MARCAJE PERSONAL Capítulo 23
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Capítulo 23

NEREA

Cuando se rompe algo grande, yo pongo lavadoras.

No lo digo yo, lo dice Nuria, y las cifras la avalan: entre el domingo y el jueves puse nueve.

Lavé sábanas, toallas, la funda del sofá, dos mantas, la cortina del baño y, en un momento de lucidez desesperada, los calcetines de lana de mi abuela, que salieron de la centrifugadora del tamaño de dos pasas.

—Eran los favoritos —dijo Nuria, sosteniéndolos con la punta de los dedos.

—Lo sé.

—Ahora le caben a un hámster.

—Lo sé.

—Ney, eres una amenaza para la lana. —Los dejó en la mesa con respeto fúnebre—. Y para ti misma, pero eso ya lo teníamos apuntado.

* * *

La visita a Zaragoza había sido, en lo técnico, impecable. Y eso era lo peor.

El club se llamaba Aragón Femenino y tenía un pabellón de tres mil asientos, un fisioterapeuta con manos de santo, un entrenador llamado Gaizka Urrutia que hablaba poco y bien, y un piso de jugadoras con una cocina enorme.

Me estrecharon la mano, me enseñaron el gimnasio, me dejaron tirar en una pista vacía.

Y en algún momento, mientras el balón caía limpio sobre una red nueva, miré hacia las gradas y vi a mi padre, sentado muy recto, asintiendo con la barbilla.

Sentí lo de siempre. Esa pequeña luz que se enciende cuando él asiente. Y debajo, como un sótano, la rabia de que se encendiera.

Urrutia se acercó al terminar.

—Tiras muy bien —dijo—. Y juegas con la cabeza en otra parte.

—Perdone.

—No me pidas perdón. Pregunto: ¿dónde?

No supe qué contestar. En el piso de Carlota, quizá. En una cama de lino con una lámpara de miel. En un puente con once arcos.

—En ninguna parte —mentí.

—Mal. Uno siempre está en alguna. —Me tendió una tarjeta—. Ven el dos. Y ven con la cabeza donde quieras tenerla, pero ven con ella.

Mi padre me llevó de vuelta a Vallebrava por la autovía, a ciento treinta, con la radio en una tertulia deportiva. Durante ciento cuarenta kilómetros no dijo nada. En Soria, al pasar la circunvalación, soltó:

—Es un buen entrenador.

—Sí.

—Te conviene.

—Sí.

—Y lo de esa chica...

—Papá.

—Solo digo que a tu edad una se distrae. Que en cinco años no se acordará.

Apreté los puños sobre las rodillas.

—Se llama Carlota.

—Ya sé cómo se llama.

—Pues dilo.

—Carlota. —Lo pronunció como quien prueba una fruta pasada—. Una niña de buena familia que juega a ser deportista. Cuando se canse, se irá a su máster, y tú te quedarás con la cabeza en otra parte. Te lo digo por tu bien.

—Para.

—Solo...

—Para el coche.

—Estamos en la autovía.

—Pues entonces cállate.

Fue la primera vez en mi vida que le dije eso. Se hizo un silencio de los que se oyen en los dientes. Mi padre me miró de reojo, un segundo, con una expresión que no supe leer: sorpresa, quizá, y debajo algo parecido a un miedo antiguo. Después subió el volumen de la radio.

No volvió a hablar. Yo tampoco. Pero llegué a casa con las manos temblando y una sensación extraña, como cuando por fin cae un diente flojo.

* * *

El martes fui al pabellón a las siete.

Lo hice por disciplina, me dije. Para no perder la rutina. Empujé la puerta del fondo con el estómago en un puño.

Había una persona en el tiro libre.

Carlota llevaba el pelo recogido y las zapatillas de lona, las viejas. Tiraba con Lucía, que le devolvía los balones con la lengua entre los dientes, concentradísima. Se reían de algo. No de mí. Eso fue lo que más me dolió: que se reían de algo que no era yo.

