo mismo.

—No lo es. —Se levantó. Cogió su chaqueta del respaldo—. Yo no te estoy quitando nada. Te estoy diciendo que, si eliges eso, yo no estaré. Es tu decisión. Siempre ha sido tu decisión. Yo solo digo lo que haré.

Había en su cara algo que no era crueldad. Era una rigidez desesperada, el gesto de un hombre que ha aprendido que el único modo de impedir que algo se vaya es apretarlo hasta romperlo.

Quiero que alguien se quede, le había dicho a Carlota en la oscuridad. Y mi padre me estaba ofreciendo justo eso: que él se quedaría, siempre que yo dejara de ser quien soy.

Abrió la carpeta. Sacó un bolígrafo del bolsillo interior. Lo dejó sobre los papeles, alineado con el borde.

—Tienes hasta el martes a las cinco —dijo—. Te recojo.

Se fue. La puerta se cerró sin ruido. Oí sus pasos bajando, el motor del Ibiza gris, la rueda sobre un charco.

Nuria apareció en el pasillo.

—Dime que le has dicho que no.

No contesté.

—Ney.

—No le he dicho nada.

—Podías haberle dicho cualquier cosa. «Vete.» «No.» «Soy yo la que decide.» Lo que fuera.

—Lo sé.

—¿Entonces?

—Es que dijo que no quería perderme.

Nuria cerró los ojos. Respiró hondo.

—Ay, Ney —murmuró.

Eso fue todo. No añadió nada más.

* * *

Lo que hice esa noche me da vergüenza escribirlo.

Pero lo escribo, porque es lo que fue.

A las nueve y diez, desde mi cuarto, con la puerta cerrada y la luz apagada, vi llegar un mensaje. De Carlota. Una sola línea.

Lota: He hablado con mamá. Dos horas. No sé cómo empezar a contártelo. He enviado el formulario a las 20:55. Ahora tengo hambre y ganas de llorar a la vez. ¿Puedo llamarte?

Lo leí diez veces. Estaba feliz por ella.

Lo estaba de verdad, con una felicidad pequeña y limpia en el pecho.

Y debajo de la felicidad, como el agua que sube por un sótano, estaba mi padre diciendo a esa chica, un corte limpio, y yo, con la carpeta azul en la mesa de la cocina, y un bolígrafo alineado con el borde.

Se irá a su Europa. Se irá a su máster. Se irá a donde sea. Y yo me quedaré aquí o en Zaragoza, con la cabeza en otra parte.

Es más fácil irse que que te dejen.