MARCAJE PERSONAL Capítulo 24 #3
78%

Capítulo 24 #3

El vestuario visitante de La Rioja era un cuarto pequeño con taquillas verdes y un banco de madera. Olía a goma y a vino, porque los locales habían dejado una botella de cortesía, medio vacía, junto a la puerta.

Lola nos dejó entrar primero y cerró la puerta tras nosotras. Se apoyó en ella con los brazos cruzados.

—Sentaos.

Nos sentamos. En el mismo banco, a metro y medio.

—Os voy a decir tres cosas y luego quiero que os vayáis a vuestro cuarto y no me deis más trabajo. —Contó con los dedos—. Una: este partido no me importa. Habéis perdido uno entre treinta. Habéis jugado cuarenta minutos con la cabeza en otro sitio, y no es la primera vez. Me lo sé.

—Entrenadora...

—Dos. Tengo ojos. Vi el pase que no diste, Valdés.

Y vi el cambio de dirección que hizo Salgado en el minuto treinta y ocho para esconderse detrás de una pantalla en lugar de pedírtelo.

Os estáis protegiendo la una de la otra y no os dais cuenta de que os estáis haciendo daño. —Hizo una pausa—. Tres.

Nos miró. Primero a mí. Luego a ella.

—Hay cosas que no se arreglan con ejercicios.

Os lo dije en Vallebrava y os lo repito.

Hay que hablarlas. Pero hay un momento para hablar, y no es hoy.

Hoy estáis las dos reventadas. Mañana volvemos a casa.

El domingo tendréis tiempo. El lunes, también.

Y el martes, uno de los dos tomará una decisión que no es solo suya.

Se me encogió el estómago.

—No lo digo yo —añadió Lola—. Lo dice el calendario.

Se enderezó. Se ajustó la gorra.

—Una cosa más.

—¿Sí?

—Valdés, el tiro del final. Que no se repita. —Me miró fijamente—. Pero fue un tiro valiente.

—Fue un tiro cobarde.

—Fue las dos cosas. Es lo que tienen los tiros.

Abrió la puerta. En el pasillo, Bea, Tanque e Inés esperaban con caras de funeral. Lola salió. Antes de cerrar, miró hacia atrás y dijo, sin dirigirse a nadie:

—Y la bufanda. Que alguien me explique por qué hay una bufanda negra colgada en el perchero de Valdés. Porque ayer me la enseñó Nuria por foto y he tenido la impresión de que la bufanda lleva un mensaje.

Cerró la puerta.

Nerea y yo nos quedamos solas en el vestuario, mirando las taquillas verdes.

—Nuria hizo una foto —dijo Nerea.

—Nuria hace fotos de todo.

—Qué traidora.

—Es una santa.

—Es una santa traidora.

Nos reímos. Una risa cansada, corta, de las que se tienen cuando se ha llorado ya demasiado. Y cuando se apagó, Nerea se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas, y se quedó mirando el suelo.

—Lota.

—Dime.

—El martes no sé qué voy a hacer.

—Lo sé.

—Pero sí sé una cosa. —Levantó la vista. Tenía los ojos húmedos y enormes—. Voy a recoger la bufanda. Lo hago. Cuando volvamos. Y voy a... —Se detuvo—. No quiero que sea solo la bufanda. Pero no sé todavía qué más.

—No tienes que saberlo hoy.

—Ya.

—Mañana tampoco.

—Pero tengo que saberlo antes del martes.

—Sí.

—Qué miedo.

—Muchísimo.

Alargué la mano. No la suya. La dejé sobre el banco, entre las dos, palma arriba. Esperé.

Nerea la miró. Después puso la suya encima, con una lentitud infinita. Sus anillos estaban fríos. Su palma, caliente.

Sonó un golpe en la puerta.

—¡Chicas! —gritó Tanque—. ¡Que dice Lola que hay croquetas en el autobús y que se acaban!

—¡Ya vamos! —gritamos las dos, a la vez.

No nos soltamos hasta que oímos los pasos de Tanque alejarse.

* * *

La noche del sábado la pasé en vela.

No por tristeza. Era otra cosa, un cansancio extraño, fresco, de quien ha llegado al final de una cuesta y todavía no ve la bajada. Nerea dormía en la cama de la ventana, de lado, vuelta hacia mí, con la mano colgando fuera de la sábana, a unos centímetros del suelo. Yo la miraba.

Saqué el móvil. Abrí la solicitud del Showcase Ibérico.

El cursor parpadeaba junto al botón de «Enviar».

Dos casillas arriba, el vídeo que había grabado en el pabellón una tarde, tirando sola.

Tres líneas de carta de presentación. Una frase final: Quiero ser jugadora profesional y, después, entrenadora.

La releí. No la toqué.

Abrí la nota secreta. Allí estaban las diecisiete líneas, con el brillo azul de la pantalla sobre el techo. Escribí la dieciocho:

18. Hoy hemos perdido por culpa mía y me siento más viva que nunca.

No es contradicción. Es que por fin he fallado un tiro en un partido que importaba, y no me ha pasado nada.

Voy a mandar la solicitud mañana. Voy a llamar a mamá antes de que cierre el plazo.

Y Ney me ha dado la mano en un vestuario.

No hace falta que sea más grande que eso.

Me quedé mirando la última línea.

Todavía.

Añadí esa palabra al final, sola, en una línea aparte.

Apagué la pantalla. Fuera, un camión recorría la calle de los soportales con un ronroneo lento.

Nerea se movió en sueños. Murmuró algo. No entendí si era mi nombre o una cifra.

Sonreí en la oscuridad, y la mano que colgaba fuera de su cama se cerró sobre el aire, en un gesto pequeño, buscando algo que no estaba.

Saqué la mía por la rendija del metro veinte.

Seguía sin llegar. Pero esta vez no me dolió.