Capítulo 24
CARLOTA
El viernes a las cuatro menos dos minutos, Lola Ferrer miraba el reloj del autobús con la expresión de quien ve acercarse una tormenta anunciada.
—Faltan dos —dijo.
—Una —dijo Nuria, tablet en mano.
—Salgado.
—Salgado —confirmó Nuria—. Me ha escrito hace diez minutos: «Voy. Perdón». Tres palabras. Mala señal.
Yo estaba sentada junto a la ventanilla, en la penúltima fila, con las rodillas dobladas y el abrigo mostaza sobre las piernas.
Había pensado mucho en dónde sentarme. Si en la penúltima, que era nuestro sitio, o en cualquier otra, para no hacer un drama.
Al final había ganado la costumbre. Las costumbres tienen más fuerza que las decisiones.
Dos minutos de espera son una eternidad cuando tienes la bufanda de alguien colgada en tu perchero.
La vi aparecer a las cuatro menos treinta segundos, corriendo desde el fondo de la calle con la bolsa botando contra la espalda, la chaqueta de cuero abierta y el pelo suelto, porque se le había deshecho el moño en la carrera.
Subió los tres escalones del autobús de dos en dos.
Jadeaba. Tenía las mejillas coloradas y los ojos desorbitados.
—Perdón —dijo, sin aire—. Perdón, entrenadora.
—Puntual es justa —dijo Lola, sin girarse—. Tú siempre has sido justa. Hoy has sido tardía.
—Lo sé.
—Siéntate.
Pasó por el pasillo. Todas fingieron mirar por la ventana con un interés repentino por el aparcamiento. Llegó a mi fila. Se detuvo.
Había sitio a mi lado. Había mucho sitio.
—¿Puedo? —preguntó.
Me costó contestar, porque la voz me había quedado en alguna parte del estómago.
—Es tu asiento.
Se sentó. Dejó la bolsa entre los pies. Tardó un buen rato en recuperar la respiración. Su hombro quedó a una cuarta del mío, la misma cuarta de octubre, y ninguna de las dos hizo nada para acortarla.
El autobús arrancó. Tanque, desde delante, eligió el pasodoble con una solemnidad de réquiem.
—He ido a tu casa —dijo Nerea, de pronto, mirando al frente.
—¿Qué?
—A las tres y cuarenta. A por la bufanda. Llamé al timbre. Llamé a la puerta. No había nadie. —Tragó saliva—. Estuve esperando diez minutos en el rellano. Por eso he llegado tarde.
Me quedé inmóvil.
—Había salido a por café. Para el viaje.
—Ya me lo imaginaba.
—Compré dos.
—¿Dos?
—Es un reflejo —dije, y me ardieron las orejas—. Uno lo tiene Bea.
—Ah.
—Mentira. Lo tengo yo. Los dos. Bueno, el tuyo está ya frío.
Nerea giró la cabeza despacio. Me miró. Tenía unas ojeras de novela rusa y los labios agrietados, y una expresión que no sé describir, algo entre ternura y desolación.
—Te estaba esperando —dijo.
—Lo sé.
—Y tú a mí.
—Sí.
—Qué ridículo.
—Muy.
Y entonces, por primera vez en casi una semana, sonrió. Torcido, apenas, la comisura izquierda subiendo medio milímetro. Y yo noté en el pecho un golpe seco, como una puerta que se abre sola.
—La bufanda sigue en el perchero —añadí, bajito.
—Entonces la recojo luego.
—Cuando quieras.
—Vale.
—Vale.
Ninguna dijo nada más en los cuarenta kilómetros siguientes. Pero a la altura de Soria, noté que su pie había avanzado un centímetro por el suelo del autobús, hasta quedar pegado al mío. Lo dejé estar. Era un centímetro. A veces un centímetro es todo.
* * *
El hotel de Logroño se llamaba Hotel Sagasta y tenía una fachada de cristal que reflejaba las luces de la calle Laurel como si fuera una ciudad dentro de otra.
Dentro, un vestíbulo moderno, una recepcionista con un moño perfecto y un olor a vino que, según Bea, venía de los paneles de madera.
«Son barricas recicladas.» «No puede ser.
» «Es La Rioja, Lota, aquí hasta el parquet suda tempranillo. »
Nuria repartió las llaves. Cuando llegó a la nuestra, la dejó caer en mi mano con una mirada cuidadosamente neutra.
—Habitación 214. Dos camas.
—Gracias a Dios —dije.
—Separadas.
—Gracias, Nuria.
—Pegadas a las paredes. Hay un metro veinte entre ellas. Lo he medido.
—¿Con qué?
—Con los pies. —Se encogió de hombros—. Lola me pidió las dos camas más alejadas posibles. No me ha dicho por qué. Pero yo apunto.
Lola, a unos metros, hojeaba el folleto del hotel con una atención teatral. Supe, por la comisura, que acababa de oírnos.
—Y nada de abanicos —dijo, sin levantar los ojos.
—¡Entrenadora! —protestó Tanque—. ¡Eso fue un malentendido!
—Eso fue un abanico en el techo, Bustamante.
* * *
La 214 era una habitación sobria, de líneas rectas, con dos camas individuales a ambos lados de una mesilla, un ventanal que daba a una calle de soportales y un baño de mármol claro.
Todo era muy limpio, muy neutro y muy cómodo.
Después de la 7 del hostal y de la 31 del Reina Urraca, parecía una celda de monasterio.
Nerea dejó la bolsa en la cama de la ventana. Yo, en la de la pared. Nos miramos a través del metro veinte de moqueta gris.
—Tú ocupas la de la ventana —dije.
—Prefiero la de la pared.
—Pero tú duermes con la ventana abierta.
—Puedo cerrarla.
—No hace falta.