Se giró, me vio. Se le quedó el balón quieto entre las manos.

—Buenos días, Ney —dijo.

Con calma. Con una amabilidad limpia, sin reproche, sin la sonrisa de escudo. Ni un paso hacia mí. Ni uno atrás.

—Buenos días, Lota.

—Lucía y yo hacemos pases. Hay una canasta libre.

—Gracias.

—De nada.

Y volvió a tirar.

Fui a la canasta del fondo. Tiré treinta tiros libres.

Fallé nueve. Entendí entonces algo que no había entendido en toda la semana: que ella había hecho exactamente lo que dijo.

Había dejado la ventana abierta, pero no estaba en el alféizar.

Su vida seguía, con o sin mí, y estaba preciosa.

Y yo, desde la otra punta de la pista, me sentí, para mi estupefacción, celosa de una novata de segundo que sabía hacer pases.

—Eres una idiota —dije en voz baja, al aro.

El aro, siempre educado, no me contradijo.

* * *

El jueves, Nuria me arrastró a La Cafetera Rota con la excusa de «necesitar un café decente».

Era mentira. Lo supe al verla pedir dos cafés con avena y canela sin consultarme. El camarero de la barba, que había escrito en su pizarra Café con canela: no es para todos, me miró con una compasión tan sincera que me dieron ganas de irme.

—Habla —dijo Nuria.

—No tengo nada que decir.

—Llevas cuatro días lavando ropa. Has dado sepultura a los calcetines de tu abuela. Has contestado a Manolo con monosílabos. Has dormido tres horas por noche y, cuando duermes, dices «cincuenta». ¿Qué es cincuenta?

Me ardieron las orejas.

—Los días que tardé en besarla.

—Ay, Dios.

—Me los sé de memoria.

—Ya ves que no soy yo la única que cuenta. —Se apoyó en la mesa—. Escúchame un momento sin hacerte la dura. Te lo pido por favor.

—Te escucho.

—¿Qué haces?

—¿Cómo?

—Con tu vida, Ney. ¿Qué haces? Porque desde fuera lo que veo es una chica que ha encontrado a la persona más buena que ha pisado Vallebrava, que te quiere, que te ha dicho que te espera, y tú estás organizando la fuga con una precisión de relojero.

—No es una fuga.

—Es una fuga con tabla de datos.

—Es que no sé cómo hacerlo —dije, y se me quebró la voz—. No sé cómo se quiere sin dependencia. Mi madre se murió dejándonos sin nada. Mi padre se aferró a mí porque no sabía hacer otra cosa. Y yo veo una cama blanda y creo que si me tumbo, no me levanto.

—Beti zutik.

—No empieces.

—No empiezo. Solo te lo recuerdo. —Nuria me cogió las manos—. El tatuaje no dice «siempre sola». Dice «siempre en pie». Y puedes estar en pie con alguien al lado. Tu abuela se sentaba a tu lado y tú te levantabas igual.

Me quedé callada.

—Y otra cosa. —Bajó la voz—. Ayer vi a Carlota en la biblioteca. Estaba rellenando algo en el portátil. Una solicitud. No la leí, claro.

—¿Qué solicitud?

—No lo sé. Pero escribía muy deprisa y se rio dos veces. —Me soltó—. Tiene una vida, Ney. No va a esperar eternamente en un balcón.

—Lo sé.

—No te lo digo para asustarte.

—Me has asustado.

—Bien. Era un poco la idea.

* * *

El jueves por la noche llamé a mi abuela.

Lo hacía los domingos, pero ese día no pude esperar. Remedios contestó al cuarto timbre. Se la oía con la tele puesta y el ruido de una cuchara contra una taza.

—¿Nerea? ¿Ha pasado algo?

—Nada, abuela. Quería oírte.

—Tienes la voz rara.

—Eso me dicen.

—Estás enamorada.

Casi se me cae el móvil.

—¿Qué?

