Capítulo 24 #2
—Y no se lo has dicho a nadie más.
—A mi abuelo, un poco. A mi madre, todavía no.
—¿Por qué no lo has enviado?
—Porque el plazo es el domingo. Igual que el de las oposiciones. —Solté una risa sin fuerza—. El mismo día. Qué casualidad. Qué sentido del humor tiene el universo.
—Qué cabrón.
—Qué cabrón, sí.
Nos reímos las dos, bajito, a la vez, y el sonido se mezcló en la oscuridad con el zumbido del minibar. Cuando se apagó, quedó una calma distinta, una calma con filo.
—Lota.
—Dime.
—Si lo envías —dijo, y se le quebró un poco la voz—, y te cogen... ¿Te irías?
—No lo sé.
—Yo tampoco sé si iría a Zaragoza.
—Lo sé.
—Y no quiero que lo decidas pensando en mí. Ni yo pensando en ti. —Respiró hondo—. Porque si lo hacemos, dentro de diez años uno de los dos dirá: «Renuncié por ti».
—Eso no pasará.
—Puede pasar.
—Si pasa, lo arreglaremos.
—Pero lo que quiero decir... —Se giró de lado hacia mí. Entre las dos camas había un metro veinte de oscuridad—. Lo que quiero decir es que quiero que lo decidas tú. Sola. Y yo sola. Y que después, si queda algo por decir, lo digamos.
—Es lo que estoy haciendo.
—Lo sé. —Una pausa—. Me da miedo lo bien que lo estás haciendo.
—¿Por qué?
—Porque pienso que a lo mejor no me necesitas.
Me incorporé sobre un codo.
—Nerea. No es que no te necesite. Es que no te necesito para sostenerme. Es distinto. Te necesito como se necesita una buena canción. No para que el edificio no se caiga. Para que valga la pena entrar.
Hubo un silencio tan largo que creí que se había dormido. Pero los ojos le brillaban en la penumbra.
—Eso ha sido bonito —susurró.
—Lo sé. Me ha salido sin querer.
—Apúntalo.
—Ya lo he hecho. Mentalmente.
—Qué bien.
—Qué bien —repetí.
Y entonces la vi sacar la mano de debajo de la sábana. Despacio. La estiró en el aire, en la oscuridad, en el espacio que separaba las dos camas. La mano abierta, con la palma hacia arriba, y los dedos largos temblando un poco.
No me tocó. Estaba a un metro de mis dedos. No podía.
Pero se quedó ahí, extendida, como una pregunta que no se atreve a formularse.
Saqué yo la mía. Tampoco llegaba. Las dos manos quedaron suspendidas sobre la moqueta gris, a un palmo la una de la otra, como dos puentes que se han olvidado de unirse. Las miré en la penumbra. Pensé en el puente romano, en los once arcos. Pensé que a veces no hace falta cruzarlos todos.
—Buenas noches, Lota.
—Buenas noches, Ney.
No retiramos las manos. Nos dormimos así.
* * *
Perdimos.
Escribo esa palabra deprisa, como cuando se arranca una tirita. Perdimos 64-61 contra la Universidad de La Rioja, en un pabellón con olor a pintura fresca y a bocadillo de chorizo, delante de un público de cuatrocientas personas que cantaban en la grada un himno a las cepas.
Fue un mal partido. No un desastre; un mal partido.
De esos en que todo es un poco fuera de ritmo.
Nerea y yo habíamos dormido dos noches con la cabeza llena, y el cuerpo, que no sabe de metáforas, lo pagó.
Mis pases llegaban medio segundo tarde. Sus cortes llegaban medio segundo pronto.
Cada vez que cruzábamos la mirada, algo se desviaba. No el balón: nosotras.
En el minuto veintidós le lancé un pase largo que ella no esperaba.
Rebotó contra su hombro y salió fuera. En el veintiocho, ella me devolvió uno al que no llegué.
En el treinta y uno, Lola gritó «¡MIRAOS!
» desde el banquillo, y las dos nos miramos, y ninguna de las dos pudo sostenerlo, porque había demasiado en esa mirada y nos quemaba.
Nerea metió veintiuno. Yo, quince. Lucía dio ocho asistencias en doce minutos y casi lloró de nervios. Inés dominó la pintura con la serenidad de una catedral. Pero faltó lo único que importaba. Faltó el hilo.
Con diez segundos para el final, y tres puntos abajo, tuve el balón en la línea de tres. Nerea estaba libre en el ala. Tenía el pase abierto, evidente, limpio como una mañana de octubre.
Y tiré yo.
No sé por qué. Fue un impulso, un reflejo de las viejas costumbres, de la chica que busca el aplauso cuando está asustada. El balón rebotó en el aro, subió, bajó y cayó fuera. Sonó la bocina.
El silencio en el banquillo fue absoluto.
Nerea se acercó a mí en mitad de la pista, mientras los locales saltaban y cantaban a nuestro alrededor. Tenía el sudor corriéndole por las sienes y el pecho subiéndole y bajándole.
—Tenía el pase —dijo.
—Lo sé.
—Lo vi. Tú lo viste.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tuve miedo —dije, y fue la frase más honesta que había dicho en todo el día—. Miedo de que fallaras. Y miedo de que acertaras. Y no sabía cuál de las dos cosas me asustaba más.
Nerea me miró. Algo se le descolocó en la cara.
—Yo tampoco habría pasado —dijo.
—¿Cómo?
—Si hubiera sido yo. Si me hubieras visto libre y hubiera tenido el balón. —Se pasó el antebrazo por la frente—. Habría tirado.
—No lo sabes.
—Lo sé. —Una risa sin humor—. Es lo que pasa cuando dos personas se parecen demasiado.
Lola llegó a nuestro lado con el cronómetro colgando y una expresión de tormenta sin llover. Nos miró a las dos, despacio. No dijo nada durante cinco segundos. Después, con un tono sorprendentemente suave:
—Al vestuario. Las dos.
* * *