—No me importa.
—Nerea. —Me senté en el borde del colchón, con las manos en las rodillas—. Es una habitación de hotel y es normal que estemos incómodas. No hace falta que hagamos de esto una gestión de crisis.
—No hago una gestión.
—Estás midiendo con los ojos la distancia entre las camas.
—Es un metro veinte.
—Lo sé. Nuria me lo ha dicho.
—Pues entonces, no hace falta medirlo.
Se rio. Fue una risa corta, casi involuntaria, que se le escapó por la nariz. Se tapó la boca con la mano, como si hubiera dicho una palabrota.
—Perdona —dijo.
—No pidas perdón por reírte.
—Es que... —Se mordió el labio—. Esta semana me he reído cero veces. Y en cuanto me siento aquí contigo, a un metro veinte, me entran ganas de hacerlo cada cinco minutos.
No supe qué responder. Tengo respuesta para casi todo, ya se sabe, pero en ese momento todas se me habían ido al fondo del prado, como las vacas de Tanque.
—Voy a ducharme —dije.
—Vale.
—Tardaré siete minutos.
—¿Los has cronometrado?
—Me los sé.
Sonrió. Esta vez de verdad. Y yo me encerré en el baño de mármol con el corazón dándome golpes, abrí el agua caliente y me quedé un rato con la frente apoyada en los azulejos, respirando como después de un esprint.
* * *
Cenamos todas en una taberna de la calle Laurel, de pie, entre pinchos, croquetas y vasos de crianza, con Lola repartiendo el gasto como una general.
Bea me contó que en su pueblo había una tradición según la cual quien se tomaba un vino entre dos pinchos tenía suerte en el amor.
Tanque me señaló un champiñón del tamaño de un puño y declaró que era «el hijo de Ramón».
Inés, que lleva la contabilidad de la paciencia del equipo, se me acercó con la caña en la mano.
—Estás bien.
—Estoy bien.
—Me refiero a que estás tranquila. Es raro en ti.
—He hecho una cosa.
—¿Qué cosa?
—He dejado de intentar arreglarlo todo. —Bebí un sorbo—. Es agotador, ¿sabes? Pero ahora tengo la sensación de que me sobra el tiempo.
—Qué madurez.
—No te burles.
—No me burlo. Me emociono. —Se limpió las manos en la servilleta—. Y dile a Nerea que la vi en el aparcamiento antes de subir al autobús. Llegó corriendo, pero antes se había parado delante del portal de tu casa. Diez minutos. Sin entrar. Sin hablar.
—Ya me lo ha contado.
—Pues eso. Solo comento que alguien se ha quedado diez minutos en un portal.
Miré a Nerea, que estaba al otro lado de la barra, discutiendo con Bea sobre si los pimientos del piquillo son o no son una verdura de verdad.
Se había recogido el pelo con un lápiz. Gesticulaba con la mano izquierda, la de los cuatro anillos de plata.
Me pilló mirándola. No apartó la vista. Levantó el vaso, un centímetro, a modo de brindis.
Yo hice lo mismo.
Bebimos. Sin sonreír. Sin mover un músculo. Con los ojos clavados.
—Joder —murmuró Inés—. Qué tensión. Voy a pedir otra.
* * *
Volvimos al hotel sobre las once.
Nerea se metió en el baño a lavarse los dientes.
Yo me cambié de espaldas, con la prisa torpe de quien sabe que le miran o desea que le miren, y que no sabe cuál de las dos cosas la inquieta más.
Me puse el pijama de seda verde oliva. Pensé en cambiarlo por una camiseta vieja.
Después pensé que aquello era, probablemente, una tontería de proporciones épicas, y me lo dejé puesto.
Cuando salió, tenía la cara lavada, el kohl desvanecido y una camiseta negra con un agujero en el hombro. Los calcetines de la abuela, uno encogido y otro no. Me miró.
—Bonito pijama.
—Es seda.
—Ya sé que es seda. Me lo dijiste hace un mes.
—Qué memoria.
—Es mi trabajo.
Se metió en su cama. Yo en la mía. Apagamos las luces a la vez, como un reflejo ensayado.
La habitación se llenó de la claridad naranja de la calle, filtrada por las cortinas.
Oía su respiración. Oía el zumbido del minibar.
Oía un coche pasar, y otro, y a lo lejos un grupo de chicos cantando una canción que nadie había terminado de componer.
—Lota.
—Dime.
—¿Estás despierta?
—Sí.
—Quería preguntarte una cosa.
—Las preguntas pequeñas son las peores.
—Ésta es enorme.
Giré la cabeza sobre la almohada. En la penumbra, su perfil se recortaba contra la ventana: la nariz recta, la boca entreabierta, el cuello largo. Tenía los ojos abiertos, fijos en el techo.
—Pregunta.
—¿Qué es lo que estás rellenando en el portátil?
El corazón me dio un vuelco.
—¿Cómo lo sabes?
—Nuria te vio en la biblioteca. Dijo que te reíste dos veces.
—Nuria apunta todo.
—Sí.
—Es una solicitud.
—¿De qué?
Dudé. Una parte de mí quería contestar con evasivas. Otra, más joven, más reciente, quería decir la verdad. Respiré.
—Hay un campus en Lisboa. En enero. Se llama Showcase Ibérico.
Es una especie de escaparate para jugadoras universitarias, donde van ojeadores de clubes de Portugal, Francia, Italia, y alguno de Alemania.
Cobran inscripción. Te piden un vídeo, un currículum deportivo y una carta.
—Tragué saliva—. Los he rellenado. Todavía no los he enviado.
Silencio. Largo.
—Es lo que querías —dijo Nerea, muy bajito—. Jugar en Europa.
—Sí.
—Me lo contaste en el hostal.
—Sí.