—O estás enferma. Pero si fuera enfermedad ya me habrías dicho el pronóstico. —Soltó una risita que sonó a puchero—. Cuéntame.

—No sé cómo.

—Empieza por el principio.

—Se llama Carlota.

—Ah. —Un silencio muy largo, sin juicio—. ¿Es buena?

—Sí.

—¿Te hace reír?

—Sí.

—¿Y duermes con ella?

—Abuela.

—Duermes, he dicho. Dormir. —Otra risita—. Hace años que no te oía así. Desde que eras pequeña y te caías de la bici y te levantabas riendo. Me dabas un susto de muerte. Pero me gustaba.

Se me llenaron los ojos.

—Tengo miedo, abuela.

—Claro que tienes miedo. Mi niña, toda la vida has tenido miedo. Se te ha notado. Y mira lo que has hecho con él: has aprendido a levantarte. —La cuchara dejó de sonar—. Pero hay una cosa que no te dije nunca porque pensé que lo sabías.

—¿Qué?

—Cuando te caías y yo no te levantaba, no era por dureza. Era porque si te levantaba yo, no aprendías que podías. Pero me quedaba sentada. Cada vez. Hasta que te dormías. ¿Te acuerdas?

—Me acuerdo.

—Eso era lo importante. No que te levantaras sola. Que supieras que había alguien sentada, por si acaso. —Su voz se quebró—. Tu madre me hacía lo mismo con ella. Y yo con tu madre. Las cosas importantes se hacen en ese orden: primero te levantas, y después te sientas con quien te espera.

Cerré los ojos. Se me caían las lágrimas por la nariz, calientes, sin ruido.

—Abuela.

—Dime.

—¿Y si me equivoco?

—Te equivocarás. —Lo dijo exactamente igual que el abuelo de Carlota, y yo no lo sabía—. Pero te equivocarás tú. Y eso es la única forma de que valga la pena.

Colgamos con un «te quiero» doble, sin ironía, que me dejó vacía y ligera.

* * *

El viernes por la mañana, antes de salir hacia Logroño, Manolo me llamó.

Lo dejé sonar. Contestó el buzón, después un mensaje de voz de cuarenta segundos que escuché con el pulgar en el aire.

«Nerea, soy yo. Que te recojo el martes dos a las cinco. Que el entrenador quiere un informe de tu rutina. Que no hagas tonterías en Logroño. Que ya hablaremos de esa chica, que he estado pensando. Llámame.»

Lo borré. No por rabia. Por higiene.

Después abrí el cuaderno de estadísticas, el nuevo, el que había empezado la semana anterior a falta del otro, que seguía en la mochila de Carlota. Pasé las hojas hasta una vacía. Y escribí, con tinta azul, algo que no había escrito nunca:

QUÉ QUIERO.

1. Jugar. Eso lo sé. Lo he sabido siempre.

2. Jugar para algo que no sea ganar a una voz.

3. Que Carlota esté en mi vida. No como solución. Como compañía.

4. Aprender a pedir. Aprender a que me den.

5. Contarle a mi padre que no soy suya. Que soy de mi madre, de mi abuela, mía.

6. No ir a Zaragoza para que él esté contento.

7. Ir a Zaragoza, si decido ir, para que yo esté contenta.

Me quedé mirando la lista. Los puntos 6 y 7 se contradecían, y esa contradicción me pareció lo más honesto que había escrito en mi vida.

Debajo, con una letra más pequeña, apreté:

8. Dejar de contar días.

Cerré el cuaderno. Me colgué la bolsa al hombro. En el perchero de la entrada de mi casa, junto a la chaqueta de cuero, faltaba una bufanda negra de lana. Llevaba cinco días sin darme cuenta de que no estaba, y lo supe, con una claridad feroz, cuando el frío de noviembre me entró por el cuello.

La tenía ella.

Y por primera vez en toda la semana, pensé en algo que no era miedo.

Pensé: voy a ir a recogerla.